Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Tee

—¿Qué era eso del aire acondicionado? —pregunté, quitándome los auriculares.

—Ni idea.

Trev rebobinó la grabación y, tras amplificar el sonido, reprodujo el audio del intercambio en voz alta.

Reunidos en la sala de control de Trev, escuchamos la conversación intentando imaginar la escena. Ojalá hubiéramos tenido imagen además de sonido, pero al menos teníamos algo.

La única razón por la que teníamos sonido era porque Kass había previsto esta posibilidad. Habíamos colocado los comunicadores antes de que entrara a hablar con Larson, quien había asumido que Kass había caído en su trampa del tiempo y no había tenido ocasión de prepararse.

La brillantez estratégica de Kass nunca dejaba de asombrarme. Su mente era una máquina de planes de contingencia. Pero ¿cómo le iría al enfrentarse a su propio padre retorcido?

—Conozco ese tono en la voz de Apollo.

El rostro de Blue se frunció con preocupación.

—No le preocupa el calor. Le preocupa otra cosa. Y por cierto, últimamente no ha comido hamburguesas, desde que nos dio por lo vegetariano. Y odia el kétchup. Dice que está lleno de azúcar.

—Está señalando algo inusual —murmuré, echando mano de mi entrenamiento para interpretar señales orales—. Intenta decirnos algo.

—Tiene que ver con la temperatura —señaló Emme, pasándose los dedos por el largo cabello castaño rojizo.

—O con el aire acondicionado —intervino Lexi, jugueteando con los anillos de los dedos.

—¡Eso es! —casi salto de mi asiento—. El aire acondicionado.

Trev, ¿puedes conseguir los planos de la casa?

Quiero saberlo todo sobre la mansión, los terrenos, la distribución, las instalaciones mecánicas, todo.

También quiero saber si ha habido alguna reforma que afectara al sistema de ventilación.

—En ello.

Trev pasó a otro teclado y empezó a teclear como un poseso.

—No me imagino a Larson yendo al ayuntamiento a pedir un permiso de obras —reflexionó Marisol, limpiando la mesa que tenía delante con una toallita antiséptica por enésima vez—. Espera.

Soltó el paño y se irguió con interés.

—Los suministros. ¿Podemos consultar los registros del condado y ver qué tipo de instalaciones y consumos están asociados a esa dirección?

—Podemos —dijo Trev—. Y ahora que tenemos localizada la guarida de Larson, también podemos elaborar un perfil completo de la propiedad.

Trev descolgó el teléfono y empezó a dar instrucciones. El extenso equipo de ciberoperativos de BB ya estaba trabajando a destajo. Pero ahora tenían varios objetivos nuevos que hackear y mucha información que obtener. Necesitaba que trabajaran aún más rápido y con más intensidad.

—Quiero ver todo lo que encuentren —dije—. Todo.

Trev asintió.

—Entendido.

Odiaba que no tuviéramos imágenes de Kass y los demás, ni forma de establecer comunicación segura con ellos. Esa horrible sensación de fatalidad me corroía por dentro.

Confiaba en Kass y en sus habilidades. Pero Larson era un enemigo distinto a cualquiera al que Kass se hubiera enfrentado antes, un depredador al acecho capaz de infligir horror a sus víctimas, un sociópata que no tendría problema en eliminar a los Battleson en un abrir y cerrar de ojos si le convenía.

Que Kass fuera el único hijo de Larson debería haberle ofrecido cierta protección.

Pero instintivamente, sentía que no era así.

Al contrario. Cuando analicé los patrones de comportamiento de Larson con mi mirada de analista de inteligencia, temí que fuera una criatura tan perversa y retorcida que anhelaba la destrucción de Kass.

Pero antes de eso, Larson iba a hacer sufrir a su hijo. Iba a intentar destruir al hombre en que Kass se había convertido. Y como Kass había quedado tan marcado de niño, me aterraba que Larson pudiera conseguirlo.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Emme debió de notar el pavor en mi rostro. Se acercó y me apretó la mano.

—Son un equipo de primera.

Su mirada gris pasó de mí a las otras mujeres, cuyos rostros reflejaban la misma inquietud que yo sentía.

—Tenemos que tener fe. Van a estar bien.

Ojalá pudiera asegurarme de eso.

***

Kass

Me detuve en seco en el pasillo.

—No voy a entrar ahí.

—Claro que sí —dijo Caleb, impasible—. Tenemos órdenes. Aquí es donde te quedarás.

Me quedé plantado ante la puerta de mis pesadillas, los pies clavados al suelo, los puños apretados a los costados.

Sabía en mi fuero interno que podía con cualquier cosa, que había afrontado todo lo que la vida me había echado encima, por duro, espantoso o injusto que fuera.

¿Pero entrar en esa habitación? Eso no podía hacerlo.

—Vamos.

Caleb giró el pomo, abrió la puerta de un empujón y me indicó que pasara con un gesto.

—Ya te lo he dicho. No voy a entrar ahí. Punto.

La amplia frente de Caleb se frunció con perplejidad.

—Si quieres mi opinión, este alojamiento es bastante mejor que las celdas de tus hermanos.

—Me conformo con una celda.

Me alejé de Caleb y de esa maldita puerta.

—Vámonos.

