Cuatro #3
—Déjame en paz. Y como se te ocurra decirle algo a mi tío, te voy a dejar de hablar y le diré que ya no eres casta, porque desde luego que eres lo suficientemente importante como para cuidar de tu reputación.
—Bueno, ¿quién fue el culpable? —replicó.
—¡Tú me dejaste entrar a tu habitación esa noche!
Topacio pareció tomarse en serio la amenaza, puesto que la sociedad dictaba que las mujeres debían llegar puras al matrimonio.
Desde luego que eran pensamientos bastante arcaicos, y no todas las mujeres seguían al pie de la letra la norma social, pero la mayoría de las personas juzgaba con severidad.
—Y no me mires con esa cara. Tú empezaste —le dije.
—Tus primos tenían razón. Eres mimado, egocéntrico y grosero. Por eso no tienes amigos.
Se fue dando zancadas de la habitación. Antes de que cruzara la puerta la sujeté del brazo y la golpeé en el rostro, tan fuerte que trastabilló y se cayó sobre su trasero.
—¡Tú tampoco tienes amigas! —le espeté.
Pensé que se levantaría y me devolvería el golpe, pero solo se tocó la boca y se miró los dedos cubiertos de sangre, estupefacta. Cuando levantó la cara, vi qué tan grave había sido la herida, pues tenía los dientes entintados de rojo. Me miró asustada y con los ojos húmedos masculló:
—¡Eres igual de imbécil que tus primos! ¡Le diré a mi tía lo que me hiciste!
Amagó con salir corriendo, pero nuevamente la sujeté con firmeza.
—¡No te irás de aquí!
Aquello había sonado más a una amenaza que a una solicitud desesperada y angustiada de mi parte. Yo solo quería que no fuera a acusarme.
—¡Suéltame!
—¡No! ¡Por favor no le digas a mi madre!
Forcejeamos un poco, antes de que cayéramos al suelo y me pusiera sobre ella.
—No le dirás a nadie de esto. Te soltaré si prometes no decir nada, ¿entendiste? —no hubo respuesta de su parte, estaba tan enojada que sus ojos parecían envueltos en llamas—. Si me acusas, les diré a todos que nos acostamos.
Unas por otras. Estaba seguro de que también yo sufriría las consecuencias, pero no como lo haría Topacio.
Asintió desesperada y me levanté para dejarla ir. No me miró ni una sola vez, y en mí afloró la culpa.
Topacio volvió a su hogar al día siguiente y nos dejamos de hablar desde ese día.
Durante mucho tiempo me invadió el temor al imaginar que les contaba a sus padres sobre los fugaces sentimientos que había tenido por el viejo Cereus.
Pero ella nunca mencionó nada, y con el tiempo ese temor desapareció, mas no la soledad que había dejado.
Ocasionalmente se me acercaban hijos de otros nobles, pero ninguna de sus intenciones era genuina. Su forma de hablarme distaba mucho de cómo me hablaba Topacio, así que siempre terminaba por ignorarlos, pues no me interesaba su amistad o su compañía aprovechada.
Me vi con muchas ganas de decir tantas cosas… pero no tenía a quién contárselas.
Nunca me había sentido tan impotente en mi vida.
Muchísimos años después el arrepentimiento afloraría en mi pecho cada vez que regresaba a esos momentos con Topacio. Debí haberle pedido disculpas.
Los días transcurrieron solitarios y silenciosos, recorriendo los salones y amplios pasillos del palacio buscando en qué entretenerme. Las felicitaciones durante mis entrenamientos me resultaban agrias, porque Topacio ya no estaba ahí para verme.
Cuando mis tíos se quedaban en el palacio, ella no me miraba, no se me acercaba; tampoco me dirigía palabra alguna y yo tampoco lo hacía.
Claro que nuestras crianzas no justificaban nuestro orgullo y nuestra falta de tacto, pero en ellas se encontraban las razones del por qué éramos como éramos. Quizás ella esperaba que yo le pidiera disculpas. Yo esperaba lo mismo de su parte.
Pero eso no sucedió.
Y cuando pasaba largas tardes acurrucado en mi cama, intentando leer los libros que mi padre tantas veces me había recalcado que leyera, las palabras de Topacio hacían merma en mi mente: “Eres maleducado, caprichoso y mimado. Por eso no tienes amigos”.
Terminé refugiándome en las lecciones de lo que fuera que mi padre quisiera que aprendiera. Él estaba orgulloso. Por primera vez lo vi así, pero la verdad es que me sentía más solo que nunca.
Comencé a interesarme un poco más en los pasatiempos de mi madre, que dedicaba gran parte de su tiempo a bordar o pintar.
Me quedaba las tardes enteras mirándola y tratando de recrear los mismos patrones que ella bordaba.
Tardé días enteros en aprender, hasta que por fin pude fabricar mi propia ropa con diseños intrincados y elaborados, aunque siempre terminaba escondiéndome cuando alguien se acercaba y yo estaba bordando.
Mi madre fingía que ella los había realizado y cuando estábamos a solas me felicitaba.
Lucía contenta conmigo y mis nuevos intereses.
