Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo tres
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Capítulo tres

Blue

Para cuando me cambié, me puse el escueto uniforme y volví detrás de la barra, Apollo ya se había ido.

La decepción me ardió en las entrañas, pero enseguida llegó el alivio. Al menos ahora estaba a salvo, lejos de Ray y sus hienas.

Lo había dado todo esta noche. Era una bailarina de primera, y nadie, ni siquiera Ray, podía quitarme eso.

La desnudez en el escenario nunca me había molestado hasta que empecé a trabajar en The Hangout. A Ray le gustaba decir que tener que menear las tetas doblegaba a una perra engreída como yo.

Suspiré.

En mi caso, era cierto, porque Ray me obligaba a hacerlo.

Ray y sus Imperiales devoraban sus hamburguesas habituales de medianoche. Hannah y Brenda, la morena, iban y venían llevando comida de la cocina mugrienta a las mesas.

—No te quedes ahí parada —Hannah chasqueó los dedos—. Espabila.

Me metí una caja de plástico bajo el brazo y cojeé por la sala para recoger las botellas de cerveza vacías y las jarras esparcidas por todas partes.

Mi pie destrozado palpitaba y me dolía más de lo habitual.

Me había arriesgado al ponerme las zapatillas de punta, pero había bailado bien esta noche y eso me llenaba de orgullo.

Durante unos momentos, había sido poderosa, había vuelto a ser yo misma. Y eso no era poca cosa para alguien que no tenía voz ni voto sobre su propia vida.

Ahora que Apollo estaba a salvo y lejos, me alegraba de que hubiera irrumpido en The Hangout. Me había recordado que existía un mundo fuera de los límites de Egypt donde la bondad prevalecía y la esperanza era algo cotidiano.

Por el rabillo del ojo, vi que Ray le hacía una señal a Boar. Este se limpió la boca con el dorso de la mano y levantó su corpachón de la destartalada silla. Salió del club pavoneándose, sin duda para comprobar que Apollo se hubiera ido del pueblo.

A estas alturas, Apollo debería estar a salvo y fuera del alcance de Ray.

Solté un largo suspiro.

—No pienso tocar esa mesa hasta que esté limpia —gruñó Hannah, señalando con la cabeza hacia donde Apollo se había sentado—. Deberíamos desinfectar todo el reservado.

Ojalá pudiera agarrar un trapo y limpiar toda la mierda racista que tenía esta gente en la cabeza. Todo era una patraña, una ideología de odio que no tenía cabida en una sociedad justa.

Cojeé hasta el reservado y recogí su botella de cerveza vacía.

«Madre mía».

Se me cortó la respiración al ver la generosísima propina que había dejado sobre la mesa. Con eso podría comprarle a Robby las zapatillas nuevas que necesitaba.

Miré por encima del hombro para asegurarme de que nadie me veía antes de meterme los billetes en el bolsillo, incapaz de reprimir la sonrisa que me afloraba a los labios.

Y había algo más, algo incluso más valioso que el dinero. Una servilleta doblada cuidadosamente por la mitad en el borde de la mesa. Un garabato en tinta azul traspasaba el papel. Desdoblé la servilleta y me quedé embobada mirando una línea de escritura tan pulcra e intrigante como el hombre.

Apollo había dejado su número.

¡Para mí!

Mi alegría se disparó y luego… se fue al traste.

No podía llamarlo. Nunca lo pondría en riesgo por un capricho, solo para oír su voz. Pero aun así, me animé. Qué subidón. No había sido invisible para él, ni peor aún, un peón sin valor en un juego sucio.

Me metí la servilleta en el bolsillo y apreté los labios para ocultar otra sonrisa, esta vez de suficiencia.

Con la caja de plástico a cuestas, fui detrás de la barra. El peso permanente que me aplastaba el pecho se alivió y le dio a mi corazón un poco de espacio para latir. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí humana.

El móvil de Ray sonó con estrépito. Se reclinó en la silla y contestó.

—¿Boar? —Escuchó y luego se puso de pie de un salto—. ¿Qué?

El corazón se me cayó a los pies. ¿La mueca que le distorsionaba el rostro a Ray?

