Capítulo Diez
Apollo
Volví en mí con un gemido que retumbó en la oscuridad de mi mente. Un latigazo de dolor casi me hizo perder el conocimiento otra vez. Joder. ¿Por qué me dolía tanto?
No recordaba ni una mierda. Los párpados no me respondían. Un hedor terrible me contrajo las fosas nasales: olor a heces, orina y sangre. La peste era tan insoportable que tuve que reprimir una arcada.
Fragmentos de recuerdos empezaron a filtrarse. Yo, en la parte trasera de una camioneta traqueteando por un camino de grava. Jaulas. Burlas.
Forcé los ojos a abrirse. Una luz parpadeante se filtraba entre las densas sombras, desde donde, no sabía. El frío me atravesaba el cuerpo, me helaba los huesos y me entumecía los músculos. Estaba tendido boca abajo sobre lo que parecía un bloque de hielo.
Hormigón. Eso era. Yacía sobre un lecho de hormigón áspero.
Intenté moverme. Tenía las manos atadas a la espalda, así que no me servían de nada. Con un gruñido, levanté la cara del suelo y me di la vuelta. Tras parpadear para despejar la neblina, la vista se me fue enfocando poco a poco.
El débil resplandor de una luz de seguridad lejana iluminaba el enrejado en forma de rombos de una valla metálica, a menos de diez centímetros de mi cara.
Un gruñido profundo me retumbó en los oídos.
Entrecerré los ojos escudriñando las sombras.
Un par de puntos rojos amenazantes se materializaron, clavados en mí desde la oscuridad.
Una descarga de miedo me erizó el vello.
Unos colmillos amarillos se estrellaron contra los eslabones, sacudiendo la valla y tensando el alambre. Me encontré cara a cara con una bestia. Por un instante, su aliento fétido me azotó el rostro y me salpicó de babas calientes.
Un horror primitivo disparó mi instinto de supervivencia. Clavé los talones en el suelo, me aparté de aquellas enormes fauces y me impulsé hacia la esquina opuesta.
Los hombros me dolieron al chocar contra la pared. Ladridos feroces estallaron en la noche, resonando a mi alrededor, creciendo hasta convertirse en una cacofonía infernal que me martilleaba los oídos y me machacaba el cerebro conmocionado.
¿Qué cojones?
Con el corazón latiéndome en la garganta, entrecerré los ojos en la oscuridad turbia. Una criatura enorme, con aspecto de lobo, embistió la valla. Los eslabones metálicos vibraron mientras gruñía con ferocidad y me seguía con los ojos hambrientos de un depredador.
Parpadeé incrédulo.
Tres bestias más se apiñaban en la misma jaula: mestizos de aspecto feroz que gruñían y se pisoteaban entre sí mientras me acechaban a través de la valla.
Perros. Solo perros.
Cuando me moví contra la pared, los ladridos se volvieron más fuertes y feroces. Gañidos, quejidos y aullidos delataban peleas entre los caninos alterados. Los que iban y venían en la jaula de al lado querían despedazarme.
No eran solo perros. Más bien los sabuesos del infierno.
Mientras controlaba el pulso, el entrenamiento tomó el mando. Me obligué a respirar e intenté orientarme en aquel espacio cavernoso.
Estaba encerrado en una jaula de metro ochenta por uno veinte, rodeado de valla metálica del suelo al techo en tres lados y la pared a la espalda. Hileras de jaulas de tamaño similar me flanqueaban a ambos lados y al otro lado del pasillo, repletas de perros furiosos.
¿Dónde cojones estoy?
Los recuerdos me golpearon. Egypt. Blue. Ray.
Estaba atrapado en las perreras de Ray.
Culpé al dolor de cabeza de que mi cerebro funcionara a medio gas. ¿Cómo cojones había llegado aquí?
Varios recuerdos me cruzaron la mente. La llamada de Max. La tira de fotos de Blue y Leo en el botiquín del baño. Yo al ataque. Ella a la defensiva. Su rostro bañado en lágrimas y su dolor desgarrador.
Descubrir que Blue y River eran la misma persona me había descolocado. Cuando huyó, la perseguí sin pensar. Y ese pequeño error podría costarme la vida, y a ella la suya.
Lo último que recordaba era correr tras ella, avistar a Boar y esquivar hacia un lado. Luego, nada. Si no me hubiera desviado en el último segundo, ese bate me habría dado de lleno y podría haberme dejado secuelas permanentes.
Idiota. Sabes que no debes dejar que la emoción supere a la razón en una misión. Y sin embargo, las entrañas se me retorcieron con una reacción puramente emocional cuando otra pregunta me martilleó la cabeza: ¿Ray tenía a Blue?
La respuesta llegó en forma de un zumbido apagado que venía de detrás. Giré la cabeza a la derecha.
Blue estaba sentada en medio de la jaula contigua. Con la barbilla apoyada en las rodillas y las piernas pegadas al pecho, se mecía adelante y atrás en un estupor. El zumbido bajo y constante le salía de la garganta, un sonido apenas audible, increíblemente triste.
Tenía las manos atadas a la espalda con bridas, igual que yo. Los ojos abiertos, pero la mirada vacía. La locura que le oscurecía los ojos y le agarrotaba el cuerpo me heló la columna, ya de por sí fría.
