Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Blue

Apollo era el nombre perfecto para el dios moreno que bebía su cerveza como si fuera néctar divino. Mientras estaba detrás de la barra, tirando cervezas para llenar otra ronda de jarras, no pude evitar echarle otra mirada a aquel bombón imprudente.

Su piel tersa, sus rasgos cincelados y su cuerpo atlético se combinaban para crear una obra maestra. Impecablemente vestido con una chaqueta de cuero bronceado, unos vaqueros perfectos y una camisa verde jade abotonada que hacía juego con sus ojos, era un regalo para la vista de esta servidora.

Y sus zapatos. Dios mío. Sus zapatos. Llevaba unos Oxford modernos color canela con punteras bruñidas que, combinados con su gorra de espiga, rezumaban elegancia y estilo.

Se me escapó un suspiro melancólico antes de que pudiera contener cualquier otra muestra de admiración. No hacía falta provocar a Ray más de lo que ya estaba.

Pero el contraste era notable. Apollo era tan diferente de todos los demás hombres del club: arreglado, refinado, sofisticado. También era amable, educado y gentil. No necesitaba amenazar ni imponerse sobre los demás. Se imponía con el puro poder de su presencia.

Puede que estuviera fuera de circulación, pero sabía apreciar una obra de arte cuando la veía.

Apollo destilaba sensualidad por los cuatro costados.

Sus labios carnosos besaban la botella con la fuerza serena que yo anhelaba.

Sus dedos largos y elegantes sostenían el vaso con el cuidado que una vez había ansiado.

Pasé a llenar la siguiente jarra. ¿Cómo había sabido que yo era diferente del resto? ¿Por qué había prometido que todo iría bien cuando no tenía ni idea de hasta dónde me había hundido en el infierno de Ray? ¿Y qué había pasado en el baño?

Lo había besado. Eso fue lo que pasó. Y él me devolvió el beso. Oh, sí. Vaya si lo hizo. El pulso se me aceleró con el recuerdo. Y fue increíble, como una brisa fresca en la cara, o un chaparrón que limpiara el óxido que corroía mi alma.

Hacía mucho que no me sentía así.

El recuerdo de ese beso me recorrió el cuerpo con un hormigueo y me colocó de nuevo. Me mordí el labio para contener la sonrisa.

Mi primer instinto fue justificar el beso como un acto de rebeldía. Lo había besado en las mismísimas narices de Ray, prácticamente delante de todos sus matones. Había hecho lo que quería, cuando quería, desafiando el peligro y burlando la vigilancia de Ray.

Era una pequeña victoria para una mujer que no había tenido ninguna en mucho tiempo.

Pero el desafío no había sido la única motivación detrás del beso.

Algo primitivo había impulsado mi valentía.

No era un flechazo cursi ni ilusiones de niña.

Hacía tiempo que la vida me había quitado el romanticismo a golpes.

Esto había sido otra cosa, una necesidad profunda de conectar con alguien agradable para variar, la corazonada de que este tipo necesitaba ese beso tanto como yo.

Sí, tenía corazonadas y me habían sacado de apuros antes, por eso nunca las ignoraba. Esta había llegado como un pensamiento. Bésalo, me había dicho.

Lo había besado, con bastante descaro, y a fondo, tengo que añadir, dada su entusiasta colaboración. Y en ese beso había descubierto una satisfacción inmediata.

Decía mucho de mi vida que estuviera orgullosa de mí misma por atreverme a besar a un completo desconocido.

Y entonces llegó otra corazonada, una mala. Una imagen me cruzó la mente: el hermoso rostro de Apollo golpeado y sangrando. Su precioso cuerpo apaleado, hecho pedazos y echado a los perros.

Se me heló el estómago.

Le eché otra mirada furtiva al hombre sentado solo en el reservado. Él respondió con una sonrisa amable y plácida que no dejaba entrever el menor miedo, me derritió por dentro y me aterrorizó a partes iguales.

Aparté la mirada con el miedo martilleándome en el pecho. Admiraba la valentía en todas sus formas, pero Apollo no tenía ni idea del mal al que se enfrentaba.

—¿Qué coño estás haciendo?

Sobresaltada, vi a mi compañera Hannah plantada a mi lado, mirando fijamente la jarra que sostenía. Se desbordaba con espuma de cerveza.

—Oh, mierda. —Solté el grifo e hice una mueca—. Lo siento.

—Presta atención —gruñó Hannah—. O te descuento unos pavos del sueldo por derramar las ganancias.

No podía permitirme cobrar menos, así que me apresuré a secar la jarra y la coloqué con cuidado junto a las demás en la barra.

La mirada de Hannah se clavó en Apollo. Sacó la polvera del bolsillo y se retocó el pintalabios rojo neón antes de darme un codazo en las costillas.

—¿Puedes creer el descaro de esa escoria, que se presenta aquí a provocar a los chicos?

Me mordí la lengua y me tragué una réplica ácida. Cada palabra que Hannah pronunciaba me sacaba de quicio. Era tan ignorante y fanática como el resto de los perdedores que abarrotaban The Hangout.

Pero una palabra fuera de lugar y me delataría a Ray. Así que apreté los dientes, aunque estaba al límite de mi aguante. Me volvería loca si me quedaba en Egypt un segundo más.

No es que tuviera opción de irme.

