Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Cuatro
60%

Capítulo Cuatro

Apollo

Veinte minutos después de registrarme en el mugriento motel, alguien aporreó la ventana trasera con insistencia.

Joder. Esta mujer pensaba rápido, y además se movía deprisa.

Oculto en la oscuridad de la habitación, inspeccioné el aparcamiento del motel una última vez. No había hostiles a la vista. Tenía unos minutos de margen.

Dejé caer la cortina sobre las ventanas delanteras y, con la Sig Sauer en la mano, crucé la destartalada habitación. Respiré hondo antes de guardarme el arma en la cinturilla del pantalón y apartar las cortinas que cubrían la ventana trasera.

Efectivamente, Blue estaba entre los arbustos del exterior, con el rostro tan pálido como la luna creciente que asomaba entre las nubes bajas y veloces.

Abrí la ventana y sonreí.

—Hola de nuevo.

—Te dije que te fueras —jadeó, con la respiración entrecortada y los puños cerrados en torno a la correa del bolso—. Te dije que te alejaras de aquí. ¡Vienen a por ti! ¡Muy pronto!

—Sí, lo sé —dije—. El grandullón me siguió hasta aquí y el modus operandi del Alpha Dog no es difícil de predecir.

—Entonces, ¿qué coño te pasa? —alzó las manos al cielo—. ¿Por qué demonios sigues aquí?

—Estaba esperando.

—¿Esperando qué? —exigió—. ¿Una muerte terrible?

—No, no la muerte, Blue —hice una pausa, apoyé los codos en el alféizar y estudié a la mujer que tenía delante—. Te estaba esperando a ti.

—¿A mí? —se llevó la mano al pecho.

—Sí, a ti —repetí—. Tienes razón. Este lugar es peligroso, para mí, pero también para ti.

Me fulminó con sus ardientes ojos azules.

—¿Cómo demonios puedes saber eso?

—Tengo ojos para ver y oídos para escuchar. Cinco minutos en ese antro me bastaron para saber que estás fuera de lugar aquí. Y luego vi tu actuación. Eres una bailarina con mucho talento.

Inspiró con indignación.

—¿Te estás burlando de mí?

—No, señora, en absoluto —¿por qué pensaría algo así?

—Entonces estás intentando jugar con mi cabeza —entrecerró los ojos y me miró con recelo.

—Nada de eso tampoco —dije—. Sabes bailar. Es un hecho. Y un cumplido sincero. Me costó mucho no moler a golpes a esos imbéciles por cómo te trataron. No puedes esperar quedarte aquí y sobrevivir, pero creo que ya lo sabes.

—Tengo que quedarme aquí —escupió—. ¡Pero tú no!

—Te propongo un trato —dije—. Me iré. Ahora mismo. Pero vienes conmigo.

—¿Qué? —se quedó boquiabierta—. ¿Quieres que yo me vaya contigo?

—Así es —dije—. Es la solución más rápida y práctica.

Abrió la boca. Y la cerró. Y la volvió a abrir.

Sacudió la cabeza, incapaz de asimilar la sorpresa. Me escrutó como si intentara leerme el pensamiento. La incredulidad asomó a sus ojos y acentuó las arrugas de su ceño fruncido.

—¿Por qué iba a querer irme contigo a ninguna parte? —exigió.

—Porque soy tu mejor opción para salir de este infierno —dije—. Y ya que estamos con las preguntas, ¿por qué me besaste?

—Yo no te besé a ti —espetó—. ¡Tú me besaste a mí!

—Cierto, te besé. Pero no estaría mal que admitieras que tú también me besaste. Por cierto, me gustó.

Durante un momento, simplemente me miró boquiabierta. Luego su expresión pasó de escéptica a cínica, sus ojos se endurecieron y el rostro se le sonrojó.

—Ah, ya lo pillo —bajó la barbilla y me fulminó con la mirada—. Recibes un beso y piensas que estoy desesperada. Ahora sé lo que quieres. ¿El chico guapo quiere jugar a ser amable con la puta del pueblo?

Su furia me pilló desprevenido y me abrasó por dentro.

—No —murmuré como el idiota inepto que era—. No es eso lo que quise decir en absoluto...

—¿Crees que nací ayer? —me desafió arqueando las cejas con severidad—. ¿Y crees que soy tan estúpida como para irme contigo solo porque te haces el amable y se te da bien decirme cosas bonitas?

Empecé a decir algo, pero me hizo callar con otra mirada abrasadora.

¿Su mirada? Mataría cualquier infección al contacto.

—Puede que sea una poca cosa —dijo—, pero que te quede claro: no soy estúpida y no soy una maldita puta.

Oh, mierda. Su indignación me dio un golpe en las tripas. Estaba tan acostumbrada a vivir entre la escoria de la tierra que no entendía que quería ayudarla, no usarla.

Era culpa mía. El mundo no siempre era amable y el suyo era particularmente brutal. ¿Por qué iba a esperar ayuda de un completo desconocido?

Además, no tenía ni idea de que los Battleson nos regíamos por un código diferente, y yo no me había molestado en explicárselo.

Me apresuré a corregir mi error.

—Me temo que no me he explicado bien. No pretendía ofenderte. Te ofrezco mi ayuda, sin condiciones.

—Eso ya no se estila. —La sospecha brilló en sus ojos color zafiro—. ¿Por qué tú querrías ayudarme?

—Porque eres valiente y no perteneces a este lugar. Porque cuando conozco a alguien que merece ayuda, se la ofrezco. Y porque puedo echarte una mano para que te establezcas en otro sitio, lejos de aquí, donde estarás a salvo y no tendrás que aguantar la mierda de Ray.

