Hesperia: Balada de flores y dioses
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Uno
UNO
L a primera vez que vi de cerca el bosque fue después de haber corrido desesperado colina arriba y cruzado los campos, con las piernas entumecidas y los pulmones en carne viva.
El frío de la noche me dejaba la garganta seca y por mi rostro corrían lágrimas que provocaban un frescor gélido en la piel de mis mejillas. Las palmas me ardieron en cuanto se estamparon contra las rocas y la arena de la colina, al igual que mis rodillas maltrechas.
Aún podía escuchar el griterío de mi padre y los pasos de Lirio, alejándose asustado.
Poco había faltado para que me diera una paliza, pero el rey mismo había intervenido, tocándome el hombro con suavidad y explicándole a mi padre la normalidad que residía en mis actos.
Mi padre, aunque en parte también era rey, se había quedado callado dadas las circunstancias de nuestra condición, pero en cuanto decidió que debíamos irnos, me eché a correr por temor a que me golpeara, pues ya había amenazado con hacerlo en varias ocasiones desde nuestra llegada a Hesperia.
Decía que mi comportamiento era inaceptable.
Lo único en lo que pude pensar fue en Neem.
El jardín de estatuas descansaba a las faldas del bosque eterno de Neem, después de subir la colina y cruzar los amplios campos a las afueras de la ciudad.
El apacible ambiente sucumbió ante mi violenta incursión. Los ciervos extraños que rondaban el lugar terminaron huyendo ante la premura de mis pisadas y se adentraron al corazón del bosque, asustados.
Desde mi llegada a Hesperia había evitado a toda costa acercarme al lugar, pues el bosque, se suponía, era el sitio donde la divinidad de los verdaderos dioses no llegaba y su luz no brillaba.
Donde, decían, se aparecían las figuras de dioses salvajes.
O al menos esas eran las historias de fantasía que había oído en mi camino por otros reinos.
Siempre me pregunté qué clase de ofrenda podía ofrecérseles a estas deidades extranjeras para contentarlas, pues se decía que eran pícaras y con la atención más volátil que el propio viento.
Era por eso que la gente de otros reinos más allá de Hesperia no las veneraba, porque eran de un carácter inestable, como el de los niños pequeños.
Las señalizaciones y advertencias en la entrada del lugar poco me interesaron. En ellas rezaban las palabras escritas en hesperiano: “Cuidado”, “No ir más allá del jardín de estatuas”, “No se aleje de los límites”.
Y fue entonces, cuando me introduje al jardín de estatuas en búsqueda de la muerte, que lo supe.
El jardín de estatuas era abrazado por un bosque purpúreo que daba la impresión de estar sumido en una noche eterna.
En él habitaban centenares de hombres y mujeres petrificados, cuyos cuerpos parecían haber sido labrados por las manos del mejor escultor.
Todas las esculturas estaban vestidas con atuendos blancos que ondeaban delicadamente.
Algunas vestimentas se habían moteado por la humedad del lugar, ya que el bosque también fungía como el caudal de un río que nadie sabía a dónde llevaba más allá de Neem.
Mis zapatos se humedecieron y mis pies se sintieron resbalosos bajo el suelo y el agua.
En el interior del bosque ya no se escuchaban el oleaje del mar, el cantar de las gaviotas e incluso el susurro del mismo viento. Los pocos ciervos que habitaban el lugar lo hacían en silencio, acompañados de las estatuas de piedra.
Un sollozo rompió el mutismo y el cabello de la nuca se me erizó.
Refulgiendo en medio de la negrura del bosque, pude verlo: los músculos del cuerpo, las venas en las manos y los brazos bien torneados se le notaban vívidamente; el pelo rizado y el rostro cuadrado y de bien parecer, también hecho de roca, le daban un aspecto casi divino.
En vida, aquel hombre debió de ser hermoso.
Aster, mi joven profesor, se encontraba arrodillado a los pies de aquella estatua, como un devoto que le reza a la figura de un dios.
El rostro le brillaba en lágrimas y las manos se aferraban tan fuerte a la túnica de aquel muchacho petrificado que las yemas de los dedos se le habían puesto del mismo color que la figura de piedra.
Y, al igual que un devoto que ha cometido un pecado, lo escuché suplicar:
—Perdóname, perdóname…
Retrocedí, pues la escena me había dejado atontado. Me fui de allí a pasos ligeros, esperando que Aster no me hubiese oído.
Hesperia era una ciudad que se alzaba a las faldas de una bahía enorme donde encallaban los barcos mercantes, siempre refrescada por el agua de las cascadas de la meseta sobre ella.
Parte de la ciudad era constantemente bañada por el rocío de las corrientes de agua que venían desde Neem en un espectáculo constante, un bautizo eterno.
Si uno se quedaba mucho tiempo en la parte este de la gran ciudad, hacia donde los vientos soplaban, el cuerpo y la ropa se humedecían y daba la impresión de estar sudoroso.
