Cuatro
CUATRO
T opacio me siguió por todo el palacio, suplicando por mi perdón mientras me apretujaba la tela de la túnica de algodón.
Dravita era un lugar de clima templado excepto durante el verano.
Entonces, si no había sirvientes acicalándote el cuerpo en tiempos de mucho calor, el sudor se te pegaba a la tela y te caía a borbotones por la barbilla y las cejas, aunque el palacio era fresco y acogedor, repleto de naturaleza y toda clase de plantas preciosas que te acariciaban los brazos si pasabas lo suficientemente cerca de ellas.
Muchas veces no me daba cuenta y terminaba cubierto de rasguños a causa del agave.
—¡Por favor, Jaspe, perdóname! —suplicaba ella.
Tenía un puchero en los labios y hacía el ademán de lloriquear sobre mi hombro, pero ninguna lágrima salía de sus ojos.
Topacio era así, tan embustera como yo, así que no le creía ni una pizca cuando se ponía a rogar por mi perdón. Muchas veces aquello terminaba en bromas por su parte.
Cuando éramos más jóvenes solía ser grosera y maleducada en mi presencia, al punto de que su madre tenía que contenerla, porque era fiera como un jaguar.
Mi padre sugería corregirla y mi tío, de mala gana, le hacía caso, probablemente pensando que yo también debería ser corregido, porque Topacio y yo éramos distintas caras de la misma moneda.
Recuerdo a mi tía pasar las tardes con mi madre, bordando y hablando de nimiedades que en esos momentos no me interesaban.
Ellas se quedaban en el palacio, así que Topacio y yo nos escabullíamos al bosque para recolectar fruta de los árboles.
Los sirvientes podían hacerlo por nosotros, pero, como los niños que éramos, nos daba una descarga de adrenalina entrar al bosque.
Nos hacía sentir como guerreros, aunque las bestias más grandes que podíamos encontrar eran los pequeños reptiles que se peleaban por la fruta del lugar y las garzas.
Éramos unos confianzudos y berrinchudos.
Mi padre decía que era culpa de mi madre y de mi tía, que nos trataban con mimos, como el toque delicado de una pluma. No me importaba.
—¡Jaspe! —lloriqueó Topacio.
—¡Vas a arruinar mi ropa!
Topacio apretó las cejas y me soltó.
Cuando teníamos pocos años de vida, la única manera que los adultos tenían de reconocernos era el color de nuestros ojos: a diferencia de mí, Topacio había nacido con los ojos del color del ónix, oscuros como la noche más tenebrosa, herencia de nuestros ancestros.
Mientras que los de ella eran como dos piedras de obsidiana, los míos eran azules como el mismo cielo despejado.
Eso me hacía sentir merecedor de todas las cosas por encima de todos.
—Estoy molesto contigo —le dije a Topacio.
Ella hizo un puchero y zapateó con sus sandalias doradas.
—Traicionaste mi confianza. Mi padre me regañó por tu culpa.
La expresión de Topacio cambió en un santiamén, pero no le hice mucho caso. Ella siempre hacía lo mismo. Conmigo no funcionaban esos trucos.
—Prometo no volver a hacerlo —respondió muy seria—. ¿Me perdonas?
—Solo si te pones de rodillas y me lo pides.
Una expresión de desagrado atravesó su rostro, notablemente ofendida.
Éramos jóvenes, y nuestro estatus se diferenciaba con creces, así que cuando podía, me aprovechaba de eso.
Y ella aceptaba ese trato al menos en la mayoría de las ocasiones, así como también yo aceptaba el suyo.
No lo decíamos en voz alta, pero sabía que ambos pensábamos que era mejor eso a quedarnos solos, porque ninguno tenía otros amigos.
Se arrodilló con pomposidad.
—¿Perdonaría usted, príncipe Jaspe, heredero de las vastas y fértiles tierras de Dravita, a su querida prima que con humildad se arrodilla ante su magnífica presencia?
Le sonreí, divertido ante el espectáculo, y ella se levantó con rapidez para después asegurarse de que nadie la hubiera visto.
Al darse cuenta de la soledad que nos abrazaba, se me colgó del cuello, rodeándome con sus brazos larguiruchos e igual de morenos que los míos.
El oro pulido que los decoraba estaba frío y duro, contrastando con su abrazo gentil sobre mi piel.
Topacio y yo éramos inseparables, pues nos criaron juntos y nuestras madres nos habían tenido apenas con un par de meses de diferencia. Nuestra vida entera la pasamos pegados uno al otro y todo el que nos conociera estaba familiarizado con nuestra cercanía y hermandad.
—¿Ya no estás enojado? —preguntó, con su voz dulce.
Cuando abrí los labios para responder, un zapateo pesado inundó el pasillo contiguo y nosotros, sabiendo que se trataba de la servidumbre, nos separamos.
La distancia fue dolorosa; el aire fresco me pegó en el área sobre la que habían estado los brazos de Topacio.
Sus pulseras, que antes lucían radiantes e impecables, tan brillantes como el mismo sol, se vieron mancilladas con las marcas de mi piel y de mi sudor.
