Tres
TRES
M e invitó a pasar, pero aquello se sintió más como una orden que otra cosa.
Quise irme, sin embargo, sentía mis pies hechos de roca, petrificados como las estatuas de Neem.
No supe por qué. El rey Crisantemo nunca me había dado una sensación extraña; era amable y siempre tenía un porte excepcional y formal.
Me ofreció licor, pero le dije que no tomaba.
Intenté ignorar aquella prenda de ropa que yacía sobre uno de los sillones dorados, la cual había sido olvidada por su dueño hacía unos instantes, pero mi mirada curiosa me delató.
—Son muy descuidados —mencionó—. Toma asiento, príncipe Jaspe.
Y, con la docilidad de un esclavo, obedecí.
Yo, acostumbrado a que la muchedumbre se arrodillara ante mí y que los sirvientes me trajeran comida y me lavaran los pies con tan solo chasquear los dedos, me vi traicionado por mi propia persona.
Yo, que estaba acostumbrado a no obedecer más que a mi padre, tuve la sensación de haberle escupido a la cara.
Lo cierto es que, a pesar de la apariencia imponente del rey, su voz era aterciopelada, serena, capaz de calmar a la más salvaje bestia. Quizás era así como los hombres mayores engatusaban a las jovencitas para recibir solo migajas de ellos.
—¿Te han atendido bien, príncipe Jaspe?
—Sí —respondí más rápido que un rayo—. La comida es buena.
Realmente lo era.
—Sí, la comida es muy buena —aseguró el rey—. Me alegro mucho de que encuentres placer en Hesperia. Debe ser difícil adaptarse a un nuevo entorno.
Apreté los labios y murmuré un “sí”. Nunca antes me había sentido tan cohibido como en esos momentos. Había algo que me ataba a esta habitación. No pude deducir qué era hasta momentos después, cuando observé la corona del rey Crisantemo sobre su cabeza.
—Me da gusto —repitió, aunque su voz y su rostro no expresaban lo mismo—. He visto que eres bastante popular entre los nobles. ¿Has recibido alguna oferta?
Asentí con la cabeza.
—Me imagino que sí. En condición de concubino, supongo.
—Sí, majestad.
El rey sabía que yo ya no tenía ninguna oportunidad de conseguir como esposa a una muchacha de buena familia.
—Considerando los acontecimientos pasados, sería prudente que contemplaras dichas propuestas. Los lores buscan meticulosamente prospectos adecuados y acaudalados para sus hijas. Es una lástima lo que pasó con esa joven. ¿Cómo es que se llamaba?
—Flor —respondí.
—Flor —repitió, como degustando el nombre—.
Sí, la gente del norte tiene algunas creencias arcaicas.
Lamentablemente se debe a la influencia del reino vecino.
Ni siquiera rezan a los mismos dioses que nosotros.
No fue culpa tuya, príncipe Jaspe. Lo que sientes es normal, no dejes que nadie te diga lo contrario. Ni siquiera tu padre, ¿oíste bien?
Tímido moví la cabeza en un gesto de afirmación.
De pronto su mirada se dirigió a mis brazos y a la pintura arruinada. De no haber puesto suficiente atención, hubiera pasado desapercibida su minúscula expresión de molestia.
—Acércate —ordenó serio.
Las piernas se me entumecieron y no me obedecieron a mí, sino a aquel rey cuyas tierras yo invadí con mi presencia. El corazón estaba latiéndome dolorosamente contra las costillas. En cualquier momento se me saldría del pecho de un salto.
Yo, que había sido criado como príncipe, nunca había experimentado el miedo ni la incomodidad que me provocaba el rey en esos momentos.
Despachaba a cualquier persona que no me agradara, me iba de cualquier lugar que no me resultara grato u ordenaba que cualquiera que perturbara mi ser abandonara el lugar en el que yo estaba.
Lo peor que podía pasarme sería tener que oír a mi padre durante una hora entera hablar sobre mi comportamiento y lo caprichoso que era, pero nunca hubo regaños, humillaciones o gritos de por medio, porque no le importaba lo suficiente como para reprenderme como se debía.
No me criaron para servir u obedecer.
Y, sin embargo, allí estaba yo, moviéndome hacia aquel monarca.
De cerca se le podían ver las arrugas en el rostro, la piel ligeramente pecosa y los ojos del color de las nueces que parecían desnudarte el alma.
Era grosero mirar a la realeza a los ojos, así que nadie más que mi padre, en igualdad de condiciones conmigo, solía mirarme directamente.
Ahora era consciente de la forma en la que la sangre real podía mirarte como si les pertenecieras, como si esperaran que te arrodillaras ante ellos.
El dobladillo de mis propios atavíos me pareció entonces más interesante que prestar atención al rey.
Debí haberme ido.
Debí haberme ido en el momento en el que aquel hombre puso una mano sobre mí y me jaló del mentón. Notó mi nerviosismo y cómo mis ojos viajaron a cualquier rincón de la habitación en busca de un lugar seguro adonde mirar, porque se rio.
El estómago se me revolvió y por un momento pensé que volcaría mis entrañas sobre el piso de la habitación. De haberlo hecho, quizás el rey hubiera sentido asco de mi persona. No pude pensar de manera adecuada en esos instantes.
