Tres #4
Ahora, mis pies se movieron durante horas enteras y me llevaron hasta lo que parecía ser lo más lejos que habrían llegado los hesperianos, cruzando los límites.
No había más cuerpos humanos colocados de manera estratégica ni posando con las manos extendidas hacia el interior del bosque, sino hombres de piedra que parecían haber existido en una era muy antigua: sus figuras petrificadas estaban incompletas, a algunos les hacían falta brazos o piernas, había una que sostenía la mitad del cuerpo que le quedaba con una única pierna.
Ninguno de esos hombres vestía como la gente de Hesperia, ni siquiera como la gente de los asentamientos que vi antes de llegar al reino de Dianthus.
Mientras más avanzaba, cambiaba la vestimenta de todos aquellos que alguna vez fueron humanos: lucían calzados que nunca había visto, ropas pesadas y pantalones holgados y llenos de bolsillos, agujereados o negros por la humedad; algunos parecían ya hechos jirones.
Llevaban armas extrañas que sujetaban con sus manos cuarteadas. ¿Qué se suponía que era todo esto?
Y entonces lo vi, en medio de los árboles y los arbustos, mirándome, con un rostro infantil hecho de piedra. Creí, en un principio, que se trataba de otra existencia que se había detenido en el tiempo, como les pasaba a los sacrificios, pero las estatuas no se movían…
Era de noche y estaba solo en un jardín lleno de muertos.
Sea lo que fuera esa cosa, me miró con la misma curiosidad de un niño que apenas está conociendo la vida, como un cachorro que inclina la cabeza en busca de entendimiento.
¿Se trataba de un dios observando mi naturaleza humana, preguntándose qué hacía yo más allá de los límites que se les permitía pisar a los ciudadanos de Hesperia y todo ser que no fuera de Neem?
De entre la espesura azul se me presentó la criatura extraña que no se parecía en nada a algo que hubiera visto jamás.
Era enorme, y de su cuerpo rígido se extendían decenas de lo que me parecieron tentáculos hechos también de piedra.
De cada uno de ellos colgaba un rostro, todos similares entre sí.
Aquellos rostros se removían curiosos alrededor de una cara principal, semejantes a una melena leonina.
Unos me sonreían, apretaban los labios cuarteados de piedra, y otros fruncían las cejas.
Se miraban entre ellos, como conversando en un idioma silencioso que yo no podía entender.
¿Qué era eso?
Cada una de sus patas se hundía sobre el pasto y la tierra al caminar, señal de su gran tamaño y peso, mientras yo, tan insignificante frente a aquella criatura, no hacía más que observarla con cierto temor y fascinación.
Los rostros se movían en todas las direcciones, como buscando algo. Quizás no miraban, porque cada uno de sus ojos estaba formado por cavidades vacías, excepto una de las tantas caras, que sí poseía una gema roja en una de sus cuencas. Era la única que no me quitaba la vista de encima.
—Llévame contigo —le supliqué, con la voz queda y temblorosa, tan frágil que casi me sentí de doce años de nuevo.
Aquellas palabras fueron suficientes para captar la atención de todos los rostros de aquella criatura. Quizás no podían ver, pero sí oían.
—Por favor, llévame contigo —con el miedo a flor de piel, supliqué—. ¿Eres un dios? ¡Llévame contigo!
En mi cuerpo percibía un atisbo de esperanza, titilante como la tenue luz de una vela encendida. Para mí aquello era más que suficiente. Mi corazón parecía estar siendo oprimido dolorosamente contra mi pecho y respirar me lastimaba.
Quise cerrar los ojos, esperando el mismo destino que el de las estatuas tras de mí. Pero ese destino nunca llegó.
La criatura, la que a mis ojos solo podía ser un dios, pareció olisquearme el rostro con una de sus caras, la que poseía una gema en vez de ojo. Me inspeccionó como un perro curioso hace con las cosas que le llaman la atención.
Me tocó el pelo con su nariz de piedra.
Una melodía salió de las fauces de la cabeza principal, similar al canto de las ballenas que oí cuando viajé en barco, antes de llegar a Hesperia.
A pesar de la horripilante escena, no tuve miedo. Aquella imagen había sembrado en mi interior una curiosidad que germinaba al ritmo de los latidos de mi corazón.
—Estrella humeante —pronunció en una voz extraña que sonaba como el coro de una banda musical, como las vibraciones del metal.
Me quedé boquiabierto.
Ambos nos quedamos de pie uno frente al otro, sin saber muy bien qué hacer.
La criatura, al verse ignorada, comenzó a andar con lentitud en cuatro patas para volver por donde había venido, de regreso hacia el interior del bosque, más allá de lo que hubieran podido llegar alguna vez los hesperianos.
—¡No te vayas! —grité.
Yo había gozado del vasto privilegio de la realeza. No había ser humano que no se inclinara ante mí y me adorara como se adora a los dioses. Incluso los brujos y sacerdotes decían que la nobleza eran los campeones de los dioses, sus preferidos. Que teníamos el favor de los de allá arriba.
Sin embargo, tras la caída del reinado de mi padre, advertí el rechazo de los dioses.
Justo como en esos momentos.