Capítulo veinticinco #2
El estómago se me revolvió con un presentimiento muy malo.
Salí y bajé las escaleras a toda prisa. Los pies descalzos fueron ganando velocidad mientras descendía los escalones.
Para cuando irrumpí en la cocina, el corazón me tamboreaba en las sienes y estaba listo para aplastar al primer idiota que se cruzara en mi camino.
Vi a Kass sentado a la mesa, tomando su café y leyendo la tableta. Como levantara una ceja de «te lo dije» en mi dirección, iba a aplastarlo como a una tortita.
—Para ser un piloto machacado, te mueves rápido esta mañana —observó Kass, señalando los fogones con la barbilla—. Déjame adivinar. ¿Buscas a alguien?
Seguí su mirada hacia el pequeño grupo reunido detrás del mostrador. Y ahí estaba, el objeto de mi ansiedad, el centro de todas mis esperanzas, de pie entre Emme y Max, espolvoreando queso sobre una bandeja humeante que burbujeaba y desprendía un aroma delicioso.
Tuve que mirar dos veces.
La dichosa escena doméstica parecía sacada de un cuadro de Norman Rockwell. Jax le servía leche a Joram, Trev hacía botar a Maya en su regazo y Apollo y Lexi ponían la mesa. Me rasqué la barba.
¿Seguía soñando?
La animosidad que había presenciado anoche había desaparecido. En su lugar reinaba un ambiente mucho más distendido que giraba en torno a Marisol, que cocinaba en la exclusiva cocina de Max, nada menos.
Levantó la vista y me deslumbró con una sonrisa. Una oleada de alivio me recorrió. Los analgésicos debían de haber hecho efecto, porque el dolor que me lastraba se esfumó.
Marisol estaba aquí. A salvo. Conmigo. Lo de anoche no había sido un sueño. Ni una alucinación.
Era mía.
Nunca había tenido a nadie a quien llamar mío.
Hasta ahora.
Vale. De acuerdo. Los pulmones me exigieron oxígeno fresco con urgencia. Me obligué a respirar.
—¿Hambriento? —preguntó Marisol.
—Muerto de hambre —bajé la barbilla y la miré fijamente hasta que se sonrojó, dejándole claro qué tipo de manjar ansiaba exactamente.
—Entonces siéntate de una puñetera vez y comamos —los ojos verdes de Jax brillaron divertidos—. Y que esta comida sea apta para todos los públicos, ¿vale?
—Apoyo esa moción —Max llevó la gran bandeja de delicias y la colocó sobre la mesa—. Incluso los recién casados accidentados y accidentales tienen que salir a tomar aire y reponerse de vez en cuando.
Tuve que reírme. «Accidentados», «accidentales» y «recién casados»: todo era correcto.
Mi estómago rugió como si hubiera tragado una pantera enfurecida.
Así que nos lanzamos a devorar la comida que Marisol y compañía habían preparado para nosotros, entre risas y bromas, mientras Emme elogiaba las mimosas, Lexi se quejaba de tener que conformarse con zumo de naranja natural, y una sonriente Marisol me cogía la mano bajo la mesa.
El mundo era un lugar de mierda ahí fuera, lleno de peligros y capullos de los que tenía que ocuparme. Pero aquí dentro, esta mañana, justo en este momento...
Mi mundo era perfecto.
El rugido de un helicóptero que pasaba zumbando me hizo fruncir el ceño.
—¿Eso es un...?
—Sip —Kass sonrió con sorna sin dejar de masticar—. Ese estruendo lo produce, y cito textualmente, «un millón de piezas volando en formación cerrada, intentando someter al aire a golpes».
—¿Me habéis conseguido un helicóptero nuevo?
—No —Kass se tragó un bocado con un sorbo de café—. Te he alquilado un viejo y humilde Black Hawk. No tiene todos los extras, pero servirá hasta que lo resuelvas con la compañía de seguros y te encuentres un juguete nuevo.
Miré a Kass con incredulidad.
—Es lo más bonito que has hecho por mí.
—Eh, eh, no te hagas ilusiones, piloto de hojalata —Kass apuñaló su burrito como si tuviera que matarlo para comérselo—. No lo hice por ti. Lo hice por nosotros.
—¿Ah, sí? —dije entre bocados—. ¿Cómo es eso?
—Soy un puto infante de toda la vida —dijo Kass—, pero he aprendido a disfrutar de la comodidad de tu Uber aéreo. Con toda la mierda que se nos viene encima, no podemos permitirnos quedarnos en tierra. Quiero tener opciones de transporte.
—Vaya, Delta Farsa, sí que sabes expresar afecto —le di una palmada en la espalda entre las risitas de los demás—. Yo también te quiero, hermano. ¿Un Black Hawk, eh?
—No te emociones demasiado —murmuró con la boca llena—. Es un cacharro oxidado recién salido del excedente del ejército, pero me dicen que cumplirá su función. Es lo mejor que pude conseguir con tan poco margen. Tuvimos suerte de que estés cualificado para pilotarlo.
—Es un helicóptero versátil —dije—. Y para que lo sepas, me partí el culo para sacarme la licencia de varios tipos de helicópteros.
—Si Troy va a pilotar esa cosa, llamémosla por su verdadero nombre —Jax esbozó una sonrisa burlona—. Ya no es un Black Hawk. Ahora es oficialmente un Crash Hawk.
—Muy gracioso —dije entre carcajadas.
