Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintinueve
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Capítulo veintinueve

Marisol

La locura que me había impulsado a correr como una demente por el bosque y subirme al helicóptero de Troy me abandonó en cuanto los motores se encendieron. Troy movió el cíclico, levantó el colectivo y las ruedas se despegaron de la loma cubierta de hierba.

Cualquier rastro de la valentía que me había traído hasta este momento se quedó atrás en el suelo, que se hacía cada vez más pequeño a medida que volábamos hacia la noche. Clavé las uñas en el asiento y apreté todo lo que pude.

No te vas a mear encima.

Las luces del panel digital frente a mí parpadearon.

La velocidad y la cantidad de información que bombardeaban mi cerebro amenazaban con saturar mis sinapsis.

A eso se sumaba el rugido del rotor y el traqueteo extraño de lo que Jax llamaba «un montón de chatarra intentando desintegrarse en el aire», y mi pulso se disparó.

Cálmate. Respira.

Estaba al borde de la hiperventilación.

Estás aquí para mantener a Troy con vida, no para darle más problemas.

Lo miré de reojo.

Se bajó las gafas de visión nocturna y miró hacia adelante, con la mandíbula tensa y los ojos entrecerrados escrutando el cielo negro.

Había volado con él antes, pero nunca había tenido la lucidez para fijarme —fijarme de verdad— en el malabarismo que requería mantener un helicóptero en el aire.

Su mano derecha maniobraba el cíclico con la misma destreza que usaba para darme placer en la cama.

Los dedos de su mano izquierda acariciaban el colectivo con ternura.

Ambos pies trabajaban los pedales mientras sus ojos iban del espacio aéreo al panel de instrumentos, y su mente procesaba el flujo vertiginoso de información con la facilidad instintiva de un hombre que conoce los deseos de su amante y pretende satisfacer cada una de sus necesidades.

Era una fusión asombrosa de hombre y máquina. Cuando estaba en el aire, se convertía en su helicóptero. No eran los rotores los que daban sustentación al metal. Era la voluntad de Troy la que nos hacía volar. La que me hacía volar a mí.

Me acomodé en el asiento, solté el cojín y expulsé el miedo con un largo suspiro.

Incluso cuando el helicóptero bajó a ras de las copas de los árboles, me sentí cómoda con el vuelo suave y los giros cerrados.

No importaba lo peligrosa que fuera la misión: en el aire, Troy era el rey. Con él, estaba a salvo.

Bip, bip. El radar emitió una alarma.

No vi más que nubes y oscuridad frente a nosotros, pero en la pantalla, las siluetas cambiantes de dos helicópteros se materializaron… como objetivos.

—Prepárate —dijo Troy.

—¿Para qué?

—Para llamar su atención. —Sus ojos se entrecerraron mientras atravesábamos un banco de nubes—. Rojo.

Pulsé el icono parpadeante.

Ra-ta-ta-ta-ta-tat. Una ráfaga de balas salió disparada de algún lugar bajo el morro de nuestro helicóptero e iluminó la noche.

Di un respingo en el asiento.

—Sigue así —ladró, ladeando el aparato en un ángulo pronunciado para mantener a su presa en la mira.

Aplasté el dedo contra el botón y lo solté todo.

Era increíble. De algún modo, en los últimos dos días, Troy había conseguido equipar el Black Hawk con una especie de ametralladora de cadena.

Pulsó el icono de frecuencia abierta en su consola. —Aeronaves no identificadas, aquí Águila Uno. Tengo el control de este espacio aéreo. Necesito que aterricen de inmediato. Repito: en tierra o serán derribados. Cambio.

Ninguno de los helicópteros respondió, pero de repente rompieron la formación: se separaron en direcciones opuestas y desaparecieron entre las nubes.

Contuve el aliento. —¿Adónde han ido?

—Estás a punto de descubrirlo en tres… dos… uno.

Las alarmas de la cabina estallaron y un vistazo rápido a uno de los radares reveló dos puntos que aparecían de repente, detrás de nosotros.

Plin, plin, plin.

Las balas repiquetearon en el fuselaje como gotas de lluvia metálicas.

—¡Troy! —¿Había dejado a propósito que su presa se convirtiera en depredador?

—Agárrate —dijo—. Esto se va a poner movido.

Tiró hacia arriba, ladeó el aparato en una dirección y luego en la otra, giró en un círculo cerrado, ganó altitud y después descendió en picado, intentando quitarse de encima a nuestros perseguidores. Mi estómago dio un vuelco. Arriba, abajo: era una montaña rusa.

Odiaba las montañas rusas.

Una alarma aún más estridente se impuso sobre las demás. Troy pulsó un botón y algo salió disparado de la parte trasera de la aeronave. Bengalas. Suish. Un misil pasó silbando a menos de un metro de mi ventanilla.

—¿Eso era un…?

Bum.

Chispas estallaron en el aire y cayeron al suelo en una cascada de fuego y humo.