—Alto —ladró Caleb, y el chasquido de varias armas al amartillarse dejó claro que iba en serio—. ¡He dicho alto!

Si tenía que elegir entre una bala y entrar en esa habitación, elegía la bala. Pero no iban a dispararme. Todavía no. Larson aún me necesitaba un poco más. Eso también significaba que no haría daño a mis hermanos, al menos no hasta que terminara la reunión con sus «amigos».

—Hablando de imbéciles —dije mientras avanzaba por el pasillo, con los pasos de Caleb y sus mercenarios resonando a mi espalda—. ¿Dónde está Larson?

—Tu padre es un hombre ocupado —dijo Caleb con retintín, como si yo necesitara que me explicaran los hábitos laborales asesinos de mi padre—. Ahora para. O tendré que dispararte.

—Pues dispárame.

Seguí caminando.

—Pero no voy a entrar ahí.

El dolor me alcanzó de golpe, en todo el cuerpo. Los músculos se me contrajeron con las descargas de varios tásers, pero seguí caminando. Más oleadas de dolor. Continué avanzando. Más descargas, esta vez varias seguidas. Mierda. Apreté los dientes.

El dolor podía soportarlo. El problema era el cortocircuito interno que me estaba friendo los nervios. Con el cuerpo rígido, la electricidad chisporroteando por cada nervio, las piernas ya no me obedecían. Con las siguientes descargas, mi cuerpo convulsionó.

A la mierda con esto. El cuerpo humano solo aguanta cierta cantidad de voltios antes de que la electricidad destroce la conexión entre la voluntad y las acciones. Me desplomé. El suelo se me echó encima demasiado rápido. No podía hacer nada más que encajar el golpe.

Pum. El cerebro me retumbó dentro del cráneo. Pantalones de vestir y mocasines pulidos se congregaron a mi alrededor. No podía moverme. Un pinchazo. Alguien me inyectó algo en el cuello. Mientras Caleb y sus matones me arrastraban por el pasillo, supe que estaba jodido.

***

Tee

Después de lo que sonó como un altercado con sus guardias, Kass se quedó en silencio. Demasiado silencio. Durante un rato pude escuchar su respiración y ruidos de fondo, como si otras personas se movieran a su alrededor. Luego se oyó un fuerte crujido, voces amortiguadas, y después… nada.

Con cada minuto que pasaba sin oír nada de él, moría un poco por dentro. ¿Estaba herido? ¿Muerto?

No, muerto no. Larson todavía lo necesitaba. Me lo repetí una y otra vez.

Pasaron horas, y seguía sin oírse nada de Kass.

Mientras tanto, Trev y los ciberguerreros de BB eran meticulosos en su trabajo.

Pasé la noche examinando cada centímetro de información que llegaba a la sala de control, igual que Emme, Lexi, Marisol y Blue.

La presión nos estaba afectando. Todas teníamos que hacer algo o nos volveríamos locas.

No teníamos claro qué estábamos buscando, pero aprendimos mucho.

La propiedad había sido subastada cuando Larson entró en la cárcel y la había comprado una entidad sin ánimo de lucro oculta bajo capas y capas de sociedades pantalla.

El nombre de Larson no aparecía en ninguna de esas corporaciones, ni tampoco el de Gustav Viklund.

Me costaba admitirlo, pero Larson era un maestro del engaño.

Revisamos las imágenes de satélite de la propiedad y descubrimos que en los últimos años se había convertido en una fortaleza impenetrable. Asaltar el lugar con los chicos retenidos como rehenes dentro equivalía a una masacre.

Consideré acudir a mi jefe en la CIA y pedir ayuda, pero era demasiado peligroso.

Mi jefe estaría obligado a alertar al FBI, y ellos querrían montar una intervención para atrapar a los criminales internacionales que asistirían a la reunión de Larson.

La seguridad de los Battleson sería secundaria en todo eso.

Vaya receta para el desastre.

Además, Larson había demostrado que tenía contactos en todas partes.

La vida de mi padre estaba en juego. Había logrado enviarle un mensaje encubierto para decirle que estaba viva y libre, y advertirle que tomara precauciones.

Pero llamar a mi jefe probablemente desencadenaría una cadena de acontecimientos que acabarían con la muerte de Kass.

Todos los escenarios que podía imaginar terminaban en catástrofe.

Se me revolvió el estómago en un nudo doloroso y palpitante.

Los planos originales de la mansión nos permitieron hacernos una idea de la distribución interior e identificar varias zonas adecuadas para retener rehenes. Habría sido útil, pero solo si tuviéramos forma de entrar y ayudar a los chicos.

La observación de Marisol resultó acertada.

No se había solicitado ningún permiso de obras en la mansión en años.

Pero teniendo en cuenta el comentario de Apollo, Trev asignó un equipo para hackear a los principales proveedores de climatización de la zona.

Sobre las dos de la madrugada, dimos con algo.

—Estos tipos hicieron un trabajo importante en la mansión —informó Trev, mostrando una factura en la pantalla principal junto con un plano de la propuesta original.

—Parece que todo el trabajo se hizo en esta sección del sótano —murmuré.

—Son sobre todo conductos —dijo Seb, de pie detrás de mí—. Parece caro y redundante.