Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Apollo

Nunca me había sentido así, como si hubiera caído desde una gran altura y me hubiera hecho añicos contra el duro suelo. De alguna manera, sin darme cuenta, mi corazón se había colado por Blue, solo para descubrir que ella pertenecía a otro.

A mi hermano, nada menos.

Joder. Era la primera vez que quería a una mujer solo para mí. ¿Y resulta que es la mujer de mi hermano?

Miré al cielo y maldije. Deja de joderme.

¿Adónde iba a partir de aquí? Las emociones que me desgarraban eran demasiado intensas para asimilarlas. ¿Cómo iba a enfrentarme a Blue ahora?

River, no Blue.

Ya no era mi Blue.

Era la River de Leo.

Me estremecí mientras el mundo giraba a mi alrededor cada vez más rápido. Blue. River. Como fuera. Había mucho de su historia que desconocía, mucho que mis hermanos querrían saber sobre su relación con Leo.

Pero no estaba de humor para oírla hablar de otro hombre, aunque ese hombre fuera mi hermano. Menos aún ahora que me había acostado con Blue y había desarrollado hacia ella este apego irracional e incomprensible, nacido de la pura lujuria.

La mujer de Leo. Maldición. No podía pensar en esa mierda ahora. No lograba entender qué sentía ni por qué.

Ella seguía en peligro y mi misión no había cambiado. Leo me había pedido que la encontrara, que la protegiera. Cumpliría con mi deber hacia mi hermano, aunque eso significara arrancarme las tripas en el proceso.

Obligué a mis piernas a funcionar, me levanté de la cama, cogí mi chaqueta y me la puse.

—Tenemos que irnos.

Blue me miró, con el rostro húmedo y enrojecido, los ojos desbordados de lágrimas negras de rímel.

—¿Qué?

—Tenemos que salir de aquí —expliqué, frotándome el pecho dolorido—. Tenemos que irnos ya, antes de que Ray y sus matones vuelvan de sus rondas.

—Vete tú —se secó la cara con el dorso de la mano y me despidió con un gesto—. Yo no puedo ir contigo.

—Blue...

Me detuve y empecé de nuevo.

—River...

Estalló:

—¡No me llames así!

—De acuerdo.

Tendría que seguir llamándola Blue por ahora.

—Hay mucho que aclarar, pero no podemos hacerlo aquí, no mientras estés en peligro.

—Déjame en paz —murmuró—. No puedo ir contigo. No lo haré.

—¿Por qué no?

—Porque tú... me odias.

No odiaba a Blue. Simplemente no podía tener a River.

—Y... —tragó saliva con dificultad—. Nunca quiero volver a ver a Theo... quiero decir, a Leo.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué quieres decir?

—Dijo que me amaba —susurró, mirando las fotos que tenía en la mano—. Y luego me delató ante Ray y me abandonó.

Tanta mierda que procesar. Todo me sentaba fatal.

Una cosa a la vez.

River creía que Leo la había abandonado. Darme cuenta de ello me aplastó. Creía que mi hermano la había traicionado de algún modo ante el hermano de ella. ¿Acaso no sabía que Leo era la persona más leal y honorable que había conocido?

La rodilla me crujió al arrodillarme a su lado. Hice ademán de cogerle la mano, pero en el último momento me contuve. No tenía derecho a tocarla.

Carraspeé para aclararme la garganta.

—Cuando estemos a salvo, habrá mucho de qué hablar, pero por ahora hay un par de cosas que debes saber.

Me miró a los ojos y, con los labios apretados, esperó a que continuara.

—No sé qué pasó entre tú y Leo, pero pasara lo que pasara, puedo garantizarte que él no te abandonó.

—Me mintió —se sorbió la nariz—. Dijo que se llamaba Theo Rossi.

—Eso no fue una mentira. Él era Theo Rossi antes de convertirse en Leo Battleson.

—Así que su verdadero nombre es Leo —murmuró, mirándose las manos—. Suena parecido a Theo. Qué conveniente.

Repitió «Leo» mientras su mirada se endurecía.

—De ahora en adelante lo llamaré por su verdadero nombre. No quería que yo supiera quién era. Estaba jugando con mi corazón.

—No —dije—. No lo estaba.

Alzó hacia mí la mirada triste.

