Capítulo veinticinco
Marisol
Troy seguía dormido cuando me desperté temprano el sábado. Quizá tuviera algo que ver con los analgésicos que Apollo me trajo anoche mientras Troy estaba en la ducha. Había aceptado tomárselos a cambio de otra ronda de jueguecitos.
Mi amante sexy e insaciable había aguantado dos rondas enteras. Pero al final sucumbió a los efectos de la medicación y a mí.
Necesitaba descansar. Sus moretones se habían oscurecido durante la noche. Tenía peor aspecto, pero yo sabía que estaba mejor. Lo había despertado para comprobarle las constantes vitales cada hora en punto a lo largo de toda la noche. Sin signos de hemorragia interna, sin complicaciones.
Uf.
Ese cuerpo suyo tan tentador, asombroso y capaz de dar tanto placer era una maravilla de la ingeniería. Seguía funcionando como un reloj.
Tracé los contornos de su apuesto rostro. Mis dedos rozaron la sombra oscura de su barba y los ángulos marcados de su mandíbula. Recorrí las líneas de expresión y las cejas suaves que acentuaban la intensidad de su mirada. Esa persona deslumbrante, esa joya de ser humano, era mi marido.
Mío.
Parecía imposible y, sin embargo, era cierto. Por primera vez en mi vida me sentía afortunada de ser yo, y aún más afortunada de ser suya.
Pasé los dedos sobre las pequeñas líneas grabadas entre sus cejas, tratando de borrar los sufrimientos que las habían tallado allí.
Habría sido un niño tan encantador, de cabello negro azabache, ojos oscuros, brillante y vivaz, que regalaba su sonrisa característica incluso a quienes le habían hecho daño.
Tras superar su nacimiento prematuro, habría sido alto para su edad en cada etapa de su vida.
Tal como era, destacaba por encima del resto de la humanidad, y no solo en altura.
Fue la inmensidad de su corazón lo que me conquistó, su generosidad colosal, y la luz que su ser luminoso proyectaba sobre mi mundo lo que había capturado mi alma.
Sonreí para mis adentros. Desiree se reiría tanto si me oyera hablar así. Siempre decía que tenía un lado poético en mi mente científica. Los chicos del colegio se burlaban de mí por ello, pero mi hermana siempre había alentado cada faceta rara y caprichosa de mi personalidad.
Venga, Sol, tienes muchas cosas que hacer antes de que Troy se despierte.
Le besé la frente, me vestí y salí de puntillas del apartamento para bajar corriendo las escaleras. Para cuando reuní el valor de atravesar las puertas dobles del salón, el aroma del café recién hecho y el murmullo de conversaciones anunciaban que otros habían llegado antes que yo a la cocina.
Eché un vistazo a la sala de estar reconvertida en sala de juegos a mi izquierda, admiré el antiguo bar del Viejo Oeste que se alzaba contra la pared del fondo y me obligué a entrar en la gran cocina.
Max ya estaba allí, prendiendo los fogones. Las llamas se reflejaban en su parche y teñían su mandíbula erizada de una ferocidad rojiza. Lexi estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la encimera, aferrando una taza de té entre las manos, con los ojos entrecerrados de sueño.
Parecía una diosa esbelta y exótica cuya escultura hubiera sido moldeada en cobre. Bueno, salvo porque su pelo se erizaba en todas direcciones y llevaba un pijama rosa estampado con ovejas blancas y esponjosas.
Kass estaba sentado a la mesa, leyendo algo en su tableta. Hizo todo un teatro de fingir que no me veía. Vestido con ropa de correr, Jax estaba al otro lado de la cocina, trasteando con la elegante cafetera exprés. Sirvió una taza para Emme, que lucía una camiseta y unos leggings estampados.
Se le abrieron los ojos como platos cuando levantó la vista del monitor de bebé y me vio allí de pie, cambiando el peso de un pie a otro.
—Oh, hola, Marisol —logró esbozar una sonrisa—. Buenos días.
—Buenos días —junté las manos hasta que me dolieron los dedos. Me sentía como un pez fuera del agua.
—Las mañanas deberían eliminarse del horario —Lexi dio un sorbo lánguido a su taza, cerró los ojos y gimió—. Los madrugadores deberían ser devorados en el brunch. Lo que básicamente incluye a todos los tíos de esta familia de locos. Yo no firmé para horarios de marines.
Emme me lanzó una sonrisa de disculpa.
—Desde luego, no es nada mañanera.
Max me miró con recelo.
—¿Qué haces aquí abajo?
—Pensé que a lo mejor podía ayudar con el desayuno.
—Max no deja entrar a nadie en su cocina —Lexi estiró los largos brazos y bostezó—. A nadie excepto a Emme, y solo a veces. Mi marine puede ser muy gruñón. Mejor mantente alejada.
—Esperaba poder cocinar algo —miré a Max—. Ya sabes, algo especial para Troy, pero también para todos.
—No, gracias —Max dejó caer dos cartones de huevos sobre la encimera—. No necesitamos ayuda.
Desde su sitio en la mesa, Kass gruñó en señal de acuerdo. Se me encogió un poco el estómago, pero no iba a dejarme intimidar, ni siquiera por un grupo de exoperadores de fuerzas especiales curtidos que no tenían ni idea de que yo también estaba hecha de pasta dura.
Lexi fulminó a su marido con la mirada.
