Uno #3
Así es como funcionaban las cosas en cualquier lugar que gozara de una sociedad llena de aristócratas.
Para Lirio, yo era un donnadie que había cruzado el mar para llegar hasta su reino; un reino tan alejado de Hesperia que su existencia se limitaba a las leyendas.
Algunos incluso creían que existía solo en los cuentos de fantasía.
Era normal que pensaran que yo era un mentiroso.
Loto asestó el primer golpe antes de que me girara por completo. Bloqueé su espada con la mía.
—No estaba prestando atención —dije—. No fue un golpe justo.
—En la guerra ningún golpe es justo —replicó Loto.
Las estocadas llegaron una y otra vez. Apenas lograba seguirles el ritmo.
—Hablas de la guerra con la experiencia de quien ha luchado en una.
Loto soltó una carcajada.
Era un tipo alto, con una cabellera larga y lacia que ondeaba como bandera en el viento. Se movía de una manera grácil, casi como un danzante en plena actuación. Parecía estar acostumbrado a los entrenamientos. O a lo mejor no estaba peleando con un rival digno de su fortaleza.
El viento me acariciaba el rostro y me refrescaba las extremidades, que ya se me estaban empapando de sudor.
Las flores del árbol de glicinia salpicaban el prado verde y bailaban junto a nosotros.
Esto habría sido un espectáculo soso en mi país natal, un par de vilanos de dientes de león dando vueltas en el aire antes de aterrizar en la tierra.
La punta de la espada contraria me golpeó justo debajo de las costillas, haciéndome trastabillar y perder el aliento.
—Ya estás muerto —proclamó Loto—. Nada mal para ser tu primera…
No terminó la frase porque recibió un golpe que apenas pudo detener.
En Dravita éramos guerreros. No éramos como los hesperianos, pétalos de flor que se mancillaban con el simple tacto.
No tenía la destreza de Loto porque la espada era algo nuevo para mí y la madera era tan ligera que me costaba trabajo blandirla, pero eso no me detendría.
Loto me devolvió los golpes mientras una bonita sonrisa iluminaba su rostro, como muestra de cuánto lo disfrutaba.
A lo mejor pasaba sus días practicando con muñecos estáticos o con eruditos de la Academia que no tenían ni idea sobre cómo empuñar una espada.
Su ansia de lucha podía sentirse en el aire.
Esta vez me desarmó y me tiró al suelo, desde arriba me señaló con su propia espada. Estaba jadeante, con el pecho extendiéndose y comprimiéndose. Tuve que entrecerrar los ojos porque el sol me daba en la cara. Ya no era su espada la que se acercaba a mi pecho, sino una de sus manos.
—Deja de perturbar al príncipe Jaspe —ordenó una figura en la lejanía—. No deberías ser tan rudo con alguien más flaco y bajo que tú.
—¿De qué hablas, padre? ¡Si se defiende muy bien! —vociferó Loto echando la cabeza hacia atrás. Se giró otra vez hacia mí—. Muy bien hecho, príncipe Jaspe. Fue una excelente lucha, estoy muy honrado por haberlo tenido como oponente.
La felicitación me animó.
El general Cardo Quercus, a quien había conocido en la fiesta de bienvenida, se acercaba al ruedo acompañado de Aster. Las tropas de Hesperia estaban bajo su mando y supervisión.
—Príncipe Jaspe, me gustaría hablar contigo —expresó el general mientras me reverenciaba de manera calmada y sosa, como hacían todos los hesperianos.
Loto se despidió de mí con una reverencia premurosa que me molestó. Luego se dirigió a Pétalo.
—Me honraría mucho escoltarla hasta la Academia, su alteza —parloteó, endulzando su voz… pero sonaba más a una picardía.
Pétalo, que había puesto cara de pocos amigos, ignoró la mano delgada y pálida que Loto le tendía y se encaminó hasta donde estaba Aster, de pie junto al general Cardo.
—Nos vemos mañana, Jaspe —canturreó antes de tomar el brazo de Aster y descender por el prado.
A pesar del desplante, Loto no dio ningún indicio de molestia; su rostro permaneció iluminado con aquella sonrisa suya que le tiraba de las comisuras de los labios y le daba un aspecto aún más jovial.
Corrió detrás de Pétalo y Aster, y este último giró la cabeza para sacarle la lengua como burla a su derrota.
A mí me pareció de lo más chistoso, porque Aster era un aburrido de primera, y verlo tan juguetón se me hacía hilarante.
El resto de mis compañeros los siguió a cierta distancia.
El general Cardo y yo nos quedamos hablando un rato.
La charla iba encaminada a lo que había sucedido el día anterior con Lirio: mi padre le había pedido que me instruyera como a sus soldados.
Tenía la creencia de que solo así podría dejar de ser tan impulsivo e infantil.
El general Cardo ni siquiera tuvo que esforzarse para convencerme. Mis posibilidades de vivir tranquilamente en Hesperia se limitaban a hacerme cargo de los negocios de mi padre cuando él ya no pudiera o convertirme en un guerrero de la ciudad, y a mí lo que menos me gustaba era pensar en negocios.
Desde ese día, me quedé en la Academia después de clases para que el general Cardo me enseñara el manejo de la espada. A veces Loto se aparecía y bromeábamos entre los tres, y entonces un sentimiento de calidez me invadía cada vez que entrenábamos.
Me recordaba a mi hogar.