Desde la cima de la meseta era capaz de ver todo con claridad: desde la costa arenosa del este hasta la costa rocosa que había en el oeste, y el puerto que las separaba.
Esa vez regresé tarde a casa, cuando solo el canto de los grillos y el susurro de las olas rompían el silencio de la noche, y no pude conciliar el sueño.
El terror se me había instalado en el cuerpo y ni la brisa nocturna y helada parecía querer llevárselo; estuve en vela cuidando la puerta de mi habitación, pues antes de correr hacia Neem mi padre había amenazado con golpearme apenas llegara a casa.
No lo culpaba, pues había vivido su vida entera en las tierras de nuestro reino, sometido bajo el yugo de un padre aún más autoritario y cuadrado que él.
Yo no era como mi padre.
Lo único que me tranquilizaba, y de lo cual me arrepentiría tiempo después, era de tener el favor del rey Crisantemo, gobernante del reino de Dianthus y de la ciudad de Hesperia, pues este le había prohibido a mi padre tocarme un solo pelo.
Mi padre, furioso, había estallado en cólera en cuanto llegamos a nuestra pequeña propiedad un par de horas después de aquello.
Había roto los espejos, las mesas, había pisoteado las rosas de la entrada.
Los criados, por primera vez, le rehuyeron.
“¿Cómo puede ordenarme? ¿Cómo va a enseñarme a tratar a mi propio hijo?”, había escuchado antes de salir corriendo hacia Neem.
Berilo, su consejero, había tenido que calmarlo, recordándole que este no era su reino y que no tenía autoridad alguna en este lugar.
Mi padre casi golpeó a Berilo en ese instante, pero, como apreciaba su lealtad, se contuvo.
Antes de irme a acostar, cuando la madrugada estaba más silenciosa que nunca, vi a Aster subir por los mismos escalones que me condujeron hasta mi hogar, los que llevaban también a los patios, jardines y mansiones de la clase alta.
Llevaba los pantalones blancos empapados y la delgada tela se le pegaba al cuerpo como una segunda piel, su cabello rubio lucía oscurecido por la humedad.
Parecía un borracho cualquiera y daba la impresión de haber caído en desgracia.
A pesar de eso, poseía unos rasgos delicados que casi le valían el aspecto de un príncipe, unos rasgos siempre opacados por la expresión apretada que solía tener, como si nos odiara a todos…
y quizás lo hacía, pero esa noche fui testigo de la posible suavidad de sus rasgos, de sus ojos inundados en lágrimas y de un rostro tan pacífico como el de las estatuas. Esa noche no lo reconocí del todo.
Al día siguiente me la pasé tan alerta como un ciervo consciente de que le están dando caza. No sabía si alguna flecha hecha palabra me atravesaría el corazón o si las manos de mi padre me asestarían golpes que me destruirían como las estatuas resquebrajadas del jardín.
Cuando vivía en Dravita solía reírme de los hijos de hombres nobles que habían caído en desgracia.
Sus padres se esmeraban en esconder el fatal destino de sus riquezas, pero todos podíamos ver que cada año sus ropas se notaban más ralas y descoloridas, y que la paciencia se había convertido en una virtud olvidada, justo como le pasaba a mi padre.
La adrenalina de vivir al día cambiaba a las personas.
Esa mañana me levanté tan temprano como pude para no verle la cara a mi padre y corrí hacia la Academia, esperando poder olvidarme un poco de todo lo que había pasado la noche anterior. Ahí me encontré con Pétalo.
—¡Ven, llegaremos tarde!
Me tomó del brazo y me condujo hacia los portales que llevaban hasta la Academia.
Ella tenía la misma edad que yo, era rolliza y de una piel blanca como el mismo papel.
Su cabello negro siempre estaba adornado con jazmines o lavandas y olía a miel o a vainilla.
A mí me encantaba tenerla cerca porque se me pegaba el olor de su perfume caro, la esencia que solo poseen los hijos de reyes y los reyes mismos.
Ella era una princesa, tal como yo había sido un príncipe.
Y quizás era aquella familiaridad en su presencia la que me hacía sentir cómodo de alguna manera.
Un sentimiento de autoridad me embriagaba cuando me encontraba a su lado; me hacía sentir poderoso en una tierra que no era mía, casi como si estuviera en Dravita, donde acaparaba la atención. Era el regusto de memorias añejas que me negaba a soltar.
A mi alrededor caminaban muchachas y muchachos hermosos, mis ojos eran incapaces de quedarse quietos. Todos lucían ropas que dejaban al descubierto sus espaldas, sus brazos y la extensión de una de sus piernas, como era la costumbre local, que mis ojos adolescentes abrazaron con gusto.
Yo también iba vestido acorde a las costumbres con un conjunto que había sido un regalo de bienvenida del rey Crisantemo. También le había obsequiado ropa a mi padre y a Berilo; con cada día que pasábamos ahí lucíamos más como hesperianos.