Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Kass Capítulo Uno
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Kass Capítulo Uno

Kass

La selva amazónica no era el lugar donde quería estar a mediados de marzo, al comienzo de una temporada de lluvias temprana que ya había batido todo tipo de récords.

El agua caía del cielo a cántaros, calándome hasta los huesos como si llevara papel higiénico en lugar de equipo impermeable de última generación.

Y, sin embargo, ni la selva, ni la tormenta, ni siquiera las aguas desbordadas del río Negro podían impedirme completar mi misión esta noche.

Liberty Rose había desaparecido.

Estaba empeñado en encontrarla.

Consulté el GPS del ordenador táctico que llevaba en el antebrazo. Iba por buen camino. Era medianoche, la hora en que comenzaban las pesadillas, cuando las criaturas míticas de los reinos oscuros se colaban en los corazones y las mentes de los hombres para sembrar el terror.

Yo estaba al acecho.

Protegido por mi vieja amiga, la oscuridad, avancé con todos los sentidos alerta. La niebla se alzaba del suelo en capas que velaban la noche, pero mis ojos ya se habían adaptado a la falta de luz.

La descomunal tormenta había provocado riadas que inundaron la selva. Joder, hasta los peces se estaban ahogando esta noche. El estrecho sendero de caza que conducía a mi objetivo se había convertido en una trampa de barro que me succionaba las botas con hambre demoníaca.

Mi viaje al inframundo del Amazonas había comenzado hacía una semana, cuando mi hermano Jax y yo estábamos atrapados en mi yate, zarandeados por el oleaje frente a la costa de Honduras, esperando que amainara el temporal.

Jax y yo habíamos sido desplegados como avanzadilla en una misión para distraer y atrapar a Zero Tango, el misterioso enemigo que había orquestado varios ataques casi letales contra nosotros en el último año. Estábamos a punto de desatar la furia Battleson cuando recibí la llamada.

Me puso la vida patas arriba y lo cambió todo.

El embajador Raphael Rose III era un mojón odioso en un traje elegante, un hombrecillo engreído y retorcido cuyas credenciales diplomáticas ocultaban a un hijo de puta astuto.

Yo nunca le había caído bien y siempre se había esforzado por humillar y menospreciar al chico larguirucho y jodido que yo había sido cuando conocí al cabrón por primera vez.

Por desgracia, también era el padre de la única mujer a la que había amado: Liberty Rose, alias Tee.

En cuanto el nombre del embajador apareció en mi pantalla, supe que no llamaba para charlar. Llorando al teléfono, me contó que Liberty había estado trabajando en un pueblo costero de Venezuela cuando la secuestraron.

Sus captores exigían un rescate enorme a cambio de su vida. Cuando dejó de sollozar, el imbécil tuvo los cojones de pedirme que encontrara a su hija. Como favor personal, añadió.

¡Ja!

Incluso ahora, mientras me abría paso a duras penas por la selva, resoplé tan fuerte que el ruido habría asustado a los monos si hubiera habido alguno cerca.

Solo recordar la temeridad del cabrón me hizo refunfuñar de nuevo.

Ni la misericordia ni la gracia formaban parte de mi ADN.

El embajador-cabrón no recibiría nada de eso de mi parte.

Se lo dejé perfectamente claro a Rose III: no le estaba haciendo ningún favor a él.

Lo haría por Liberty.

Por ella.

No por él.

Decir que estaba cabreado con todo esto se quedaba muy corto. No solo estaba que trinaba con Rose, también estaba furioso con Liberty.

Le había dicho un millón de veces que esto iba a pasar si seguía recorriendo el mundo metiéndose en líos. Le dije que no fuera. Le insistí en que dejara de buscar maneras de que la mataran y se quedara en lugares donde yo pudiera garantizar su seguridad.

Pero ¿me había escuchado?

Y una mierda. No lo había hecho.

Esa fierecilla indomable no era ninguna soldado bajo mi mando y se había asegurado de recordármelo. Se había negado a entrar en razón.

Se largó, supuestamente para unirse al Cuerpo de Paz, desafiándome y arriesgando su precioso cuello para hacerse la ángel de la caridad en un mundo cruel y peligroso donde los ángeles solían acabar muertos.

La vieja indignación volvió a arder en mí. Apreté la mandíbula, me limpié la lluvia de la cara y seguí avanzando. Quizás debería haber encerrado a Liberty en el ático hasta que desarrollara algo de sentido común en ese poderoso cerebro suyo.

Por razones obvias, Liberty y yo ya no estábamos juntos. El embajador-cabrón había contribuido a la ruptura, pero yo era el primero en admitir que había un montón de razones por las que ella y yo éramos una mezcla explosiva.

Ella venía de familia de abolengo. Yo venía de la mierda.

Ella tenía clase. Yo no tenía ni puta idea de eso.

Ella era una bruja imprudente, feroz y ardiente.

Yo era un cabrón de primera, tenía que serlo, me había forjado para serlo, para sobrevivir en un mundo donde el pez grande se comía al chico y la fuerza bruta mandaba al servicio del todopoderoso dólar.

Y luego estaba lo de que le había pedido a Liberty que se casara conmigo.

