Dos #2
Los hijos de familias nobles asistieron a la celebración de todas partes del reino buscando cortejar a Pétalo.
Algunos eran hombres mayores a los que les había crecido la barba hacía ya tiempo, aunque Pétalo aún tenía ese porte inocente que la hacía lucir casi infantil.
Aquello me revolvía el estómago, pero parecía ser completamente normal en Hesperia.
Pétalo huía de los ojos que miraban más de lo que deberían y la ponían nerviosa e incómoda en su propia casa.
Mi padre había recibido propuestas para mí de dos hombres más viejos que él. Tenían fincas y terrenos que trabajaban en otras provincias y ofrecieron oro y animales a cambio de mi compañía: eran hombres que ya se habían casado, pero que buscaban concubinos. Mi padre los despachó sin más.
Él nunca se dio cuenta, pero yo había notado que en cuanto miraban la pintura en mis brazos y espalda, se arrepentían de su oferta.
La nobleza utilizaba este tipo de fiestas para cortejarse y conocerse entre sí, para formar alianzas y pactos, para intercambiar a sus hijos por poder.
Tardé mucho en convencer a mi padre de intentar hacer lo mismo, ya que eso elevaría su estatus y quizás algún día podríamos recuperar nuestro hogar.
En ese entonces yo era muy joven y creía que las cosas podían solucionarse, pero la realidad es que todos en ese lugar querían recibir algo valioso a cambio de casi nada.
Todos buscaban su propio beneficio a toda costa.
Lucían vestidos pomposos, cubiertos de flores que también fungían como perfume.
Cada persona llevaba flores de acuerdo con su nombre o a la casa a la que pertenecían.
Otros, como yo, llevaban atavíos más modestos y tenían las pieles entintadas con naturaleza, aunque los bordados en sus ropas no coincidían con los dibujos en sus pieles.
A lo lejos, entre la multitud, logré divisar la cabellera de ébano de Pétalo, decorada con guirnaldas de diminutas flores, cristales y piedras preciosas que centellaban con la luz tenue del sol que se colaba por las ventanas.
Había pasado apenas una hora desde que el palacio había abierto sus puertas a los nobles y ricos, pero parecía totalmente agotada.
Sentí algo de pena por ella. Parecía tener todo a sus pies, pero estaba a merced de todos los ahí presentes, que esperaban que se pavoneara como un trofeo andante.
Quise acercarme a ella, pero la mano firme de mi padre sobre mi hombro me detuvo.
—¿A dónde crees que vas? Voy a conseguirte un buen matrimonio así te vayas a la punta de la región —amenazó—. Después de lo que hiciste, estar quieto es lo mínimo que puedes hacer por mí.
Apreté los labios, recordando mi beso con Lirio.
—Ya he tenido propuestas —dije.
En Hesperia no había objeciones sobre a quién amar, pero mi padre esperaba que me quedara con una muchacha de mi edad, o más joven que yo.
—Muchacho idiota —musitó—. Esas propuestas fueron insignificantes.
Mi padre me miró con ganas de matarme ahí mismo. Fue la misma manera en la que me miró cuando me encontró besándome con Lirio. Me arrepentí de haber hecho ese comentario. Solo quería llevarle la contraria, no hablaba en serio.
—¿Quieres ser un acompañante? ¿Eso es lo que quieres?
Se me erizó la piel, así que tuve que tallarme los brazos con las manos para quitarme aquella sensación.
Podía sacar de quicio a mi padre cuantas veces quisiera y él jamás me pondría un dedo encima frente a todas esas personas, pues estaba interesado en ganarse su favor y confianza…
pero en cuanto pusiéramos un pie en casa, se desquitaría por todas las veces que lo había hecho enojar.
De eso estaba seguro. Aunque nunca me había pegado, sentía su mano sobre mí más cerca que nunca.
—Ve a limpiarte eso —siseó mi padre al ver la pintura dorada hecha un desastre sobre mi piel a causa de mis manos—. Ahora. Y, por favor, no armes ningún escándalo. No estamos en Dravita para que hagas lo que se te antoje.
Obedecí sin decir más. El barullo se fue quedando atrás; poco a poco, me perdí entre los pasillos, en los cuales encontré a un par de parejas comiéndose los labios a besos desesperados.
Una de esas parejas estaba conformada por una mujer que había visto en las reuniones que el rey Crisantemo tenía con mi padre y otros nobles; estaba casada con un hombre que importaba seda…
pero el señor con el que se manoseaba no era su marido.
Fingí desinterés, pues no quería convertirme en un blanco para esa mujer. Era bien sabido que los nobles, con tal de resguardar sus secretos, eran capaces de cualquier cosa. Aunque Hesperia fuera una ciudad de tonos angelicales, la gente que residía ahí era de cuidado.
Cuando me di cuenta, me encontraba en un lugar alejado del gentío y de la fiesta, en donde los pasillos se alargaban en túneles que parecían interminables.
Mis pies me llevaron hasta otro pabellón.
Lucía más lujoso y pulcro que los demás, adornado con flores que desprendían un olor dulce.
Grandes columnas se alzaban hasta el techo, que estaba decorado con estrellas y constelaciones que titilaban por la pintura dorada, justo del color que adornaba mis brazos.
En Dravita nuestras decoraciones se erigían en piedra, las cuales se pintaban con colores vibrantes y llamativos, y el conocimiento de las estrellas no se guardaba recelosamente como aquí: todos, sin importar su estatus o condición, podían instruirse si lo deseaban, porque un pueblo con conocimiento es un pueblo libre.
O, al menos, eso decían los ancianos que nos contaban las historias y leyendas del pasado.
Observaba los detalles cuando a mi lado una puerta bañada en oro, tan pulida que me regalaba mi reflejo en tonos amarillentos, se abrió y de ella emergió un muchacho de mi edad, delgado y con la piel tersa y mullida.
No lo conocía, pero sus rasgos parecían comunes y corrientes, al igual que su ropa. Debía ser algún sirviente.
Me miró con los ojos muy abiertos, pasmado y con las mejillas arreboladas por la vergüenza. No me dirigió palabra alguna. Se escabulló hacia un lado y se echó a andar a pasos rápidos.
Entonces lo vi…
El rey Crisantemo estaba de pie bajo el marco de la puerta dorada, observándome con esa mirada turbulenta suya, de ojos oscurecidos.
Era un hombre de porte imponente, alto y de una fisonomía elegante y grácil.
Su piel era blanca como la nieve, como la de Pétalo, y sus cabellos, oscuros como la noche misma de Neem.
Me superaba en altura por dos cabezas; a su lado yo parecía un enclenque.
Me descubrí algo insignificante frente a él. Con una sonrisa me saludó y dijo:
—¿Qué haces tan lejos de la fiesta, joven príncipe?