—Dijo que volvería. Pero... no lo hizo.

Joder, ¿por qué me tenía que tocar a mí decírselo?

—Si Leo no volvió es porque no pudo —murmuré.

Frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Porque... —luché por que no se me quebrara la voz—. Murió, Blue. Lo mataron.

—¿Leo está muerto?

Parpadeó varias veces y me miró suplicante, negando con la cabeza lo que acababa de oír.

—¿Está muerto?

En ese momento, al ver la angustia que le oscurecía los ojos y le distorsionaba la boca, habría hecho cualquier cosa por evitarle ese dolor.

Pero no podía mentirle.

—Leo está muerto.

El sollozo que brotó de su garganta se convirtió en un gemido y luego en un lamento sordo. Se cubrió el rostro y rompió a llorar con las manos sobre la cara. Las venas de la frente se le hincharon por la fuerza del dolor. Se me encogió el estómago hasta quedar del tamaño de una ciruela pasa.

Recordaba ese duelo. Desesperado. Desolador. Devastador. Todavía lo llevaba conmigo adondequiera que fuese. La gente solía decirme que el tiempo aliviaría la pena por la pérdida de Leo. Menuda mentira de mierda.

Había aprendido a vivir con el dolor de la ausencia de mi hermano, pero jamás había superado el duelo. Jamás lo haría.

Quería abrazar a Blue, estrecharla contra mi pecho y protegerla de aquella agonía. Pero no podía tocarla. No debía. Arrodillado a su lado, esperé mientras luchaba contra el nuevo dolor que me golpeaba en las entrañas, lamentando no poder ofrecerle consuelo.

Pasó un rato antes de que Blue lograra recomponerse lo bastante para preguntar:

—¿C-cómo?

—Lo mataron durante una misión.

—¿Cuándo?

—Hace poco más de dos años.

—Oh, Dios mío —jadeó entre un torrente de lágrimas—. Fue entonces cuando se fue. ¡Entonces fue cuando me dejó!

—No te dejó, ¿recuerdas? —dije con suavidad, y esta vez le puse la mano sobre la suya en un vano intento de calmar su llanto desgarrador.

—¿Cómo? —hipó—. ¿Cómo sucedió?

—Pisó un artefacto explosivo improvisado.

Alzó la vista al techo y dejó escapar un gemido ronco.

—¿Cómo pudiste dejar que pasara esto?

—Fue mala suerte, un accidente —respiré hondo—. Estaba al mando de una misión en territorio peligroso. Tomó todas las precauciones necesarias. Llevaba detectores de minas y dieron luz verde. Pero algo falló. De no ser así, habría vuelto contigo, habría cumplido las promesas que te hizo.

—No sabes nada de eso —escupió con amargura.

—Sí que lo sé. Leo estaba con mi hermano Max cuando murió. Le dijo a Max que teníamos que encontrarte y protegerte.

—No —gimió—. Leo no puede haberse ido. No puede estar muerto.

—Se ha ido, River —contuve las lágrimas—. Pero antes de morir, fuiste su último pensamiento en esta tierra.

***

Blue

Las lágrimas me caían a raudales, calientes, abrasadoras, imparables. No podía respirar. No podía pensar. Theo... no, Leo estaba muerto.

Muerto.

Era imposible de asimilar. Había tenido un millón de discusiones con ese hombre en mi cabeza, lo había acusado de abandonarme y de otras cien vilezas, lo había maldecido hasta la saciedad, y después lo había maldecido un poco más.

Me lo había encontrado en sueños, había discutido con él y le había suplicado, lo había odiado y después había hecho el amor con él mientras dormía. Había suspirado por él, había rezado para que volviera, y luego había despotricado contra él por no hacerlo.

Me había quedado en carne viva de tanto esperarlo, impaciente, y cuando no regresó, me volví amargada, furiosa y desgraciada en mi angustia.

Durante los últimos dos años, me había convencido de que Leo nunca me había querido. Es más, me había persuadido de que Leo tenía muchas buenas razones para dejarme atrás en el infierno de Ray. Todas se reducían al hecho de que nadie podía quererme y, por tanto, era prescindible.

Y sin embargo, cada vez que alguien llamaba a mi puerta, el corazón me daba un vuelco ante la remota posibilidad de que fuera Leo. Llevaba esperando que regresara desde el mismo día en que se marchó.

