Capítulo cinco
Tee
La selva se abrió y dejó al descubierto una playa de aguas cristalinas que parecía sacada de un folleto turístico de algún paraíso exótico.
Una hilera de pulcras cabañas blancas con techos de metal y grandes ventanales flotaba plácidamente sobre pontones a lo largo de la playa de arena dorada, ancladas junto a un par de botes pesqueros de poco calado.
Era mediodía y la intensa luz del sol se refractaba en la arena y los techos, creando la ilusión de un espejismo acuático. Parpadeé varias veces. ¿Estaba viendo bien?
Aquella extraña visión era incongruente con la naturaleza salvaje que nos rodeaba. Pero como había estudiado y trabajado en la región, de repente caí en la cuenta de lo que estaba viendo.
Se trataba de un campamento de pesca caro y exclusivo, una experiencia de lujo que atraía a pescadores empedernidos de todo el mundo que viajaban para capturar el pez trofeo del Amazonas, el legendario pavón.
Era un tipo de turismo relativamente nuevo en la zona, más común en Brasil.
Los operadores pagaban tarifas a las comunidades indígenas locales para garantizar el acceso a sus tierras y ríos, mientras que las cabañas flotantes permitían trasladar fácilmente el campamento a los mejores lugares de pesca.
El lugar parecía casi vacío en ese momento, salvo por un hombre solitario sentado en un escalón, pelando patatas. Me agaché al borde de los árboles y miré a Kass.
Apoyado sobre una rodilla, estudiaba el campamento, escrutando metódicamente los alrededores. Permanecía al borde de la jungla, silencioso, invisible e intenso, un depredador perfectamente adaptado a su hábitat natural, un jaguar al acecho.
El sol arrancaba destellos de la incipiente barba, tiñendo la línea recta de su mandíbula con un brillo ardiente. Bajo el espeso dosel, la luz jugaba con el tono claro, casi blanco, de su cabello rubio, resaltando la elegancia afilada de su severo corte militar.
Había que felicitar a su barbero. Ni un solo pelo fuera de lugar.
Entornó los ojos hacia el campamento que teníamos delante, acentuando las líneas de expresión que afilaban su mirada.
No podía recordar un momento en que esas arrugas no hubieran estado ahí.
Detrás de su fachada impasible, era y siempre había sido un guerrero alfa de los pies a la cabeza, un hombre que nunca bajaba la guardia.
Reprimí el impulso de recorrer con las yemas de los dedos las líneas en la comisura de sus ojos, como solía hacer cuando dormía en su cama.
Ahora, las arrugas estaban grabadas más profundamente en su piel.
Aunque no restaban nada a la belleza masculina clásica de Kass, marcaban tanto el paso del tiempo como el transcurso de nuestras vidas.
Rodeada por el zumbido incesante de los mosquitos, los reclamos de los loros y el estruendo de los monos aulladores alborotando sobre nosotros, también podía oír el tictac del reloj de mi vida en la cabeza.
Se me estaba acabando el tiempo, las opciones. Solo tenía treinta y cinco años, pero me sentía anciana, exhausta de esperar a que Kass me viera y me aceptara por quien era y lo que era capaz de hacer.
Kass no me había dirigido la palabra en las últimas horas mientras atravesábamos la selva. Su rechazo anterior, después de que nos aseáramos en el pequeño río, me había destrozado el corazón. Me había arriesgado y él me había rechazado.
Sus recuerdos de esas pocas veces robadas que habíamos estado juntos después de romper me llenaban de tristeza. Él recordaba el sexo y el abandono. Yo recordaba el sexo y el reencuentro con él. Había atesorado esos momentos. Él me había guardado rencor por ellos.
¿Alguna vez tendría la oportunidad de explicarme?
Mis intentos de conversación habían sido un fracaso. Su indiferencia había matado la poca esperanza que me quedaba. Había descargado su frustración contra la selva, cortando las lianas a machetazos con una furia que me resonaba en los huesos.
Hubo un tiempo en que nada habría impedido que Kass me hiciera el amor con fiereza, en que nunca me habría rechazado, pasara lo que pasara.
El arqueo de mis cejas, un roce casual de sus dedos en mis pechos o la visión de mi cuerpo desnudo siempre habían encendido la chispa sexual que compartíamos desde que nos hicimos adultos.
Su cuerpo estaba dispuesto. Eso lo había visto con mis propios ojos. Pero las cosas eran diferentes ahora. Ya no me necesitaba. La única emoción constante que emanaba de él era el rencor.
Quizás había alguien más en su vida ahora.
Quizás su corazón estaba prendado de una de las muchas mujeres guapas que desfilaban de su brazo ante la prensa en galas y otros eventos que frecuentaba como director ejecutivo de Battle Brothers.
A juzgar por lo que leía en periódicos y redes sociales, debía haber salido con cientos de celebridades deslumbrantes y herederas adineradas desde que rompimos.
Pero no llevaba la cuenta. Qué va. Yo no.
Cuando esto terminara, no querría saber nada de mí. Una lágrima me ardió en el ojo, pero parpadeé para contenerla. El día que me alejé de Kass, conocía los riesgos. Y sin embargo, había aceptado las malas probabilidades porque, tal como estaban las cosas entonces, nunca lo habríamos logrado.
