Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Epílogo
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Epílogo

Tee

No era precisamente mi mejor día. Estaba cansada, acalorada y llegaba tarde: tres condiciones infalibles para ponerme de los nervios.

Mi última misión era un asco. Semanas deambulando por ahí solo me habían servido para atisbar de lejos el mundo siniestro que intentaba desmantelar, y para ganarme una lista de nuevos enemigos feroces y «amigos» aún más peligrosos.

Ansiaba una cama limpia y una habitación con aire acondicionado en un hotel decente.

También ansiaba a Kass, aunque, pensándolo bien, no recordaba un solo día de mi vida en que no hubiera deseado a ese hombre.

Necesitaba a ese idiota tan desesperadamente como necesitaba una bebida fría en ese momento.

Me obligué a ir más despacio al entrar en el humilde chiringuito de playa. Mis chanclas resonaban contra el suelo mientras me acercaba al mostrador con aire despreocupado y pedía una cerveza fría, la favorita de lugareños, expatriados y turistas como se suponía que era yo.

No le quité ojo al camarero. Sacó la botella de la nevera, la plantó en el mostrador y le quitó el tapón.

La seguridad ante todo.

Con la cerveza en la mano, recorrí el local con la mirada buscando a mi contacto, fijándome en las paredes de un azul chillón y en los pocos clientes lánguidos que holgazaneaban por ahí. Eran las dos de la tarde y el calor opresivo había espantado a todo el mundo.

Daba igual que fuera diciembre. El calor se negaba a tomarse vacaciones.

Al no encontrar rastro de mi contacto, me dirigí a la terraza y elegí una mesa de cara al mar, con la espalda bien pegada a la pared.

Me dejé caer en una silla de plástico y me puse el bolso de paja —comprado en el mercado— sobre el regazo para tenerlo a mano, reconfortada por la presencia de mi Beretta 92 compacta: ligera, pequeña y al alcance de mis dedos.

Kass estaría orgulloso de mí. O tal vez no. Lo más probable era que estuviera cabreado conmigo por arriesgarme así. Sí, ese era Kass: orgulloso y protector hasta la asfixia.

Lo cual explicaba por qué no estábamos juntos en ese momento.

No pienses en Kass. Concéntrate en tu misión. Presta atención.

Me alisé el vestido blanco de verano sobre el regazo. Mi contacto probablemente ya había venido y se había marchado. O quizá se había saltado la cita directamente.

La información que necesitaba era difícil de conseguir. Eso sí, mi contacto venía muy recomendado por los círculos diplomáticos que yo frecuentaba.

El hombre conocido como Arturo era turbio, pero tenía buenos contactos.

Si alguien podía adentrarse en el intrincado submundo del crimen organizado en las Américas, era el misterioso Arturo, conocido por ofrecer «servicios logísticos» a cualquiera que quisiera conectar los mercados negros del sur y del norte, cárteles incluidos.

Sí, algunos días tenía que tratar con la escoria de la tierra para llegar hasta las serpientes que se escondían en las sombras. Pero estaba dispuesta a lo que fuera para proteger a Kass y a sus hermanos. El último encontronazo de Troy con Zero Tango solo confirmaba que debía redoblar mis esfuerzos.

Los chicos estaban intentando encajar la información que habían reunido de Alfonso Rivera y de los pilotos de los helicópteros de asalto. Trev andaba analizando una memoria USB que había recuperado del trastero de Orlov, pero aún no había conseguido descifrar el complejo código.

Estaba preocupada. Zero Tango se había cubierto bien las espaldas y Kass podría ser el siguiente en la lista. Los ataques de Zero Tango eran cada vez más violentos. Por eso había contactado con Arturo.

Pero como mi contacto brillaba por su ausencia, suspiré ante otra oportunidad perdida y me rendí al calor, derritiéndome como un cubito de hielo en julio.

Me levanté el pelo del cuello y me abaniqué la cara con la servilleta desvencijada.