Era asesina.

—Voy para allá —colgó y, gruñendo como un animal, agarró la mesa y la volcó. Platos, vasos y botellas se estrellaron por todas partes en un desastre que llevaría horas limpiar.

—Se está registrando en el motel —gruñó Ray—. Se cree que puede acampar en mi pueblo. Reuníos en el complejo. Cogeremos las armas y vamos.

¿Armas?

El corazón dejó de latirme.

¡No!

—Pero Ray, ¿y los federales? —preguntó alguien.

—Boar dice que no hay ni rastro de federales. Y no habrá testigos que hablen con ellos una vez que los perros hagan lo suyo. Vamos a enseñarle a este pedazo de mierda lo que pasa cuando se falta al respeto en territorio Imperiales. Vamos.

Ray y sus matones salieron de The Hangout con paso pesado, vaciando el local. Las groupies los siguieron como zombis, murmurando entre ellas, con los ojos brillantes de anticipación.

El terror me recorrió la columna y me sacudió hasta los huesos. Esto era muy serio. Cada vez que Ray armaba a sus Imperiales, la muerte seguía. ¿Mi mal presentimiento? Estaba a punto de hacerse realidad.

Una imagen se reprodujo en mi mente: sangre volando por el aire y colmillos hundiéndose en carne desgarrada. Me clavé las uñas en la caja de plástico y me atraganté con un gemido.

No podía permitir que esto pasara.

Cuando levanté la vista, Hannah y Brenda se habían puesto juntas a levantar una de las mesas volcadas. Me di cuenta de que necesitaban mi ayuda para limpiar el desastre de Ray, pero no iba a ser cómplice del asesinato de un hombre inocente.

Solté la caja y me dirigí hacia la puerta trasera.

—¿Adónde demonios vas? —me gritó Hannah.

—Es mi pie —me giré para mirarla a los ojos sin dejar de caminar hacia atrás, cojeando más de lo habitual—. Creo que me lo he vuelto a lesionar esta noche. Me dejé los analgésicos en casa.

—Otra vez no. —Hannah se dio una palmada en el muslo y frunció el ceño, seguramente al recordar la última vez que me había hecho daño en el pie malo en el trabajo y me había desmayado del dolor.

—¿Por qué tuviste que ponerte tan fina en el escenario esta noche? —dijo—. A los chicos les basta con que menees el culo y les enseñes las tetas. Cada vez que te pones esas zapatillas de bailarina, el pie se te hincha como un melón.

—Lo siento —murmuré, ignorando las miradas hoscas de Hannah y Brenda e intentando parecer arrepentida en lugar de desesperada—. Pero necesito irme a casa, tomarme las pastillas y ponerme hielo en el pie. Ya sabes lo que pasa si no lo hago. No podré caminar y no vendré en varios días.

—A Ray no le va a gustar esto, pero... —Hannah agitó las manos en el aire—. ¡Anda, fuera! ¡Vete!

Me puse el abrigo viejo, agarré el bolso y salí cojeando por la puerta de atrás.

La noche me golpeó la cara con una bofetada helada. El cielo nublado escupía una lluvia fina y fría, y el pavimento brillaba bajo una capa de niebla que se arremolinaba a mi paso.

Mejor que nieve, supuse. Al fin y al cabo, estábamos en enero y esto era Nebraska.

Las medias de rejilla no me protegían nada del frío. El viento me clavó sus garras y se me puso la piel de gallina. Pero nada de eso importaba comparado con la urgencia que me latía en el pecho.

Tenía que avisar a Apollo.

Cojeando del pie malo, doblé la esquina a toda prisa y tomé un atajo por el callejón. Con las botas chapoteando en los charcos, hacía una mueca un paso sí y otro no. Apreté los dientes, me sujeté el bolso bajo el brazo y, ignorando el dolor, eché a correr con todas mis fuerzas.

Solo había un motel en Egypt. No tenía tiempo de ir andando.

Si Ray descubría lo que estaba a punto de hacer, la que acabaría mal sería yo. Y sin embargo, a pesar del peligro, no podía dejar que Apollo muriera esa noche.