Hesperia: Balada de flores y dioses Cuatro #6
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Cuatro #6

Durante el segundo mes en el mar, algunos marineros enfermaron de fiebre y contagiaron a varios de los tripulantes, pues los extranjeros con los que viajábamos portaban enfermedades que para nosotros eran desconocidas.

De los cincuenta que íbamos en el navío solo quedamos treinta.

Algunos enfermaban hasta la muerte, sus vidas se desvanecían en dolorosa agonía: la piel se les hinchaba y hervía por la fiebre y los dolores de cabeza no los dejaban conciliar el sueño.

Cuando mi madre enfermó, mi padre le ofreció una suma de generoso oro al médico del barco, pero ni todo el dinero y el estatus del mundo pudieron detener el funesto futuro de mi madre.

Ella, que ya se encontraba raquítica por las emociones vividas en acontecimientos recientes, se desvaneció después de dos semanas enferma. Esa fue la segunda vez que vi a mi padre llorar.

Antes de que mi madre muriera, tuvo un momento de lucidez después de haber estado días enteros en desvaríos. Conversamos un rato, y aunque se le veían los ojos hundidos y la cara marchita, fue como si la madre que tenía en Dravita volviera conmigo.

—Mi abuelo siempre quiso conocer a alguien con tus ojos, mi niño —me susurró apenas—. Cuando se enteró de que los tenías, brincó de felicidad, aunque ya en su vejez no pudo estar bien para viajar hasta Dravita. Decía que descendían de un cometa.

—¿Un cometa?

—Un dios. Son pocos quienes tienen la dicha de tener tu mirada, ¿sabes por qué?

—¿Por qué, mami?

—Porque pueden ver lo que nosotros no. Tienes los ojos de los dioses, puedes verlos, guiarnos por el camino correcto. Puedes encontrar el camino de los dioses. Pero no guíes a nadie —dijo, después de pensarlo un rato. Tenía las cejas apretadas—. Guíate a ti.

No estaba entendiendo a mi madre en esos momentos. Pensé que nuevamente tenía alucinaciones y que pronto empezaría a gritar por las mismas, o por el dolor de la enfermedad.

—Busca un buen destino.

—Pero, ma, no sé cómo hacer eso…

“Ya no soy un príncipe”, quise decirle, “ya no tenemos nada” .

—¿Cómo no vas a saberlo? Si los restos de un dios están en ti —acercó sus dedos a mi sien, como si hubiera querido tocarme las pestañas—. Ves el camino, solo que aún no puedes distinguirlo. Todas y cada una de tus acciones te llevarán a él en algún momento. Eres sabio, sabrás qué hacer.

Pero yo no me sentía sabio.

Mi mamá siempre había sido el fuego de una hoguera: cálida y brillante. Y con cada día que pasaba enferma, la veía extinguirse poco a poco. Hasta que una noche se apagó.

Después de varios días conviviendo con el cadáver de mi madre, el capitán ordenó a mi padre lanzarlo al mar.

No había moscas, pero el hedor se hacía cada vez más insoportable.

Los marineros, acostumbrados a la muerte en altamar, no tenían reparos en lanzar a sus muertos por la borda para evitar más enfermedades o infecciones, pero mi padre se negó a hacerlo hasta el último momento posible.

Siempre concebí la muerte como un suceso muy ajeno a mí hasta que vi el cuerpo de mi madre envuelto en sabanas irse por la borda, tratado como nada, no como un ser humano con emociones, con sueños y anhelos. Como si no hubiera sido mi madre.

Todo lo que ella era, ya no estaba. Se había ido.

Los siguientes días los pasé esperando su regreso. Imaginaba que saldría de los dormitorios y se pasaría la mañana conmigo, acariciándome el pelo y llenándome de besos.

Al final del día, miraba la borda por la que se había ido.

El dolor me golpeó durante los meses siguientes, dejándome agotado y desorientado.

Mi padre trató de mantenerse firme y estoico, aunque de vez en cuando le notaba los ojos vidriosos.

Estaba más delgado, el rostro se le había vuelto alargado y tenía siempre una expresión cansada y apagada.

Casi no me dirigía la palabra. Apenas hablaba con Berilo, quien le llevaba comida y lo ayudaba a vestirse de vez en cuando.

Tenía que llamarlo un par de veces antes de que por fin me mirara y me preguntara qué quería. Habían pasado varias semanas desde la última vez que tuve una conversación con mi padre. A duras penas respondía sí o no. Así que, buscando un poco de su atención, traerlo de regreso, le dije:

—Topacio está embarazada.

Mi padre pareció interesado en mi reciente revelación. Después de semanas enteras, parecía volver a la vida. Apretó las cejas.

—¿De qué estás hablando? ¿Cómo sabes tú eso?

—La noche que nos advirtió que huyéramos, me di cuenta cuando me despedí de ella. Tenía el vientre abultado. Está esperando un hijo mío —dije en un hilo de voz, esperando una reacción negativa. Un regaño, un golpe, lo que sea que me recordara que mi padre seguía aquí conmigo.

Grande fue mi sorpresa cuando comenzó a carcajearse: estalló en risas después de escupir la comida sobre la madera húmeda del barco.

Berilo aún lucía conmocionado, pero una media sonrisa decoraba su rostro.

También estaba disfrutando del repentino cotilleo, lo cual me pareció absurdo.

Aunque no le encontraba lo hilarante a la situación, no pregunté el motivo de la burla.

Días más tarde entendí, después de darle muchas vueltas al asunto, que para mi padre resultaba satisfactorio el hecho de que Topacio hubiera sido mancillada por mí antes del matrimonio.

Era su pequeña victoria ante mi tío.

Solo suya.