Hesperia: Balada de flores y dioses Cuatro #2
14%

Cuatro #2

Así fue como a mi corta edad crecí con el único motivo de engrandecerme a mí mismo gracias a las alabanzas y esperanzas que los mayores ponían en mí no por obligación, sino por puro gusto.

Por mi mente corrían los mismos sueños y anhelos que cualquier otro joven de mi edad tendría: quería destacar, quería que mi presencia fluyera como las mismas corrientes e inundara cada rincón de la vasta Dravita.

Mis intenciones llamaban la atención de cualquier persona que me conociera, notaban el potencial, las había oído decirlo…

“Pero es terco como una mula, es mal educado y caprichoso como una señorita mimada”.

—¿Otra vez enojado? —canturreó Topacio una vez que me vio entrar a mi habitación.

Ella lucía muy cómoda acostada en mi hamaca mientras leía. Eché un vistazo a mi pequeña biblioteca. Había estado esculcando entre mis cosas, así que me acerqué y le arrebaté el códice. Era nuevo.

—Ah, ¿no te gusta que tu prima lea? —Se levantó, endiablada, e intentó quitármelo de las manos—. Qué inmaduro —musitó cuando por fin se rindió al no poder alcanzarlo—. Pues voy a tomar otro, te guste o no.

—Las mujeres no deben leer, les atonta la cabeza —repliqué.

Sacó otro libro de mi biblioteca para mostrármelo con sorna y una gran sonrisa. Luego se acostó a leer nuevamente.

—Pues mi padre últimamente me ha mandado a leer —respondió, sin hacerme mucho caso—. Creo que es porque no quiere que escuche lo que hablan en sus reuniones, pero no me importa. Seguro son cosas aburridas, lo de siempre.

—Vete a tu habitación, no te quiero aquí —le ordené—. Me importa un bledo si mi tío te manda a leer o no.

—¿Por qué estás comportándote como un bruto? —cuando me acerqué para tomarla del brazo y sacarla, alzó un dedo—. Si me tocas, le diré a mi tía que me pegaste.

Chasqueé la lengua y no tuve más remedio que dejarla seguir allí. Sin embargo, no le daría el lujo de la comodidad, así que me dejé caer sobre ella.

—¡Jaspe, muévete! Eres tan fastidioso —chilló cuando por fin logró hacerme a un lado y pudo respirar.

—Era mentira lo de las mujeres y los libros.

Me gusta que leas. Solo estoy enojado —me sinceré, esperando que no creyera que era como mi padre o mi tío, o como los demás varones de nuestra familia.

Pensar que era como ellos resultaba ser un insulto, porque a mí me desagradaban muchísimo.

Siempre me decían qué hacer o cómo comportarme, y se burlaban cuando era yo mismo.

Topacio pausó su lectura, y yo me sentí complacido al tener su atención solo para mí.

—¿Qué tienes? —me preguntó, acariciándome el cabello y el rostro. Me gustaba mucho la sensación que me dejaban los besos y caricias ajenos, era como una droga que no estaba dispuesto a abandonar. No cuando eran genuinos.

—Me dijeron que no quieren estar conmigo.

—¿Quiénes?

—Mis otros primos —confesé—. Los escuché decir que era mimado y grosero. Yo les grité que eran unos idiotas.

Topacio me rodeó con un abrazo.

—Son unos tarados. Menos mal que nosotros no nos juntamos con tarados. Están celosos.

Me reí ante la ironía, porque quizás éramos nosotros los tarados, pero no le dije nada. Apreciaba mucho sus intentos por alegrarme.

—Tengo hambre —se quejó ella después de un rato.

—¿Quieres que te traiga algo?

Ella asintió, contenta.

En aquellos días se celebró el cumpleaños de mi madre y asistieron decenas de hombres y mujeres nobles de todas las regiones y pueblos de los que estaba conformada Dravita, ya que era un imperio muy grande.

A mí me gustaban las celebraciones de tal magnitud porque podía comer y beber como lo hacían los adultos, unirme a la cháchara de los hombres curtidos en batalla y empaparme de sus hazañas o robar un poco de aguamiel del vaso de mi madre.

Nunca en mi vida había sentido curiosidad por los monólogos aburridos de los ancianos, me parecían seres ajenos, atrapados en idilios de sus épocas de oro, en proezas que habían podido lograr y en arrepentimientos por sueños no cumplidos.

Sin embargo, cuando oía los relatos del viejo Cereus, veía a un hombre, un joven, un niño o un adolescente de mi edad con el que habría trabado amistad.

Cada una de esas historias me parecía un campo, una bahía, el propio cielo o un mar inmenso por el cual navegar.

Por primera vez en mi vida el ardor del entusiasmo me embriagó en el vientre bajo.

Cereus era un hombre de mediana edad y de piel bronceada por los días en guerras bajo el hirviente sol.

Tenía una barba espesa de color negro y los ojos del mismo color.

Él era regente del pueblo del norte. Sus costumbres y vestimentas distaban mucho de las de nosotros, así que la curiosidad por su persona despertó en mí.

Me senté a su lado durante la cena y me quedé hipnotizado por sus palabras.

Nunca me vi interesado en personalidades ajenas, pero cuando presté atención en Cereus una nueva ola de emociones me atravesó el pecho.