Mis extremidades estaban rígidas.
Con la misma confianza con la que les daba órdenes a los criados, me ordenó que me diera la vuelta, y yo lo hice sin rechistar, sin poner peros.
Durante los años siguientes me atormentaría por haber obedecido, pero entonces yo era tan solo un adolescente, un niño que apenas aprendía sobre la vida y que no conocía más allá de su propia nariz.
Las yemas de sus dedos me acariciaron el cabello de ébano, la nuca y la espalda descubierta, pues la capa morada que me cubría había sido tirada al suelo.
—Crisantemos y estrellas —murmuró, trazando una línea pausada que iba desde mi hombro hasta la espalda baja, donde se detuvo y me cosquilleó con la mano—. Una decoración ostentosa, digna de un príncipe.
Hizo que me inclinara sobre el escritorio.
Las palabras me produjeron náuseas y el tacto cada vez más invasivo, cada vez más abajo, me estremeció.
El camino que surcaron sus dedos sobre mi piel bajo la tela de la falda quedó grabado como tatuaje hirviente que me hizo sentir sucio.
Quise lavarme y untarme aceites para que se me quitara la sensación.
Alguien tocó la puerta desde el otro lado y deseé con todas mis fuerzas que se tratara del chico que había salido de la habitación minutos atrás, porque solo así el rey me dejaría en paz.
El rey se alejó y me cubrí el pecho con los brazos manchados, avergonzado, creyendo que todo lo que había pasado había sido mi culpa. Si alguien se enterara, probablemente habría creído lo mismo. O al menos hubiera fingido que lo hacía.
El general Cardo apareció bajo el marco de la puerta.
Lucía exhausto y el cabello rojizo se le pegaba a la frente como un trapo mojado.
Se quedó atónito al vernos solos, pero se recompuso con rapidez.
Era seguro que creyera que no era su asunto lo que pasaba dentro de aquella habitación… y que era mejor que no le importara.
—Mi señor, lamento mucho interrumpir su reunión —se disculpó Cardo con las palabras atropelladas a la par que su cuerpo se doblaba para hacer una reverencia burda y apurada—.
Miembros de las Flores Amarillas han tomado las calles aledañas al palacio.
Se encuentran en condición de paz, pero sus invitados están algo inquietos.
El rey Crisantemo puso cara de pocos amigos.
—Claro, iré en unos momentos.
Cardo no necesitó una orden para retirarse, pues sabía muy bien cuando sus servicios dejaban de ser requeridos. Hizo ademán de irse, pero luego se volvió y dijo:
—Príncipe Jaspe, tu padre te está buscando desesperadamente. Será mejor que vayas cuanto antes.
Apenas Cardo desapareció detrás de la puerta, mis pies se movieron en automático y casi corrí detrás de él.
El rey no se inmutó, ¿por qué lo haría? Seguramente estaba acostumbrado a manosear jóvenes en pleno crecimiento cuando nadie lo veía.
Sabía perfectamente cómo lidiar con chicos como nosotros.
Sabía que nadie les creería y, si alguien lo hacía, fingirían que no era verdad.
Pero ellos no eran príncipes. No tenían un padre que era rey.
El aire abandonó mis pulmones, que se sintieron apuñalados.
Como un pez fuera del agua, mis labios se abrieron en busca de oxígeno, pero ni una bocanada entraba por ellos, mientras mis ojos se desbordaban en lágrimas igual que un par de cascadas furiosas.
Mis piernas, temblando cual patas de ciervo recién nacido, me condujeron de vuelta al salón en el que el cumpleaños de Pétalo se celebraba.
Sin embargo, en mi camino fui raptado por una sombra que me jaló hasta uno de los pasillos desolados, en donde los criados no se habían molestado en poner antorchas para iluminar la estancia y las pequeñas ventanas, como líneas verticales, apenas dejaban pasar la luz de la luna.
Pataleé buscando liberarme, pero aquel ser me contuvo sujetándome con firmeza desde atrás. Con una mano apretaba mis labios. Siempre fui un chico que se ejercitaba constantemente, pero mi fuerza de adolescente no se comparaba con la de aquel hombre que era un par de cabezas más alto que yo.
—Príncipe Jaspe —reconocí la voz áspera—. Soy yo, el general Cardo.
Mi cuerpo se relajó, pero mi mente aún seguía alerta, quizás ideando una manera más eficaz de escapar en caso de que aquel suceso con el rey se repitiera otra vez. No tenía ganas de luchar, pero lo haría con todas mis fuerzas. Esta vez lo haría.
—Escúchame con atención.
Me removí, pero él no aflojó el agarre.
Mi cuerpo se encontraba resentido por el reciente tacto del rey, el cual me provocaba un nudo doloroso en la garganta… pero la mano del general Cardo me impedía desparramar el interior de mis entrañas sobre el suelo de piedra blanca.
—Eso que sucedió no lo debe saber nadie. ¿Entendido?
La mano sobre mi boca no se alejó para que pudiera responder, continuó cortándome el aliento. De todas formas, mi garganta se encontraba tan cerrada que el llanto apenas si salía en gemidos ahogados.