Capítulo Cuatro #2
—Te lo dije —Blue estaba en medio del arroyo, con los hombros hundidos, los ojos muy abiertos y llenos de pesar—. Te matarán si te quedas, y lo harán simplemente porque no les gusta el color de tu piel.
—Sí, me lo dijiste —con los zapatos en la mano, chapoteé hasta meterme en el arroyo—. Y eso te convierte en la mujer con más agallas que conozco. La próxima vez que me enfrente a estos cabrones, estaré mejor preparado.
—Reza para que no haya una próxima vez —murmuró.
Parecía agotada, temblando con un abrigo gastado que le quedaba corto y no la abrigaba nada. Había que ser alguien muy especial para arriesgar el pellejo por un completo desconocido.
Y vaya si lo era.
Me quité la cazadora de cuero y se la eché sobre los hombros.
—No tienes por qué...
—Sí, tengo que hacerlo —le di un beso en la coronilla y me llegó una embriagadora vaharada de jazmín. Luego me quité la gorra y se la encasqueté—. Para que entres en calor.
Me miró con los ojos como platos.
—No entiendo qué está pasando aquí.
—Yo tampoco —le coloqué un mechón azul detrás de la oreja—. Pero dejémonos llevar. ¿Vale?
Visiblemente asustada, se dio la vuelta y echó a correr arroyo arriba en una huida frenética. La seguí con el agua hasta los tobillos, tropezando y resbalando en las rocas.
Tenía los dedos de los pies entumecidos cuando salimos del arroyo bajo el puente. Nos secamos los pies en la hierba como pudimos, nos calzamos y nos dirigimos al patio trasero, cubierto de maleza, de una casita destartalada en las afueras del pueblo.
Incluso en la noche brumosa, pude ver la pintura descascarillada de las paredes, las contraventanas torcidas y el tejado remendado con tejas de distintos colores.
Blue sacó la llave del bolso y abrió la puerta de atrás.
—¿Tu casa? —la seguí al interior, fijándome en la cocina anticuada, el sofá floreado y raído, y un par de cubos colocados estratégicamente para recoger el agua que goteaba del techo.
—Si es que se le puede llamar así —murmuró.
Tenía razón. Aquel lugar no pegaba nada con ella. La casa miserable me recordaba al cuchitril donde pasé mi primera infancia.
Mierda.
No era momento de regodearse en esos recuerdos de mierda.
No encendió las luces. Dejó el bolso en la encimera, se quitó las botas y, tras buscar a tientas un cubo, vació en él todo el hielo de la cubitera.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Cuando llegue, tengo que estar poniéndome hielo en el pie.
Me rasqué la cabeza.
—¿Quién es él?
—No hay tiempo para explicaciones —abrió de golpe la puerta de la pequeña despensa y empezó a vaciar los estantes como una posesa.
Cogí algunas latas de sus manos y las apilé en la encimera.
—¿Me vas a contar cuál es el plan?
—Por favor, haz lo que te digo —me pasó una caja de productos de limpieza que dejé en el suelo—. Estás en grave peligro y la vida de Robby está en juego. No puedo perderlo. ¿Lo entiendes?
—Sí, señora —entendí que estaba muerta de miedo y, aun así, quería protegerme.
—Ray estará aquí en cualquier momento —me plantó en las manos una aspiradora prehistórica.
—¿Y por qué iba a venir aquí?
—Sospecha que tengo que ver con todo lo que sale mal en este pueblo —me pasó dos cajas de atún preparado—. Y lo cierto es que tiene motivos. Así que no hagas nada que acabe con alguien muerto.
—Nadie va a morir —añadí las cajas a la pila de la encimera—. Te lo prometo.
Me miró por encima del hombro y me fulminó con su mirada cínica.
—Repartes promesas como Papá Noel reparte caramelos, ¿eh?
Le dije la verdad.
—Solo hago promesas que pienso cumplir.
—En ese caso —dijo, poniéndose de puntillas y estirándose para alcanzar las últimas latas del estante de arriba—, eres un ser humano único y también...
—Un tonto —le dediqué una sonrisa pícara—. Sí, me acuerdo.
Estiré el brazo, cogí la solitaria lata de Spam del fondo del estante más alto y la dejé caer sobre la encimera. Sin apartar la mirada de Blue, capté un destello de tristeza en sus ojos, el dolor que le había arrancado la capacidad de confiar.
Mi instinto de médico reconoció que esta mujer había sido herida casi hasta quedar irreparable. Estaba en soporte vital.
Total, qué más daba preguntar.
—¿Qué tengo que hacer para ganarme tu confianza?
—Sobrevivir a la próxima hora —dijo, tanteando dentro del armario—. Salir de este pueblo con vida y no volver nunca.
Dados mis objetivos, esa última parte podría resultar problemática.
Pulsó algo. Para mi sorpresa, los estantes pivotaron hacia delante y dejaron al descubierto un espacio estrecho oculto detrás.
—Aquí dentro —me indicó con un gesto urgente—. Es estrecho, oscuro e incómodo, pero es nuestra única opción. No hagas ruido. No interfieras. Te avisaré cuando sea seguro.
Mi aversión a los espacios pequeños y cerrados me frenó. Pero esta mujer hablaba completamente en serio. Ya sabía que tenía cabeza y la usaba. Tenía muchas preguntas, pero tendrían que esperar.
Me colé detrás de los estantes. Me quitó la chaqueta y la gorra, me las puso en las manos y cerró con llave.
