Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo veintisiete #4
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Capítulo veintisiete #4

Con la mano sangrando y los ojos desorbitados girando enloquecidos, Rivera se arrastró por el suelo y se lanzó hacia su arma, justo cuando la ventana lateral estalló y Apollo se asomó.

Me moví rápido. Le entregué a Lulu, giré y apunté a Rivera.

Al unísono, Kass y Jax irrumpieron por las ventanas traseras con sus armas en alto y listas.

Pero Sol se adelantó a todos.

Le pisó el brazo a Rivera con la bota con todas sus fuerzas, impidiendo que alcanzara su arma. Inclinó el bote hacia el rostro de Rivera. Él se quedó inmóvil, con la boca abierta y los ojos desorbitados de terror. Kass, Jax y yo rodeamos a Sol y Rivera, con las armas apuntando al cabrón.

—Sol, nosotros nos encargamos. —Di un paso hacia ella pero mantuve la mira sobre Rivera—. Se acabó. Tranquila. Ya puedes soltarlo.

—No se acabó. —Esbozó una sonrisa salvaje que nunca había visto en su rostro y mantuvo la mirada fija en Rivera—. Los tres tenéis que salir de aquí, ahora.

—¿Sol? —gruñí, intercambiando miradas preocupadas con mis hermanos—. No hagas esto.

—Tres segundos. —Dirigió hacia Rivera un odio que helaba el alma—. Tienes tres segundos para decirme quién es Zero Tango.

—¡Por favor, no! —Rivera se retorció en el suelo—. Nunca lo conocí. Hablamos por teléfono. Solo tengo un nombre.

—Di el nombre —gruñó Marisol, con el dedo temblando sobre la boquilla—. ¡Dilo!

—Jeremy Romano. —Rivera me miró, con los ojos desorbitados de pánico—. Por favor, ayúdame. ¡Va a matarnos a todos!

—¿Sol? —la llamé, intentando captar su atención—. Es hora de volver al hangar.

—Cállate —espetó—. Esto es entre Alfonso y yo.

Nunca le había visto el rostro tan crispado, tenso, desfigurado por el odio.

—Oye, hermano. —Jax mantuvo su arma sobre Rivera pero me lanzó una mirada cautelosa—. ¿Qué coño está pasando?

—Te lo diré en cuanto lo averigüe —murmuré, luchando por controlar la adrenalina que me inundaba las venas.

—Es tu mujer —dijo Kass como si eso de alguna manera me diera poderes mágicos sobre una Marisol cabreada.

—¿Sol? —intenté de nuevo—. Cariño, háblame.

—No estoy de humor para cariños, así que mantente al margen, Troy. —Mantuvo la mirada y el bote apuntando al rostro de Rivera—. Será mejor que seas sincero conmigo, Alfonso. ¿Dónde puedo encontrar a ese Jeremy Romano?

—Yo... no lo sé. —Rivera tartamudeó y se encogió cuando la mano de ella tembló—. ¡Lo juro!

Intentó alejarse de Sol con el codo, pero se quedó quieto cuando mi dedo se tensó en el gatillo. —Será mejor que respondas a la pregunta de la señora.

—Tengo un número de contacto, en mi móvil —balbuceó—. Te lo daré. Lo prometo.

—Tu móvil —ordenó Marisol, con el rostro pétreo—. Ahora.

Di un paso adelante y le di un golpecito en la cabeza a Rivera con el arma. —Nada de trucos.

—Vale, vale. —Con movimientos lentos, Rivera sacó el móvil del bolsillo y lo levantó en el aire.

—Cógelo —ordenó Marisol.

Le arrebaté el teléfono a Rivera y se lo lancé a Jax, que lo guardó en el chaleco.

—Ahora, vosotros tres, marchaos —ordenó Marisol sin mirarnos—. Última oportunidad.

—Estoy desarmado, me he rendido —me suplicó Rivera—. ¡Está loca! No puedes dejarme aquí con ella.

—Se acabó, Marisol —dijo Kass con una voz vacilante que no le reconocí.

—Sí, venga, cariño —añadió Jax—. Dejémoslo por hoy.

—No. —Marisol apretó la mandíbula, con la mirada ardiente clavada en Rivera, que se encogía a sus pies—. Mataste a mi hermana. La golpeaste hasta matarla. Mereces morir.

Kass me hizo un gesto con la cabeza. —Tío, haz algo.

—Troy no puede detenerme —dijo Marisol—. Nadie puede. Ya avisé.

Rivera escogió ese preciso momento para cometer el error de abalanzarse sobre Marisol.

Le di una patada al cabrón y lo tiré al suelo, y entonces vi a cámara lenta cómo ella se inclinaba hacia él y apretaba la válvula.

Sisssssss.

—¡No! —gritó Rivera mientras se arañaba la cara y se retorcía en el suelo como un pez fuera del agua—. ¡Noooo!

Y aun así, Marisol siguió rociándolo.

Jax y Kass me miraron, con las caras blancas como el papel, pero se quedaron a mi lado.

Ya no podíamos hacer nada.

Solo cuando el bote se vació, Marisol retrocedió un paso, con el pecho agitado, los puños cerrados y el cuerpo menudo temblándole. —Toma eso, maldito psicópata —murmuró entre dientes—. Y saluda al diablo de mi parte cuando llegues al infierno.

Su furia me envolvió en oleadas gélidas. No podía creer lo que había hecho. Su forma de hacer justicia me dejó sin palabras. Apreté el arma contra el pecho mientras el pavor y el asombro se alternaban, alimentando mi conmoción.

Bajé la vista hacia la bestia que chillaba revolcándose en el suelo.

Como un gusano agonizante, Rivera se contorsionaba y convulsionaba, arañándose la cara con desesperación.

De sus dedos, fosas nasales y mejillas goteaba una película incolora, y sus ojos inflamados se salían de las órbitas, anegados en lágrimas.

Había visto cosas muy jodidas en mi vida, pero mientras viviera, nunca olvidaría la pura agonía que impregnaba los gritos desesperados de Rivera.

Los ojos pálidos de Kass se clavaron en los míos. —Joder, lo ha hecho de verdad.

—Esto está muy jodido —murmuró Jax mientras bajaba el arma.

El pequeño bote se le cayó a Marisol de la mano y rebotó en las tablas de madera. Me colgué el M4 del brazo y llegué hasta ella justo a tiempo. Se desplomó contra mí.

Marisol, la persona más valiente que conocía, se desmayó en mis brazos.