Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo ocho #3
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Capítulo ocho #3

—No he dicho que me arrepienta —gruñó—. Pero las cosas habrían sido distintas si me hubieras dicho tu nombre desde el principio.

—Pues mira qué novedad —dije—. No preguntaste.

—Esta es tu última oportunidad de decir la verdad —advirtió—. ¿Tu nombre legal es River Niles?

—Sí. Lo es. ¿Y qué? —Alcé la barbilla—. Pertenece a una mujer que ya no existe. Está muerta. ¿Lo entiendes? Muerta. De todos modos, ¿qué más da?

—Vaya si importa —reanudó su paseo—. Y mucho.

—¿Cómo?

Se detuvo de espaldas a mí, apartó la cortina y miró por la ventana. Con el ceño fruncido en aquella mueca terrible, se mordió los labios. El silencio tenso entre nosotros se alargó.

¿Por qué se negaba a responder mi pregunta cuando no había dudado en someterme a su propio interrogatorio?

Por fin, metió las manos en los bolsillos y se volvió lentamente para encararme. Su ceño se acentuó, pero en su rostro también se leía el dolor.

Se me encogió el corazón. Por él. Por mí. Temía lo que iba a decir.

Pero cuando habló, su voz sonó hueca.

—Esto... nosotros...

Hizo una pausa y tragó saliva.

—Me hiciste traicionar a mi hermano.

—¿Yo? —Miré fijamente a aquella versión enloquecida de Apollo, intentando asimilar la nueva acusación—. ¿Estás loco? Ni siquiera conozco a tus hermanos.

Su rostro se ensombreció.

—Las pruebas dicen lo contrario.

—Sospechaba que me estabas juzgando —dije, intentando entender aquel desastre sin conseguirlo—. Pero no sabía que eras mi juez y mi verdugo. Explícamelo. ¿Cómo te hice traicionar a un hermano cuya existencia desconocía, si ni siquiera sabía que existías hasta que apareciste en The Hangout?

Resopló.

—¿Así que ahora vas a negar que conocías a Leonidas Battleson?

—¿Leonidas Battleson? —Le di vueltas al nombre—. No conozco a nadie que se llame así. Solo conozco a un Battleson.

Lo señalé con el dedo.

—Entonces dime una cosa —dijo Apollo, sin conseguir contener su indignación—. Si no conoces a Leonidas Battleson, ¿quién demonios es el tío que te está besando en estas fotos?

Me tiró una tira de fotos en blanco y negro.

Le arrebaté la tira de la mano y clavé la vista en las tres fotos que se difuminaban ante mis ojos. No necesitaba verlas con claridad para saber quién aparecía en ellas. Recordaba aquel día como si fuera ayer. Era el único recuerdo que había conservado de la mejor época de mi vida.

Y de la peor, también.

El tipo de la foto había guardado la tira en la esquina interior del armario. Para que pienses en mí todos los días, me había dicho al despedirse. Por más veces que había intentado obligarme a quemar aquellas estúpidas fotos, nunca había sido capaz.

Ahora, mirando aquel rostro ancho y varonil en la foto, empecé a derrumbarme. Tanta luz en aquellos ojos marrones. Tanto ingenio y tantas risas aquel día.

El viejo dolor me partió en dos. Las rodillas me temblaron y cedieron. Me dejé caer en la cama, aferrando las fotos, vagamente consciente de las lágrimas que me corrían por la cara.

Había luchado tanto por olvidar al hombre de las fotos.

Había enterrado el horrible dolor de su abandono en algún compartimento destartalado en el fondo de mi mente.

Pero mientras colocaba la tira arrugada sobre el muslo y la alisaba con el canto del pulgar, el dolor empezó a filtrarse, goteando despacio al principio, luego a borbotones, hasta que la pena me inundó.

—¿Blue? —Apollo se cernía sobre mí, con aspecto casi tan afligido como el mío.

—Es Theo —sollocé, pasando la yema del dedo por su rostro en la foto—. Theo Rossi.

Apollo me miró boquiabierto. Abrió la boca para hablar. La cerró. La abrió de nuevo.

—¿Te dijo que se llamaba Theo Rossi? —preguntó finalmente, con la voz extrañamente ronca.

—¿Qué te crees, que me lo estoy inventando? —Solté un suspiro entrecortado—. Hay días que desearía habérmelo inventado. Pero no. Se llamaba Theo Rossi. ¿Por qué no me crees?

—Joder.

Apollo se dejó caer en la cama a mi lado, se inclinó sobre las rodillas y hundió la cara entre las manos.

Parecía tan alterado que me atreví a preguntar:

—¿Qué pasa?

Habló con la cara entre las manos.

—Ahora te creo.

—¿Sí? —chillé.

—Sí. —Se enderezó y se frotó la cara cansada—. No me queda otra.

Apenas logré articular la pregunta. —¿Por qué?

—Porque conozco al hombre de la foto.

Se volvió y clavó sus ojos en los míos.

—Theo Rossi era el nombre de mi hermano antes de que nos adoptaran y él se lo cambiara a Leo Battleson.

Los ojos de Apollo estaban casi tan vidriosos como los míos.

Poco a poco, los primeros destellos de comprensión empezaron a tomar forma en mi mente.

Cerré los ojos y me apreté las sienes. Un martillo neumático me taladraba el cerebro.

La reacción de Apollo. Su dolor. Su vergüenza. Las piezas empezaron a encajar.

¿Apollo y Theo eran hermanos?

—Dios mío.

Me tapé la boca.

—Eso significa que...

—He traicionado a mi hermano.

Con voz dolida, asestó el golpe mortal a todas mis aspiraciones.

—Nunca te habría tocado si hubiera sabido que tú y River Niles erais la misma persona. Porque eres la mujer de mi hermano.