Hesperia: Balada de flores y dioses Dos
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L as pesadillas aparecieron de nuevo, envueltas en arena y agua salada.

En mi sueño me encontraba en la costa, el viento salado me acariciaba las mejillas y la luz y el calor del cenit se cernían sobre mi piel de bronce.

El graznido de las gaviotas se unía al rugir de las olas, que chocaban con la arena bruñida.

Más allá, los barcos mercantes se alzaban como montañas, cuyas velas danzaban al ritmo del céfiro.

Los muelles de la costa podían verse atestados de gente que iba y venía, tripulaciones enteras se detenían en los puestos de comida aledaños.

La cháchara cotidiana venía a mí en un rumor indescifrable y la sensación de tener cada extremidad de mi cuerpo liviana como una pluma me entregaba a una sensación de paz propia de los sueños más dulces.

Caminé sobre la arena dorada con los pies descalzos, curioso. Detrás de mí se enarbolaba la imponente ciudad de Hesperia, que parecía un titán durmiente consumido por las flores y la naturaleza. Más allá de los campos se abría el camino al misterioso bosque de Neem y el jardín de estatuas.

La resaca me mojó los pies… y entre ellos la arena se había oscurecido.

Un par de muchachos se adentró al mar. Reconocí a uno de ellos al instante, con su precioso cabello rubio que ya no estaba corto.

Su nuca, antes siempre desnuda, ahora estaba cubierta por mechones lacios que le caían hasta la cadera, decorados con flores y piedras preciosas que brillaban como una constelación en el cielo áureo.

Tenía una apariencia más juvenil, delicada.

La otra figura tenía el cabello de fuego, largo y rizado, que le caía sobre los hombros como una cascada flamígera.

Aunque tenía una apariencia más austera, sin arreglos de flores ni cristales en las hebras de su pelo ondeante, su belleza era etérea y parecía un dios andrógino, de labios regordetes y rojos que contrastaban con su piel pálida y moteada, de largas pestañas que entornaban su mirada castaña y de mejillas espolvoreadas.

La luz del sol se posaba sobre ambos, rodeándolos con un halo dorado y un candor sobrenatural mientras las olas del mar balanceaban sus cuerpos pálidos y relucientes.

Sus labios se movieron, pero ni un sonido salió de ellos. ¿Qué estarían diciendo? No podría saberlo.

Desperté en medio de la noche, empapado en sudor y con la ropa pegándoseme al cuerpo.

La oscuridad se cernía sobre mí, abrazando cada rincón de la habitación.

Las cortinas transparentes del balcón se balanceaban con la brisa nocturna.

Hacía frío y el sudor en la piel comenzaba a helarme hasta los huesos.

Mientras me levantaba, una sensación extraña anidó en mi pecho, recordando el sueño del que había despertado.

Ya no oía a las gaviotas, sino la estridulación de los grillos como canto en medio de la negrura.

Las puertas del balcón se me hicieron heladas y las yemas de los dedos me dolieron al igual que las plantas de los pies, que habían yacido sobre una arena cálida de ensueño y ahora se apoyaban sobre el suelo de piedra gélida.

Me quedé de pie en el balcón, observando la ciudad durmiente y vi a lo lejos a una presencia que subía los escalones del barrio noble, dejando una huella húmeda a su paso, como un caracol que se arrastra.

Llevaba las ropas goteantes y mugrosas, el cabello rubio echado hacia atrás y los brazos lánguidos.

Como la noche anterior, Aster ascendía por los escalones con un rostro petrificado, inexpresivo y más pálido de lo que en realidad era. Bajo la luz de las estrellas se veía como una flor marchita que ha perdido la vida.

La mañana siguiente transcurrió con normalidad.

Para entonces, había olvidado las imágenes de mi sueño, la arena caliente de la costa y a aquellas dos figuras que sobresalían de entre el agua salada.

Tomaba el desayuno con mi padre, que parecía más interesado en sus conversaciones sobre negocios con Berilo que en hacerme caso a mí.

Tener a un padre como rey, que lidiaba con las necesidades de los demás antes que las de sus hijos, era algo a lo que estaba acostumbrado.

No es que me molestara su ausencia, que era habitual, pero tenía otras expectativas sobre nosotros aquí, en Hesperia.

Ya no éramos la familia real, no éramos los regentes de nada.

¿Qué cosas podrían mantener ocupado a mi padre?

Desde que me había descubierto con Lirio, había encontrado nuevas tareas en las cuales mantenerse ocupado.

Se la pasaba diciéndome que asistiera a las clases de la Academia, que tratara bien a Pétalo y que fuera un buen chico.

Tenía que acatar las órdenes que se me dieran siempre y cuando vinieran de algún noble de mucho poder o de la mismísima sangre real.