—Los cabrones van bien armados —murmuró Troy, lanzándose en picado hacia el suelo en una maniobra aterradora que hizo que el panel se llenara de advertencias.

—¿Y nosotros? —grité por encima del estruendo—. ¿No tenemos misiles?

—No los necesitamos. —Activó las comunicaciones—. Foxtrot Zulu, aquí Águila Uno. Vamos a hacer una pasada. Cambio.

Zigzagueó de un lado a otro a lo largo del valle, volando tan bajo que las copas de los árboles rozaban el vientre del helicóptero. Los helicópteros perseguidores nos ganaban terreno. Muy por debajo de la capa de nubes, divisé las dos aeronaves que nos flanqueaban de cerca.

Quería gritar y, sin embargo, Troy parecía tan tranquilo, tan seguro, pilotando el viejo Black Hawk como si fuera un McLaren en el cielo.

—Podrías darle caña.

—Momento perfecto.

Esbozó una sonrisa socarrona.

—Lo que Sol quiere, Sol lo consigue.

Una repentina aceleración me clavó contra el asiento. El estómago también se me quedó pegado a la espalda. Y entonces ocurrió.

Bum. Bum.

El Black Hawk se sacudió como una maraca en el cielo. ¿Nos habían alcanzado?

—¡Agárrate!

Con la mandíbula tensa, la mano en la palanca y los pies en los pedales, Troy luchaba contra las ráfagas turbulentas que amenazaban con estrellar el helicóptero contra el suelo.

Me aferré al asiento y apreté los dientes mientras veía el suelo girar y dar vueltas bajo nosotros, rezando con todas mis fuerzas para que el helicóptero resistiera los violentos zarandeos.

Tardó unos momentos, pero el vuelo se estabilizó. Cuando pude fijar la mirada en el radar de nuevo, los puntos habían desaparecido. Miré por la ventanilla y por encima del hombro. Dos columnas altas de humo teñían la noche de gris.

Forcé las palabras a través del nudo en la garganta.

—¿Qué acaba de pasar?

—Jax, Kass y un par de misiles tierra-aire acaban de intervenir.

Abrí la boca y la cerré. Caí en la cuenta. Como plan de contingencia, Charlie Red era una emboscada a la emboscada.

Al planificar la misión de esta noche, Troy había sopesado todas las posibilidades.

Así funcionaba su cerebro: contemplaba los peores escenarios y calculaba sistemáticamente las posibles soluciones.

Había concebido el rescate de Lulu como una operación de búsqueda, pero también había planeado la misión como una trampa.

—Pensaste que Zero Tango lo intentaría de nuevo esta noche, ¿verdad?

—Observa los patrones, observa los cables.

Trazó un amplio arco sobre el bosque.

—Te encargaste de Orlov, así que Zero Tango tenía que encontrar otra forma.

Pensé que quizá intentaría atacarnos esta noche.

Le gusta atacar cuando estamos en las últimas.

Y nunca ha dejado testigos vivos tras un ataque fallido.

No iba a permitir que nos quedáramos con Rivera vivo, no sin dar pelea.

—No creerás que Zero Tango iba en uno de esos helicópteros de ahí abajo, ¿verdad?

—Ojalá, pero no es su modus operandi. Eso sí, podemos sacar información de los hombres que pilotaban esos pájaros. Nuestro trabajo esta noche era derribarlos, a ser posible dejándolos con vida.

Por eso había permitido que los helicópteros apuntaran a su Black Hawk.

Para atraerlos a la trampa que él y sus hermanos habían preparado.

Para capturar a los hombres de Zero Tango y obtener información sobre su principal enemigo.

Miré a Troy con renovada admiración. Además de todas sus otras cualidades, era un estratega nato.

Esta noche había superado en astucia no a uno, sino a dos enemigos astutos y letales.

—Dudo que el nombre que nos dio Alfonso pueda conectarse directamente con Zero Tango —dije—. Zero Tango parece demasiado astuto como para arriesgarse a revelar su identidad de esa manera.

—Tienes razón —dijo Troy—. Pero vale la pena investigarlo. Ya estamos en ello. Aunque el nombre que nos dio Rivera resulte ser falso, cualquier dato es importante. Gracias a ti, estamos un paso más cerca de encontrar a Zero Tango. Y lo encontraremos, no te quepa duda.

Con los Battleson tras su pista, era solo cuestión de tiempo.

Troy sobrevoló los restos del accidente. El bosque se había llenado de haces de luz que convergían en los helicópteros derribados.

—¿Operativos de BB? —supuse, escudriñando el suelo.

—Correcto —dijo—. Y algunos agentes locales amigos que nos ayudarán a «arreglar» lo que ha pasado aquí esta noche.

Había pensado en cada detalle, en cada escenario posible. No era de extrañar que fuera el «arreglador» principal de su equipo. Su inteligencia y su valor me dejaban asombrada.

—Esos pilotos eran buenos —reflexioné.

—No estaban mal —dijo mientras elevaba el helicóptero.

—Pero tú eras mejor —dije—. Fuiste magnífico.

