Capítulo dieciséis
Troy
Estaba viviendo el mejor Día de Acción de Gracias de mi vida. Sentado a la mesa, rodeado de mis hermanos, Marisol, Lexi, Emme y los niños, no podía dejar de sonreír como un lobo con el estómago lleno, aunque mis hermanos se estuvieran divirtiendo a mi costa.
—Escuchad esta —Jax me lanzó una mirada burlona—. Un niño se acerca a su madre y le dice: «Mami, cuando sea mayor, quiero ser piloto de helicópteros». Su madre lo mira con lástima y le dice: «Lo siento, cariño, puedes crecer o ser piloto. Pero las dos cosas no».
Todos estallaron en carcajadas, yo incluido.
—En serio —continuó Jax—, si Dios hubiera querido que Troy volara, le habría dado huesos huecos y no una cabeza hueca.
—¡Eh! —protesté, pero todos se lo estaban pasando en grande. Sol se reía y Jax estaba en racha.
—Joram —dijo—. ¿Cuál es la diferencia entre un pato y el tío Troy?
Joram se rascó la cabeza.
—No lo sé.
—Un pato puede volar —dijo Jax, y todos se rieron aún más.
—Aquí va una nueva, dedicada a los gorilas adultos de esta mesa —contraataqué—. Si los idiotas pudieran volar, esto sería un aeropuerto ahora mismo.
Las bromas continuaron mientras nos dábamos un festín con el magnífico banquete que Max había organizado. Tener a Marisol en esa ecuación, sentada a mi lado, llevó mis emociones a otro nivel.
Después de una tarde de pasión intensa, Marisol parecía tan saciada como yo me sentía. No era mi imaginación. Un nuevo brillo iluminaba sus ojos color caramelo. Cada vez que me miraba, me bañaba en su resplandor.
Por fin había tenido mi segunda oportunidad.
Y vaya oportunidad.
Nuestros cuerpos encajaban a la perfección. El placer que encontraba en ella era alucinante. Me dolían las mejillas de tanto sonreír. ¿Cuándo había sido la última vez que eso me había pasado?
No lo recordaba.
Marisol me ofreció un cuenco humeante.
—¿Quieres más puré de patatas?
—Y tanto —acepté el cuenco con un guiño para que entendiera que el puré estaba bueno, pero lo que de verdad ansiaba era más de ella.
La pequeña sonrisa torcida que asomó a sus labios me calentó de pies a cabeza.
Me serví el puré mientras fragmentos de nuestra tarde juntos pasaban por mi mente.
Sol dejando escapar gemidos sensuales. Sol alcanzando el clímax.
Sol inclinada sobre mi regazo, su boca deliciosa llevándome al paraíso...
—Pásame el maldito puré de patatas y deja de hacer eso —Max me arrebató el cuenco de las manos—. Conducta impropia.
Me eché hacia atrás y lo miré fijamente.
—¿Qué es impropio?
—Babear —Max agarró la servilleta de su regazo y la presionó contra mis labios, fingiendo limpiarme la boca.
Le aparté la mano de un manotazo, provocando las risas de toda la mesa.
—No estoy... —me encontré con la mirada divertida de Marisol, hice una pausa y negué con la cabeza mirando a Max—. Maldita sea, esponja de balas, tienes razón. Estoy babeando —levanté la servilleta y me limpié los labios con exageración—. Lo siento, gente. Culpa mía.
Más risas llenaron la habitación. El rubor tiñó las mejillas de Marisol. Jax le hizo un gran favor al elegir ese momento para ponerse de pie, desviando la atención de ella.
—Por Leo —levantó la copa de vino y miró hacia la silla vacía en la cabecera de la mesa—. Que siempre recordemos la llama que nos forjó.
El chirrido de las sillas de madera contra el suelo llenó la cocina. Todos los presentes se pusieron de pie y alzaron sus copas.
—Por Leo —brindó Kass—. Que nunca lo olvidemos.
Max esbozó su sonrisa torcida.
—Que esté armando jaleo en el Valhalla.
—Que viva en nuestros corazones para siempre —añadió Apollo.
—Por nuestro hermano mayor Leo, que nos unió —me aclaré la garganta para continuar—. Por él damos gracias hoy y todos los días.
No quedó un ojo seco, pero cuando completamos nuestra tradición de Acción de Gracias y volvimos a sentarnos, también había muchas sonrisas entre lágrimas.
Marisol buscó mi mano bajo la mesa y me apretó los dedos con timidez. Me sorprendió. Aquel contacto me atravesó y, de algún modo, calmó la parte inconsolable de mi ser.
El simple gesto de Marisol me enseñó algo nuevo. Ahora entendía, de verdad entendía, lo que significaban el tierno beso que Emme depositó en la mejilla de Jax y el largo abrazo que Lexi le dio a Max. Apoyo. Presencia. Un sustento que perduraba más allá de la lujuria y la diversión.
Sentado a la mesa de Acción de Gracias, aferrado a la mano de Marisol, por fin entendí por qué Jax y Max habían enfrentado sus demonios, cambiado sus vidas y arriesgado todo por estar con las mujeres que amaban.
La conexión que mis hermanos compartían con ellas era un salvavidas en medio de mares tormentosos.
La calidez se concentró en el centro de mi pecho. Miré a Marisol. Ella podía ser todo eso para mí, y yo para ella.
Quizás Tee tenía razón, después de todo.
Y de repente, quería, no, necesitaba lo que Jax y Max tenían... para mí.
