Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo tres #4
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Capítulo tres #4

Hecho una furia, arrancó lo que quedaba del ordenador de misión y del receptor y, junto con el casco destrozado y las gafas de visión nocturna arruinadas, lanzó todo el equipo inservible al río.

Plof, plof, plof.

Las ráfagas impactaron en las raíces y las astillas saltaron por todas partes, lo que nos obligó a permanecer pegados al suelo. Llovían disparos sobre nosotros. Estábamos atrapados detrás del árbol y la munición se nos agotaba rápidamente.

Kass me miró a los ojos.

—Métete en la canoa y rema tan rápido como puedas —ordenó—. Yo te cubro. A la de tres. Una, dos, ¡ya!

Me levanté de un salto al mismo tiempo que él se alzaba sobre una rodilla, apoyaba el arma en lo alto de la raíz y abría fuego para mantener a nuestros atacantes entre los árboles. Corrí unos metros y prácticamente me tiré de panza a la canoa, obedeciendo solo la mitad de sus órdenes.

Intenté recuperar el aliento mientras me levantaba sobre los codos y me asomaba por encima de las bajas bordas.

—¡Estoy dentro! —grité—. Vamos. Yo te cubro.

Miró por encima del hombro, con los ojos muy abiertos.

—¡He dicho que te vayas!

—No me voy sin ti. —Disparé al matón que intentó flanquearlo al salir de los arbustos a su derecha—. Vamos, Kass. No seas idiota. ¡Ven aquí ya!

Vaciló un momento, pero una nueva andanada de disparos dirigida hacia él y hacia mí lo convenció de que no pensaba irme a menos que estuviera en la canoa conmigo. Mientras vaciaba el cargador en la selva, él corrió agachado, soltó la cuerda y, tras empujar la canoa hacia la corriente, saltó dentro.

La canoa se hundió bajo su peso y se inclinó peligrosamente hacia un lado y luego hacia el otro. El agua salpicó por encima de los bordes bajos y amenazó con volcarnos. Ya sin munición, me puse de rodillas, agarré el remo y, con la cabeza agachada, remé río abajo con todas mis fuerzas.

Las balas caían en el agua y perseguían nuestra estela.

El agua chapoteaba en el fondo de la canoa y me lamía las rodillas y los dedos embarrados.

Mientras agarraba la parte superior del remo, la mano vendada me palpitaba, pero seguí adelante para poner toda la distancia posible entre nosotros y la orilla.

Arrodillado detrás de mí, Kass siguió disparando para mantener a nuestros atacantes alejados de la ribera. Cuando estuvimos fuera del alcance de los disparos, bajó el arma, se quitó la mochila de los hombros y, tras recoger el segundo remo, se unió a mi frenético remar.

Nos abrimos camino hacia el centro del río, donde la corriente era más fuerte, y ganamos algo más de velocidad al avanzar río abajo. Nuestros remos chapoteaban en silencio en el río, nos impulsaban hacia adelante y trazaban ondas engañosamente plácidas en las aguas negras.

Solo entonces noté lo fuerte que me latía el pulso en los oídos. Había tenido tanto miedo. Kass podría haber resultado herido, capturado o muerto.

—Eso estuvo cerca. —Miré a Kass por encima del hombro—. No deberías haber venido.

—Porque tus impresionantes movimientos de lucha te habrían liberado así. —Chasqueó los dedos en el aire antes de volver a agarrar el remo—. ¿Me equivoco?

Le lancé una mirada fulminante.

—¿Te estás burlando de mí?

—¿Yo? No, nunca. —Esbozó una sonrisa gélida—. Siempre fuiste una kickboxer feroz, pero apuesto a que fuiste la mejor de tu clase cuando aprendiste Krav Maga.

—Claro que sí... —Me contuve y le devolví la sonrisa burlona—. Estás usando tus poderes Jedi de los Delta conmigo, ¿verdad?

—Valía la pena intentarlo. —Hundió el remo más en el agua—. ¿Dónde aprendiste a pelear así?

—Preguntas. —Igualé su ritmo remada a remada—. Kass siempre tiene demasiadas.

—Dice la reina del signo de interrogación —gruñó.

—Siempre fuiste mi gramático favorito. —Seguí remando—. Hablando de preguntas, ¿adónde vamos? ¿Y tienes otro plan B guardado en la manga?

—Que si tengo otro plan guardado, pregunta ella. —Kass mostró los dientes, un destello blanco en la noche—. Tengo un plan para cada letra del alfabeto, hasta el plan Z, si hace falta.

Este era Kass en su mejor momento: tranquilo, concentrado y en movimiento, un bastión de inteligencia, fuerza y confianza en medio de una situación desesperada. Pero no me dejé engañar por sus intentos de tranquilizarme.

Nuestra situación era crítica.

La selva impenetrable que se alzaba a nuestro alrededor no era lugar para quedarse.

El contacto de Kass en tierra y el barco —nuestro único medio de escape— habían desaparecido.

Con el ordenador de misión de Kass destruido y la radio inutilizada por el disparo, habíamos perdido las comunicaciones y la capacidad de navegación.

No había carreteras de entrada ni de salida en esta región aislada, ninguna forma de huir salvo el traicionero río y sus afluentes, igual de peligrosos.

Por si fuera poco, sabíamos que había patrullas operando en esta sección del río. Arturo y los matones de Zero Tango nos pisarían los talones en cuanto pudieran, y cruzar la frontera sería una aventura peligrosa.

El tiempo corría en nuestra contra y cada minuto que pasaba aumentaba las probabilidades de caer presa de los monstruos que acechaban en las orillas del Río Negro.