Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintitrés
94%

Capítulo veintitrés

Tee

Entré corriendo en el dormitorio de Kass con su camisa en la mano y me detuve en seco. Estaba de pie frente al espejo como si fuera una escultura de alabastro, desnudo de cintura para arriba, con la boca tensa, los ojos entrecerrados fijos en su reflejo, los dedos extendidos sobre la cómoda.

Su mirada fría y distante me heló la sangre. Ni siquiera quería imaginar los pensamientos que le cruzaban por la mente en ese momento. Los recuerdos. El dolor. El futuro que quizá nunca llegaría.

Parpadeó una vez, la única señal de que había notado mi presencia. La mandíbula apretada y la tensión que endurecía su espalda me dijeron que cargaba el peso de la batalla venidera sobre sus hombros. Era un hombre enfrentándose a sus demonios. Ya estaba en la lucha.

Sin pensarlo, le rodeé la cintura con los brazos y apoyé la frente contra su espalda.

—Vuelve a mí —susurré—. Vuelve a mí, por favor.

Se dio la vuelta y me miró mientras me acariciaba los brazos de arriba abajo. Concentrada en él, mi visión se redujo hasta que sus brillantes iris azules se convirtieron en mi mundo. Su intensa mirada hablaba por él: promesas y juramentos envueltos en realidad y riesgos que conocía demasiado bien.

Levantó una mano, apartó un rizo de mi rostro, me deslizó los dedos por la mandíbula y me sostuvo la barbilla.

—Tee —dijo con voz ronca—. Hay mucho en juego. Pero esto, esto sí puedo prometértelo. Quiero volver a ti. Pronto.

El sollozo que se me atascó en la garganta me llenó la boca de sabor a sal. Quería decirle tantas cosas, recordarle la pasión que nos unía. Pero su móvil sonó.

Miró la pantalla y luego levantó la vista hacia mí.

—Es la hora.

Dios mío.

Se me encogió el estómago y los hombros casi se me hundieron. Entonces recordé que la mujer de un soldado debe ser tan fuerte como él, o quizás incluso más. Respiré hondo y enderecé la espalda. Toda la fuerza que tenía se la di a él, en forma de confianza, fe y seguridad. Iba a necesitarla.

—Aquí tienes —le ofrecí la camisa y contuve las emociones—. Trev hizo todo lo que pediste. El dispositivo de escucha está dentro del botón de arriba del cuello. Trev logró vaciarlo e insertar el micro. Mientras funcione, estaremos escuchando.

Kass se deslizó la camisa por los hombros y empezó a abotonársela. Me hice cargo de la tarea. Me sentía protectora, necesitaba mantener las manos sobre él todo el tiempo posible.

Forcé las palabras a salir de la garganta atenazada.

—¿Estás seguro de esto?

—Tú misma lo dijiste, Tee. Tengo que liberar a mamá y papá. Y para eso, tengo que enfrentarme a Larson.

—Lo entiendo, pero ¿por qué enfrentarlo solo? —le puse las manos en los hombros y apreté un poco—. Déjame ir contigo.

—Larson sabe que si te tiene a ti, me tiene a mí —me rozó los labios con los suyos y me miró con los párpados entrecerrados—. No podemos darle esa ventaja.

Me besó, un dulce encuentro de bocas y lenguas que hablaba de su increíble capacidad para la ternura y del afecto que compartíamos. Aspiré su aroma, bebí sus sabores, su coraje, su honor.

—Tengo que irme —respiró hondo, se apartó de mí y cogió la chaqueta—. ¿Recuerdas cómo va esto?

—Sí —recogí la corbata de la cama y se la entregué mientras me mordía los labios.

—Gracias.

Sonó como si me estuviera dando las gracias por mucho más que la corbata.

Corbata en mano, giró sobre sus talones y se alejó de mí.

Era una antigua tradición de los Battleson que un guerrero nunca dijera adiós antes de entrar en combate.

Las despedidas habladas traían mala suerte, así que mantuve la boca cerrada.

No iba a tentar al destino cuando Kass necesitaba toda la suerte que pudiera conseguir.

Se detuvo junto a la puerta y me hizo un gesto con la cabeza antes de salir de la habitación. Las lágrimas calientes que había estado conteniendo me desbordaron los párpados y me rodaron por las mejillas. No era la despedida que quería, pero era la que Kass necesitaba.

***

Kass

Entré con paso firme en la lujosa suite y me planté frente al sillón orejero.

Larson estaba sentado ante los ventanales de suelo a techo, disfrutando de las luces de la ciudad a sus pies y de una humeante taza de té.

Llevaba pantalones de vestir y una camisa que había salido de mi maldito armario.

Tomó un sorbo de té y alzó la vista hacia mí.

Ahí estaba, cara a cara con mi creador, a punto de comenzar una danza de vida y muerte con un monstruo especializado en tejer mentiras y medias verdades para atrapar a su presa.

No tenía más remedio que jugar su juego.

De pie frente a él, le sostuve la mirada astuta.

—¿Qué quieres?

—Ya empezamos —dejó la taza sobre el platillo con un tintineo irritante—. Sin saludos. Sin «¿Cómo te encuentras, papá?». Mi pobre hijo antisocial. ¿Te criaron los lobos?

—Los lobos habrían sido una mejora comparados contigo, sociópata.

—Estamos combativos, ¿eh? —levantó el meñique en el aire y tomó otro sorbo de té, un trago largo diseñado para ponerme nervioso e irritarme.

