Cuatro #5
En medio de la madrugada me despertó una agitación que provenía del exterior.
El corazón me latía desesperado, temeroso.
Me levanté de la cama y me acerqué a la ventana.
Los hombres de Zircón apuntaban con sus lanzas a un gigante jaguar que había invadido la propiedad.
La calma volvió a mí al recordar que era una situación normal en la zona sur.
Pero la voz que rompió el silencio me heló la sangre.
—¡Tío! ¡Tío Zafiro!
La aguda voz de Topacio impregnó la noche, elevándose por encima de la estridulación de los grillos y el sonido tenebroso de la ventisca.
Ella era quien montaba aquel jaguar en medio de la noche.
Me alegré de verla, aunque el sentimiento fue efímero, pues su presencia solo significaba que ya nos habían encontrado, y tuve miedo.
Me acerqué a la puerta mientras Topacio seguía gritando afuera y el sonido metálico de las armaduras de oro de los hombres de Zircón tintineaban en la oscuridad.
Era una melodía grotesca que me ponía los pelos de punta.
Mi padre pasó al lado de mí sin siquiera notarme y mi madre me aprisionó entre sus brazos en cuanto me vio.
—Si Topacio está aquí, significa que ya saben que nosotros…
—Cállate, Jaspe —espetó mi madre, con los nervios de punta.
Su voz me pareció monstruosa. Mi madre, que siempre había sido una mujer con una templanza envidiable y que siempre me había hablado con esa voz acaramelada suya, me pareció una desconocida.
Zircón comenzó a gritar órdenes, pensando lo mismo que yo.
No faltaba mucho para que los hombres al mando de mi tío llegaran.
La servidumbre corrió por la casa, llenando con comida morrales y bolsos.
Mi madre fingía que nada de eso estaba pasando, pero yo ya estaba preparándome para huir nuevamente.
Escuché a mi padre gritar. El tintineo metálico se detuvo.
—Tenemos que irnos —mi madre me tomó del brazo—. ¡Zafiro, vámonos! —gritó cuando se acercó a la entrada del lugar, donde mi padre se encontraba discutiendo con Topacio. Me apretaba fuerte de la muñeca, casi me cortaba la circulación.
Los hombres de Zircón estaban a la espera de un ataque, pero Topacio los apaciguó alegando que había llegado sola a escondidas de su padre.
—Vine sola —explicó, bajándose del jaguar—. Vine a avisarles, tienen que irse…
Y antes de que ella pudiera seguir hablando, mi padre la abofeteó tan fuerte que el cuerpo de Topacio aterrizó sobre la tierra húmeda. El jaguar a sus espaldas rugió, listo para lanzarse sobre mi padre. Mi mamá ahogó un grito y se alejó de mí.
—Zafiro, déjala. Ella no tiene la culpa de lo que ha hecho tu hermano. Es una niña. Vámonos ya. ¡Vámonos!
Ella tomó del brazo a mi padre, justo como había hecho conmigo momentos atrás.
—¡Vámonos, Zafiro!
Topacio se levantó. Tenía el labio sanguinolento y la furia en sus ojos era casi palpable. Sin embargo, repitió:
—Tienen que irse. Mi padre ya está enterado de que la casa de Zircón los protege.
Las yemas de los dedos de mi padre se volvieron blancas en su piel morena, semejantes a huesos sobresaliendo. Topacio no bajó la mirada, quizás su nuevo estatus le daba la confianza de desafiar a quien durante toda su vida llamó su rey.
Su jaguar seguía en guardia y los hombres de Zircón se encontraban a la espera de algún acto desafortunado para poder darles uso a sus brillosas lanzas.
—Vámonos —dictó mi padre por fin.
—Nosotros nos quedaremos a luchar —anunció Zircón, que había permanecido al margen de la situación—. Mi rey.
Mi padre, sabiendo que no teníamos mucho tiempo, asintió y agradeció a Zircón, que ordenó a los esclavos que se retiraran junto a nosotros, que nos guiaran hasta las orillas del mar Rosa y que después podrían vivir sus vidas como quisieran, pues ya eran hombres y mujeres libres.