—¿River? —dije, y cuando no respondió, la llamé con más fuerza—. ¡River!
Al oír mi voz, los perros de la perrera enloquecieron. Los ladridos maníacos alcanzaron un nuevo nivel ensordecedor. Me encogí cuando el ruido me taladró la cabeza. Y sin embargo, el estruendo no pareció afectar a Blue en absoluto.
Siguió meciéndose adelante y atrás, sin reaccionar, distante, como si estuviera desconectada de la realidad, emitiendo aquel tarareo lento y lúgubre. Una sola lágrima le rodó por la mejilla.
Bajé la voz y la llamé suavemente.
—River, cariño. ¿Estás bien?
Nada. Maldita sea. No hacía falta ser médico para reconocer que estaba en shock. No es que la culpara. Ray. Leo. Yo. Habíamos minado sus defensas hasta dejarla en ese estado lamentable.
¿Cómo cojones iba a sacarla de aquí?
Estudié la jaula. Unos candados robustos aseguraban las puertas. Ninguno de los dos iba a salir de allí pronto. Sabía forzar candados, pero primero tenía que liberarme las manos.
Di un tirón seco con las muñecas para probar las bridas. Resistieron.
No eran las típicas bridas de plástico de las que cualquier SEAL que hubiera prestado atención en clase podría librarse. Ni las del montón que la gente usaba en Internet para demostrar lo fácil que era soltarse.
Estas eran bridas tácticas de primera, con doble bucle y doble cierre, de nailon reforzado de alta resistencia capaz de aguantar una fuerza y presión brutales. Quitármelas iba a ser un coñazo.
¿Y mis armas?
Me palpé la parte de atrás de los pantalones. La pistola había desaparecido. Tenía un KA-BAR de repuesto enfundado en el forro interior de la chaqueta, pero la chaqueta también había desaparecido. Sin armas, era como estar desnudo.
Al tantear los bolsillos traseros, descubrí que la cartera también faltaba, junto con todo lo demás que llevaba: llaves, navaja multiusos, kit para forzar cerraduras, todo requisado. Sin ninguna herramienta a mi disposición, este puto desastre se complicaba más a cada minuto.
Volví a mirar hacia River. Tenía que hacerla volver, ya. Como no respondía a su nombre, probé otra cosa.
—¿Blue? —Me aclaré la garganta—. Blue, cariño, por favor, respóndeme.
Dejó de mecerse. Parpadeó varias veces antes de girar la cabeza y mirarme, o más bien, mirar a través de mí. Como si no supiera quién era yo.
Pero al menos había reaccionado.
—Blue —repetí, sin apartar la mirada de ella y usando mi mejor tono calmado para captar su atención—. ¿Puedes oírme? Soy yo, Apollo. ¿Te acuerdas de mí?
Se mordió el labio y entrecerró los ojos.
—¿Apollo?
—Sí.
—Apollo está muerto —anunció con una voz débil que nunca le había oído—. Boar lo mató. Con un bate. Leo también está muerto.
Su mirada vacía se clavó en la mía.
—Yo también quiero morir.
¡No! Se me encogió el estómago y se me oprimió el pecho solo de pensar en Blue muerta.
No podía permitir que eso sucediera.
—Escúchame —dije con toda la calma que pude reunir—. No vas a morir.
—Sí voy a morir —dijo con esa voz fina pero categórica que me desgarraba las entrañas—. Ray me matará. Hoy.
—No se lo permitiré —dije—. Te lo prometo.
—Está bien. —Se encogió de hombros con resignación, pareciendo una muñeca de porcelana con su piel pálida y sus ojos redondos, enrojecidos—. Estoy lista. Quiero morir.
Joder. Blue quería morir. Sabía que estaba en shock, probablemente incapaz de comprender del todo lo que decía.
Y sin embargo, también sabía que decía la verdad.
La habían llevado al límite, había soportado demasiado terror, demasiada pérdida y dolor.
Se tambaleaba al borde de la cordura y tenía que hacer algo.
—Es cierto que Leo está muerto. —Hice una mueca de dolor, el mismo que torcía la boca de Blue—. Pero tú estás viva y yo también. Estoy aquí mismo, a tu lado. Te lo demostraré. Acércate.
—No quiero estar cerca de ti —murmuró—. De nadie. Nunca más.
No había forma de discutir con el dolor que la consumía, y sin embargo, en su estado de shock, tenía todo el sentido del mundo. Cualquier confianza que hubiera logrado ganarme estaba ahora rota. Mi reacción al descubrir que era River se había encargado de eso.
Apartó el rostro, apoyó la frente en las rodillas y volvió a mecerse con ese balanceo primitivo.
Entendía sus pérdidas, su dolor, pero tenía que sacarla de ese estado. Y eso significaba recurrir a la verdad para hacerla volver, aunque aún no estuviera seguro de lo que la verdad significaba.
Respiré hondo y aproveché que los perros ahora solo ladraban de vez en cuando.
—Lamento todo lo que pasó hoy —dije—. Lamento especialmente cómo reaccioné. No estuvo bien acusarte así. Cuando descubrí que tú y River Niles erais la misma persona, me quedé en shock, confundido y enfadado. Yo... perdí los papeles por un momento.
Miró por encima del hombro y me sostuvo la mirada, pero no dijo nada.
Al menos ahora tenía toda su atención.