***
Marisol
Me senté en una silla de jardín entre Lexi y Emme, envuelta en mi plumífero de BB, contemplando las llamas de la hoguera. Las chispas se elevaban y se perdían en la oscura inmensidad de la noche. Mi corazón siguió a esas brasas parpadeantes en su camino hacia las estrellas.
Mi tarde con Troy había demostrado que las intensas emociones que me llevaron a elegirlo como mi primero no eran un capricho pasajero. El placer que había experimentado en sus brazos se había repetido tantas veces que perdí la cuenta.
También era adictivo.
Ya ansiaba más de él. Después de nuestra intensa tarde en la cama y un Día de Acción de Gracias inolvidable, el día de hoy había sido tan perfecto que quería creer que Troy y yo teníamos un futuro juntos.
Pero con lo que tenía que hacer, era un sueño imposible. Cuando pensaba en ello, me entraban ganas de llorar.
Después de la cena, todos nos habíamos trasladado a la hoguera que había detrás de la casa principal. Apareció un grupo de hombres y mujeres fornidos, guerreros curtidos reconvertidos en peones de rancho que venían a retar a los Battleson a un partido de fútbol americano.
Al parecer, esto pasaba a menudo en Res y en el rancho. En poco tiempo, un montón de focos portátiles iluminaron el prado contiguo, junto con las porterías en ambos extremos que confirmaban que los partidos de fútbol americano eran toda una tradición por aquí.
A esas alturas, la mayoría se había ido hacia la banda del campo, pero Emme y yo nos quedamos junto a la hoguera, disfrutando de su calor mientras observábamos a Lexi aplicarse con cuidado esmalte de uñas de los distintos frasquitos alineados en el brazo de su silla Adirondack.
—¿Qué os parece? —Lexi levantó la mano—. ¿Os gustan estos colores, chicas?
—Ya te he dicho lo que pienso —Emme echó un tronco nuevo a la hoguera y se volvió hacia mí—. Lexi va a sacar una colección de esmaltes de uñas para su línea de maquillaje Lexilicious. Todas estamos muy orgullosas de ella.
Emme le sonrió a Lexi con cariño, y esta le devolvió el gesto. La corriente de afecto que compartían me permitió vislumbrar una vez más la amistad que las unía. Puede que no fueran hermanas de sangre, pero lo eran del corazón. Como Desiree y yo lo habíamos sido.
Dios, cómo echaba de menos a mi hermana.
—Lo siento, estoy un poco obsesionada ahora mismo —Lexi agitó sus dedos llenos de anillos delante de mi cara—. Emme ya ha dado su opinión. ¿Tú qué piensas?
—¿Quieres mi opinión sincera?
—La honestidad es la regla número uno por aquí —dijo Lexi—. Adelante.
—El rojo sexy es perfecto. Transmite seguridad. Me encanta el azul helado, el rosa perla y el rosa intenso. El verde me recuerda a los mocos. O a hongos. Nada atractivo. Necesitas otro verde.
—¿Ves? —se rio Emme—. ¡Te lo dije!
—El verde mocoso queda descartado —decidió Lexi en el acto, metiendo el pincel en el frasquito de golpe.
—Nos has salvado —Emme me levantó el pulgar—. Ese verde era horrible.
No pude evitar reírme al ver su expresión de alivio.
Lexi guardó los esmaltes y miró el partido de fútbol americano con anhelo.
—Tengo unas ganas enormes de jugar.
—No con las uñas todavía húmedas, boba, ni estando embarazada —Emme cogió una nube y me lanzó la bolsa—. A Max le daría algo.
—¿Y tú, Emme? —saqué una nube bien grande de la bolsa—. ¿Juegas?
—¡Ja! —resopló Lexi, indicándome con un gesto que le pasara la bolsa—. No se lo permiten.
—¿No se lo permiten? —le pasé la bolsa a Lexi y miré a Emme frunciendo el ceño, incrédula—. No me pareces de las que hacen lo que les dicen.
—En eso tienes toda la razón, hermana —Emme sonrió y asintió con total seguridad.
Lexi ensartó una nube en un palo afilado, moviendo los dedos con cuidado para no estropearse las uñas recién pintadas.
—Emme no puede jugar porque, cuando lo hace, el equipo en el que esté siempre gana.
Miré a Emme con admiración.
—¿Eres tan buena?
—Soy malísima —confesó Emme, conteniendo la risa.
¿Qué me estaba perdiendo?
—Si eres tan mala —dije, mirando a una y a otra—, ¿cómo es que tu equipo siempre gana?
—Porque si alguien toca a Emme, y no digamos si intenta placarla, se las tiene que ver con Jax —Lexi mantuvo la cara seria—.
Recibir un golpe de Jax es una experiencia inolvidable.
Si sobrevives, claro. Así que la gente suele evitarlo, y Emme siempre marca, lo que convierte el partido en algo muy desigual.
No pude evitar reírme mientras me imaginaba al corpulento, musculoso e intimidante Jax sembrando el caos en el campo.
—¿Es tan protector contigo?
—Lo lleva en el ADN —Emme me dedicó una sonrisa irónica—. Pero eso no es exclusivo de Jax por aquí. Max es igual. De hecho, todos los Battleson son increíblemente sobreprotectores. Siempre he dicho que Battle Brothers, Inc. debería llamarse Héroes Alfa, Inc.
Todas nos reímos, pero yo las entendía perfectamente. Troy había sido muy protector conmigo, incluso cuando nos enfrentamos a francotiradores, pandilleros y balas. Era completamente autosuficiente, pero no iba a negarlo: me gustaba sentirme protegida y valorada.
Un gruñido resonó desde el campo, seguido de una retahíla de palabrotas. Emme se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa de disculpa.