Capítulo veintiocho
Marisol
Las vigas de la cabaña se difuminaban y ondulaban sobre mí. Respiré hondo y llené mis pulmones con el aroma familiar de Troy. Incliné la cabeza, obligué a mi mirada a enfocarse y me encontré con el acero negro de sus ojos. Parpadeé y le sonreí. Así era como quería despertar el resto de mi vida.
—¿Lulu? —pregunté.
—Está a salvo.
Troy me acarició la mejilla con ternura.
—Por razones de seguridad, la hemos trasladado con Beth sendero abajo. Apollo está con ellas.
—¿Rivera?
—Maniatado ahí fuera y bien asegurado. Cree que se está muriendo. Dice que siente el ardor en los ganglios linfáticos. Está acabado, Sol. ¿Estás bien?
—Lo estaré —dije.
Apoyé las manos en el suelo y me incorporé.
—Especialmente ahora.
Alcé el rostro y capturé los labios de Troy. Él respondió a mi pasión con la misma intensidad, devorándome, tan desesperado por mí como yo por él.
—Disculpad.
El carraspeo de Jax me sobresaltó y tuve que soltar la boca de Troy. Jax y Kass estaban junto a la puerta, con las armas pegadas al pecho, algo inquietos.
Jax cruzó la mirada con Troy y me señaló con la barbilla.
—¿Se lo preguntaste?
Fruncí el ceño.
—¿Preguntarme qué?
—Queremos saber —dijo Kass con más cautela de la que jamás le había oído—. ¿Tu bote contenía una versión de la peste convertida en arma o no?
—Ah, eso.
Miré a Troy.
—¿No se lo dijiste?
—Sí —respondió él con un encogimiento de hombros—. Pero quieren oírlo directamente de ti.
Miré a Kass.
—Repelente de insectos.
Kass frunció el ceño, perplejo.
—¿Cómo dices?
—El bote —dije—. Le quité la etiqueta. Es un viejo bote de repelente de insectos. Lo habéis oído directamente de mí.
Las miradas incrédulas de Kass y Jax se posaron en mí y luego en Troy.
Troy se encogió de hombros.
—Tiene un don para improvisar armas.
Casi al unísono, Kass y Jax echaron la cabeza hacia atrás y soltaron carcajadas. Sus risas nos contagiaron a Troy y a mí.
—Eres jodidamente increíble —dijo Jax entre risas—. Esa fue una actuación épica.
—Dios, Marisol —dijo Kass entre carcajadas—. Lo que hiciste fue brillante.
—Brillante es su modus operandi.
Troy me dedicó una sonrisa orgullosa y me ayudó a ponerme de pie.
—Eres mi nueva definición de feroz.
Con los ojos brillantes de diversión, Jax activó su comunicador.
—Raider, aquí Mayhem. Cambio.
—Aquí Raider —la voz de Max llegó nítida y bastante tensa por el micrófono; su preocupación resonaba en la pequeña cabaña—. Adelante, Mayhem. Cambio.
—Estamos despejados —informó Jax, con su sonrisa divertida todavía muy presente—. Repito. Estamos todos despejados. Cambio.
—Esas son jodidamente buenas noticias —la voz de Max dejó entrever cierto alivio—. Cambio.
—Dile lo de Rivera —intervino Troy.
—Raider, tienes un paquete listo para recoger a un kilómetro carretera abajo —dijo Jax—.
Lleva al cabrón a la estación de guardabosques para esperar el transporte junto con sus compinches.
No hace falta que le quites todavía la idea de que está infectado.
Deja que se marine en su terror un rato más. ¿Me entiendes? Cambio.
—Lima Charlie —dijo Max, y supe que significaba alto y claro—. En camino. Me sumo al hashtag Sol tiene agallas de acero. Cambio.
—En eso tienes razón, hermano. Cambio y fuera.
Jax me dedicó una sonrisa maliciosa.
—No eres la única que cree en la venganza por aquí.
—Espero que no estéis demasiado enfadados conmigo —dije.
Me apoyé en Troy y crucé la mirada con él.
—Pero no quería desperdiciar una buena oportunidad para descubrir la identidad de Zero Tango.
—Lo hiciste bien.
Troy me besó la coronilla.
—Y a ese hijo de puta lo cagaste de miedo. Sin mencionar a estos dos simios.
—La próxima vez haznos un guiño o algo —dijo Kass, todavía riéndose—. Aunque lo que hiciste fue bastante impresionante. Esos cabrones se estaban cagando de terror cuando salieron corriendo de la cabaña, chillando sobre la peste. Tuvimos un contratiempo con el dron, así que llegamos tarde.
—Y aun así vinisteis —señalé, asombrada por el valor de estos hombres, dispuestos a arriesgarse a enfrentarse a Alfonso y a la peste para apoyar a Troy.
¡Y por eso los quería tanto!
—Mientras respiremos, siempre puedes contar con nosotros —dijo Jax—. Aunque tengo que confesar que por un momento no me hacía ninguna ilusión explicarle a Emme por qué no volvía a casa. ¿Y Emme? Te habría hecho algo mucho más doloroso que la peste si descubría que me mataste.
—Sí, lo sé —dije, riendo—. Pero jamás iba a haceros daño. Vosotros sois mi familia y deberíais saber que siempre os protegeré, pase lo que pase.
Jax abrió los brazos.
—Ven aquí, hermana.
Abracé a Jax con cariño, me di la vuelta y estaba a punto de hacer lo mismo con Kass cuando su comunicador crepitó en su oído. Tanto él como Jax activaron sus comunicadores.
—Adelante, control —dijo Kass—. Cambio.
Sabía que era Trev al otro lado, pero no logré entender lo que decía entre el crepitar de la estática. Sin embargo, bastó una mirada a los rostros de Kass y Jax para que Troy echara mano a su arma.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
—Charlie Red —dijo Kass—. Recibido. Cambio y corto.
