Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Epílogo
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Epílogo

Kass

Me encontraba en la cubierta del superyate, respirando hondo y forzándome a mantener la vista en el horizonte. Los setenta y cinco metros del Liberty subían y bajaban sobre el fuerte oleaje como un potro salvaje en el rodeo.

Tuve una arcada, pero logré retener el almuerzo aunque el cerebro me seguía chapoteando dentro del cráneo. Llevaba tres días atrapado en este maldito barco con mi hermano Jax. Estábamos dando vueltas en círculos, esperando que el tiempo de mierda amainara para comenzar nuestra misión.

Me metí otro par de pastillas contra el mareo en la boca. Hice una mueca al tragar las píldoras de sabor empalagoso. No sabía qué me cabreaba más, si el mar embravecido o la diversión de Jax con mi mareo.

Una sonrisita más del puto hombre rana y quizá tuviera que retorcerle el cuello.

Jax y yo nos hacíamos pasar por turistas, aprovechando nuestro lujoso yate para navegar sin levantar sospechas.

Nuestra misión en solitario consistía en infiltrarnos en las instalaciones de una empresa operadora de satélites llamada EchoSat.

El objetivo: recopilar información y facilitar un encuentro cara a cara con el misterioso propietario de EchoSat, Gustav Viklund.

Vestidos con nuestros uniformes de camuflaje, ambos estábamos ansiosos por entrar en acción. Pero el punto de infiltración era complicado de alcanzar por mar y no podíamos actuar hasta que el tiempo mejorara.

Odiaba esperar. Y más aún si eso significaba pasar más tiempo en el mar.

«Aguanta», me ordené. «No vas a vomitar».

Jax me dedicó una sonrisita y arqueó las cejas. Sus ojos verdes brillaban con diversión, sin hacer el menor esfuerzo por ocultar su regocijo.

—¿Qué le dijo el almuerzo a la boca?

—Jax... —gruñí—. No...

—Voy a volver a subir.

Jax echó la cabeza hacia atrás y se rio como el punk juvenil que había sido en su día.

Luché contra las arcadas y reprimí el impulso de borrarle la sonrisa de la cara a golpes.

—Vete a follar con un tiburón, ¿quieres? —le lancé a Jax mi mejor mirada asesina—. Si necesitas ayuda para zambullirte en ese charco de meados de ballena, estaré encantado de tirarte por la borda.

—Oh, vamos, Delta Blandengue —Jax puso los ojos en blanco—. ¿Dónde está tu sentido del humor?

—Estoy a punto de metértelo por el culo —espeté, para irritante deleite de Jax.

Estaba a punto de añadir algunos detalles sobre cómo iba a hacerlo cuando mi móvil vibró. Lo saqué del bolsillo y le eché un vistazo.

El nombre que apareció en la pantalla agitó el remolino ácido que me revolvía el estómago.

¿Qué coño?

Para mí, el embajador Raphael Rose III era un pedazo de mierda envuelto en un traje elegante, un hombrecillo retorcido cuyas credenciales diplomáticas ocultaban a un hijo de puta astuto. Por desgracia, también era el padre de la mujer a la que una vez había amado con todo mi ser.

Liberty Rose —Tee— había sido la única mujer capaz de derretir el hielo que envolvía mi corazón. Lo hizo desde el principio, aguantó conmigo siete años de cielo e infierno, y luego aceptó casarse conmigo. Hasta que se echó atrás y me destrozó en pedazos sangrientos.

Por eso, nunca podría perdonarla.

Hacía mucho que no hablaba con Liberty ni con su padre. Para mí, él encabezaba una larga lista de razones por las que ella y yo no podíamos estar juntos. ¿Y ahora, de repente, el imbécil quería hablar conmigo?

«Tee». Sentí un vacío que me succionaba las tripas. «Esto tiene que ser sobre ella».

Algo iba mal, muy mal.

Giré sobre mis talones y me alejé para que no me oyera.

