Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo tres #3
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Capítulo tres #3

Sin darme tiempo a preguntarle qué demonios quería decir con eso, se colgó el rifle del hombro y desapareció tras los arbustos, para reaparecer al momento arrastrando una canoa rústica de tronco ahuecado por la cuerda atada a una argolla en la proa.

Chapoteando en la orilla inundada, empujó la estrecha embarcación hacia el agua oscura, enrolló la cuerda en una rama y me miró.

—Oh, no. No.

Miré fijamente aquella cosa destartalada que apenas flotaba y negué con la cabeza.

—No pienso subirme a eso.

—¿Querías un plan B?

Con un gesto regio del brazo, señaló la canoa.

—Aquí lo tienes.

—Pero... —se me clavaron las uñas en las palmas—. Los cocodrilos del Orinoco son enormes y habitan en estas aguas. Y los caimanes negros también, sin olvidar las pirañas...

—El cocodrilo del Orinoco está en peligro de extinción, y las pirañas prefieren casi cualquier otra presa antes que a los humanos —replicó con su lógica impecable—. En cuanto a los caimanes, no dejaré que te hagan daño. Sube.

—Yo digo que vayamos a pie.

Abrió la boca, sin duda para imponerse como siempre, pero apretó los labios y, en un movimiento rápido, echó mano de su M4 y me apuntó. El chasquido de una rama me hizo comprender que no me apuntaba a mí, sino a la presencia siniestra que acechaba a mi espalda.

—Si disparas, yo disparo —anunció una voz familiar mientras el cañón de un arma se me clavaba en la sien.

—Si disparas, mueres —gruñó Kass con el dedo curvado sobre el gatillo.

No había que ser un agente entrenado para saber que estábamos en un punto muerto y que mi vida pendía de un hilo.

Tampoco costaba mucho identificar aquella voz familiar.

Me había jurado que, la próxima vez que me enfrentara a Arturo, ajustaría cuentas.

Pero ahora me estaba usando como escudo humano.

Vaya forma de echar por tierra mis planes.

—Hola, Tee —el aliento de Arturo me golpeó la nuca, confirmando que su arma estaba a quemarropa—. ¿Qué tal si sueltas el arma y levantas las manos?

Por el rabillo del ojo, vislumbré al hombre. La luna se asomó brevemente entre un banco de nubes e iluminó algunos detalles. Alto. Musculoso bajo una camisa color canela y pantalones de camuflaje. Cabello rubio, largo. Rostro leonino y ojos marrones clavados en Kass.

Otra ojeada me confirmó que la 9 mm que me presionaba la sien parecía funcionar perfectamente. Tenía el cráneo duro, pero las probabilidades de sobrevivir a un balazo a quemarropa eran bastante bajas.

Moviéndome despacio, solté el arma. Cayó a la tierra empapada con un plop apagado. La presión en mi cráneo cedió. Levanté las manos y las coloqué sobre la cabeza como la buena chica y rehén ejemplar que no era.

—Has vuelto de hacer negocios —miré a Arturo—. Explotando a los lugareños, imagino, o sirviendo de intermediario en más planes de Zero Tango.

—¿Qué tienes en contra de un tipo que trabaja duro? —impregnó su voz con una nota falsa de ofensa—. Paga bien, y a mí me gusta que me paguen bien.

—Vaya si lo sé, amigo mío —solté una risa amarga.

—¿Qué tal si todos volvemos al campamento y arreglamos esto? —sugirió Arturo, manteniendo su atención en Kass—. Debes de ser el Battleson al que estamos cazando. Te hemos estado esperando. Me gustaría darte la bienvenida que te mereces.

—No, gracias —el cañón del arma de Kass se deslizó ligeramente a la izquierda de mi cabeza mientras Arturo se movía detrás de mí—. No prometo nada, pero si me dices quién es Zero Tango, puede que te deje vivir.

