Uno #2
Mi padre se negaba a aceptar las costumbres extranjeras (aunque ahí los extranjeros éramos nosotros), ya que decía que Hesperia era una ciudad de libertinos, pero para mí era un paraíso donde el tiempo transcurría de forma amena.
A veces pensaba que, de haber estado en Dravita, mi hogar natal, hubiera crecido como todos los hombres de allá, reprimidos y silenciosos, que solo hacían ruido cuando la furia los embriagaba.
Como mi padre, como su consejero… como todos ellos.
Pétalo me condujo hasta uno de los edificios del lugar, en el que gigantescas torres de marfil se alzaban como agujas hacia el cielo azul, abrazadas por alfombras de flores y plantas trepadoras de las cuales brotaban pequeñas hortensias.
Nos recibió un pabellón apelmazado de rosas y amapolas blancas; esta ala de la Academia no tenía techo.
El olor de las rosas te impregnaba la nariz como perfume y las copas de los árboles y las flores colgantes nos protegían del sol y las corrientes de aire que se sentían a esta altura de la ciudad; aunque de vez en cuando podías percibir una suave brisa que te acariciaba la piel.
El lugar estaba alfombrado por los pétalos y las hojas que se desprendían de los árboles y de las flores. Era como presenciar un otoño blanco.
—Ven, siéntate conmigo.
Pétalo no había soltado mi brazo en todo el camino, lo cual no me molestaba porque no conocía a nadie además de ella y Lirio.
Dado que yo había aprendido hesperiano poco después de nuestra llegada a la ciudad, mi padre y Berilo me habían tomado como traductor para sus asuntos, lo que me privó de relacionarme con otros jóvenes de mi edad antes de entrar a la Academia.
Pétalo me regaló una sonrisa, una de esas sonrisas que le daba a todo el mundo.
Ella era encantadora, capaz de iluminar la noche entera con su sola presencia.
Su compañía era tan agradable que, cuando se iba, te dejaba con un sentimiento cálido en el pecho, anhelando volver a encontrártela y cruzar palabra con ella otra vez.
Me gustaba estar a su lado, pero al mismo tiempo una sensación de inquietud me invadía en algunas ocasiones, cuando la veía rodeada de otros muchachos, al bajar de sus carruajes o cuando notaba la cantidad exorbitante de joyas que usaba.
—¿Cómo te fue? —preguntó, curiosa y en un susurro—. ¿Lo besaste?
Nos echamos a reír en cuanto la miré con picardía, como si fuésemos cómplices de una maldad de niños.
—¿Cómo estuvo?
—Lirio besa bien —murmuré a su oído.
—Te lo dije.
Lirio era un muchacho de cuna noble que Pétalo me había presentado durante la fiesta de bienvenida mía y de mi padre, la misma fiesta en la que yo había entablado amistad con Pétalo porque nos gustaba hablar sobre trivialidades.
Éramos muy jóvenes y yo lo único que buscaba era escapar de las pesadillas que habían salido de Dravita para perseguirme y atormentarme cada vez que cerraba los ojos.
—Nos vieron —le susurré.
Pétalo me miró.
—Oh —expresó apenas ella, que sabía que pronto me casaría con la hija de un noble que había hecho negocios con mi padre, una chica llamada Flor.
Un sentimiento de culpa me invadió al recordar lo impulsivo del acto, los gritos, cómo Lirio se había asustado y salido corriendo ante el griterío.
Y aunque mi padre aún cargaba las ideas arcaicas de los hombres de Dravita, parecía interesarle más el hecho de haber desperdiciado un matrimonio que nos ayudaría a posicionarnos en Hesperia.
Aquello le había enojado como una bestia.
Había sido solo un beso, pero en cuanto aquella muchacha nos vio, salió corriendo a llorar con su padre…
El rey le había explicado a mi padre que esa familia era del norte y sus costumbres eran diferentes a las del sur: como en Dravita, allá no les gustaba que los hombres tuvieran preferencia por otros hombres.
—Qué bueno que no te fuiste al norte —susurró Pétalo, y ambos compartimos risas.
La voz de Aster, imponente y segura, interrumpió nuestra cháchara iniciando la clase, y el recuerdo de la noche anterior, de su rostro rojo por el llanto, surcó en mi mente.
Aster siempre me había parecido ajeno, inaccesible, aunque era paciente y empatizaba con quienes eran algo cabeza dura.
Había tenido paciencia conmigo las primeras semanas de escuela, poniéndome al corriente con sus clases.
Todo el mundo cuchicheaba cosas sobre él que yo no entendía; era un completo misterio.
Su curiosa actitud no pasaba por alto; incluso había oído a otros profesores hablar de él.
Los eruditos tenían costumbres raras y, por gracioso que pareciera, el cabello de Aster era un tema que salía a relucir muy a menudo. No lograba entender por qué.
—Jaspe Mitel , ¿verdad? —me preguntó de repente.