Mi padre odiaba que alguien lo mandara, al igual que yo, pues había crecido en un mundo que estaba a nuestros pies…

pero ahora éramos nosotros quienes teníamos que servirles a otros reyes.

“Una total humillación. Una vergüenza”. Decía que debía mantenerme al margen, ser amable y sonriente.

Él asistía a las reuniones y fiestas de los nobles, esperando entender a la alta sociedad de este lugar, que era muy distinta a la de Dravita, aunque siempre terminaba enojado. Decía que la gente era irritante.

Por la tarde asistí a la casa de modas para que me entregaran nueva ropa con bordados típicos, porque el rey Crisantemo había expresado claramente su deseo de convertirnos en hesperianos hechos y derechos.

Pétalo me explicó que vestir como los locales era una manera en la que los extranjeros agradecían su estadía.

Negarse a ello suponía, entonces, una ofensa.

—Bordarán tu nombre —me había dicho Pétalo—. Así como bordaron el mío.

Sus ropas tenían pétalos y flores, así quien la viera podría saber cómo se llamaba.

Todo hesperiano llevaba su nombre bordado en la tela; era la costumbre.

Incluso Loto, que usaba un uniforme militar, tenía lotos por todos lados.

Había aprendido a leer los nombres de cada ciudadano de esta forma.

El único que no lograba descifrar era el de mi profesor Aster que, siguiendo la lógica, debería llevar una flor de aster en su vestimenta; sin embargo, lo único que llevaba eran estrellas y constelaciones.

Si los bordados dorados eran parte de la identidad de cada hesperiano, la de Aster no quedaba muy clara, al igual que la mía.

Al ser yo de otra tierra, no había forma en la que los modistas pudieran escribir mi nombre, decían que todas las rocas y piedras les parecían iguales.

Aquello provocó que el rey Crisantemo pidiera que mis bordados, además de llevar figuras que representaban mi nombre de manera burda, deberían ir acompañados por crisantemos.

“Los deseos del rey deben ser cumplidos. Debes lucir como todo un hesperiano”, me había dicho la modista.

Asentí con calma, recordando las palabras del rey Crisantemo sobre abrazar la cultura, pues era mi nuevo hogar, con un tono amable y cálido que a pesar de ello sonaba más como una imposición.

No le había prestado mucha atención. Sin embargo, los rostros descontentos de mi padre y de Berilo me vinieron a la mente.

Al final, la modista se retiró a la parte trasera y al poco tiempo regresó con pintura dorada, con la cual comenzó a decorar mi cuerpo.

Sus dedos se motearon con la tintura, que en su piel blanca como el color de una vela nueva se veía café.

En mi piel brillaban los crisantemos como constelaciones doradas en medio de la noche.

Cuando le pregunté por ello, ignoró mi duda y en cambio declaró: “Ahora perteneces a Hesperia y debes portar su emblema con orgullo”.

Esa misma tarde, cuando el sol estaba por caer, a las afueras del palacio se había arremolinado la muchedumbre que alzaba las cabezas en busca de la princesa o el rey.

Carruajes con jinetes bien ataviados entraban y se perdían entre las puertas enormes.

El palacio se había convertido en un mar de flores.

Era el cumpleaños de Pétalo.

Cumplía diecisiete años y aquello ameritaba una celebración llena de opulencia.

Guirnaldas enormes adornaban los postes, los pétalos del árbol de glicinia parecían danzar alrededor del enorme palacio de piedra caliza y el cielo estaba tan azul que parecía que los dioses hubieran hecho a un lado las nubes tan solo para ver a la princesa cumplir años.

Mi cumpleaños número diecisiete había sido apenas mes y medio antes, pero nadie más que mi padre y Berilo lo sabían.

De ambos recibí un abrazo. Berilo me regaló un broche de oro con forma de una flor desconocida y radiante.

Mi padre me regaló un atuendo que parecía estar inspirado en las ropas dravitenses, pero el acabado no se parecía en nada a lo que hacían allá.

Mi padre apenas me vio después de asistir a la casa de modas, insistió en que usara ese atavío que me había regalado en mi cumpleaños para la fiesta de Pétalo. No le gustaba lo que llevaba puesto, ni la pintura en mi piel. Berilo también parecía molesto, pero no dijo nada.

No es que importara, de todas formas.

En esos momentos me encontraba lamentando mi situación, fantaseando con una celebración en mi nombre de tal magnitud, a la muchedumbre gritando tal y como lo hacían en esos momentos por Pétalo.

Quise preguntarle a mi padre si algún día podríamos regresar a Dravita, aunque ya sabía la respuesta, un eco que se repetía sin cesar cada noche, recordándome que ya no teníamos nada. Ni aquí ni en Dravita.