Si el trabajo no me mataba, el calor y la humedad se encargarían de hacerlo.

Incliné la botella y le di un buen trago a la cerveza.

Ah, sí. Alivio.

Bebí un poco más. El líquido me enfrió la garganta y me refrescó el cuerpo recalentado.

Más allá de la terraza, el calor despiadado se elevaba de la arena en espejismos ondulantes. Hasta el mar azul, que más parecía un estanque en calma, se acobardaba bajo el sol cruel.

El móvil me vibró en el bolsillo con el zumbido intermitente que anunciaba un mensaje de los Battleson. Se me aceleró el corazón, pero apostaba a que no era el Battleson del que más quería tener noticias.

Kass se había rendido. Estaba bastante segura.

No había llamado en meses, y cada vez que me saltaba una alerta de Google con su nombre, era por algún anuncio de un negocio espectacular en el que aparecía Kass —el soltero más codiciado de Denver— normalmente con alguna belleza despampanante del brazo.

Sí, los días duros como aquel hacían mella en mi optimismo natural, pisoteaban mis sueños y mataban mis esperanzas de que algún día volviéramos a estar juntos. El calor no ayudaba.

Saqué el móvil del bolsillo y toqué la pantalla. Tenía tres mensajes seguidos de Troy.

Primer mensaje:

Hola, Tee-Titán, estés donde diablos estés.

Ahora sé sin lugar a dudas que eres audaz y descarada, y que no tienes ningún reparo en usar tus trucos mentales Jedi conmigo.

No sé cómo conseguiste llevarme al huerto, pero lo hiciste.

Oficialmente estoy fuera del mercado y des-soltereado.

La has sacado del estadio, bruja entrometida; me has convertido en mejor persona con tus incesantes intromisiones.

Sonreí y abrí el segundo mensaje:

Podría demandarte por el asesinato premeditado de mi miseria, pero claro, me enviaste a Sol, así que tu sentencia por meter las narices en mis asuntos queda conmutada.

Me reí en voz alta y pasé al último mensaje:

¿Cómo se supone que voy a darte las gracias y cantarte las cuarenta a Tee-Titán si no contestas a mis puñeteras llamadas?

Tee-Titán era mi apodo entre los Battleson. Hacía tiempo que no lo oía. La sonrisa se me marchitó un poco. Quería oírlo, y mucho, preferiblemente de labios de Kass, pero aunque me había esforzado por conseguirlo, mi futuro seguía siendo una ilusión, nada más.

Pensé en Troy, en el gigantesco chico-hombre que era cuando lo conocí. Ya entonces era puro físico y labia, un buscavidas en ciernes.

Y sin embargo, había llegado a conocer el lado que rara vez mostraba: el joven tranquilo y reflexivo que se escondía tras el buen físico y la palabrería, el chico herido que no confiaba en nadie salvo en sus hermanos, y quizá un poco en mí.

Desde el momento en que Kass me presentó a Rogue, había reconocido la fachada que se había construido para protegerse de los estragos de un mundo salvaje.

La máscara de Troy solo se le caía cuando hablaba de pilotar helicópteros.

Allá arriba, en el cielo, era donde había encontrado su lugar para desplegar las alas.

Pero había renunciado al trabajo de sus sueños para servir a Battle Brothers. Lo había hecho para llenar un vacío en la maquinaria Battleson, para convertirse en el halcón legal que su equipo necesitaba.

Desde lejos, me había angustiado por las cicatrices que endurecían su corazón y lo había sentido hundirse en el oscuro mar de un mundo corrupto que dominaba aunque se odiara a sí mismo por ello.

Hacía poco que conocía a Marisol cuando se la envié, pero sí había conocido a su hermana.

Al conocer a Marisol, me di cuenta de que era valiente y fuerte, forjada en el molde resistente de Desiree.

Había tenido mis dudas sobre la pareja, pero a veces, incluso las mejores casamenteras tienen que arriesgarse.

El riesgo había dado sus frutos.