Muy adentro de mí comencé a pensar que quizás ella siempre ansió tener una hija, y por eso quería mucho a Topacio.
Quizás veía en ella a la hija que nunca pudo tener, y cuando por fin tuvo a alguien con quien compartir sueños y esperanzas, se sintió más que feliz.
En la confianza del momento, ella me preguntó qué pasaba entre Topacio y yo. Me contó que mi tía le había dicho que Topacio había estado muy decaída. Así que fui sincero con ella.
—Ya no nos hablamos —respondí—. Nos peleamos.
—Ay, mi niño —pronunció con dulzura, y me abrazó. No preguntó la razón de mi distanciamiento con mi prima y agradecí internamente por ello, ya que sería algo complicado de explicar—. Eres alguien sabio —señaló mis ojos azules—. Los dioses te susurrarán qué hacer.
—No sé, no creo que eso sea posible de todas formas.
—¡Claro que sí! —expresó ella—. Cuando era niña, vi a un hombre que tenía tu mirada hablar con cuatrocientas voces y saber cosas que ninguno de los ancianos sabía. ¿Qué más prueba hay de que eres alguien sabio? —se tocó la sien, cerca de los ojos.
—Sí, claro…
A mí no me gustaba mucho la idea de ser controlado por cosas que no entendía. Decidí darle la razón en esos momentos.
—Lo que quiero decir, mi niño, es que hables con Topacio. Solo así podrán contentarse. A veces, cuando quieres arreglar algo, ya es muy tarde, porque debió hacerse antes. Habla con ella —insistió.
Pero la ignoré.
De vez en cuando podía sentir el tacto de Topacio en la piel, que se había quedado grabado como tatuajes fogosos.
A veces podía oír por el pasillo el tintineo de innumerables joyas, como el sonido de cascabeles que me resultaba familiar.
Con esperanza, miraba hacia la puerta creyendo que Topacio aparecería, aunque siempre terminaba por decepcionarme cuando me daba cuenta de que se trataba de alguien más.
Me pregunté durante muchas noches si ella se sentía como yo, o si acaso de verdad yo le resultaba engreído y mimado como a los demás. Si realmente me odiaba.
Las semanas pasaron, atenuando un poco mis pesares. De repente, ya no dolía tanto la soledad. Empezó a interesarme la cháchara de los adultos, los temas de los que se hablaba con cierto recelo y entre gente de suma confianza, la política y la sociedad de allá afuera.
Así fue como noté que mi padre estaba un poco más ansioso. Mi madre lo consolaba y le preparaba infusiones para tranquilizarlo, ya que se ponía de un humor complicado.
Un día tuve que asistir a las clases con los ancianos, que tenían los ojos como yo, pero ellos los habían adquirido con la vejez.
Apenas podían ver, decían que la ceguera era un precio a pagar por la sabiduría de la que habían sido imbuidos por los propios dioses.
Otros, como yo, éramos afortunados por haber nacido con los ojos del cielo, los favoritos de los dioses.
Y al ser a quien más escuchaban las deidades, me vi envuelto en responsabilidades mucho mayores que las que tenían los muchachos de mi edad. Ahora no solo mi padre se ocupaba de los suplicantes, sino yo también.
Me instruían diariamente y me pasaba la mañana entera oyendo historias sobre deidades, porque había nacido para convertirme en un gran sacerdote además de un rey y mi educación ameritaba clases aún más especiales que las de todos los nobles.
Yo nunca fui tan adepto a la religión ni a los dioses y no podía comprender la devoción.
Cuando hacía preguntas, los ancianos no podían responderme, y si lo hacían era de manera vaga y yo terminaba con más dudas aún.
—¿Quién creó a los dioses? —preguntaba, y ellos me respondían que el dios viejo.
—Entonces, ¿quién creó al dios viejo?
—Se creó a sí mismo.
— ¿Cómo fue eso posible?
Ya no había respuestas para mí.
Recé junto a los ancianos, que se deshacían en cantos y alabanzas, que se tocaban el pecho y lloraban con fervor.
Ellos decían que podían sentir el tacto de los de allá arriba, que podían escuchar sus palabras en susurros tiernos.
Pero yo no experimentaba ni oía nada más que el llanto de los viejos.
—¿Están fingiendo o es en serio? —le pregunté una vez a una de las ancianas que rondaban el palacio y me llevaban hasta el templo—. Porque yo no siento nada.
Se llamaba Malaquita y era una mujer alegre y activa a pesar de su edad.
A veces me trataba como si fuera tonto solo por ser demasiado joven, pero me contaba historias de guerreros y guerreras de la época de sus abuelos, cuando Dravita era un lugar aún más hostil y salvaje, cuando nuestro pueblo estaba conformado por nada más que mercenarios.
Malaquita hizo una mueca de desagrado y sus ojos se dirigieron hacia mí, aunque no podía verme del todo por la ceguera.
Ella era sabia y esperé una respuesta elocuente y coherente dada su experiencia y los años que había pasado estudiando los registros arcaicos de nuestra cultura, pero lo único que recibí de su parte fue una respuesta burda.
— Deja de preguntar tonterías. Y que no te oigan los demás.
No entendí qué tenía de malo preguntar.