El brunch continuó conmigo como blanco de las burlas de mis hermanos. No me importaba. Estaba eufórico: por Marisol, por haber sobrevivido, por la esperanza. Y también por los analgésicos sin receta.
También estaba decidido a resolver nuestros problemas.
Después de comer hasta hartarme y descubrir que mi estómago corría serio peligro de reventar con la cocina de Sol, era hora de ponerse a trabajar. Jax llevó a los niños a casa de la niñera de al lado, y cuando regresó, nos trasladamos al salón con una nueva ronda de cafés.
Me acomodé en el sofá. Marisol se sentó a mi lado, con la espalda muy recta, el cuerpo tenso como una cuerda de violín. Notaba cómo la ansiedad crecía en ella.
La abracé contra mi costado y le susurré al oído.
—Relájate. ¿Vale?
—Lo intento —encogió las piernas, se abrazó las rodillas y se acurrucó aún más contra mí—. Pero de verdad que necesito desinfectar algo o a alguien.
—Fiesta de lejía más tarde, con guantes, y solo si no podemos compensar la compulsión a mi manera —arqueé las cejas y le dediqué una sonrisa sugerente.
Funcionó. Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.
Algún día, iba a borrar el miedo de su vida e íbamos a tener un nuevo comienzo.
No podía esperar.
Dejé la taza sobre la mesita auxiliar y puse a todos al día con un resumen de nuestra reunión con Rivera del día anterior. Marisol escuchó atentamente, con los ojos clavados en mi cara, igual que todos los demás.
Frente a nosotros, Kass y Apollo estaban sentados en el sofá y Trev había aparcado su silla de ruedas junto a la chimenea.
Jax y Emme compartían el horrible sillón reclinable de terciopelo de Jax.
Max estaba sentado de lado en el mismo sofá que nosotros, con Lexi recostada entre sus piernas; los dedos torcidos y cicatrizados de él trazaban círculos lentos sobre la creciente barriga de ella.
Ya era bastante difícil creer que Jax fuera marido y padre, y que Max fuera a ser padre. Y ahora yo estaba casado. Yo. Era increíble. Asombroso. Extraordinario. Suficiente para darme esperanza en el futuro de todos nosotros.
—Esa era la situación hasta ayer —terminé mi breve resumen—. Novedades. ¿Quién quiere empezar?
Trev sacó su omnipresente tableta y se hizo cargo del informe.
—Orlov y sus mercenarios iban bien equipados para el ataque. Nuestra investigación no encontró ninguna pista sobre quién contrató a Orlov. Pero hubo noticias interesantes. La policía encontró un recibo de un trastero en Virginia Beach en la cartera de Orlov. Conseguimos una copia.
—¿Y bien? —pregunté.
—El recibo era del mes pasado —dijo Trev—. Estoy pensando en hacer un viaje rápido para echar un vistazo a ese trastero. Conociendo al tipo, el lugar estará limpio como una patena. Pero quizá encuentre algo útil para identificar a Zero Tango.
—Me parece bien —dijo Troy.
Trev era un fichaje increíble para el equipo.
—Excelente trabajo, Trev. Max, ¿quieres tomar el relevo?
—Claro.
Max tenía varias novedades que comunicar.
Esa misma mañana, temprano, Rivera había recibido una llamada de su presidente acusándolo de malversación.
Millones de dólares de impuestos que el presidente y los ministros de un régimen corrupto pensaban repartirse habían sido desviados a una cuenta bancaria secreta en Panamá a nombre de Rivera.
Todo eso lo había hecho Max, el maldito genio.
Lo gracioso era que Max no había tenido que crear una cuenta falsa. Rivera ya tenía varias entre las que elegir. Lo único que tuvo que hacer Max fue sacar el dinero de una cuenta, meterlo en la otra y luego alertar a los compinches de Rivera sobre la transferencia, por la vía indirecta.
En cualquier momento iban a despedir a Rivera. Cuando eso sucediera, perdería de inmediato sus privilegios diplomáticos. Habíamos duplicado el equipo de vigilancia. Me moría de ganas de actuar.
—Ah, y para que lo sepas —añadió Max como si se le acabara de ocurrir—. ¿Tu McLaren? Ya está en tu garaje. ¿Y ese imbécil de Matthews del ICE? Detenido y procesado por aceptar sobornos y abuso de autoridad.
—Ya era hora —dije, por las dos cosas.
Todas las miradas de la habitación se volvieron hacia Marisol. Ella se encogió en el sofá y entrelazó las manos hasta que los dedos se le pusieron blancos.
—Es hora, Sol —le di un pequeño apretón en el hombro—. Necesitamos saber. ¿Dónde está Lulu? ¿Adónde ibas cuando te fuiste del rancho? ¿Y qué pensabas hacer?
Se mordió el labio con tanta fuerza que temí que fuera a hacerse sangre. Sus ojos color caramelo se abrieron de par en par.
—Me temo que voy a decepcionarte.
Le acaricié la nuca.
—Eso no va a pasar. Saldremos de esta, sea lo que sea. Puedes confiarle tu vida a todas las personas de esta habitación. Yo lo hago. Y también puedes confiar en mí.
Respiró hondo, me miró a los ojos y me dejó sin aliento con sus palabras.
—Ya lo hago.
***
Marisol
Los recuerdos me inundaron, desatando una oleada de emoción que me cerró la garganta. Las palabras se negaban a salir. Se me humedecieron los ojos y se me revolvió el estómago al recordar la primera vez que vi a Lulu después de la muerte de Desiree.