Parpadeó varias veces, incapaz de borrar el asombro de su rostro. Se le llenaron los ojos de lágrimas y le temblaron los labios justo antes de que su escepticismo se impusiera. Con un gesto brusco, apretó la boca.

—No importa si lo que dices es verdad o no. —La acidez en su voz habría cortado leche fresca—. Aunque te creyera, y no digo que lo haga, tengo que quedarme aquí. Tengo que. No hay salida, no para mí.

Entrecerré los ojos, tratando de descifrarla.

—Si es cuestión de dinero...

—¡No es cuestión de dinero! —espetó antes de hundir el rostro entre las manos y soltar un gruñido de frustración—. Vale, quizá el dinero sea parte del problema, pero no es la única razón. No soy completamente inútil. Podría ganarme la vida en otro sitio. Pero no puedo irme.

—¿Por qué no?

—No te importa. —Se hundió los dedos en la cabeza y se los pasó por el pelo, soltando algunos mechones lisos que le cayeron sobre la cara—. No tenemos tiempo para explicaciones.

—Puede ser. —Estudié su rostro—. Pero no me voy hasta que te entienda. Así que, ¿por qué no me lo cuentas en pocas palabras?

—Eres un idiota. —Sus ojos chispearon como un cable con corriente—. Eres un idiota terco y arrogante. ¿Lo sabías?

—Lo has mencionado una o dos veces. —Le dediqué una sonrisa tranquilizadora—. Ahora, dime. ¿Por qué no puedes irte?

Soltó un resoplido exasperado y se puso a dar vueltas frente a la ventana, pisoteando los helechos.

—Es mi hermano, ¿vale? Tiene una discapacidad y no puede cuidarse solo. Está en una residencia asistida. Ray lo matará si no hago lo que quiere. No puedo abandonar a Robby. No pienso hacerlo.

—Igual que no pudiste evitar arriesgar tu vida para venir a advertirme por segunda vez. —Empezaba a entender cómo era ella—. ¿Me equivoco?

No dijo nada, pero se le llenaron los ojos de lágrimas contenidas.

Así que el hermano de Blue era el rehén de Ray. Menuda complicación inesperada.

Pero se me daba bien improvisar.

El rugido de motores y el chirrido de neumáticos interrumpieron nuestra conversación. El estruendo de puertas resonó desde el aparcamiento delantero. Los ojos de Blue se abrieron de par en par, llenos de pánico.

—¡Ya están aquí! —jadeó—. ¿Dónde has aparcado? Destrozarán tu vehículo primero, para cortarte la huida.

—Bueno, entonces menos mal que escondí mi camioneta en un lugar seguro después de que se fuera el matón. —Sonreí con suficiencia y me pasé los dedos por la cara—. No soy tan tonto como parezco.

—No es eso lo que... Cristo, ¿por qué estamos perdiendo el tiempo?

Me agarró del brazo y tiró de él como si pudiera arrastrar noventa kilos de músculo fuera de la ventana por la pura fuerza de su voluntad.

—Vamos —dijo, haciendo gestos frenéticos—. ¡Deprisa! Sígueme.

No conocía a Blue y, sin embargo, la seguiría hasta el fin del mundo si fuera necesario. Era honrada. Sus acciones y mi instinto coincidían. Había esperado zarpar con ella a estas alturas, pero su situación era más complicada de lo que había anticipado.

El Perro Alfa —Ray— la había destrozado. Vivía aterrorizada. Enseguida me quedó claro que tenía que reunir más información y poner a salvo a su hermano si quería ponerla a salvo a ella.

Bueno, de todos modos tenía que quedarme y esperar a River Niles. Me costaba entender por qué Leo se habría liado con una arpía, como la había llamado Blue, una mujer dueña de un antro que daba servicio a una manada de neonazis criminales.

Pero mantendría la mente abierta hasta conocerla. Leo me había encargado encontrarla. Y lo haría.

Mientras tanto, tenía trabajo por delante. Debía encontrar la manera de ayudar a Blue.

Agarré mi gorra del escritorio y me la puse antes de salir por la ventana y saltar al suelo. Para ganar algo de tiempo extra y cubrir nuestras huellas, cerré la cortina y la ventana antes de seguirla al bosque detrás del motel.

Pese a su ligera cojera, se movía rápido cuesta arriba. Unos minutos después, se detuvo al borde de un arroyo poco profundo, se desató las Doc Martens y se las quitó de una patada.

—Al agua —ordenó.

—Eres muy mandona.

Me desafió con una mirada.

—¿Quieres morir hoy, niño bonito?

—La verdad es que no —me dejé caer en una roca con un gruñido—. Esa agua estará helada en esta época del año.

Puso los ojos en blanco.

—No tenía ni idea.

Vaya si esta tenía carácter.

Recogió sus botas y se adentró en el arroyo. Me remangué los pantalones y, después de quitarme los zapatos y los calcetines, metí estos últimos en los Oxford.

—Está fría, sí —haciendo caso omiso del escalofrío que le recorrió el cuerpo, se giró para mirarme—. Pero si seguimos por el agua, los perros no podrán rastrearnos.

—¿Los perros? —menudo follón se estaba montando—. ¿Qué perros?

¿Habría subestimado a esos mierdas?

Puede que sí, a juzgar por el alboroto que rompió el silencio del bosque e impidió que Blue respondiera a mi pregunta. Me enderecé y me giré hacia el ruido. Gritos, ladridos de perros, y luego... ¡zas! y ¡bum!

Me quedé mirando el destello plateado reflejado en las nubes, seguido de una columna de humo blanco. ¿Acababan de lanzar una granada aturdidora a mi habitación del motel?