—Es Mitl, como un chasquido —le expliqué.
—¿Estás entendiendo la clase? —preguntó en cambio, ignorando mi corrección.
Yo le sonreí mientras asentía y él apretó los labios en un intento de sonrisa.
Pasé la mañana entera en la Academia junto a Pétalo. Me recordaba a la época en la que iba al templo en Dravita para estudiar con los sacerdotes y los ancianos.
Cuando nos fuimos de Dravita yo todavía era muy joven, apenas había iniciado mi aprendizaje sobre los códigos de comportamiento y nuestras tradiciones.
Entrenaba para convertirme en un guerrero formidable, pues en mi hogar los reyes y nobles tenían que ser capaces de dirigir ejércitos enteros, de saber pelear contra enemigos más poderosos y reducirlos a simples sacos de carne y hueso.
En Hesperia, sin embargo, parecía ser diferente.
Cuando llegó la hora del entrenamiento físico, fui el único que se quedó, aunque Pétalo se acurrucó bajo uno de los árboles del campo de entrenamiento para esperarme.
Algunas muchachas pertenecientes a la nobleza la acompañaron, unas manteniéndose en silencio y otras susurrándose nimiedades.
A su compañía también se sumaron dos pares de jóvenes de la Academia. Entre ellos estaba Lirio.
Le sonreí, alzando una de mis comisuras en un gesto lleno de picardía.
Pensé que se sonrojaría, dado su comportamiento aquella noche en la reunión de nobles, en la que se había mostrado tímido y, hasta cierto punto, sumiso.
No sabía si eso tenía que ver con su personalidad o porque en cuanto llegué a Hesperia le había dicho que yo era príncipe y heredero de Dravita, un lugar al otro lado del mar.
Sin embargo, la mirada y la sonrisa que recibí de él no fueron de complicidad. Creí que solo había sido mi imaginación, hasta que me acerqué y lo escuché susurrar al oído de uno de los chicos.
Ambos se rieron.
Un joven alto y de porte delicado se acercó al árbol bajo el que estábamos.
—¡Qué sorpresa! Nunca había tenido a tantas personas en mi clase.
La robustez de su voz no concordaba con su rostro o cuerpo, que poseía una belleza femenina.
Parecía intentar recuperar el aire. Lo había visto subir con premura por la ladera que estaba a un lado de la Academia.
El campo en el que nos encontrábamos estaba sobre el colegio y conectaba Hesperia con los caminos que llevaban a las afueras de la ciudad.
—¿Quiénes de ustedes quieren empezar? —inquirió, colocándose ambas manos en la cintura. Llevaba dos espadas de madera a los costados.
—Solo vinimos a ver —respondió uno de los chicos. Otro me señaló.
Aquel hombre joven hizo una mueca de decepción al ver que solo estaba yo para aprender de él, pero el entrenamiento era una clase extracurricular y podías decidir si tomarla o no.
En una Academia llena de muchachos de cuna noble y que se creían más delicados que los pétalos de una flor, aquella no era una opción que les complaciera tomar.
El nombre del profesor era Loto y era unos pocos años mayor que yo.
Era el hijo del general Cardo, por lo cual había aprendido el arte del manejo de la espada a temprana edad, y sus excelentes habilidades le habían valido un puesto de trabajo en la Academia, aunque algunos decían que aquello era más bien obra del nepotismo.
—Princesa Pétalo, tan hermosa como una diosa —dijo Loto, reverenciándola de manera exagerada—.
Príncipe Jaspe —me saludó, haciendo una reverencia también.
Agradecía que respetara mi inútil título de príncipe—.
Muy propio de alguien de Dravita, una nación de guerreros y de gente fuerte.
Desde jóvenes se les enseña a luchar, ¿cierto?
—preguntó, repitiendo lo que le había dicho cuando nos conocimos, aunque el comentario era más para aquellos muchachos que habían decidido permanecer en total comodidad a la sombra del árbol de glicinia—. ¿Me haría el favor?
Loto me tendió una de las espadas, que tenía detalles tallados, flores de loto y jacintos como ornamentos por toda su extensión. Parecía más una decoración de pared que una espada para entrenamiento.
La tomé, dubitativo.
—En Dravita entrenamos con espadas de obsidiana —le recordé—. O con lanzas, pero nunca con espadas como estas.
—Aquí aprenderás así —respondió Loto, que no parecía encontrar diferencia alguna entre las espadas de obsidiana y las espadas que ellos usaban aquí. No me molesté en explicarle.
Lo seguí hasta la parte más alta del prado. Se notaba que el área de entrenamiento no se usaba a menudo, porque el herbaje se encontraba descuidado y crecido.
Mientras me alejaba, pude escuchar la conversación de los chicos bajo el árbol.
“Imbécil, nunca dijiste que era un príncipe…”.
“Un príncipe que no tiene reino”.
La risita de Lirio me taladró los oídos.