Tres #2
La familiaridad y calidez que había sentido alguna vez con la presencia del general Cardo se esfumó, y no pude verlo más como lo veía antes. Comprendí que ya no podía confiar en él, aun si me había dicho alguna vez, durante los entrenamientos, que podía hacerlo. Ahora esas palabras estaban vacías.
—¿Entendido? —repitió.
Asentí con la cabeza, y Cardo me soltó y abandonó la habitación.
Yo me encaminé por los pasillos del palacio, atolondrado y temeroso.
Tuve la incómoda sensación de verme descubierto, como si estuviera desnudo y cientos de ojos me miraran desvergonzadamente.
Quizás así se sentían el desamparo y la inseguridad, un malestar que me tensaba como las cuerdas de un arpa y me hacía querer tirarme de algún precipicio con tal de escapar de aquel estremecimiento que me carcomía los sentidos.
No supe cuánto tiempo estuve vagando por el palacio, pero me vi aliviado cuando logré llegar al salón principal, donde los invitados danzaban y conversaban, mientras otros más disfrutaban de las melodías de los músicos al fondo.
Todo seguía igual que cuando me fui, ajenos a las emociones que me inundaban y se desbordaban como cascadas.
Sus rostros campantes hacían un curioso contraste con mi expresión febril, y eso me indignó.
La sangre me hervía dentro del cuerpo y me calentaba las mejillas.
¿Por qué nadie sabía lo que estaba pasando?
Me pasé el brazo por la cara, buscando borrar todo rastro de debilidad en ella.
Y cuando mi corazón dejó de latir como un caballo desbocado, busqué a mi padre entre la multitud de ropas pomposas y bordados dorados.
La luz lunar se colaba por los enormes ventanales y me cegaba por completo: era un mar dorado y blanco que aturdía mis sentidos.
Vi al general Cardo y su cabellera de fuego, a su hijo Loto, que poseía los mismos rasgos, y a mi padre conversando amenamente con ellos.
Teníamos ya un par de meses en Hesperia, a la que llamaban elegantemente “el Mar de Flores”.
Antes de llegar aquí nos vendieron la ciudad como un paraíso terrenal, lleno de gente cálida y adepta a sus dioses, que compartía campos con el reino de las deidades.
Hesperia era lo más cercano que se podía estar de los dioses y ángeles.
Creímos que su gente sería, por lo menos, bondadosa y caritativa.
Cuán equivocados estábamos.
Entre la basura y los escombros había apenas un par de flores creciendo, y esos eran el general Cardo y su hijo… al menos eso decía mi padre. Sin embargo, yo me di cuenta de que el general Cardo era una flor muerta y podrida, infectada por la inmundicia.
Berilo, el consejero de mi padre, me encontró primero.
No quería hablar con él, no quería verlo.
Siempre me había fastidiado su persona, su forma de hablar y de expresarse.
Él solía reprenderme en nombre de mi padre, así que de alguna forma asocié su nombre con emociones negativas.
Berilo únicamente se preocupaba, pero yo solo era un chiquillo que no lo entendía.
Al notar mi nerviosismo, me preguntó qué pasaba.
Era un hombre estoico, igual que mi padre, de pocas palabras, a menos que te ganaras su confianza.
Nunca habíamos conversado más allá de lo necesario porque yo no se lo permitía.
“Díselo a Azurito”, le decía yo. Azurito era el anciano que me cuidaba, el único que me procuraba y cumplía mis caprichos, además de mi madre.
Incluso cuando hacía rabietas y despreciaba los regalos que los otros nobles me hacían, él me miraba con un rostro tan dulce que recuerdo como la palma de mi mano y que aún sigue grabado en mis memorias; luego me traía postres y dulces para contentarme.
“Que Azurito te lo explique”, le decía a Berilo, y él no tenía más remedio que irse a buscar al anciano, porque él tampoco tenía ganas de quedarse a lidiar con mis rabietas de infante.
Sin embargo, esta vez no estaba Azurito para hablar con él.
Cuando me tomó del brazo, buscándome el rostro, le grité y los invitados me miraron, pero aquella atención no me gustó.
Berilo casi rogó por mi calma, pero no tuvo que decirlo dos veces cuando fui consciente de los susurros… y de que mi nombre circulaba entre ellos.
Me preguntó por segunda vez qué sucedía. Vi la expresión preocupada en su rostro, sus ojos mostraban genuino interés en mí, pero no me importó. El calor infundido por la rabia me inundaba los sentidos, pero no volví a gritarle, porque los invitados me miraban con desagrado y hasta con cierto temor.
La mayoría de los hesperianos desconocía la situación de Dravita y cómo vivíamos.
Los pocos mercantes que habían viajado allá en busca de negocios llegaban hablando de enormes e interminables selvas, de jaguares, de recintos dorados en medio de la espesura verde y un calor tan húmedo que el rocío constante del lugar se entremezclaba con tu propio sudor.