—Me temo que Zero Tango no querría que compartiera su información privada contigo —la radio de Arturo crepitó con un informe—. ¿Oyes eso? Mis hombres están en camino. Llegarán pronto. Te aconsejo que obedezcas.

—Kass, cariño, yo también te aconsejo que obedezcas —ofrecí tan dócilmente como pude, dado que ni una pizca de docilidad corría por mis venas—. No querrás meterte con Arturo.

—Tiene razón —la nota de suficiencia en la voz de Arturo me encendió la sangre—. Lo ha aprendido por las malas.

El sonido de pisadas en la selva anunció que los hombres de Arturo se acercaban. Hundí los dedos en mi cabello. Las uñas dieron con el bolígrafo que le había robado a Arturo antes.

No tenía ni idea de que se lo había birlado del bolsillo cuando me clavó en la tabla, ni de que lo había escondido sujetándolo en la raíz de mi espeso cabello.

Me giré tan rápido que Arturo no lo vio venir. Planté los pies y golpeé su brazo derecho con mi antebrazo izquierdo. Le aparté la mano, desvié su arma y se la arranqué. El arma se disparó, pero el tiro salió desviado.

Al mismo tiempo, agarré el bolígrafo. El cuero cabelludo me gritó de dolor y la herida de la mano me ardió, pero eso no me detuvo. Aferré el bolígrafo en el puño, lo alcé y lo bajé con toda la fuerza que pude reunir.

Apunté al ojo de Arturo. En el último momento, la miserable serpiente se agachó. En su lugar, le clavé el bolígrafo en la mejilla, atravesándola, y golpeé algo duro: los dientes, o el paladar quizás. Chilló de dolor e intentó golpearme.

Para entonces, Kass estaba sobre nosotros. Desvió el golpe de Arturo con un puñetazo y le propinó una patada brutal en el pecho. El hombre salió volando, aterrizó de culo y se deslizó hasta detenerse a unos cuatro metros de nosotros, sujetándose la mejilla ensangrentada.

Eché a correr, recogí el arma del suelo y apunté a Arturo. Pero la víbora se zambulló en el bosque. Me recordé que lo necesitábamos vivo. Kass fue tras él a grandes zancadas y estaba a punto de dispararle en alguna parte no vital cuando la primera bala pasó zumbando junto a mí.

Una ráfaga de disparos voló a nuestro alrededor, llegando de todas partes a la vez. Clank, clank, clank. El corpachón de Kass se sacudió con varios impactos mientras caía al suelo con un gruñido.

—¡Kass! —grité, dejándome caer junto a él—. ¿Te han dado?

—¡Muévete! —ordenó.

Una nueva andanada de disparos nos obligó a buscar cobertura detrás de unas enormes raíces tabulares. Me dejé caer de rodillas. Él aterrizó en cuclillas junto a mí. Un fino reguero de sangre le bajaba por un lado de la cara.

Extendí la mano para encontrar la fuente del sangrado.

—¡Estás herido!

—No estoy herido —se apartó de mi mano, se arrancó el casco táctico de la cabeza, pasó los dedos por el kevlar fracturado y revisó las gafas de visión nocturna. Colgaban inertes del casco roto.

—Hijos de puta —se limpió la cara y se miró la sangre en los dedos—. Es solo un rasguño, pero desde luego le han dado bien a mi equipo.

Siguió maldiciendo mientras se palpaba el brazo izquierdo y estudiaba el ordenador de misión destrozado. Ya no servía para nada, pero el armazón reforzado le había protegido el brazo.

Me encogí y un escalofrío de pavor me recorrió la columna. Si no hubiera llevado puesto el casco, el chaleco y el resto del equipo, ya estaría muerto.

Pulsó el receptor sujeto al cinturón.

Nada.

—Déjame ver. —Examiné el receptor. Una sola bala se había alojado en la pequeña caja negra, que sin duda había salvado a Kass de recibir un disparo en el hígado—. No sirve.