—Oye, imbécil —la mirada inquisitiva de Jax me siguió—. ¿Qué pasa?

—Es la oficina —agité el móvil en el aire y seguí andando—. Tengo que cogerlo.

—O quizá vas a perder nuestra apuesta y a vomitar a gusto en un váter de porcelana —me gritó Jax.

Le hice una peineta por encima del hombro.

—Bésame el culo.

Quería a mi hermano Jax con todo mi corazón, pero era un borde y un coñazo de cuidado. Fuera lo que fuese esta llamada, quería mantenerla en privado.

Una vez en la cabina principal del yate, acepté la llamada y gruñí:

—¿Es Liberty?

—¡Kass, gracias a Dios! —la voz del embajador se quebró como una cuerda a punto de romperse—. Necesito tu ayuda, y sí, es Liberty.

Una capa de miedo helado me envolvió el vientre y se hundió hasta la médula, pero tardé un momento en conectar el sollozo estrangulado que salía del auricular con el arrogante hijo de puta que recordaba.

Forcé las palabras a salir de mi garganta atenazada.

—¿Está viva?

—Dijeron que la mantendrían viva... por ahora —el embajador hipó—. Dijeron que sufriría por cada segundo que me retrasara. La oí gritar, Kass. Liberty estaba gritando.

Los nudillos me crujieron alrededor del móvil.

Apreté tan fuerte que me palpitaron las raíces de los dientes.

Liberty no lloró el día que se cayó de mi monopatín y se rompió el brazo.

No lloró cuando se enteró de que el avión de su madre se había estrellado.

Ni siquiera lloró cuando me arranqué el corazón del pecho y le dije que habíamos terminado.

—Por favor, Kass —suplicó el embajador—. Estoy desesperado. Escúchame.

Me pasé los dedos por el pelo y me clavé las uñas en el cuero cabelludo. Joder. El embajador estaba suplicando. ¡Suplicando!

Quería matar algo, o mejor aún, a alguien.

El embajador Rose habría sido una elección excelente.

Se había mostrado encantado cuando Liberty se unió al Cuerpo de Paz.

Ese fue el principio del fin: Liberty me abandonó y arriesgó su exquisito cuello de una manera que me mataba cada segundo de cada día.

Con la llamada del embajador, mis peores temores se hicieron realidad. El mareo se disipó de mi cerebro, pero el corazón me martilleaba como un explosivo a punto de estallar.

Contrólate, Ice. Tee está en peligro.

—¿Dónde está Liberty, quiénes son ellos y por qué la tienen? —exigí.

—Estaba en una misión en Sudamérica —dijo el embajador—. No sé bien en qué consistía, pero la llevó a un pueblo costero de Venezuela.

Esta vez sí gruñí. —¿Y tú estuviste de acuerdo con eso? ¿Dejaste que Liberty aceptara una misión en uno de los países más peligrosos del mundo cuando aquello está a punto de estallar?

—Liberty es una mujer adulta —se defendió el embajador—. No me pidió permiso para ir. No me habla desde que rompisteis el compromiso. Me desprecia. Y ahora va a morir odiándome.

—Liberty no va a morir —lo dije con tanta calma que me sorprendí a mí mismo—. ¿Tienes su última ubicación?

—Sí.

—¿Quién la tiene?

—No estoy seguro —dijo—. Hay muchas facciones rivales en esa zona. El gobierno también puede estar metido. Pidieron un rescate. Quieren mucho dinero.

Joder, mierda.

—¿Llamaste a los federales? —pregunté—. ¿Avisaste al Departamento de Estado?

—Los secuestradores dijeron que lo sabrían si contactaba con alguien del gobierno estadounidense. Que la matarían si lo hacía. Quieren que baje yo, pero imagina lo que pasaría si me atrapan. Soy un rehén de alto valor. Sería una vergüenza para el presidente.

Destellos rojos cruzaron mi visión. ¿Valoraba su carrera por encima de la vida de su hija?

