Capítulo veinticinco #3
Mi mirada se deslizó hacia Jax, que estaba recostado en el sofá con el ceño fruncido.
En la mirada dura de Jax reconocí mi misma rabia intensa y un desafío.
Leo era el mayor entre nosotros, pero Jax y yo teníamos la misma edad.
En el mundo tipo El señor de las moscas en el que estábamos atrapados, eso nos convertía en los siguientes en la cadena de mando.
Nuestra edad y nuestra rabia nos hacían iguales. También nos convertían en rivales.
—¿Quieres ser un hijo de puta? —Jax sacó pecho, ya de por sí fornido—. Adelante. Lo que quiero saber es si tienes los huevos y el cerebro para respaldar tu plan.
—¿Por qué coño necesitas saber eso?
—Porque me gusta tu plan, gilipollas —Jax enseñó los colmillos—. Coincide con el mío.
Entrecerré los ojos mirando a Jax y lo evalué con mi mirada más amenazadora.
Me caía bien este tío.
—Si habéis terminado con vuestro concurso de meadas —dijo Leo, mirando de mí a Jax—, ¿qué vas a votar?
—Sí —el joven Max hizo girar el mando en la mano—. Esta mierda se está volviendo aburrida.
—Y para que lo sepáis, capullos feos —retumbó el grandullón de Troy—, no voy a aguantar gilipolleces de ninguno de vosotros.
—Me parece justo —dijo Apollo—. De eso se trata, de no tener que aguantar mierdas de nadie. Cuidarnos las espaldas y esas cosas. ¿No?
—Algo así —Leo se volvió hacia Jax—. Entonces, ¿qué va a ser?
—Tengo una pregunta para ti —Jax frunció más el ceño antes de que una sonrisa maliciosa le cruzara la cara—. ¿Qué le dijo la sopa a la cuchara?
—¿Eh? —fruncí el ceño.
—La sopa, ¿qué le dijo a la cuchara?
—Eres un puto bicho raro —gruñí—. ¿Lo sabes?
—Todos lo somos. Tú incluido, capullo. Así que responde a mi pregunta.
Cuando me negué a responder a su estúpida pregunta, Jax arqueó las cejas hacia los demás.
—¿Alguien?
—Yo sé lo que le dijo la sopa a la cuchara —la sonrisa de Leo me alcanzó de lleno—. Estás dentro.
***
Los recuerdos solo intensificaron la rabia visceral que estalló al ver a mis hermanos atrapados como animales tras los barrotes. Si no me hubieran entrenado para controlar mis reacciones físicas, habría rugido en voz alta.
En cambio, estudié discretamente el lugar e identifiqué las cámaras que sin duda informaban a Larson de las acciones de mis hermanos y de mi paradero.
¿Cómo coño iba a sacarlos de este mini Fort Knox?
Con las manos entrelazadas bajo la nuca, Apollo me examinó con sus ojos verdes desde donde yacía estirado sobre una cama de hormigón sin colchón. La comodidad no había sido una prioridad para Larson.
Max estaba sentado con las piernas cruzadas sobre su trozo de hormigón, los ojos cerrados, los brazos extendidos y los dedos índices y pulgares tocándose. Sí, el marine también estaba tarareando, o cantando, o lo que coño fuera ese ruido retumbante.
Ignorándome, Troy seguía haciendo flexiones en el suelo de su celda, mientras Jax completaba una serie de abdominales que habría partido por la mitad a cualquier otro. Se detuvo cuando me vio.
—Ahí está, el pedazo de mierda traidor —Jax saltó del suelo, se acercó con paso tranquilo a los barrotes y me clavó su mirada ardiente—. ¿Vienes a regodearte, capullo?
—Cierra el pico —espeté—. No estás en posición de soltar mierda por esa boca.
El veneno en mi voz confirmó a Jax y a los demás que una ruptura visible era lo que tocaba.
Esperaba convencer a Larson de que ahora estaba solo, de que había logrado destruir nuestra hermandad.
Larson probablemente se lo tragaría, ya que él mismo había provocado la discusión.
Eso me daba la oportunidad de maniobrar y tender mis trampas.
O eso esperaba.
—Maldita corrida —gruñó Jax—. Todos estos años fingiste ser uno de nosotros.
—No estaba fingiendo —le gruñí, muy consciente de que Larson nos observaba.
—No tiene sentido discutir con ese gilipollas —soltó Troy entre flexiones—. Aparece papá y, puf, el pedazo de mierda de Anakin se pasa al puto lado oscuro.
—No fue así —protesté—. Hice lo mejor para nosotros. Para todos.
—Hiciste lo mejor para tu bolsillo —Max mantenía los ojos cerrados y su pose meditativa—. Hashtag la avaricia no es buena, mierda apestosa.
—No tuve elección —intenté explicar—. Tengo que hacer esto o...
—Venga ya —Jax puso los ojos en blanco—. En toda tu puta existencia, nunca has hecho nada que no quisieras. Si nos abandonas, es porque te da la gana.
—Lo que quiero saber es qué vais a hacer con nosotros —Troy pasó a las flexiones con un solo brazo—. ¿Cuánto tiempo pensáis tenernos aquí?
—No mucho —dije—. Larson me ha asegurado que vosotros y vuestras familias estaréis a salvo.
—Qué generoso por su parte.
—Lo único que necesitamos es que mostréis unidad delante de los inversores mañana por la noche. Después, Larson comprará vuestras acciones de Battle Brothers, os pagará y podréis seguir con vuestras vidas.
—Claro —se burló Max—. Y yo también creo en Papá Noel.
—Se acabó el tiempo —anunció mi niñera jefe.
—Mañana por la noche —dije, y me di la vuelta para irme, aliviado de largarme de aquel circo—. Estad preparados.
—Eh, antes de que te vayas —me llamó Apollo—, ¿puedes pedirle al conserje que suba el aire? No me importa dormir en hormigón, pero aquí hace un calor de cojones.
Un vistazo rápido a la cantidad de rejillas de ventilación en cada celda me heló la sangre.
—¿Y nos puedes traer hamburguesas para cenar? —Apollo sonrió, aunque solo fuera para que le mirara a la cara—. Con kétchup. Mucho kétchup.
—Veré qué puedo hacer.
Me alejé de mis hermanos mientras asimilaba el horror que me retorcía las tripas. Siempre había sabido que mis hermanos eran peones en el juego de Larson. Él no tenía intención de liberarlos. Pero ahora sabía cómo planeaba deshacerse de ellos.