Tres #3
En ella vi al rey Crisantemo, los mismos ojos cafés que te penetraban el alma y te revolvían el estómago, la nariz pequeña y los labios que se veían como dos gotas de sangre en aquella piel suya que era blanca como las mismas nubes.
Era apenas unos centímetros más alta que yo, pero su presencia me hizo sentir pequeño y temeroso, tanto como una hormiga que está a punto de ser aplastada por el zapato de un infante travieso.
Enfurecí y tiré su rebozo al suelo. Ella sujetó mis muñecas con desesperación.
—¡Jaspe!
—¡Aléjate de mí!
La expresión que surcó el rostro de Pétalo me hizo sentir miserable.
Me miró aterrada, incrédula y quizás hasta un poco enojada.
Me sorprendió mucho que no tomara una actitud defensiva.
Aunque ambos habíamos sido criados de la misma forma, ella no era como yo.
Pétalo era sincera, no tenía necesidad de ser una niña mimada y grosera.
Ella mantenía su corazón a la vista de todos.
En esos momentos aquello me pareció tan fascinante que los celos me invadieron.
—Por favor… —me rogó.
Ni siquiera la miré. Mi atención fue a parar hasta los jardines de abajo, donde se arremolinaban los sirvientes chismosos del palacio para ver hacia la calle principal.
Más allá, como había dicho el general Cardo, estaba un grupo de personas sujetando pañuelos y banderines amarillos. Las Flores Amarillas.
No dejé que me volviera a tocar. Y mientras me alejaba del recinto real, aquellas emociones desbordantes que me inundaron cuando hui por primera vez al bosque de Neem comenzaron a anidar en mi pecho nuevamente, burbujeantes e incontrolables.
Nunca en mi vida había experimentado tales sensaciones.
¿Qué era esto que me quemaba el pecho y dejaba un vacío enorme en mi corazón?
Me ponía intranquilo, atolondrado e incapaz de pensar con claridad.
Era como estar sumido en medio de la oscuridad, sin siquiera la luz tenue de la luna como guía.
Quería huir de todo, quería aniquilarme y desaparecer.
Me pregunté si pondría triste a mi padre el que yo no estuviera más.
Pocas habían sido las veces que había pasado tiempo con él.
Siempre me hablaba sobre mi futuro en Dravita, aunque generalmente dejaba que los criados y maestros me instruyeran.
Él solo observaba. Era un hombre de pocas palabras, necio hasta la médula.
Las cosas tenían que hacerse como a él le gustaban o, si no, no se hacían.
Siempre me pregunté qué habría visto mi madre en él.
Ella fue muy diferente. A diferencia de mi progenitor, fue una mujer amable y cálida.
Ojalá hubiera corrido la misma suerte que ella. Desde entonces había tenido la ligera sospecha de que las buenas personas siempre se van antes que las malas.
Como príncipe yo no era ningún trigo limpio, quizás por esa razón los dioses no me habían llevado con ellos aquel día en el que aconteció el asedio.
Mi padre había mencionado alguna vez que estaba vivo por cuestión divina.
“Porque los dioses así lo desean”, había dicho.
Y por mucho tiempo le creí y agradecí a los dioses por darme otra oportunidad.
Sin embargo, ¿qué sentido tenía vivir de esta manera?
¿Siendo mancillado y humillado, echado de mi propia casa?
¿Los dioses también querían eso para mí? De ser así, ¿qué clase de dioses eran?
Crucé el barrio de los nobles, evitando las tropas y la manifestación, y subí la colina, tal y como lo había hecho la primera vez, con los pulmones ardientes y la garganta dolorosamente seca por el viento gélido.
Detrás de mí, Hesperia se encontraba tranquila, con el mar arrullando la ciudad.
Delante, y en la lejanía, se encontraba el gran bosque de Neem.
Durante el día los árboles lucían tenebrosos, pero en la noche refulgían como llamaradas violetas y azules, invitándote cálidamente a entrar en su interior.
Si eras inteligente sabrías que debías rechazar la invitación, pero a mí ya no me importaba.
Caminé durante lo que me parecieron horas enteras hacia los lindes del bosque, que ya no era un punto brillante en la lejanía. Los árboles se me mostraban imponentes y las voces espectrales de los sacrificados me invitaban a entrar y unirme a ellos en la eternidad.
Atrás no había más que el recuerdo de lo que no podría ser nunca más.
No pertenecía ahí, y Dravita ya no era mi hogar, mi preciado hogar.
Hesperia era el constante recordatorio de que jamás volvería a ser un príncipe y que, por tanto, jamás volvería a ser respetado como uno.
No me quedaba nada, y las personas que en verdad me querían ya no estaban.
Me mordí el labio herido y di otro paso sin mirar atrás, dispuesto a abrazar la eternidad en roca.
El bosque de Neem poseía un aura mística, propia de un lugar sagrado en el que residían deidades. Nunca había visto a un dios, y el simple hecho de morir en presencia de uno me provocaba cosquillas en el estómago y me hacía delirar. ¡Qué muerte más propia para un príncipe!
Nunca pregunté por las ceremonias que se llevaban a cabo dentro del bosque, tan solo tenía el vago conocimiento de que allí vivían los sacrificios humanos que se ofrendaban a los dioses de Neem y que por nada del mundo debías cruzar los límites, pues se suponía que era peligroso para los mortales como nosotros.
Yo provenía de una tierra en la que los sacrificios humanos eran el pan de cada día, así que saber que aquello también era parte de las tradiciones de un país ajeno no me asustó.
Nosotros lo hacíamos para contentar a los dioses durante los días festivos y para pedirles que protegieran nuestras cosechas, así que la primera vez que me adentré en este lugar me quedé boquiabierto por lo que encontré: un ejército de fantasmas hechos de piedra blanca que parecían relucir en la oscuridad del bosque.
Esos rostros hermosos lucían somnolientos, los párpados parecían pesarles.
Me quedé ahí de pie, sin saber muy bien qué esperar.
¿Una criatura monstruosa? ¿Un dios hambriento? ¿Un ser benevolente?
No, ningún dios al que se le ofrenda un mortal puede ser benevolente.
La primera vez que estuve en este lugar no hice más que observar una escena íntima y melancólica que no debí haber visto en primera instancia. Y así como llegué, me fui.