Cuatro #4
No dejé de asistir a las clases ni al templo.
Aprendí un poco sobre las estrellas, y comencé a participar en los rituales que se llevaban a cabo en la cima de las pirámides, a los ojos de todo el pueblo, pero la incandescencia de la fe nunca traspasó mi corazón y mis propias creencias jamás trastabillaron.
Fue cuando me pregunté si acaso mentían los jóvenes de mi edad que eran fieles devotos, si solo fingían llorar y sentir el tacto para no hacer enojar a los ancianos.
Solo una vez la ligera chispa de un fuego que no lograba encenderse dentro de mi corazón ardió ligeramente, efímera: aquella vez que los ancianos dijeron que los dioses les habían augurado un gran destino para mí, que sería el rey más amado, y yo lo creí.
Un día no pude bajar al templo para continuar mi preparación con los ancianos y eso me entristeció, ya que las fiestas religiosas estaban próximas y podría, por primera vez, observar los sacrificios y la sangre que implicaban mi ascenso a la juventud, pero mi madre no me dejó salir; luego vi a más guerreros y guardias a los pies del palacio.
Los días pasaron más lento. La única forma de entretenerme eran mis deberes como príncipe, que cada vez mermaban más.
Los suplicantes dejaron de asistir al palacio.
Odiaba pasar horas enteras escuchando las quejas y pesadumbres de los demás, odiaba cuando por fin la lengua se me secaba y la garganta me raspaba de tanto hablar, pero cuando nadie más vino, no pude acostumbrarme al silencio.
La situación en el palacio se tornó tan tensa que era imposible ignorar lo que estaba pasando.
Mi madre, que siempre había sido una mujer estoica, comenzó a sufrir los estragos del estrés y el nerviosismo.
El cabello se le caía por montones y sus uñas, que siempre habían estado bien cuidadas y largas, ahora lucían rotas y sus dedos se hinchaban de tanto morderlas.
Quise saber qué pasaba, pero mi madre me daba explicaciones vagas.
— Todo está bien, no te preocupes.
Pero ella continuaba vagando por los pasillos a medianoche y mi padre seguía asomándose a mi habitación durante las madrugadas. Sus guardias más fieles hacían más turnos de noche en el balcón de mi cuarto y en el pasillo.
—Es que ellos no me dicen nada —me quejé con mi guardián, Azurito.
Cuando el anciano se aseguró de que las puertas del balcón estuvieran bien cerradas, se acercó y se sentó al borde de mi cama.
Se movía lento, de manera errática. Azurito ya era muy anciano.
Para mí siempre había sido viejo, pero estos últimos meses incluso ya renqueaba y hablaba en un susurro.
Me sorprendía que sus pies tan delgados aún pudieran sostenerlo.
—Ya tengo edad suficiente —insistí—. Y sé que hay algo mal. El otro día oí a las criadas hablar sobre una amenaza de muerte. ¿Por qué se preocupan? Nadie nos puede hacer nada.
Estaba cansado de no recibir explicaciones, de que me dijeran que todo iba a estar bien, pero ese día deseaba con toda mi alma que Azurito me diera la razón y repitiera lo que mi madre llevaba diciendo semanas atrás.
En cambio, sus ojos se oscurecieron y su expresión también se ensombreció.
Azurito me abrazó. Solo lo hacía después de preguntarme y recibir una respuesta positiva, o cuando me veía apesadumbrado.
Me enojé.
Me aconsejó que me durmiera, que mañana sería un gran día.
Pero eso no era cierto.
De haber sabido que sería la última vez que lo vería, hubiera conversado con él…
De haberlo sabido, no me hubiera molestado por ese abrazo.
Una de las amas de llaves me despertó en medio de la madrugada, desesperada y chillando.
—¡Príncipe Jaspe, príncipe Jaspe!
Cuando espabilé, la noche era ruidosa; la luz amarillenta que desprendían las llamaradas en el patio se veía desde mis ventanas.
Mi padre apareció detrás de la puerta, se acercó y me levantó del brazo tan fuerte que me dolió.
—¡Vámonos ya!
Todo sucedió muy rápido. Corrimos por los pasillos en medio de la oscuridad.
Las luces a través de las ventanas me iluminaban la ropa de forma intermitente y, a través de ellas, vi el cuerpo de Azurito colgado en el jardín de la entrada.
Estaba lejos, muy lejos, pero supe que era él porque ese cadáver tenía la misma túnica azul que usaba cuando se había despedido de mí esa misma noche. A su lado había más cuerpos inertes.
Mi madre ya nos esperaba sobre la carroza improvisada, acompañada de guardias y una de sus criadas. Los jaguares que la jalaban gruñían.
Al amanecer estábamos cerca de la ciudad que gobernaba mi tío. Yo estaba cansado, me dolían las piernas y no había podido conciliar el sueño. Mis padres hablaron durante todo el trayecto y por fin pude entender lo que estaba pasando.
A esa edad no podía concebir el evento tan gigantesco que era un golpe de Estado. Había leído sobre guerras y batallas y siempre me parecieron absurdas las razones por las cuales se comenzaban. Lo que nos había pasado había sido la excepción, pero yo no lo entendía del todo.
