Kass Capítulo Uno #2
Nunca había conocido un calor como el suyo.
Esa mujer. Joder, ya entonces era puro fuego andante.
Con un gruñido, volví a abrirme camino a machetazos. Cortaba las lianas leñosas con golpes satisfactorios e ignoraba las descargas eléctricas que me subían hasta el codo con cada tajo.
¿Por qué cojones no podía cortar los recuerdos del cuerpo esbelto de Liberty restregándose en mi regazo con la misma rapidez y eficiencia?
No dejes que te joda la cabeza. Sin arrepentimientos, sin rendición.
El hecho era que Liberty era miembro honorario de los Battleson. Y como los Battleson no dejábamos a ningún hombre —ni mujer— atrás, por eso estaba aquí.
Incluso trabajando a toda velocidad como operador especial, me había llevado unos días desde la llamada del embajador hacer los preparativos, contactar con aliados en la zona y rastrear a los cabrones que se habían llevado a Liberty a las junglas inhóspitas en el corazón del Amazonas.
Hacía un par de días, mi guía y yo nos habíamos infiltrado por la frontera más meridional de Venezuela y remontado el Río Negro.
Rodeados de selva densa, habíamos navegado río arriba hasta un viejo puesto militar abandonado en la orilla oeste.
Las coordenadas en los mapas indicaban que estaba a aproximadamente kilómetro y medio tierra adentro.
Así que al caer la noche había dejado a mi guía con el bote y me había dirigido hacia mi objetivo. Ahora que estaba aquí, estaba ansioso por ponerme manos a la obra, con la ira retumbándome en el pecho como el trueno lejano de la tormenta.
Divisé unas luces que parpadeaban en la noche. Guardé el machete en la mochila, me pegué la carabina al pecho y sonreí con suficiencia.
Ya os tengo.
La cabeza me bullía con esa sensación embriagadora que llega justo antes de que empiece la pelea.
Una imagen de la mirada crítica de Liberty frenó mis instintos de eliminar todas las amenazas de mi zona de operaciones. Uf. Esa mujer. Vivía según altos estándares humanitarios. No aprobaría que hiciera borrón y cuenta nueva.
No era un asesino indiscriminado, pero era un operador especial. Durante muchos de mis años de formación, había cazado asesinos para salvar vidas. Para garantizar su vida, destruiría a quien se interpusiera en mi camino.
Mientras me acercaba al campamento destartalado, el pie se me hundió en el barro. Mierda. Arranqué la bota y seguí adelante.
La lluvia era un inconveniente, pero también una ventaja. El aguacero intenso y los truenos retumbantes amortiguaban mi avance. Si yo no podía ver a mi presa, mi presa tampoco podía verme a mí.
Ventaja Battleson.
Oculto detrás de las raíces contrafuertes de un ficus estrangulador, hinqué la rodilla, me bajé el monóculo y rastreé el complejo a través de la mira óptica térmica, que combinaba detección de calor y visión nocturna.
Mis años en Delta Force me habían llevado a lugares como este antes.
Me habían entrenado para operar en todo tipo de condiciones climáticas y terrenos.
Además de ser dueños de la empresa de equipamiento de aventura más exitosa del país —Battle Brothers Inc.
—, mis hermanos y yo dirigíamos una firma de seguridad global en la sombra.
Un especialista en operaciones negras de élite como yo tenía mucho trabajo donde elegir.
Puede que hubiera dejado la Unidad para convertirme en el director ejecutivo de Battle Brothers y el hijo de puta al mando, pero no había perdido mi filo Delta.
Seguía dirigiendo varias misiones al año para BB en diversos escenarios peligrosos.
Esta noche me había quitado el traje de ejecutivo y había vuelto a mis raíces Delta.
Las viejas habilidades me vendrían bien.
Mis fuentes indicaban que este era exactamente el lugar donde quería estar, pero ninguno de mis informantes podía aclararme quién había secuestrado a Liberty ni por qué.
¿Eran los secuestradores rebeldes ideológicos?
¿Bandas dedicadas al secuestro extorsivo?
¿Traficantes de drogas, personas o armas?
¿Tropas gubernamentales? ¿Enemigos de Estados Unidos librando una guerra por delegación o terroristas ampliando su radio de acción? ¿Una combinación de todo lo anterior?
Todos esos escenarios eran plausibles. Nada era sencillo en un país convulsionado por la corrupción y al borde de la guerra civil.
De momento, parecía que los dos centinelas que divisé fumando hierba, acurrucados bajo el cobertizo junto a las puertas, eran los únicos guardias del perímetro.
Mala suerte... para ellos.
Me colgué el arma al hombro, saqué las cizallas de la mochila y encontré un sitio detrás de las letrinas.
Tras cortar el alambre, me colé en el perímetro enemigo.
Agachado detrás de los retretes improvisados, conteniendo el aliento para evitar el hedor espantoso, mantuve la vista en los guardias mientras me hacía amigo de los chuchos que merodeaban por el recinto.