—Voy a necesitar información, toda la que tengas —entré en modo misión—. Envíala a mi oficina en Denver por mensajero privado dentro de una hora. La cifrarán y me la reenviarán de inmediato. No más comunicaciones entre tú y yo. ¿Entendido?

—Entendido —en su tono se notaba cierto alivio—. Gracias, Kass. Sois los mejores del sector. No sabes lo que significa para mí que estés dispuesto a ayudar.

—Hijo de puta, no estoy haciendo esto para ayudarte a ti —espeté, dejando al embajador en un silencio atónito—. Liberty está en peligro. Voy a ir a por ella. Hago esto por ella.

Colgué y luché por calmar mi respiración.

Mantén la calma, Ice. Es la única cualidad buena que tienes. Úsala.

Mis pulgares volaron sobre el móvil. Envié un mensaje a mi oficina con una serie de órdenes. Después, contacté con mis activos sobre el terreno en Sudamérica para ponerlos en alerta.

Tenía que moverme rápido.

Cuando terminé, me guardé el móvil en el bolsillo y estiré los dedos agarrotados. Obligué a mis rodillas rígidas a doblarse, me senté en el sofá de lujo y contemplé la lujosa cabina del yate.

Como director ejecutivo de Battle Brothers, tenía todo lo que un hombre podía desear y más. Este yate a medida de última generación, por ejemplo.

¿Disfrutaba navegando?

Joder, no.

¿Necesitaba un superyate multimillonario?

No. ¿Quién coño necesitaba este traga-gasolina que era un pozo sin fondo?

¿Era el Liberty un símbolo de estatus que abría puertas, me ganaba la admiración de la clase alta y despertaba la envidia de mis competidores?

Sí, sí y sí.

Y por eso lo tenía. Para afirmar mi supremacía en un mundo donde rige la ley del más fuerte y el todopoderoso dólar manda.

Sí, tenía todo lo que quería, todo lo que había soñado. Riqueza, poder y contactos. Y sin embargo…

Desde el momento en que Liberty Rose aterrizó de golpe en mi vida, había sido la fuerza motriz de mi existencia, la razón por la que me había prometido a mí mismo que algún día sería rico, poderoso, el cabrón más grande, feroz y despiadado de cualquier estanque en el que eligiera nadar.

¿Qué sentido tenían mi vida de mierda y mis agotadores esfuerzos por levantar Battle Brothers Inc. si Tee no estaba viva en el mundo?

Liberty, me recordé. Ya no es tu Tee, no lo ha sido en años.

Las puertas correderas de cristal se abrieron y una ráfaga de viento entró en la cabina. Jax irrumpió con paso firme, golpeando la mullida alfombra con las botas. Tenía la mandíbula tensa. Los labios apretados en una línea sombría.

—¿Y ahora qué? —dije.

—Acabo de recibir noticias de Trev en Denver —anunció, mientras los motores del yate ronroneaban y el barco aceleraba y viraba suavemente—. Todas las comunicaciones en Isla Tovar se han cortado. Apollo puede necesitar refuerzos. Emme, Lexi y los niños están en esa isla.

—Joder —seguí a Jax mientras bajaba las escaleras a toda prisa hacia su camarote.

La mierda no paraba de acumularse.

—Prepárate —dijo Jax.

Abrió la caja de armas y se enfundó las pistolas en las cartucheras.

—Abortamos todas las demás operaciones y nos redirigimos a Isla Tovar. Troy y Max están en camino. Salimos de la tormenta para que Troy pueda aterrizar su helicóptero en el Liberty y recogernos. Punto de encuentro en el mar en veintidós minutos.

Mierda. Cuando llovía, joder que diluviaba.

Quería respaldar a mis hermanos en Isla Tovar. Pero también necesitaba encontrar a Liberty. Cada minuto de retraso podía costarle la vida. Así que ella tenía que ser mi prioridad.

Era una mierda, pero no podía contarles a Jax ni a los demás lo de Liberty.

La misión de encontrarla era de alto riesgo.

