Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintidós #4
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Capítulo veintidós #4

—Blue, intenta entenderlo —dijo Apollo—. Maria y Scott Battleson lo arriesgaron todo por ayudarme, por ayudarnos. No tengo elección. Voto a favor.

Blue se echó hacia atrás en el sofá y cruzó los brazos. Sus ojos redondos brillaban con lágrimas contenidas. Entendía su miedo. Pero ¿qué otra opción teníamos?

—Soy científica. —Marisol sacó una toallita del paquete que llevaba en el bolsillo y empezó a frotar la mesa de café, una vieja compulsión que le provocaba la ansiedad—. Este plan tiene demasiadas variables imposibles de controlar. Así que voto en contra.

—Oye, ¿Sol? —Troy clavó en su mujer la mirada oscura—. Puedes dejar de desinfectar la mesa. Sé lo que hago.

—Yo también —replicó ella, estrujando la toallita en el puño.

Solté un suspiro de frustración. Esto era lo que pasaba cuando intentaba hacer las cosas según el manual y reconciliar a los Venus y los Marte del equipo.

Las decisiones eran mucho más fáciles cuando solo estábamos los chicos.

Todo iba más rápido. Por otro lado, no podía concebir un mundo sin las mujeres que ahora formaban parte del equipo.

Tee tenía razón. La democracia era una mierda.

—Mirad, chicos —aventuró Emme—. Sé lo importante que es esto. Pero Jax, ahora tienes hijos. Yo también tengo que votar en contra.

—Ya estamos otra vez —gruñó Jax—. ¿No crees que puedo hacer mi trabajo y ser buen padre a la vez?

—No si estás muerto —espetó Emme.

—No soy tan fácil de matar.

—¿En serio? —Emme se echó hacia atrás—. Porque te he visto sangrar.

Lo que vino después fue un clásico tumulto Battleson, con todos hablando a la vez, discutiendo entre ellos, hasta que el volumen de la sala me taladró los oídos.

—¡Basta! —grité—. Todos. Parad.

Todos se quedaron en silencio. El ambiente en la sala se había vuelto sombrío.

—Escuchadme —dije—. No soy de muchas palabras. Entiendo vuestros argumentos. Todos son válidos. Nos jugamos mucho en esta vida. Y sobre todo, tenemos a personas que amamos.

Hice una pausa para aclararme la garganta y dejé que mi mirada se desviara hacia Tee. Tenía sus ojos dorados clavados en mí y los labios apretados en una línea tensa.

—No podemos fallarles a Maria y Scott Battleson —dije—. Nos dieron un hogar cuando éramos niños. Creyeron en nosotros. Tenemos que recuperarlos, aunque eso signifique mentir, engañar, fingir e ir adonde ninguno de nosotros quiere ir.

***

Tee

El breve discurso de Kass fue recibido con silencio. Una mujer que amaba a su hombre no pondría objeciones a las decisiones que habían tomado las mujeres de nuestra familia. Y sin embargo, yo entendía lo que significaba ser un Battleson mejor que la mayoría.

Había estado allí cuando salieron del reformatorio, un grupo de niños dañados, heridos, abrumados, a quienes les habían arrebatado la esperanza y el amor.

Los había visto atravesar la transición al instituto y la universidad, guiados por el dulce apoyo de Maria y la voluntad indomable de Scott.

Había sido testigo del momento en que arrancaron sus sueños de las fauces de la desesperación y lograron lo imposible.

Sí, había estado allí. Lo sabía.

Y también sabía que si no recuperaban a Maria y Scott, corrían el riesgo de volver a ese estado de dolor y desolación del que habían salido.

Sería aún peor para Kass. Se culparía a sí mismo si algo les pasaba a sus padres adoptivos. No hacer esto no era una opción para él.

Iba en contra de todos mis instintos, pero hablé.

—Quiero cambiar mi voto.

Kass me miró con el ceño fruncido.

—¿Qué has dicho?

—Mi voto —repetí—. Quiero cambiarlo.

Kass frunció la frente, con los ojos brillando de desconcierto. Todas las miradas se volvieron hacia mí. Las mujeres me miraban boquiabiertas, sorprendidas. Los hombres parecían suspicaces pero también intrigados.

—Votaste que no —me recordó Kass, con voz baja y áspera.

—Lo sé —me aclaré la garganta y sostuve su mirada de iris diamantinos—. Sabes que te quiero, ¿verdad?

Tragó saliva mientras asentía.

—También sabes que me moriría poco a poco si te pasara algo.

Entrecerró los ojos, clavándolos en mí sin parpadear.

—Quiero que estemos juntos —dije, para que no le quedara ninguna duda—. Pero también sé lo que te haría no hacerlo. Así que, si necesitas hacer esto, voto que sí.

Un jadeo colectivo resonó en la sala, pero los iris de Kass se convirtieron en estanques íntimos de azul. En un solo paso estuvo frente a mí. Me puso en pie y presionó sus labios con fuerza contra los míos. Me dijo todo lo que quería decir en un beso. Y, debo añadir, se expresó muy bien.

—Gracias por entenderlo —sonrió contra mi boca y luego me besó de nuevo—. Cuando esto termine, te vas a casar conmigo.

—Claro —dije con fingida burla—. Ya veremos.

Levantó una ceja inquisitiva.

—¿Te haces la difícil?

—Donde las dan, las toman.

—Recuerda lo que te digo, Titan. Estás hecha para mí.

—Vale, gente, se acabó el numerito —Jax se levantó de la silla y dio dos palmadas—. Tenemos una decisión. Seis a cuatro a favor de ejecutar este plan. La operación está en marcha. Solo tenemos unas horas antes del amanecer y mucho que hacer.

Y así, en la jerga Battleson, fuimos a nuestros puestos de combate.