Los perros esqueléticos devoraron las galletas que había traído para la ocasión. Delta y mis misiones seguidas en Oriente Medio me habían enseñado a neutralizar el sistema de alerta temprana de la naturaleza. Además, me gustaban los perros, y a estos les hacían falta las calorías.
Con el pulso en reposo, observé cómo uno de los cabrones salía de la caseta de guardia y venía hacia mí.
Ven con papá.
Todo el mundo tenía que cagar en algún momento.
Cuando el tango entró en el primero de los tres compartimentos y cerró aquella birria de puerta tras él, llegó el momento de actuar.
Activé el cronómetro del reloj de misión. Me llevó dieciséis segundos y cero ruido liquidar al imbécil. Con él fuera de juego, me dirigí a la caseta de guardia. Dos minutos después, el imbécil número dos también estaba fuera de combate.
Quienesquiera que fuesen esos idiotas, eran unos chapuceros.
Yo no.
Recorrí el perímetro una vez más, comprobando si había trampas y comparando la zona con el plano que había obtenido al sobrevolar el área con un dron equipado con cámaras infrarrojas. Nunca estaba de más verificar dos veces.
Me adentré en el perímetro del campamento e hice un recuento rápido. Quedaban doce hostiles, repartidos por un complejo formado por tres blocaos, tres chozas pequeñas y la apestosa letrina de tres compartimentos.
El blocao pequeño del centro era mi objetivo, pero tenía que contener la urgencia y asegurar primero la vía de escape.
Me dediqué a limpiar el lugar en silencio. Nada era tan letal y eficiente como un Delta ejerciendo su oficio en la oscuridad. Éramos los dueños de la noche.
La tormenta me echó una mano. Los cabrones no esperaban compañía esa noche. Hacía tiempo que habían descartado que alguien se atreviera a desafiar los avisos de temporal que sonaban en todas las frecuencias de radio.
Mi misión en solitario avanzó según lo previsto. Exprimí el factor sorpresa al máximo, moviéndome de una estructura a otra, poniendo orden y sacando la basura cuando hacía falta.
Confié en mi fiel cuchillo de combate F-S para que mi llegada pasara desapercibida. Mantuve la hoja de dieciocho centímetros ocupada persuadiendo y convenciendo. Nada como una hoja en el cuello para cerrar el trato rápido entre la vida y la muerte.
Con los tangos fuera de juego y los perros meneando el rabo convertidos en aliados, me acerqué al blocao del centro del complejo. Evité la puerta, me agaché junto a la ventana, metí una mano entre los barrotes y entreabrí las lamas de aluminio.
Inspeccioné el interior.
Una vela solitaria junto a la puerta se reflejaba en el techo de chapa ondulada y proyectaba una luz parpadeante que saturó mi visor de visión nocturna. Me escocía la retina. Me subí las gafas al casco, parpadeé para quitarme el destello verde de los ojos y volví a mirar a través de las lamas.
Nada se movía dentro, pero divisé una figura pequeña acurrucada en la celda del rincón, tumbada sobre una tosca tabla de madera elevada, encogida en posición fetal.
Entrecerré los ojos y busqué las señas familiares de un cuerpo que conocía tan bien como el mío. Observé las líneas suaves y compactas de una mujer envuelta en un vestido veraniego sucio, manchado de marrón, que en otro tiempo había sido blanco.
La espalda al descubierto revelaba una piel color caoba que solía deslizarse como seda fina bajo mis palmas. Desde donde estaba no podía verle la cara, pero los rizos apretados de pelo color miel que se derramaban sobre la madera confirmaron que había cumplido el primer objetivo de mi misión.
Había encontrado a Liberty Rose.
Verla lo hizo todo real. El corazón me dio un vuelco en el pecho y el pulso se me disparó.
¿Qué cojones?
Durante todo el tiempo que había sido Delta Force, mi cerebro siempre había estado al mando de mis misiones. Pero ahora algo se removía dentro de mí. ¿Qué coño era esa emoción que me aceleraba el corazón, me retorcía las tripas y me atenazaba la garganta?
Obligué a mi corazón a frenar su estúpido alboroto y dejar de dar rienda suelta a las emociones que se amotinaban en mi pecho. Tranquilo, regañé al irritante órgano. Así no es como tú y yo funcionamos en el campo de batalla.
Era increíble, pero en lugar de hacerme caso, mi traicionero corazón bombeó aún más adrenalina a las venas al ritmo acelerado de un nombre que me retumbaba en los oídos.
Tee. Tee. Tee.
No pude evitar que el corazón me hiciera esa cosa de aletear que tanto me molestaba. Mierda. La emoción no tenía cabida en una misión, y ya había demostrado que era incapaz de sentir miedo. Ignorando la presión en el pecho, obligué al corazón a calmarse.
Ya la has superado, me recordé. Y dado que no había respondido a ninguno de mis mensajes en meses, estaba claro que ella había pasado página conmigo.
Sin remordimientos, sin rendición. A currar.
Dejé la mochila en el suelo, saqué la palanca y empecé a aflojar los barrotes de hierro que aseguraban la ventana.