—¿Puedes darle un respiro, por favor?
Antes de que Max pudiera responder, la puerta trasera se abrió de golpe y Apollo entró corriendo, seguido de cerca por Trev. Los dos resoplaban y jadeaban.
—Hola —Apollo se detuvo en seco al verme.
—¡Eh! —Trev entró rodando a buen ritmo y casi atropella a Apollo—. Eres un peligro para el tráfico. Si vas a pararte de repente, pégate unas luces de freno en el culo —maniobró la silla de ruedas rodeando a Apollo y se detuvo al verme—. ¿Troy está bien?
—Troy está bien —dije—. Todavía duerme.
El silencio se espesó en la habitación, puntuado por el crujido constante de Max al romper los huevos. Parecía haberse convertido en una máquina de cascar huevos. Me sentía tan frágil como esas cáscaras. Pero era fuerte, y por Troy podía soportar algo mucho peor que un silencio incómodo.
—Lo siento —dije, recorriendo con la mirada un rostro tras otro—. La cagué. Todos habéis sido muy amables conmigo. Os agradezco todo lo que hicisteis para ayudarme, incluida la foto de la boda y todo lo demás.
—Así que la viste —dijo Emme—. Ya lo sabes.
—Lo sé —hice una pausa—. No debería haber dejado el rancho de esa manera. En aquel momento pensé que estaba haciendo lo correcto. Nunca fue mi intención poneros en peligro a ninguno, y mucho menos a Troy.
Apreté los labios y me enfrenté a todo tipo de reacciones: incredulidad astuta, escepticismo, compasión. Muéstrate orgullosa, Méndez, solía bromear Desiree, porque yo evitaba mis problemas con la gente cerrándome en banda y yendo hacia la puerta con la espalda recta como una vara.
Pero por Troy, me obligué a ir mucho más allá de mi zona de confort. Por él, podía ser humilde, aguantar el chaparrón y asumir las consecuencias. Sus hermanos eran la columna vertebral de su vida. Su familia era su verdadero tesoro.
Tenía que abordar esto ahora.
—Sé que soy difícil de descifrar y aún más difícil de entender —continué—. Tuve razones para hacer lo que hice, pero saber que mis acciones hirieron a Troy me está matando. Os lo juro, si sobrevivo a lo de Rivera, pienso compensárselo. Una última cosa.
Cerré los puños y alcé la barbilla.
—Quiero a Troy. Pensé que debíais saberlo.
Me di la vuelta y me dirigí a la puerta, aspirando grandes bocanadas de aire.
No esperaba perdón instantáneo ni un momento de armonía grupal.
Las acciones eran la única prueba de la verdad.
Además, los presentes no tenían ni idea de lo difícil que era esto para mí, de cuánto me costaba exponerme así.
Y sin embargo, lo había hecho.
Desiree habría estado orgullosa de mí.
—¿Qué tipo de desayuno tenías en mente? —la voz de Max me detuvo en el umbral.
Me di la vuelta y me encontré con su único ojo.
—¿Perdón?
—Dijiste que querías cocinarnos el desayuno —dijo—. ¿Qué tenías en mente?
—¿Burritos de desayuno? —contuve la esperanza que me revoloteaba en el estómago—. Hago una cazuela que quita el sentido.
—Eso ya lo juzgaré yo —Max me indicó que me acercara con un gesto de cabeza—. Méndez, vuelve aquí. Veamos qué sabes hacer. Emme, si quieres ayudar, adelante. El resto, fuera de la cocina.
—¿Y yo qué? —protestó Lexi mientras bajaba de un salto del mostrador.
—Eres el amor de mi vida —Max le dio una palmada juguetona en el trasero a Lexi—. Pero también eres un desastre con patas en la cocina y un peligro para ti misma. Me gustan todos tus dedos intactos y Marisol necesita espacio.
Lexi se rio y todos los demás la imitaron. La tensión se disipó.
Y así, sin más, me encontré cocinando para un pequeño ejército.
***
Troy
Marisol no estaba en mi cama cuando me desperté. La ansiedad me golpeó el pecho y me aceleró el pulso. Agucé el oído buscando señales de vida en el baño.
Nada.
Me levanté y me moví más despacio de lo habitual. Tío, me estaba haciendo viejo. Las articulaciones me chirriaban, los músculos me dolían y los puntos del costado protestaban con cada paso, pero llegué al baño.
Y seguía sin haber rastro de Marisol.
Cogí una dosis doble de analgésicos del botiquín, me los metí en la boca y me los tragué con un buen trago de agua del grifo. Me lavé, pero dejé el afeitado para más tarde. Después de ponerme una camiseta, revisé el estudio, la cocina y el salón.
Ni rastro de Marisol.
¿Dónde demonios estaba?
De pie en el vestíbulo vacío, repasé mis recuerdos. Había creído las cosas increíbles que me había dicho anoche: que me quería, que se sentía honrada de ser mi esposa.
¡Honrada!
Para un tipo que nunca había querido casarse, estaba bastante satisfecho conmigo mismo.
Pero entonces me asaltó una idea horrorosa, como un mazazo en el pecho. Quizás todo había sido un sueño, una ilusión provocada por la conmoción cerebral, o tal vez incluso una serie de alucinaciones vívidas. Peor aún, quizás me había mentido.
¿Estaba huyendo otra vez?