En otras circunstancias aquello podría haber sido motivo de alegría para ellos, pero la noticia de su libertad fue tomada con tristeza y melancolía, pues suponía la muerte de su amo y la extinción de todo lo que habían conocido, ya que las tierras de Zircón pronto le serían arrebatadas y manchadas con su sangre, reclamadas por quien tomara su vida.
Los guerreros que quisieran irse también podrían hacerlo, pero nadie lo hizo.
En medio de la noche, y mientras los sirvientes hacían los últimos preparativos apresurados, Topacio y yo nos miramos por primera vez en meses.
Oí a mi madre llamarme con premura, pero su voz me parecía lejana, como un sueño.
No supe quién de nosotros dio el primer paso, pero en un instante nos encontramos de pie el uno frente al otro.
Nos abrazamos, ninguno dijo nada.
La mirada vidriosa de Topacio proclamaba un “lo siento” y la mía también.
Supimos que sería la última vez que nos veríamos, así que alargamos el abrazo, que se sintió más cálido y vivo que cualquier beso que hubiéramos tomado del otro.
—Te quiero —le susurré.
—Yo también te quiero.
Topacio me había estado sosteniendo la mano. Al retirarla, mi palma húmeda se sintió fría, gélida por el humor de la noche.
—Cuando todo esté bien, búscame —me pidió ella. Ninguno de los dos sabía a ciencia cierta si las cosas mejorarían algún día—. Te estaré esperando.
Me quité la única pulsera de jade que tenía puesta y se la di.
—Perdóname —le supliqué.
—Te perdono.
Miró rápidamente hacia todos lados y luego, cuando se aseguró de que teníamos un instante de privacidad, me besó. Fue tan fugaz que ni siquiera tuve tiempo de decir o hacer algo más.
—No traje nada para darte, pero espero que esto sea suficiente.
Topacio tomó mi mano y la llevó a su vientre, y lo sentí creciente de vida.
Anonadado por el hecho, me separé de ella… un hecho que lamentaría.
Antes de poder formular la pregunta, mi padre me llamó. Su voz autoritaria rompió el silencio y me erizó los cabellos de la nuca. El fuego de las antorchas iluminaba todo con luz dorada, provocando sombras danzarinas en la tierra.
Algunos de los esclavos llegaron con nosotros hasta el mar Rosa, los demás se dispersaron en el camino.
Una esclava nos acompañó hasta los muelles, donde compramos pasajes para lo que en ese entonces no tenía nombre, pero se trataba de una embarcación sureña copiada de los barcos de tierras lejanas que llegaban rara vez a las costas y cuyo capitán buscaba cruzar el mar para llegar al otro lado del mundo y volver a su hogar.
Subimos al barco y nos encontramos con Berilo, que había tenido la misma fortuna que mi padre, pues su cercanía a la familia real le había valido la enemistad de todo aquel que había ayudado a orquestar nuestra desgracia.
Berilo tenía una hija, pero había fingido su muerte para no ponerla en riesgo, por lo que tendría que irse de Dravita para siempre.
Al final, no le quedaba nada y la situación se había vuelto demasiado violenta: cientos de ejecuciones se llevaron a cabo entre las sombras, cualquier noble que clamara el nombre del rey Zafiro estaba destinado al linchamiento.
Cuando mencionó a Cereus y cómo toda su casta le juró lealtad a mi tío, el corazón se me rompió en mil pedazos…
Mi tío se encargó de anunciar en toda la región que nuestra familia había sido masacrada por rebeldes inconformes con nuestro gobierno y todo aquel que le llevara la contraria no viviría un día más.
Supongo que, con el tiempo, aquella mentira se convirtió en la verdad del pueblo.
Así pues, mi tío se alzó como el salvador de Dravita y su reinado comenzó en un trono robado.
Pasamos meses enteros navegando. La sal se me pegaba al cuerpo maltrecho y la constante agitación del barco me hizo vomitar durante varios días, lo que me valió burlas por parte de los marineros que pasaban el día remando.
Todos los días veía lo mismo, y en algún momento dejé de temerles a las monstruosas olas que hacían tambalear la embarcación.