Pero ahora Leo estaba muerto. ¿Cómo era posible que no lo hubiera sabido en lo más hondo de mi corazón?

Leo. Muerto.

La casa se encogió a mi alrededor. El dormitorio se quedó sin oxígeno. Me atraganté con un trago de bilis. Me puse de pie, me tapé la boca con la mano y salí corriendo del dormitorio.

Aire, necesitaba aire.

La voz de Apollo me llegó desde atrás.

—¡Blue, espera!

Me tambaleé hasta la puerta de la cocina y aparté de un empujón la silla encajada bajo el pomo. Forcejé con la cerradura y abrí la puerta de golpe. Salí disparada de la casa hacia la crueldad de una mañana gris y fría que era el reflejo de mi alma.

Solo llegué unos metros, hasta el borde del bosque, antes de tropezar y caer de rodillas. Me desplomé sobre un lecho crujiente de hierbas heladas y tierra que se me clavaba a través de los vaqueros y me raspaba las espinillas. Me abracé el torso mientras me convulsionaba entre sollozos.

El frío cortante de la mañana me quemaba la piel y me lastimaba las fosas nasales. El duelo era insoportable. Me ahogaba en mis propias lágrimas, incapaz de obligarme a respirar.

—¿Blue? —la voz de Apollo me alcanzó desde atrás—. ¿Estás bi...?

Pum.

Aquel ruido terrible silenció su voz. Un silencio espectral cayó sobre el mundo. Se me erizó el vello de la nuca y también el de los brazos. Los temblores que me sacudían se convirtieron en un auténtico terremoto.

Me daba miedo mirar atrás. Estaba atrapada en una pesadilla y tenía el presentimiento de que estaba a punto de empeorar.

—Zorra de mierda —el siseo del aliento de Ray me sopló en la nuca, su voz suspendida junto a mi oreja, su aliento apestando a cerveza rancia—. ¿Creías que ibas a volver a engañarme?

Ray había vuelto.

Estaba aquí.

Un escalofrío de terror me recorrió la espalda.

—Piénsalo otra vez, hermanita —se burló Ray con la risa más repugnante del mundo—. Voy a usarte de escarmiento. ¿Quieres saber lo que voy a hacerte?

Temblando, sumida en un shock absoluto, era imposible no oír a Ray ladrándome al oído. Pero no era su voz la que quería escuchar.

—Primero, voy a machacarte cada hueso del otro pie con mi fiel martillo —siseó Ray—.

Luego te entregaré a los chicos para que todos se turnen para destrozarte.

Después, mientras sigas viva, te echaré a los perros.

Esto es lo que te ganas por follarte a ese negro de mierda.

Esto es lo que te ganas por traicionarme.

En mi mente, volví a sentir el golpe del martillo que me pulverizaba los huesos, la sangre oscura que se derramaba entre mis piernas, el dolor de los colmillos que se hundían en mi carne.

Sabía que moriría esa noche, y no precisamente de forma dulce.

Pero no era eso lo que alimentaba el terror que me desgarraba. Que Ray me matara. Que me torturara y me echara a los perros. Esos pensamientos eran ahora secundarios frente al miedo que me atenazaba el corazón y la voz que gritaba en mi cabeza.

No era yo quien suplicaba piedad. Ni siquiera era yo quien lloraba por Leo. Era yo, que llamaba en silencio a Apollo, que gritaba por él, que me consumía en el horror de su silencio.

Apollo, ¿dónde estás?

Ray seguía hablando, describiendo mi destino con detalles espantosos. Me hundió los dedos en el pelo y me retorció el cuello hacia atrás, provocándome punzadas de dolor que me bajaban por la columna.

Aun así, Apollo seguía siendo el centro de todos mis terrores. Mi corazón solo latía por él. Necesitaba saber que estaba vivo.

A pesar del doloroso agarre de Ray, giré la cabeza y miré por encima del hombro. Alcancé a ver mi casita de mierda. Boar estaba junto a la puerta trasera con un bate en la mano. En el suelo, a su lado, yacía Apollo.

El último sonido lúgubre que llegó a mi conciencia, ya desvaneciéndose, fue mi propio sollozo desgarrador.