Capítulo cuatro #2
Curvó la boca hacia arriba en una pequeña sonrisa que era también un preludio erótico y una invitación descarada. Sabía lo que esa sonrisa me provocaba. Estaba segura de sí misma, tan confiada en que prevalecería mientras acariciaba mi polla con descaro con la mirada.
—Qué alegría para la vista —su sonrisa sugerente se ensanchó—. ¿Qué te parece si hacemos algo al respecto?
El endurecimiento instantáneo aumentó mi sufrimiento y multiplicó mi agonía. Me mordí la mejilla por dentro y ahogué otro gemido.
Después de lo que Tee había pasado, debería estar sufriendo, exhausta y traumatizada. Y quizá lo estaba. Tras ejecutar muchas operaciones de rescate de rehenes, sabía que cualquier otra persona se habría derrumbado.
Pero Tee no.
Ni de coña.
No se desmoronaba bajo presión, ni perdía la cordura, ni cedía a sus miedos. Nunca se paraba a lamerse las heridas ni a lamentar sus penas. Seguía adelante pasara lo que pasara, pisoteando sus traumas y mirando al frente. Orgullosa, fuerte y tenaz, era la persona más resiliente que conocía.
¿Su mecanismo de defensa número uno y su actividad favorita para desahogarse?
El sexo.
Cuando volví a encontrar su mirada, arqueó las cejas, una insistencia silenciosa a su propuesta.
La furia me calentó la sangre. Cuando esta gata salvaje se proponía algo, no era de las que se echaban atrás.
Esto era Tee en estado puro, mi Jezabel personal, jugando conmigo como si fuera su juguete, para usarme o descartarme a su antojo.
—¿Kass? —su voz, la forma en que alzó la barbilla imperiosa, todo se reducía a una sola orden dirigida casi exclusivamente a mi polla.
Vaya orden que me moría por obedecer.
Pero no volvería a caer en sus redes.
—No, negativo —me incorporé y metí una pierna en los bóxers ajustados, y luego la otra, antes de subírmelos y embutir la polla traidora en la tela tirante—. No vamos a hacer esto.
—¿Por qué no? —exigió con ese tono altivo suyo, sin hacer el menor ademán de vestirse.
—Porque no soy tu juguete —espeté, incapaz de controlar la ira que me quemaba las entrañas—. No soy tu follamigo de guardia al que puedes llamar cuando te apetece y luego largar según tus caprichos.
Se echó atrás como si le hubiera dado una bofetada.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Año uno después de romper. —Saqué unos bermudas de la bolsa de plástico y me los puse—. Estaba de permiso en Virginia Beach y apareciste en mi puerta sin nada debajo del abrigo. ¿Te acuerdas?
—Era tu cumpleaños —dijo como si eso lo explicara todo—. Quería celebrarlo contigo.
—Bueno, lo celebramos después de que aparecieras de la nada. —Solté un bufido amargo mientras me subía la cremallera—. ¿Recuerdas lo que dijiste cuando abrí la puerta?
Cambió el peso de un pie a otro.
—Kass…
—Adelante, Tee —la reté con una mueca burlona—. Dilo.
Soltó un largo suspiro.
—Nada de hablar, solo follar.
Lo recordaba.
Mi polla dio un tirón, recordándolo también.
—Dos días de fuegos artificiales —dije, recordando la fiebre sexual que nos consumió—. Te quedaste casi cuarenta y tres horas. Pensé que habías vuelto. Y entonces… puf.
Chasqueé los dedos.
—Fui al gimnasio y cuando volví, te habías esfumado.
—Tenía que estar en algún sitio a primera hora—
—Podrías habérmelo dicho. —Saqué una camisa de pescador de la bolsa con un tirón furioso, luchando por contener mi ira creciente—. Pero no, Tee no da explicaciones. Se larga sin más y luego se niega a coger mis llamadas durante semanas y meses.
—Me fui al extranjero y—
—Strike uno. —Me puse la camisa y peleé con los botones—. Año cuatro DT: Después de Tee. Apareciste en aquella fiesta en la mansión del gobernador con ese vestidito rojo que debería estar prohibido en los cincuenta estados.
Puso los ojos en blanco.
—No puedo creer que estemos teniendo esta conversación aquí y ahora.
—Yo tampoco, pero qué más da. —Continué, aunque estábamos en medio de la nada y nos convenía más caminar que hablar—. En la mansión del gobernador, me follaste con la mirada durante la cena más larga de mi vida y luego me follaste de verdad en el tocador del gobernador, nada menos. ¿Te acuerdas?
Otra vez puso los ojos en blanco con ganas.
—¿Cómo iba a olvidarlo?
—Quedamos en ir a mi casa —le recordé—. Pero cuando llegué a la puerta después de recoger el Maserati del aparcacoches, te habías esfumado.
—Surgió algo. —Al menos tuvo la decencia de mostrarse incómoda—. Te mandé un mensaje diciendo que tenía que salir pitando.
—Strike dos. —Se me agrió la boca con los recuerdos—. Tee Houdini se desmaterializa ante mis ojos. Avancemos al año seis Después de Tee. De la nada, apareciste en Res, para el funeral de Leo, nada menos. ¿Te acuerdas?