Las repercusiones internacionales de que me pillaran infiltrándome en un país extranjero hostil gobernado por terroristas y narcotraficantes no eran ninguna broma.

Después de perder a Leo, no iba a arriesgar las vidas de mis hermanos cuando no tenía ni puta idea de lo que me esperaba sobre el terreno.

Además, Apollo necesitaba al equipo más que yo.

Mis hermanos se pondrían hechos una furia si descubrían que me había largado por mi cuenta. Pero no iban a enterarse hasta que volviera con Liberty a cuestas. Aun así, ocultarles mis intenciones a Jax y los demás no iba a ser fácil.

No me gustaba mentirles a mis hermanos. Éramos un equipo y vivíamos y moríamos por nuestro vínculo. Pero la vida era una perra rabiosa y la mía estaba ahora mismo en pleno celo.

—Kass, ¿me estás escuchando? —la voz de Jax me arrancó de mi espiral de remordimiento fraternal—. Tenemos que movernos. Ya.

—Sí —murmuré—. Sobre eso...

—¿Qué pasa? —exigió Jax—. Suéltalo, tío.

—Acabo de recibir una llamada de la central —solté—. Hay una corrida sobre las acciones de Battle Brothers.

Jax frunció el ceño.

—¿Qué tipo de corrida?

—Múltiples fuentes están comprando acciones en los mercados públicos en cantidades significativas —dije, confirmándome a mí mismo que era un creativo nato—. Son rápidos y discretos.

Jax se frotó la cara y me clavó una mirada preocupada.

—¿Crees que Zero Tango está intentando hacerse con el control de la compañía?

—Una adquisición hostil va totalmente con él —admití, y eso no era mentira—. Es un intento muy sofisticado. La única forma de saberlo con seguridad es que vuelva a la central y averigüe qué está pasando. Pero...

Jax frunció más el ceño.

—¿Pero qué?

—No puedo hacer eso ahora mismo.

Jax dio un paso atrás.

—¿Por qué coño no?

—Porque... —dudé a propósito.

La única manera de que mi plan funcionara era pasar desapercibido ante Jax. Vaya trabajito. Conociéndolo tan bien como lo conocía, eso significaba que tenía que provocar un poco a Mayhem, tocarle las narices a ese orgullo de mierda que todos arrastrábamos.

Lo siento, hermano.

—¿Cuál es el problema, Ice? —nada como el silencio para irritar a Mayhem—. ¿Por qué coño te cierras en banda conmigo?

—No quiero fallarle al equipo —otra verdad.

—Tío —Jax se plantó firme y me clavó la mirada—. No podemos permitirnos perder el control de la compañía, ni ahora ni nunca. Tienes que volver a Denver y frenar esto.

—Me necesitáis —dije—. No podéis con esta misión sin mí.

Por cómo Jax cogió aire, supe que había dado en el blanco. La mirada que me lanzó me hizo apretar los dientes.

—Cabeza hueca, creído, pavo real presumido —dijo Jax—. No eres imprescindible en cada batalla. Podemos con Isla Tovar.

—¿Estás seguro?

—Joder que sí —me lanzó su sonrisa más chulesca—. Tú ve a proteger la pasta.

—¿Por qué no vas tú?

—Ni de coña —dijo Jax—. Emme y los niños están en esa isla. Yo voy. Tú tienes las habilidades y la cabeza para ganar una guerra bursátil. Ve a hundir al cabrón. Te mantendremos al tanto.

—Vale —murmuré, saliendo del camarote de Jax con la espalda recta pero la conciencia cargada—. Me pongo a ello.

Estaba hecho.

Iba a ir a por Liberty.

Solo.

Quienquiera que la tuviera más le valía estar preparado para un ajuste de cuentas fulminante.

Iba a encontrarla. Iba a garantizar su supervivencia aunque me costara hasta la última gota de sangre de mis venas. Y aunque yo volviera en una bolsa para cadáveres, Tee iba a sobrevivir a esto, contra viento y marea.

Fin