Apareció otro mensaje en mi pantalla. Una foto. Troy, Marisol y Lulu posaban delante de un helicóptero nuevo y reluciente. Los brazos musculosos de Troy rodeaban los hombros de Marisol y Lulu. Tanto Lulu como Marisol miraban a Troy con estrellas en los ojos.

Mis chicas, decía el pie de foto.

Oh, sí. Troy se había ganado el amor de Marisol y también el de Lulu. Se le veía feliz, relajado, completo. ¿Y Marisol? Estaba radiante, realizada de una manera que ningún avance científico podría explicar jamás.

Sonreí. En algún lugar del cielo, Desiree estaría dando saltitos de alegría.

Seguí vigilando, pero mi contacto no aparecía por ninguna parte.

Bien podría hacer algo útil mientras esperaba.

Abrí la información que había conseguido hoy sobre River Niles, la mujer que era el objetivo de la búsqueda de Apollo.

Había tenido que mover muchos hilos para descifrar las últimas palabras de Leo.

Lo que había descubierto sobre River y Leo me había sorprendido incluso a mí, que estaba bien informada.

Leo nos había ocultado a River a todos. Pero ahora que lo sabía, ahora que entendía qué tipo de mujer había dejado Leo atrás y lo que había querido decir con sus últimas palabras, era hora de resolver ese misterio de una vez por todas.

Hora de empezar mi próximo proyecto.

Cuando Leo habló del Nilo, no se refería al río egipcio, le escribí a Apollo. River Niles es una persona y el Egypt con el que está asociada está en Estados Unidos.

Listo. Eso estaba hecho. Dejé el móvil a un lado y sonreí para mis adentros.

Tres Battleson resueltos, quedaban dos.

—¿Disculpe? —Una voz con acento británico me sobresaltó—. ¿Está ocupado este asiento?

Levanté la vista y vi a un hombre de mediana edad con barriga, apoyado en un elegante bastón, vestido de lino blanco y con un sombrero Fedora de paja.

—Vaya cambio de imagen.

—Y aun así me reconociste —dijo Arturo.

—Solo porque te estaba esperando.

—Me halagas, querida.

Con un gemido fingido, se dejó caer en la silla junto a la mía.

—Así que hoy eres el caballero británico personificado —observé—. Quizá debería llamarte Don Arturo. La última vez que hablamos tenías unos pectorales de infarto y acento australiano. ¿O era sudafricano?

—La variedad es la sal de la vida.

Me guiñó un ojo.

—Disfruto del arte de convertirme en otra persona. En cuanto a los pectorales, siguen ahí debajo del relleno. Puedo organizarlo para que los compruebes.

—Paso, pero gracias por la oferta.

Examiné su nuevo disfraz mientras luchaba contra el inicio de un dolor de cabeza, probablemente causado por una insolación.

—Tengo que reconocerlo: eres bueno.

Esbozó la sonrisa amable de un anciano, con los dientes amarillentos a juego con su disfraz.

—¿Y qué si soy un tipo cosmopolita?

—Una ventaja profesional, supongo.

Di otro sorbo a la cerveza y me presioné la botella fría contra el cuello.

—Pensé que no vendrías.

Levantó las manos en el aire, mostrando las manchas de la edad que había añadido tan hábilmente a su disfraz.

—Y sin embargo, aquí estoy.

—¿Y bien? —Deseé que el punzante dolor de cabeza desapareciera—. ¿Tienes algo para mí?

—La información que pediste era un bien muy cotizado.

Le hizo una seña al camarero para pedir una bebida. Me irritó que me hiciera esperar hasta que el camarero plantó un chupito de tequila frente a él. Lo fulminé con la mirada, ignorando el feroz martilleo dentro de mi cráneo. El dolor de cabeza iba a peor.

Parecía no tener ninguna prisa. Echó la cabeza hacia atrás y se bebió el chupito de un trago, soltando un siseo antes de volver a hablar.

—Tus amigos, los Battleson, están siendo atacados.

—Ese pequeño detalle te lo dije yo.