—Pero Kass —dijo con un jadeo—. ¿Cómo no iba a aparecer en el funeral de Leo?
—Era mi hermano.
—También era mi amigo —espetó—. Tenía derecho a presentar mis respetos.
—Puede, pero una vez allí, te las ingeniaste para pillarme en mi peor momento.
—¡Eso no fue lo que pasó! —Su mirada se suavizó—. Estabas tan destrozado y yo…
—Te aprovechaste de mi dolor.
—No —dijo—. Quería consolarte.
—Consolar, mis cojones.
—Kass, por favor, intenta entender —empezó—. Nunca quise—
—Para. —No iba a ceder ante esos ojos de ámbar líquido, ni ante los recuerdos de nuestros años juntos, ni ante esas estúpidas emociones que me oprimían el pecho. No iba a repetir mis errores, admitir mis debilidades ni sucumbir a sus encantos.
Sin arrepentimiento, sin rendición. Ese era mi lema Después de Tee. Pensaba cumplirlo.
—Vístete. —Me calcé las botas—. Ponte el chaleco antibalas también, al menos por ahora. Y no te olvides de recargar.
Saqué dos cargadores de mi chaleco y los dejé caer a sus pies.
—Esa Sig Sauer no te servirá de nada sin munición.
Ignorando la mueca furiosa que le torció la boca, me puse a preparar la mochila.
Me maldije por haber perdido los nervios.
Mis jodidas emociones habían ido de un extremo a otro durante todo este intercambio, pero mi erección, tirante contra los bóxers, había permanecido como una presencia constante, molesta e irritante.
—¿Kass? —empezó de nuevo con esa voz dulce que derretía mi hielo—. Yo—
—Se acabó la cháchara. —Metí los pantalones de camuflaje en la bolsa ya vacía y la dejé caer en la mochila—. ¿Quieres salir de aquí viva y volver con papaíto? Sigue mis instrucciones.
—Como quieras. —Alzó la barbilla con orgullo y asintió levemente—. Pero deberías saber que siempre tengo buenas razones para lo que hago.
—Tendré que fiarme de tu palabra. —Cerré la cremallera de la mochila y aseguré los bolsillos con varios tirones secos—. A menos, claro, que quieras explicarme por qué apareciste tres veces después de romper y por qué te largaste cada una de ellas.
—No me has dado ningún motivo para contarte nada. —Su insolencia me quemó en la boca del estómago como un reflujo ácido de los peores.
—Vámonos. —Ya estaba harto de esta conversación—. Papá está esperando.
—Que espere. —Se mantuvo firme—. Hay dos cosas más que tienes que saber de mí.
Reprimí las ganas de poner los ojos en blanco. Me enderecé, me di la vuelta y la encaré. —Dispara.
—Sé quién soy. —Con los ojos clavados en los míos, expulsó el cargador vacío de la Sig Sauer, cogió uno de los que yo había dejado caer a sus pies y lo encajó en la pistola—. Y sé cuidarme sola.
Allí plantada, desnuda como vino al mundo, empuñando mi pistola con el pulso de una tiradora de élite y desafiándome con la autoridad de una emperatriz, era la fantasía de este soldado hecha carne.
La polla me dio un tirón en la entrepierna, acusándome de despilfarro, fraude y abuso. No podía ceder a mis impulsos. La decepción me retorció las tripas. No podía flaquear, no ahora, no a menos que...
Nah. Tee nunca iba a dar ese paso.
¿Qué coño había esperado? ¿Que se disculpara por dejarme? ¿Que luchara por lo nuestro y prometiera no volver a abandonarme? ¿Que estuviera tan consumida por su amor y su deseo que admitiera todos sus errores y se me tirara encima aquí mismo, ahora mismo?
¡Ja! Ya debería saberlo.
Todo eso eran fantasías de mi cerebro enfermo. No había hecho esta caminata para que me pidiera perdón. Puede que Tee estuviera dispuesta a echar un polvo, pero ya no me quería, hacía mucho que no me quería.
Sin molestarse en disimular el ceño fruncido, se agachó, cogió la bolsa con cierre y, después de regalarme una última vista de sus pechos balanceándose suavemente, sacó la camiseta de un tirón, se la pasó por la cabeza y la bajó, ocultando las mejores vistas del planeta.
Fue un alivio y un castigo a la vez.
Sin apartar su mirada furiosa de mí, Tee se puso los shorts vaqueros que le había traído. Mientras guardaba su vestido en mi mochila, caí en que no había metido ropa interior. ¿Lapsus freudiano o lo hice a propósito? ¿Y en beneficio de quién, de ella o mío?
A la mierda. Tenía que dominar el calentón y obligar a mi cerebro a hacer su puto trabajo.
Me puse el chaleco, ajusté las correas y me eché la mochila al hombro.
—Vámonos. —Cogí la carabina.
—¿Adónde? —preguntó Tee.
—Ya lo verás.
Con el M4 pegado al pecho, me adentré en la jungla, luchando por evitar que mi jodida cabeza me llevara por el camino equivocado. En los pantalones, la polla me seguía dura y los huevos a punto de reventar.
Quería darme de hostias por ser un puto soldado tan imbécil y salido, encima en plena misión. Gemí para mis adentros. Este rescate iba a ser mi fin.