Apareció una de las criadas ante nosotros, que nos avisó que se solicitaba nuestra presencia en los comedores y después se despidió. Una vez que Topacio se aseguró de que la criada se había ido, la distancia que nos separaba volvió a acortarse y me dijo con una sonrisa:
—Vayamos a comer.
La cena transcurrió de forma amena, con mi padre y mi tío Ópalo conversando sobre cháchara política que no me interesaba en lo más mínimo.
Mi abuelo había muerto hacía poco, dejando tras de sí muchos problemas que mi padre ignoraba y mi tío intentaba arreglar.
Yo por supuesto que estaba más ocupado prestando atención al juego pícaro que Topacio y yo teníamos por debajo de la mesa: me tocaba las piernas mientras fingíamos una quietud impasible.
“Los nobles del este entregarán una cuarta parte de sus tierras…”.
Topacio me acarició el brazo y puso una pepita de calabaza sobre la palma de mi mano.
“Ahora no es momento para hablar de esto”.
Y yo coloqué sobre la de ella una barra de amaranto.
Lo que menos me importaba eran los asuntos de los adultos.
Era un adolescente con las hormonas a flor de piel, así que lo único que recordaba sobre la conversación de mi padre y mi tío eran pequeños fragmentos.
Durante muchos años me pregunté si de haber sido un muchacho más consciente de mi entorno y de los asuntos de los que yo algún día me encargaría, hubiera cambiado mi destino, el de mi padre, el de mi madre y el de mi propia nación.
Durante años el recuerdo ensombrecido de aquella cena y los eventos posteriores a esta me entristecieron por las noches y me provocaron pesadillas, dejándome con una sensación de vacío y con el pensamiento de que pude haber hecho algo al respecto.
Al anochecer, cuando todos cayeron rendidos por el sueño y el aguamiel que bebieron durante la cena, me colé en la habitación de Topacio, donde ella descansaba plácidamente. Cuando me vio, se incorporó, preocupada porque alguien pudiera encontrarme en su alcoba.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro cuando me acerqué a su lecho—. ¡Oye!
Me escabullí entre las sábanas y me recosté a su lado, como solía hacer durante las tardes cuando se encontraba descansando en las terrazas. El frío húmedo de la noche se desvaneció de mi piel y el calor de Topacio se extendió por mi propio cuerpo hasta que me sentí ligero.
Las horas pasaron y en el pulcro silencio de la noche ella se quedó dormida a mi lado, al igual que lo hice yo. Sin embargo, cuando el sol estuvo a punto de ponerse, salí de su habitación.
Topacio y yo teníamos una relación agradable, así como extraña.
A pesar de mi carácter extrovertido, no muchas veces tenía el deseo de conversar, así que ella se mantenía en silencio junto a mi hombro, bordando o confeccionando sus propias vestimentas.
Si ella no se encontraba de humor, yo también la acompañaba en el silencio absoluto.
Y si teníamos ganas de charlar, nos manteníamos parloteando durante horas y horas hasta que la garganta se nos secaba y la voz se nos agrietaba.
Cuando ella y mis tíos se marchaban a su propio palacio al norte de Dravita, mis tardes se volvían tristes. Parecía que el sol y la luna prolongaban su estancia en el cielo, mientras que yo, con cierta pesadumbre, contaba los días que faltaban para poder verla de nuevo.
Era extraño. A veces pensaba que no nos quedaba de otra más que estar juntos, y a veces sentía que no podía vivir sin su presencia.
Durante los días siguientes noté a mi padre más ausente, pero como nunca me contaba sobre lo que hacía y nuestras interacciones eran más bien nulas, no le presté la debida atención.
Mi madre, a quien mi padre había contagiado sus humores, me contó vagamente la situación, pero yo, un tonto, desconsiderado y desinteresado, les presté más atención a mis nuevos brazaletes de oro, así que dejó de hablar.
En aquellos momentos no le presté mucha atención a su gesto, ya que ella hacía mucho esa cara de molestia conmigo, y yo creía que era una mujer exagerada y de humores volátiles, porque al menos eso decían los varones de las mujeres.
Sin embargo, con el paso de los años, entendí que no era más que decepción y angustia, quizás por ver a su único hijo interesado en nimiedades y estupideces, saltándose las lecciones de historia y leyes.
Mis abuelos, que me habían visto nacer antes de que murieran, le habían dicho a mi madre que yo había nacido con el don de la elocuencia y la sabiduría, mis ojos no mentían.
Así que, sin importar cómo yo me comportara durante la adolescencia, mi madre se aferraba a aquellas palabras proferidas antaño.
Tenía fe en el don que portaba en mis ojos por designio de los dioses.
El privilegio de príncipe me daba la misma vitalidad que el agua a las raíces de los árboles, que crecían frondosos y titánicos en Dravita.
Vivía con la grandeza desbordándose de mi ser, como los ríos en temporadas de álgidas lluvias, provocando en mí la prepotencia natural de un príncipe.
No conocía el horror ni las penurias; poco sabía yo de la vida más allá de las ostentosas paredes del palacio.