Reprimí mi irritación.

—Seguro que no me estás cobrando por información que yo te di, ¿verdad?

—No, pero puedo confirmar el peligro.

El hombre sacó un pequeño sobre del bolsillo y lo dejó caer sobre la mesa.

—Tus amigos están metidos en algo que les supera. No tienen ni idea de con quién se están metiendo.

—¿Y tú sí?

Inclinó la cabeza hacia el sobre con un gesto elegante.

Cogí el sobre, aparté la solapa y saqué una sola hoja de papel, disfrutando de la sensación refrescante del lino grueso entre los dedos. La emoción me burbujeaba por dentro. Por fin. Mis indagaciones habían dado fruto.

Me temblaron los dedos mientras desdoblaba la hoja, ansiosa por descubrir quién era Zero Tango y por qué estaba tan empeñado en destruir a Kass y a sus hermanos.

Unas pocas líneas escritas a mano bailaron ante mis ojos.

Tuve que parpadear varias veces para aclararme la vista antes de poder concentrarme en la elegante caligrafía de la página.

Mi querida Liberty Rose,

Gracias por tu interés en encontrarme. Encaja perfectamente en mis planes. Espero conocerte en persona muy pronto.

Atentamente,

Zero Tango

Se me cayó el alma a los pies y mi mirada voló hacia mi contacto. Con el corazón retumbándome en los oídos, dejé el papel sobre la mesa y clavé el dedo en él.

—¿Qué es esto?

—Querías información. Pues fui a buscarla. Y en el proceso, conocí a ese hombre que estás buscando.

—¿Hablaste con él?

Me froté las sienes, los ojos, tratando de organizar mis pensamientos confusos.

—¿Y él habló contigo? ¿Por qué haría eso?

El hombre enarcó las cejas. —Pues claro, cariño.

Mi cerebro se quedó en blanco.

Joder.

Solo había una razón.

Intenté levantarme, pero las rodillas me fallaron y las piernas no me respondían. Me desplomé de nuevo en la silla. El bolso que tenía en el regazo se desdibujó ante mis ojos. Busqué a tientas la mini-Beretta, pero los dedos no me obedecían.

Tranquila, Tee. Eres profesional.

Luché por enfocar la vista, que me parpadeaba. Era difícil. Había tres Arturos, y sus rostros oscilaban ante mis ojos, fusionándose y separándose de un modo que me revolvía el estómago.

Mierda.

—¿Qué me has hecho?

Su sonrisa de Gato de Cheshire se ensanchó aún más. —El camarero trabaja para mí.

Me aferré a la lucidez, aunque a duras penas. —El camarero abrió la botella delante de mí.

Su sonrisa se tornó absolutamente diabólica. —Siempre estamos preparados para encargarnos de chicas guapas como tú, cariño. Te llamas Tee, ¿verdad? ¿Tu nombre real? Liberty Rose.

—No lo hagas —mascullé, clavando las uñas en los reposabrazos de plástico de la silla, intentando que el mundo dejara de dar vueltas.

—Pero, Tee, cariño —dijo el hombre con tono afable—. Ya está hecho.

—Hijo de puta —escupí entre dientes—. Te pagué bien por la información.

—Y él me pagó más —dijo—. Por ti.

El pánico me atenazó la garganta. La luz del sol me hería los ojos y me taladraba el cerebro, agravando el dolor que me oprimía el cráneo. Gotas de sudor me caían de la frente y se acumulaban sobre los labios.

—Si me entregas a él, estoy muerta —balbuceé mientras la visión se me estrechaba hasta convertirse en un túnel negro.

—Pero yo seré rico —su voz resonó desde muy lejos.

El túnel se alargó, pero el círculo de luz al fondo se empequeñeció. —No puedes...

—Pero puedo. Y lo hice. Y ahora él tiene planes para ti. —Movió los dedos en el aire a modo de despedida—. Buenas noches, Tee.

El túnel se cerró y la luz desapareció.

Fin