Saqué el arma de la parte de atrás del pantalón y la amartillé. Luego apoyé los hombros contra la pared y me obligué a respirar: adentro, afuera, adentro, afuera.
Era un SEAL, joder. No le tenía miedo a nada, ni siquiera a los espacios pequeños y cerrados que me recordaban lo peor de mi infancia. Mi infancia no era algo en lo que me gustara pensar.
No pierdas los nervios.
Las latas y los productos de limpieza traquetearon sobre la madera mientras Blue volvía a colocar todo en su sitio. Me concentré en seguir el sonido de sus pasos mientras cerraba la puerta de la despensa y se movía deprisa por la pequeña casa.
Pegué la oreja a la pared y seguí su trayectoria por el salón. El viejo sofá crujió. Debía de haberse dejado caer en él. El hielo del cubo tintineó, seguido de un pequeño jadeo que me hizo pensar que acababa de meter el pie en el agua helada.
Casi al unísono, varios coches crujieron sobre la grava del camino de entrada y frenaron con un chirrido. Las puertas se cerraron de golpe y, treinta segundos después, la puerta principal reventó de una patada brutal que hizo temblar toda la casa.
Será posible.
Si había tenido alguna duda de que Blue tenía razón sobre Ray, acababa de disiparse.
—¡Blue! —la voz de Alpha Dog retumbó por toda la casa, ese sonido arrogante que había oído demasiadas veces desde que llegué a este pueblo de mierda—. ¿Dónde coño estás?
—Aquí —la voz de Blue llegó desde el salón.
El sofá gimió e imaginé a Blue levantándose.
Los pasos martillearon sobre las tablas del suelo. Varios hombres más entraron en la casa. La voz de Ray se oía perfectamente a través de las paredes, finas como el papel.
—Hannah dijo que te fuiste antes de que terminara tu turno.
—El pie —dijo ella—. Me lo he vuelto a hacer daño.
Los chasquidos de Ray no mostraron ni pizca de compasión.
—Pobre hermanita.
¿Hermanita?
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—Espero que el pie te duela a rabiar —gruñó Ray en un tono que habría añadido una capa de hielo a las estepas siberianas en pleno invierno—. Así aprenderás a no lucirte. No me gusta esa mierda aburrida de ballet que haces. Es malo para el negocio.
El silencio fue la única respuesta de Blue.
Yo, en cambio, hervía de furia. Esa enfermedad venérea con patas podía ser su hermano, pero no había compasión en su voz, solo desprecio y amenaza implícita.
No alcanzaba a entender cómo podían ser hermanos.
Él era un monstruo y ella no tenía nada que ver con él.
—Voy a echar un vistazo por aquí —anunció como si tuviera derecho a irrumpir en la casa de Blue cuando le diera la gana.
—Ray Weber, esta es mi casa —plantó cara.
—Y este es mi puto pueblo —ladró—. ¿Serás capaz de recordarlo, o tengo que machacarte el otro pie a martillazos?
Tuve que ahogar un rugido de pura rabia. Una oleada de furia me abrasó por dentro y amenazó con hacerme estallar la cabeza. Así que Ray era la razón por la que Blue cojeaba a veces. Le había roto el pie. Con un martillo. A propósito.
Apreté el arma con más fuerza hasta que el metal se me clavó en la palma. Contrólate. El asesinato no era la única solución, pero desde luego resultaba tentador.
Era difícil creer que ni siquiera un hijo de puta como Ray pudiera causar a su propia hermana una lesión tan grave.
Y sin embargo lo creía.
Cinco minutos observando a Ray bastaron para saber que era capaz de una violencia extrema. Que le hubiera hecho eso a su propia hermana confirmaba hasta qué punto estaba podrido. Tenía a su hermano discapacitado como rehén, por el amor de Dios.
Ray estaba enfermo. Un alma podrida era mi mejor diagnóstico. Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Era médico, pero creía que algunas plagas debían ser eliminadas del planeta. Como el puto Ray Weber.
—Vale, mira lo que quieras —la voz derrotada de Blue llegó desde muy cerca.
Debía de estar justo ahí, al otro lado del panel, a solo unos centímetros de mí. Su terror traspasaba la pared y me revolvía el estómago.
Ray gruñó.
—Cuidadito con esa boquita.
Era difícil de soportar. Yo había conocido ese mismo miedo en mis propias carnes. Pero hacía mucho tiempo me había hecho una promesa. Nunca volvería a vivir aterrorizado y no toleraría mierdas como esta en mi mundo.
Las puertas de los armarios se abrían y cerraban. Los cajones se cerraban de golpe con fuertes estruendos. Cosas caían con estrépito por todas partes. La estructura de la pequeña casa temblaba por la violencia del registro, pero yo tenía el oído pegado al sonido de la respiración de Blue.
Me obligué a quedarme quieto, pero solo porque se lo había prometido.
La puerta de la despensa crujió cuando alguien la abrió de golpe y revolvió las estanterías. El contenido del armario cayó al suelo y tintineó a solo unos centímetros de mis pies.
—Nada. —Reconocí el tono quejumbroso del matón.
—Espera fuera, Boar —ordenó Ray.
—¿Qué está pasando? —preguntó Blue, con voz débil y cansada.
—La escoria que entró pavoneándose en el club esta noche —dijo Ray—. Se escapó. Quiero asegurarme de que no te metas en líos.
—¿Por qué iba a saber algo sobre él? —dijo Blue.