—Tenemos que largarnos de aquí, ya. —Troy me agarró de la mano y tiró de mí hacia fuera de la cabaña—. Necesito que te quedes con estos tipos y sigas sus instrucciones.
—Pero...
—No hay tiempo para explicaciones. —Me plantó un beso rápido en los labios y salió disparado hacia el bosque, dejándome aturdida y sin saber qué pensar.
Me volví hacia Jax y Kass.
—¿Adónde va?
—Al helicóptero. —Kass me agarró del brazo y tiró de mí hasta que acabé trotando entre él y Jax.
—¿Qué es Charlie Red? —pregunté sin dejar de correr.
—Un plan de contingencia en caso de ataque secundario.
¿Ataque secundario?
—¿Qué ataque?
Kass aminoró el paso en la bifurcación, pero Jax siguió adelante a toda velocidad en otra dirección.
—Escucha bien —dijo Kass—. Vas a correr por este sendero hasta encontrarte con Apollo y Max. Te estarán esperando a unos dos kilómetros de aquí. ¿Entendido?
—Sí, pero...
—Tengo que cubrir a Troy, así que muévete. —Cortó el aire con la mano—. Recto por este camino. ¿Entendido?
Asentí y eché a correr sendero abajo, procesando lo poco que sabía.
Kass y Jax corriendo en direcciones opuestas. Contingencia. Ataque. Cubrir a Troy. Me detuve en seco. Y de pronto supe exactamente lo que implicaba Charlie Red.
***
Troy
Esperé la señal de salida con el arnés puesto. Estaba listo, pero mantuve el Black Hawk apagado en tierra para que no me detectaran.
Miré al cielo. Tal como habían pronosticado, un sistema de baja presión había llegado y reducido la visibilidad. Una capa baja de nubes envolvía el paisaje y se aferraba a las montañas. Las estrellas habían desaparecido, borradas del cielo. No había luna. Esta noche iba a tener trabajo.
Escudriñando el horizonte inmediato, tierra y cielo, no me perdí el momento en que una sombra salió de entre los árboles y corrió en línea recta hacia el helicóptero. Levanté el arma del regazo, pegué el ojo a la mira y seguí a mi enemigo.
Pequeña. Pechugona. Curvilínea.
Sol.
Joder.
Bajé el arma y la vi acercarse, incapaz de impedir que abriera la puerta de un tirón, se subiera a la cabina y se dejara caer en el asiento del copiloto.
—¿Qué demonios haces aquí? —exigí, furioso.
—Quiero volar —jadeó, intentando recuperar el aliento—. Contigo.
Cualquier otro día, me habría encantado oír esas palabras de su boca.
¿Ahora mismo?
No tanto.
—Sal de aquí —dije—. Te llevo a volar mañana, o la semana que viene.
—Esta noche —resopló—. Voy contigo esta noche.
—Joder, este no es momento para que vengas de pasajera.
Respiró hondo y controló la voz.
—Este es precisamente el momento adecuado.
—Sol...
—Voy, Troy. —Alzó la barbilla con gesto desafiante—. Así que acéptalo. Y dame algo que hacer o tendré que usar esto.
Sacó un paquete de toallitas de viaje del bolsillo del chaleco y lo levantó.
Flac-flac-flac.
El golpeteo de las aspas cortando el aire interrumpió nuestra discusión.
Dos sombras negras pasaron zumbando en formación cerrada, confundiéndose con la capa de nubes.
Se movían rápido, volando en modo silencioso, pero aun así rugían sobre nuestras cabezas, un sonido ominoso que me hizo latir la sangre en los oídos.
El reloj de la misión empezó a correr en mi cabeza. No podía abandonar mi puesto y dejar tirados a mis hermanos.
El problema era que Marisol seguía en mi helicóptero.
—Las probabilidades son del cincuenta por ciento. —Puse dos dedos sobre el interruptor de encendido—. Esto no va a ser coser y cantar. Última oportunidad para largarte.
—Te equivocas en los cálculos. —Se abrochó el arnés de cinco puntos y me desafió con esos ojos color whisky—. Tus probabilidades son mejores que eso.
—¿Ah, sí? —La miré, fijándome en el gesto decidido de su mandíbula, antes de volver la vista al cielo—. ¿Y cómo llegas a esa conclusión?
—Si estoy a bordo, no vas a dejar que nadie te derribe.
En eso no se equivocaba.
—Así que estoy a bordo, Troy. —Se puso los auriculares—. Estoy a bordo hasta el final.
La determinación le brillaba en los ojos y le tensaba la mandíbula en ese ángulo obstinado que había llegado a conocer tan bien. La única forma de sacarla del helicóptero era a la fuerza. No había tiempo para eso. Su decisión era firme.
La euforia y el terror luchaban en el espacio aéreo de mi cabeza.
Euforia porque ella quería volar conmigo, me confiaba su propia vida, a pesar del peligro y sin reservas.
Terror porque podía resultar herida o muerta si las cosas se torcían.
Al final, el entrenamiento sofocó tanto la euforia como el terror, y la mentalidad de misión se impuso.
—¿Ves este icono? —Señalé el panel que tenía delante—. Cuando se ilumine, parpadeará en rojo. Cuando te lo diga, presiónalo.
—Entendido —dijo ella.
Bum.
La tierra tembló bajo mis ruedas, el fuselaje vibró y el horizonte norte se tiñó de rojo con la explosión.
Los ojos de Marisol se abrieron de par en par.
—¿La cabaña?
—Afirmativo —accioné el encendido y activé el helicóptero—. Vamos.
Estaba de caza otra vez.
La muerte aguarda en la noche.