Pero ahora estaba en el lado perdedor de esa apuesta. Su visión del futuro no me incluía. Apreté los labios y noté el regusto amargo del fracaso en el fondo de la boca.
Los movimientos de Kass me sobresaltaron y me sacaron de mis sombríos pensamientos.
Sin decir palabra, se quitó el chaleco y me hizo señas para que hiciera lo mismo.
Sacó una bolsa plegable de su mochila y metió tanto su chaleco como el mío.
También ocultó la carabina en la bolsa. Íbamos a entrar en este campamento de pesca como turistas. Teníamos que actuar como tales.
Sin embargo, mantuve la Sig Sauer metida bajo la camiseta y Kass sacó una M-1911 de la funda en la parte trasera de sus pantalones cargo. Vigilante como siempre, revisó el cargador y devolvió la pistola a la funda oculta, donde podía alcanzarla rápidamente.
El Delta en él nunca flaqueaba.
—Es hora de actuar —dijo Kass—. Vamos.
Se colgó la mochila al hombro, agarró la bolsa y me tomó de la mano con la que le quedaba libre, envolviendo mis dedos en su agarre fuerte y posesivo, justo como solía hacer cuando estábamos juntos.
Salimos de la línea de árboles y comenzamos a cruzar la playa, lo que me recordó un tiempo en que él y yo habíamos hecho todo juntos y lo bien que eso le había sentado a mi alma.
No te rindas, Titan. No es demasiado tarde. Has trabajado duro para esto. No eres de las que se rinden.
Cuando el cocinero nos vio, se puso de pie apresuradamente y llamó a alguien dentro de una de las cabañas flotantes.
Un hombre atlético con cejas gruesas y expresivas y cabello corto y ondulado salió a grandes zancadas, con una camisa de pesca color canela con un logo y pantalones técnicos.
Sus pasos largos y fluidos devoraron la distancia mientras nos salía al encuentro a mitad de la playa.
—Me alegra verte —sus ojos azul eléctrico se iluminaron con su sonrisa mientras estrechaba la mano de Kass con un apretón que tensó los antebrazos de ambos—. Hiciste el recorrido hasta aquí en tiempo récord. No debería haber esperado menos de Legend.
—¿Legend? —Miré al hombre y luego a Kass.
—A Seb le encanta soltar bolas —Kass esbozó una sonrisa irónica—. Por eso se metió en el negocio de los barcos de pesca. No le creas ni una palabra.
Seb me repasó de arriba abajo, un escrutinio discreto pero sagaz que delataba a un exmilitar de élite.
—Tú debes de ser la razón por la que Legend ha dignado al Amazonas con su presencia. Y vaya razón. Si puedo servirte de algo...
—Compórtate, Aguilar —dijo Kass, aunque sus ojos chispeaban divertidos—. Ya tiene dueño.
¿Cómo que tenía dueño?
Se me descolgó la mandíbula.
—Entendido —Seb indicó mi mano vendada con un gesto de su barbilla cincelada—. ¿Estás bien?
—Bien, gracias por preguntar —de repente me invadió la rabia—. Pero ¿dónde demonios estabas cuando se suponía que debías recogernos?
Frunció el ceño hasta que las cejas casi se le juntaron.
—¿Estás insinuando que dejé tirado a Legend para que se lo comieran las pirañas?
La fuerte reacción del hombre me alertó de que arrastraba alguna herida invisible.
El dolor que asomó fugaz en sus ojos despertó mi compasión.
Había tocado un punto muy sensible en aquel desconocido.
Las heridas de Seb no eran físicas, pero había aprendido por las malas que, mientras el cuerpo sanaba, el daño emocional sangraba eternamente si no se trataba.
—No lo decía en ese sentido —intervino Kass, mostrando una perspicacia que antes no tenía—. Yo sé que no me dejaste tirado.
La mirada de advertencia que Kass me lanzó confirmó mis sospechas. Al Delta Seb ya le habían fallado antes.
Seb se obligó a esbozar su sonrisa de operador profesional e intentó suavizar el ambiente.
—Eres una fierecilla, ¿eh? —Se volvió hacia Kass—. ¿Siempre va directa a la yugular?
—Siempre —confirmó Kass asintiendo—. Considérala letal. Te pillará por los huevos y no te soltará. Te aconsejo que mantengas las manos donde pueda verlas y no te olvides de contestar a sus preguntas.
—Entendido —Seb me miró con otros ojos y luego volvió su atención a Kass—.
No me gustó dejarte tirado, pero me topé con un par de patrullas fluviales.
Pensé que sería mejor alejarlas del punto de extracción para que pudieras largarte sin problemas.
Las llevé de paseo para darte tiempo de salir del teatro.
—Podrías haber conseguido que lo mataran —dije, intentando sonar civilizada y fracasando estrepitosamente.
—¿Legend? ¿Muerto? —Seb soltó una risotada incrédula—. Ni de coña. Una leyenda nunca muere.
Me moría por decirle al bastardo engreído que su supuesto Legend había estado a medio centímetro de que le volaran la tapa de los sesos o a una bala de que le esparcieran las tripas por todo el suelo, pero Kass me cortó antes de que pudiera abrir la boca.