No funcionó. Aunque la impaciencia me latía en el pecho, esperé en silencio hasta que bajó la taza y la fina porcelana tintineó de nuevo. El primer movimiento tenía que ser suyo.

—Olvidas que tengo todas las cartas —habló en voz baja, pero su acento nítido cargó cada palabra de un golpe contundente—. Te sugiero que te sientes y escuches lo que tengo que decir.

Las dichosas cartas eran Scott y Maria Battleson. Larson había estado esperándome, un depredador al acecho. Un escalofrío surrealista me recorrió el cuerpo. Me había prestado voluntario para adentrarme en el laberinto de su mente diabólica.

—No quiero escuchar tus gilipolleces —permanecí de pie—. Quiero a mis padres.

—Tienes a tu padre delante de ti.

—No lo veo —disfruté mostrándole una mueca de desprecio—. Habla o me largo. ¿Qué quieres a cambio de la libertad de nuestros padres?

—Eres un buen negociador —Larson intentó sonreírme, pero fue tan untuoso que me sentí embadurnado de baba—. Estoy tan orgulloso de ti.

—Términos —solté entre dientes, rechazando cualquier cumplido que viniera de él—. Es lo único que quiero oír de ti.

—Muy bien —exhaló un largo suspiro—. Como habrás notado, soy un actor importante en el escenario global, muy respetado por los hombres más poderosos del mundo.

—Querrás decir los criminales más poderosos del mundo —afirmé con voz fría y distante—. Has ganado mucho dinero traficando con drogas, armas y Dios sabe qué más. ¿Y qué?

—Tengo socios con intereses que debo proteger —dejó a un lado la taza de té—. Esos intereses están aquí, en América. Aquí es donde pasa la mierda. Quizá recuerdes que yo tenía influencia por aquí.

—Sí, lo recuerdo —aunque había intentado olvidarlo—. Eras un mafioso psicópata con sed de violencia, dinero y poder. Nada ha cambiado.

—Yo construí un imperio en América —su mirada gélida me golpeó—. Tú lo destruiste.

—Eh, para el carro —desafié su mirada con la mía—. Yo entregué información precisa al FBI. Tú te destruiste a ti mismo.

—Tal como yo lo veo, me debes un imperio —esbozó su sonrisa escalofriante—. Tú tienes uno. Lo quiero.

No era ninguna sorpresa, salvo el hambre voraz que destelló en sus ojos, la codicia obsesiva que me golpeó como una ola ártica.

Sacúdetelo, soldado. No te llaman Ice por nada.

Mantuve el rostro inexpresivo y el tono neutro. —Di lo que quieres y deja de dar rodeos.

—Quiero tres cosas —cruzó una pierna sobre la otra y posó sus manos cuidadas en el regazo—. Primero, quiero Battle Brothers.

Bingo. Había acertado. Estaba a punto de tejer su relato. Mi primer objetivo era separar las mentiras de las verdades.

—¿Por qué quieres BB? —pregunté.

—El negocio es el vehículo perfecto para mí y mis clientes.

Verdad.

—Déjame adivinar —era casi demasiado fácil—. Quieres usar la parte de venta al por menor para blanquear tu dinero sucio. Finges comprar mercancía de BB. Nosotros te proporcionamos recibos falsos. Tu dinero inmundo llega a América por millones y queda todo limpio y reluciente. ¿Voy bien?

—En general, sí.

Verdad a medias, sobre todo porque eso no era todo lo que quería.

—¿Cómo piensas recuperar el dinero del otro lado? —pregunté.

—Eres dueño de un banco —dijo—. Así.

—Somos dueños de un banco comunitario que da servicio a militares y exmilitares.

—Perfecto —la sonrisa fría que atormentaba mis pesadillas apareció en su rostro—. ¿Qué podría ser más patriótico que eso?

—Así que —dije, como si esto fuera una novedad para mí y no hubiera deducido ya los detalles de su plan— pretendes retomar el control del dinero blanqueado del otro lado apoderándote de nuestro banco y usándolo para desembolsar los fondos bajo la apariencia de intereses, dividendos e inversiones.

—Me encanta ver que tu destreza financiera se extiende a mi terreno.

Su expresión engreída me picó como una espina en el culo, pero claro, eso era exactamente lo que pretendía: irritarme hasta que perdiera la concentración.

—Entiendo el dinero —dije, y hacerlo no tenía ningún misterio para mí—. Entiendo cómo fluye.

—Ya lo he notado —se permitió una breve risita satisfecha—. Como director ejecutivo y presidente de la junta, tienes carta blanca en todas las decisiones y transacciones financieras. Pondrás tu autoridad a mi servicio. Gustav Viklund será el nuevo presidente de la junta de Battle Brothers.

Ni en sueños. —¿Y la tercera?

—Quiero tu mente brillante, tus conexiones, tu capacidad para cerrar tratos que nadie más logra. Te quiero a ti, Kass. A ti.

—Me enviaste al reformatorio —el viejo dolor me apuñaló las entrañas—. ¿Por qué ibas a quererme ahora?

—¿Tienes idea de la cantidad de dinero que tú y yo podemos ganar trabajando juntos?

—hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran—.

Seríamos dueños del mundo, Kass. Lo dirigiríamos.

He logrado integrar algunos de los cárteles más poderosos del mundo bajo mi mando.

Piénsalo como un acuerdo de gestión. Es hora de reunirlos a todos bajo una sola empresa legal, libres para operar en América, donde todo el que es alguien quiere estar.