Parecía bastante lógico que pensaran que Dravita era una nación de terror comparada con Hesperia, aunque ellos solo hubieran estado en las costas, alejados del valle y de Dravita misma.
No me conocían.
El barullo del gentío pareció llamar la atención de mi padre, que se acercó a zancadas hacia nosotros sin perder el porte elegante que había aprendido de los nobles quisquillosos y creídos.
Su mano ocupó el lugar en el que había estado la mano de Berilo y me llevó afuera tan tranquilo y amoroso que me pareció irreal.
Ya había anochecido y el aire frío de los jardines exteriores me golpeó la cara. Mis pulmones se ensancharon. Adentro había estado oliendo el licor, la comida humeante y las fragancias fuertes que a mi nariz le parecían espesas y desagradables.
Berilo nos siguió, preocupado.
—Papá, escúchame…
La mejilla me ardió después del golpe sordo que recibí, tan fuerte que Berilo dio un saltito de la impresión.
—Te lo advertí —masculló. La boca me supo a sangre. Berilo trató de decir algo, pero mi padre siguió—. ¡¿Cuántas veces te lo he dicho?! ¡No estamos en Dravita!
Ignoró mis balbuceos.
—¡No estamos en Dravita! —repitió—. ¿Puedes comportarte?
No esperó respuesta de mi parte y no dejó que Berilo abogara por mí. “Me lo merezco”, pensé, con las primeras lágrimas derramándose por mis mejillas. No debí haberle gritado a Berilo, no debí haber discutido con mi padre, no debí haber cruzado aquella puerta. Era mi culpa.
—Y no entres hasta que dejes de llorar —sentenció—, que los varones no lloran.
Berilo hizo un intento por acercarse a mí, pero mi padre no se lo permitió.
El consejero me echó un último vistazo antes de irse tras mi padre; en su rostro no había ni rastro de aquella expresión molesta que siempre tenía cuando se veía obligado a hablar conmigo.
En ese momento, Berilo me había observado con un amor y una comprensión que jamás había visto en los ojos de mi padre, pero no tuvo el valor de desafiarlo.
Quizás si me hubiera preguntado una vez más qué había sucedido, le habría contado todo.
Sin embargo, ¿eso qué diferencia hacía? ¿Qué habría podido hacer mi padre? ¿Qué hubiéramos hecho?
Tenía razón. Ya no estábamos en Dravita.
A lo lejos, a través de las enormes ventanas podía distinguir a cada uno de los invitados en el salón.
Vi al general Cardo incómodo, nervioso, cuando mi padre entabló una conversación con el rey Crisantemo.
No había podido decirle ni una sola palabra antes de que me golpeara, así que no tenía forma de saber que aquel hombre con el que reía me había tocado.
Su desconocimiento me perturbó y me hizo consciente de qué tan pequeño era yo.
Que, aun portando la sangre real de la cual nací por derecho y con permiso de los dioses, no era nadie en Hesperia.
No era nadie.
El solo pensamiento me hizo añicos el corazón y las entrañas, por fin se desparramaron sobre el jardín.
La suciedad se extendía por mis brazos y mi espalda como un escalofrío molesto; me daban ganas de arrancarme la piel para sacarme la sensación del cuerpo.
Enterré las uñas en mi piel y la pintura dorada se mezcló con diminutas gotas de sangre.
El manto frío pronto fue sustituido por una tela cálida sobre mis hombros desnudos, porque mi capa se había quedado dentro de aquella habitación. No había sido consciente de qué tan violento era el frío de la noche hasta que Pétalo me cubrió con su rebozo dorado y mis huesos dejaron de doler.
—¿Qué pasó? —preguntó. Me miró extrañada—. ¿Por qué estás vestido así? ¿Por qué…? —me tocó la tintura en la piel.
No le respondí, ni siquiera la miré. No tenía ánimos de nada y su estatus de princesa poco me importaba. Al fin y al cabo, yo también era un príncipe y había sido criado como uno.
—Jaspe…
Quiso tomarme del brazo, pero no se lo permití. ¿Por qué todos se creían con el derecho de mancillar mi cuerpo como les diera la gana? Quería irme tan lejos como pudiera llegar mi alma y nunca volver.
—Jaspe, vienen a buscar mi mano. ¡No quiero casarme!
Aquello se sintió como la bofetada que me había dado mi padre. En esos momentos no era capaz de comprender la prisión de Pétalo, para mí sus problemas eran nimiedades. ¿Y qué si iban a casarla?
Claro, ser una princesa implicaba preocuparse por una misma antes que por los demás.
Una parte de mí quería escucharla y reconfortarla, porque ella había sido una de las pocas jóvenes que me había tratado como a un igual y no como un extraño porque no me parecía a ningún otro extranjero que hubieran visto antes.
No podía evitar la culpa de verme como un desagradecido por albergar emociones tan despreciables hacia ella en esos momentos, pero otra parte de mí, aquella que era el príncipe egoísta, se sintió indignada y herida por su desconsideración.