No me importó que mis tíos hicieran burlas al respecto, sorprendidos de que quisiera pasar tanto tiempo con los guerreros y no con las mujeres.

Ellos, tan varoniles como brutos, pensaban que era delicado y frágil por preferir la compañía femenina.

A mí me parecía una contradicción enorme el que a los hombres de Dravita les gustaran las mujeres, pero que prefirieran la compañía de los hombres para todo.

Cereus fue como disfrutar de un nuevo aroma. La imagen de aquel hombre no abandonaría mis pensamientos sino hasta varias semanas después, sin comprender qué era lo que sentía.

En aquellos días me le pegué a Cereus a donde quiera que fuera. Quiero creer que no le molestaba, pues él tenía tres hijas y dos de ellas estaban próximas a buscar marido: que el príncipe mostrara interés en un noble como él era toda una bendición.

Pero a mí no me interesaba ninguna de las hijas de Cereus.

No obstante, me enseñó a pelear, tuve mi primer acercamiento a las espadas de obsidiana con él.

No le gustaba usar la lanza ni el arco y la flecha, porque decía que un verdadero hombre debía curtirse a golpes.

Esa vez me disloqué un hombro. Mi madre salió corriendo hacia mí cuando me vio tirado lloriqueando.

Cereus, con una culpa y arrepentimiento fingidos, se disculpó conmigo y con mi madre, y con un movimiento rápido me volvió a colocar los huesos en su lugar.

El tacto áspero de sus manos se quedó grabado en mi piel y me provocó un escalofrío en la espalda y un cosquilleo en el vientre bajo.

—Niño, nunca bajes la guardia —me dijo aquella vez.

Si no era fuerte, debía ser ágil; si no era ágil, debía ser listo. En esos momentos no supe muy bien cómo tomar aquel comentario, así que le sonreí y decidí creer que lo decía de manera positiva, aunque me hubiera dicho inútil en mis propias narices.

Al anochecer, Cereus ya había partido de vuelta a su hogar.

Como cualquier adolescente embriagado por nuevas experiencias y sensaciones, volví a mi habitación pensando en cada uno de los momentos que pasé con él, incluso el insulto.

Topacio estaba ahí, de pie en el balcón.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Siempre estoy aquí —se burló ella.

Tenía razón, siempre estaba en mi habitación o yo en la suya.

Había pasado varios días detrás de Cereus y me había olvidado por completo de Topacio.

No la miré mucho y me recosté en la cama; mi hombro aún punzaba por el dolor del dislocamiento.

Tuve que palparme el área para asegurarme de que mis huesos estuvieran en su lugar.

—Te la pasaste pegado a Cereus todos estos días. Seguro que estás enamorado de él.

—Solo lo estás diciendo porque estás celosa —le respondí—. Me tienes envidia.

—Claro, tú no sangras —murmuró.

No le presté atención.

—Si tanto te molesta, es problema tuyo.

—A mí no me molesta —admitió—. Pero a mi tío quizás sí.

—¿Te atreves a amenazarme?

Ella se acercó y me apretujó el hombro adolorido. Apenas pude quitármela de encima.

—Si mi tío se entera…

Con el tiempo pude comprender que aquello no había sido una amenaza, a pesar de su agresión. Topacio había sentido preocupación.

—No se va a enterar, celosa —me burlé—. Además, ¿a mí qué me importa lo que diga mi padre? Yo seré rey algún día. Ten eso en cuenta.

—Ellos esperan que seas de una manera en específico.

—¿A qué quieres llegar con eso?

—A los varones les gusta que les digan lo que quieren escuchar. Aun si eres un rey, tendrás que obedecerlos, aunque no quieras.

Yo hice un sonido de molestia y le dije que se callara.

Topacio no volvió a tocar el tema.

Pronto nos volvimos a escabullir por los pasillos más oscuros para tocarnos por encima de la ropa y hacer travesuras. A nuestras pláticas se sumó un nuevo tema de conversación: los cuatro días que Cereus pasó en el palacio.

Me gustaba hablarle a Topacio de los movimientos que él me había enseñado y de cómo la espada de obsidiana se había convertido en una de mis armas favoritas. De repente, me encontraba usando las muletillas que él usaba.

A Topacio, que no se le pasaba ni una, se le ocurrió preguntar:

—¿Te gustó el general Cereus?

No supe bien qué cara puse, pero intenté recomponerme rápidamente. En vano, claro, porque ella rio divertida.

—¿Por qué te interesa? —pregunté—. No es asunto tuyo.

—Bueno, es que me parece curioso —se burló—. Lo mirabas tan embelesado…

—¿Y eso qué? De todas formas, no eres quién para juzgarme.

—Mi tía me contó que en el este los hombres pueden casarse con otros hombres… —canturreó.

En el este, las ideas y costumbres no empataban con las nuestras. Mi madre era una princesa que había nacido allí.

—Topacio, basta. Tú también tienes tus propios temas y…

—Yo no soy tan importante como para cuidar de mi reputación —me interrumpió—. No estarás volviéndote rarito…

Si algo había que reconocer es que Topacio tenía una lengua sagaz y una mente demasiado audaz para alguien de su edad. Ante cada cosa que yo decía, ella tenía dos o más respuestas.

La tomé del brazo tan fuerte que se quejó.