Piensa en Robby. Piensa en las bendiciones que trae a tu vida.

Respiré hondo y me concentré en llenar la siguiente jarra. Segundo a segundo. Así era como había sobrevivido tanto tiempo. Y aun así, mi silencio forzado me hacía sentir sucia y cómplice.

Había caído tan bajo.

—¡Blue! —La voz de Ray retumbó a mi alrededor—. ¿Dónde coño está mi cerveza?

Dios, dame fuerzas.

Agarré un puñado de jarras entre los dedos y me dirigí a la mesa de Ray. Dejé un vaso delante de Ray primero. Aquí la jerarquía lo era todo.

Me lanzó su sonrisa mellada, esa mueca burlona que me restregaba por el suelo y proclamaba su control total sobre mí. Impulsada por la amenaza escrita en su rostro, seguí repartiendo las cervezas entre sus matones.

Hasta ahora, Ray había impedido que sus hombres me usaran como usaban a las otras groupies vestidas de cuero que poblaban el club y trabajaban en él mientras ayudaban a distribuir sus «productos». Era espantoso, pero a Ray le gustaba llamarlas sus «svastiputas».

Muchas de ellas andaban por aquí esta noche, peleándose por llamar la atención, dispuestas a cambiar sus cuerpos por droga.

Después de un año en esta pesadilla, no estaba segura de cuánto duraría la diferencia entre ellas y yo.

Cuando Ray se emborrachaba, perdía toda lógica.

En cuanto yo metiera la pata, me entregaría a sus matones.

Se me erizó la piel. No podía permitirme un desliz.

Los ojos de Boar brillaban con promesas viles cuando me acerqué. Como principal ejecutor de Ray, ese imbécil corpulento tenía privilegios que incluían acosarme. No paraba de alardear de que sería la primera en caer en sus manos.

Por encima de mi cadáver, cerdo.

Cuando me acerqué a entregarle la cerveza, me pellizcó el trasero con fuerza, lo bastante como para dejarme un moretón.

Apreté los dientes y mantuve el rostro inexpresivo.

Me negaba a darle a ese cruel hijo de puta la satisfacción de verme flaquear.

Y aunque mi vida fuera una mierda, me alejé de Boar con la espalda recta y la cabeza bien alta.

Al pasar junto a Ray, me agarró del brazo y me detuvo en seco. Su mirada iba y venía con regocijo entre Apollo, sentado en su reservado, y yo. No necesitaba un intérprete para saber que había encontrado otra forma de humillarme.

—Estoy pensando que Lola necesita un descanso —esbozó esa sonrisa siniestra que me provocaba náuseas constantes—. La yonqui no sabe bailar una mierda. ¿Qué tal si lucimos ese talento tuyo?

Se me encendió la cara y se me quedó la boca seca. Bailaba los viernes y sábados. No tenía elección. Pero hoy era miércoles, y la razón por la que Ray me quería en ese escenario no tenía nada que ver con mostrar mi talento.

Lo hacía para caldear a sus matones de cara al trabajo sucio de esa noche, para reafirmar su poder arbitrario sobre mí y para avergonzarme delante de Apollo, la única persona respetable que había cruzado la puerta del club en mucho tiempo.

No me avergonzaba de mis habilidades, mi formación ni mi cuerpo. Pero mi situación me mortificaba. Me enfurecía tener que hacer lo que Ray dijera. Me detestaba a mí misma por ello.

—No estoy en el programa de actuaciones esta noche —me esforcé por mantener la voz neutra—. Como el nuevo camarero salió pitando en cuanto hubo problemas, me necesitan en la barra.

—Yo digo cuándo y cómo te necesito —me aplastó la muñeca al agarrarme—. Y yo digo que te toca subir al escenario, ahora mismo.

Me mordí el interior de la mejilla hasta saborear la sangre. Parpadeé para contener una oleada de lágrimas patéticas y ahogué un sollozo en la garganta. Ray se alimentaba de mi dolor, se nutría de mi sufrimiento y aprovechaba cada oportunidad para herirme, degradarme y humillarme.

Pero no iba a permitir que Ray viera cómo me sentía. No iba a derrumbarme delante de esos hijos de puta enfermos. No mostraría ninguna debilidad.

Un año atrás había aprendido que, si Robby iba a vivir, yo tenía que sobrevivir en el infierno de Ray. Así que lo haría. Ya me habían traicionado y lo había perdido todo. Si Ray quería degradarme, no me quedaba más remedio que soportar mi destino.

¿Pero mi orgullo?

Eso lo conservaba, junto con mi dignidad, ocultos bajo capas de maquillaje y cuero áspero.

Me solté del agarre de Ray de un tirón, giré sobre mis talones y me dirigí hacia los bastidores.

¿Ray quería que bailara?

De acuerdo. Bailaría.

***

Apollo

Si ya me había costado mantenerme en mi asiento cuando Barba Trenzada le puso las manos encima a Blue, casi perdí la cabeza cuando Alpha Dog le agarró el brazo y le escupió alguna mierda a la cara. La violencia de su sonrisa me inyectó una furia que me abrasó las venas.

El brillo despiadado de su mirada delataba todo tipo de intenciones de mierda. Estaba provocando a Blue. Estaba seguro. La estaba obligando a hacer algo contra su voluntad.