—No podemos detenernos aquí, no podemos confiar en nadie —nos advirtió mi padre.
Mi madre protestó:
—Pero, Zafiro, ¿qué hay de tu hermano?
Mi padre, ciego ante lo evidente se negó a escuchar a mi madre y continuamos el camino.
Los clanes de Dravita habían traicionado a mi padre, incluyendo mi tío, que estaba coludido con todos ellos y se había quedado con nuestro reino.
Era sabido que muchos no estaban contentos con la forma de gobernar de mi padre.
Mi tío le aconsejaba, pero él nunca escuchaba, así que probablemente había elegido sacrificarnos para salvarse él y su familia.
Cuando recosté mi cabeza sobre las piernas de aquella criada que viajaba con nosotros, por fin pude dormir.
Nos detuvieron en medio de las montañas, entre los rugidos de los jaguares. Era media docena de hombres bien ataviados con ropajes militares. El color abandonó el rostro de mi madre y mi padre tragó saliva al verlos. Su expresión era una hoja en blanco.
—¡Rey Zafiro!
La puerta de la carroza se abrió con ímpetu, mostrando a un hombre delgaducho y moreno. Por sus vestimentas y su corte de pelo, supe que se trataba de un noble de Dravita.
El hombre parecía aliviado.
—Creí que no podría encontrarlos.
Mi padre, ya más confiado, bajó de la carroza.
Hablaron durante varios minutos que me parecieron eternos.
Mi madre lloró amargamente cuando escuchamos por primera vez la confirmación de que mi tío y muchos nobles estaban coludidos para sacarnos del poder.
El descontento venía acrecentándose desde hacía años por las promesas no cumplidas, pactos rotos y contratos cancelados.
La mala gestión económica del pueblo provocó que la comida escaseara, bastantes cultivos y plantaciones habían sufrido innumerables pérdidas por las plagas y muchos agricultores insistieron para que se les ayudara, pero mi padre les dio la espalda y no les perdonó el tributo a pagar.
Aquello causó un efecto dominó en toda la nación.
No había suficiente comida, ni dinero ni empleos.
Hubo levantamientos en los pueblos vasallos, cada vez más difíciles de controlar.
Si las cosas continuaban así, faltaría poco para que Dravita cayera.
Nosotros estábamos bien dentro de nuestro palacio, disfrutando de frutas y especias traídas desde el extranjero, mientras el pueblo moría de hambre.
El rey se había hecho de la vista gorda.
Después de un rato, mi padre, con el rostro ensombrecido, derrotado, volvió a subirse a la carroza. Aquellos hombres nos guiaron hasta una propiedad a un par de horas de donde estábamos, donde nos atendieron con amabilidad.
Un fuego incandescente ocupaba cada espacio y lugar de mis recuerdos. En medio de la noche, el fulgor del fuego ardiente parecía ser el único protagonista en mi mente cuando los recuerdos me invadieron de golpe, como una bofetada.
Vi la túnica azul de Azurito, colgando y balanceándose con la brisa; los pies descalzos y magullados separados del suelo, como si levitara.
El horror me invadió y lloré hasta que me dolió la cabeza y los ojos se me hincharon. Desde la habitación donde me encontraba también podía oír a mi madre llorar y a mi padre despotricar.
El pecho me dolía.
¿Qué era esta sensación de vacío? Me sentía desnudo, desprotegido.
Eran sensaciones que nunca en mi vida había experimentado, me nublaban el pensamiento y me embriagaban de desesperación y tristeza.
Era como navegar en el inmenso mar con un pequeño bote y las olas titánicas amenazando con destruirlo todo para llevarte hasta las profundidades.
No pude dormir.
La cama me resultaba ajena, el olor del lugar era diferente al de mi palacio, en mis dedos, las sábanas estaban tiesas y la habitación me parecía minúscula.
El rumor de las voces más allá del pasillo tampoco me dejaba conciliar el sueño.
Mi padre y mi madre habían estado hablando durante horas con los hombres de aquel noble que nos interceptó a medio camino.
Nuestro salvador había sido Zircón, un noble perteneciente a una casta que había servido a mi familia durante generaciones enteras.
El hombre era viejo ya, quizás tendría unos veinte o treinta años más que mi padre.
Recuerdo haberlo visto en varias ocasiones en el palacio, cuando mis abuelos aún vivían.
Sin embargo, hacía ya muchos años de ello. Mis memorias estaban dispersas.
Cuando Zircón se fue, el lugar se quedó en silencio. Y luego, el llanto desconsolado de mi padre inundó mis oídos.
Nunca lo había visto ni oído sollozar. No lloró siquiera cuando mis abuelos partieron de este mundo, y por ello siempre creí que era un hombre sin sentimientos, duro y frío como la roca.
Pensé que era un hombre que nunca flaqueaba y cuyo carácter fuerte y temperamental lo volvía insensible.
Esa idea se reafirmó durante toda mi existencia, hasta que la ilusión se rompió en mil pedazos ese día.
En mi inmadurez, condené a mi padre por ello.
Me tapé los oídos con ambas manos y traté de dormir.