Sí, lo había hecho, imbécil de mí. Ella había dicho que sí, pero luego cambió de opinión y me abandonó para unirse al puñetero Cuerpo de Paz.

Para entonces ya había adquirido el mal hábito de hacer el bien por todo el planeta.

Imprudente cabezota.

Intenta que una buenista se mantenga alejada de los peores desastres de la humanidad y deje su adicción a salvar el mundo, y verás cómo te da una patada en el culo y te acusa de ser un cabrón.

Capté el mensaje. Esa mierda grita «Fin» como un letrero de neón en el Strip de Las Vegas. Pasar por algo así puede destrozarle las tripas a cualquiera.

Pero yo no. Y una mierda. Yo era Delta Force. Luchábamos pasara lo que pasara. Y como auténtico Battleson de pura cepa, también era un superviviente.

¿Me rompes la rótula? Sigo caminando. ¿Me disparas por la espalda? Te hago una peineta y te meto una bala en el cerebro. ¿Vienes a por mis tripas con un cuchillo? Te desvío la hoja y te la clavo en el corazón.

Liberty sabía todo eso de mí. Que era un hijo de puta duro y peligroso. Que estaba tallado en hielo glacial y que mi corazón estaba encerrado en capas de escarcha. Que no cedía ante nada y que no pensaba, sentía ni funcionaba como el resto de la raza humana.

Creo que en el fondo fue por eso por lo que se marchó.

Desde entonces, le había arrancado las garras de mi alma y me había entrenado para no sentir nada más que obligación hacia ella. Sí, ese era yo, pura disciplina y punto. Los blandengues no entran en la Unidad.

Todo eso significaba que no estaba atravesando esta maldita jungla porque amara a Liberty.

Ni porque ella me amara a mí. Lo nuestro había terminado.

Había venido por otras razones, razones sólidas que no tenían nada que ver con la noción ficticia del amor ni con ese estado mental trastornado que convierte a un soldado en un imbécil.

Ignorando la presión que me oprimía el pecho cada vez que pensaba en Liberty, respiré hondo, me detuve junto a un camino de tierra embarrado y me agaché para examinar la superficie.

Huellas de neumáticos. Ya estaba cerca.

Otra mirada al GPS me llevó a cruzar el camino y atravesar una franja de espesa selva tropical.

Me colgué la carabina al hombro y saqué el machete para cortar las lianas que me bloqueaban el paso.

A pesar del ardor en el bíceps, machetear se sentía bien.

Aliviaba mi furia y me mantenía concentrado en la misión.

La lluvia torrencial tamborileaba sobre mi casco táctico y amortiguaba los monótonos golpes de la hoja metálica al morder el follaje. El aliento húmedo de la selva me envolvía como una anaconda.

Pero oye, ni siquiera las serpientes andaban por aquí esta noche. Yo era el único idiota empapado que se arrastraba por estos parajes. Joder, a estas alturas seguro que me florecían orquídeas y bromelias en los pulmones y ya me crecía una capa viscosa de líquenes y moho entre los dedos de los pies.

Mientras me colaba entre las hileras de alambre de púas oxidado, esa sensación de inquietud que quería joderme la cabeza volvió a atormentarme.

El embajador había dicho que Liberty había gritado cuando sus secuestradores la pusieron al teléfono. Pero ella era dura. Si había gritado, tenía que estar sufriendo. Y eso significaba que quien le hubiera hecho daño iba a morir esta noche a mis manos.

Era una regla simple que tenía: si alguien le ponía la mano encima a uno de los míos, lo mataba. La venganza no solo era dulce. Era necesaria.

Mis hermanos caían bajo la protección de Kass. Y también sus parejas e hijos, porque eran míos también. Liberty estaba en esa lista exclusiva, no porque hubiéramos sido amantes alguna vez —nunca por eso—, sino porque había sido la primera amiga Battleson de verdad.

Cuando los seis desesperados logramos salir del reformatorio, Liberty había sido la única persona entre tres mil y pico estudiantes de secundaria con agallas para juntarse con nosotros. Todos los demás nos daban de lado.

Esas cosas cuentan mucho cuando eres un adolescente destrozado, traicionado por tu familia y al que su donante de esperma ha tendido una trampa para que cargue con sus crímenes.

El día en que me convertí en huérfano biológico, Tee estuvo a mi lado como una campeona.

Cuando mi pobre excusa de padre estiró la pata con una muerte tan violenta como había sido su vida, mis posibilidades mejoraron de golpe.

Desde entonces, me había empeñado desesperadamente en no convertirme en él.

Aunque solo éramos adolescentes cuando nos conocimos, Tee había percibido toda la mierda que bullía dentro de mí. Había visto algo en mí, quizá incluso el futuro que podía construirme. Al creer en mí, me había hecho creer en mí mismo.

El día en que me robó ese primer beso, me había sentido como oro puro y brillante.

Incluso ahora, mientras agarraba el machete, me rocé los nudillos en los labios, recordando el impacto de ese beso.

Nunca olvidaría la sensación de esos labios suaves, salvajes, ansiosos apretándose contra mi boca, emboscando mi corazón congelado.