—Dios, Sol. ¿Me has dicho «magnífico»?

Se miró la entrepierna y luego me miró a mí, con los labios entreabiertos.

—Acabas de provocarme una erección aérea.

Me reí.

—Tendré que ocuparme de eso en cuanto aterricemos.

—No lo olvides.

Escudriñó el terreno bajo nosotros.

Cinco minutos después, posó el Black Hawk en un llano tras una pequeña cresta y apagó los motores.

Cuando el motor se detuvo y los rotores aminoraron, el silencio del bosque sustituyó el estruendo en mi cabeza. Troy sacó el móvil y revisó los mensajes antes de quitarse el casco, desabrocharse el arnés y, tras bajar de su asiento, rodear el aparato y abrirme la puerta.

Solté el arnés.

—¿Qué hacemos?

—Tomarnos un descanso.

—¿Y Lulu? —pregunté mientras bajaba—. ¿Y el desastre de ahí atrás? ¿No tienes que arreglar todo eso?

—Esos simios saben limpiar cuando hace falta.

Cerró la puerta y me tomó de la mano.

—En cuanto a Lulu, acabo de recibir noticias. Está a salvo en Res. Beth se queda con ella de momento. Lo está llevando sorprendentemente bien para alguien que acaba de descubrir la bajeza de su padre.

—¿Seguro que está bien?

—Me lo ha dicho Lexi.

Me enseñó una foto de Lulu sonriendo tímidamente a los hijos de Jax y Emme, Joram y la pequeña Maya. Al fondo, Emme contemplaba a los niños con una sonrisa, con Beth sentada a su lado.

—Puede que Lulu tarde un tiempo en abrirse del todo, pero ahora es una de los nuestros —dijo Troy—. Y tú también. Puedes estar segura de que la están mimando, y además nos tendrá a nosotros incondicionalmente el resto de su vida. Ahora mismo necesito veinte minutos a solas contigo. ¿Vale?

Sostuve la mirada oscura como el obsidiana de Troy y tragué saliva, conteniendo las lágrimas de felicidad. —Sí.

Alfonso iba camino de la cárcel, que era donde le correspondía estar.

Habría un juicio por delante, o quizás varios, pero estaba dispuesta a afrontarlos y estábamos vivos e ilesos.

Tenía una familia con los Battleson, amigos en los que podía confiar y un hogar donde criar a la hija de mi hermana con seguridad y amor.

Y lo más importante: tenía a Troy en mi vida.

Para ser una friki de la ciencia que no creía en los cuentos de hadas, mi vida se parecía bastante a uno en ese preciso momento.

De la mano, Troy y yo caminamos hasta el borde del risco y nos sentamos en una roca con vistas privilegiadas al amanecer encendido que asomaba en el horizonte.

Esbozó su sonrisa auténtica. —¿Así que no te arrepientes de haberte apuntado a la aventura de esta noche?

—En absoluto —dije—. Quiero aprender a pilotar helicópteros. Quiero que tú me enseñes.

—¿Tú y yo? ¿Volando juntos? —Su sonrisa se ensanchó—. Me encanta la idea.

Me envolvió en su abrazo, borrando con sus besos todo el terror que había vivido.

—Yersinia pestis —murmuró, mordisqueándome los labios—. Vaya. Aprendo algo nuevo cada minuto que paso contigo.

Sonreí, porque lo que él me había enseñado era mucho más transformador.

—Tengo una pregunta —dije—. No quería ponerte en un aprieto delante de tus hermanos. ¿Pensaste que estaba faroleando, allí en la cabaña?

—Estaba un noventa y nueve por ciento seguro de que no ibas a matarnos a todos con la peste.

Pero tengo que admitir que fuiste bastante convincente y aterradora de cojones.

¿Tus técnicas de interrogatorio? De puta madre.

¿Y ese uno por ciento de probabilidad de que quizás hubiera algo mortal en ese tubo? Para cagarse de miedo.

Me reí. —Y aun así te quedaste.

—Si quieres saberlo, la mujer a la que le gustan más los microbios mortales que la gente me gusta más que nadie en el mundo. Y pienso amarla con todo lo que tengo durante el resto de mi vida.

—Ay, soñador. —Lo rodeé con los brazos y lo miré a los ojos—. ¿Acabas de soltarme una de tus frases de ligue estándar?

—Qué va. —Fingió ofenderse—. La palabra con A nunca se usa para ligar.

—Me alegra saberlo —dije—. Porque a partir de ahora, todas tus frases de ligue son exclusivamente mías.

Se echó hacia atrás. —Vaya con la mandona, ¿eh?

—Además de celosa y posesiva. —Arqueé una ceja—. ¿Crees que podrás vivir con eso?

—Mientras puedas aguantar una afección viral, tú y yo nos llevaremos de maravilla.

—Pues entonces estás de suerte, porque en lo que respecta a pandemias de amor, me he convertido en toda una experta.

Me besó, y después nos perdimos el espectáculo del sol de la mañana, prefiriendo deleitarnos con los amaneceres del otro.