Capítulo Quince #3
Fui mordisqueando desde el hueco de su cuello hasta el centro de su pecho.
Me desvié para lamer uno de sus pezones, luego el otro, deslizando la lengua sobre el satén plano de sus areolas, saboreando sus intensos matices.
Sal, ozono y especias masculinas despertaron mi lengua y me hicieron salivar por más. El anhelo me hizo caer de rodillas.
Alcé las manos para bajarle los pantalones.
—Después —me levantó y me depositó en la cama—. Tengo que estar dentro de ti.
Sin apartar los ojos de mi rostro, me quitó los zapatos, bajó la cremallera de los vaqueros y los deslizó por mis piernas, lentamente, con cuidado, como si disfrutara del acto de desenvolver un regalo.
Me llevó el pie a la boca y me besó los dedos. Se curvaron, vibrantes por la sensación de sus labios. La vibración subió por las piernas, jugueteó con las rodillas y convergió en mi sexo. Mi coño palpitó como si quisiera devolverle el beso.
Rozó con los labios la pantorrilla, hizo cosquillas con su aliento en el punto sensible detrás de la rodilla y fue besando a lo largo del muslo interno.
Siseé cuando cubrió mi coño con la mano a través de la seda púrpura y trazó círculos con el pulgar sobre el clítoris.
Temblores de deleite me sacudieron cuando presionó la palma sobre las bragas húmedas.
Frotó el encaje empapado sobre mis labios.
La fricción divina llenó mi sexo de una urgencia frenética. No podía quedarme quieta.
Me empujé contra su mano, gimiendo por él.
Apartó el delicado encaje a un lado, bajó el rostro entre mis piernas y besó mi coño.
Su barbilla rozó mis labios erizados y su lengua se hundió entre mis pliegues hinchados.
Cerré los ojos y vi las chispas que se disparaban a través de mi cuerpo, una corriente brillante de placer que irradiaba desde su boca y se extendía por mí con cada pasada de su lengua.
Dejé escapar un gemido largo y ronco. —Oh, Dios mío, Troy.
Sus ojos brillaron y las comisuras de la boca se curvaron hacia arriba, pero no habló. En cambio, lenta y deliberadamente pasó la lengua alrededor de mi clítoris, una, dos, tres veces, antes de apretar ese pequeño nudo de nervios.
Jadeé y me arqueé en la cama, suplicando por más, o quizás por menos, no estaba segura. Pasé las manos por su cabello completamente liso y me deleité en la sensación de sus mechones gruesos y sedosos que se deslizaban entre mis dedos.
Presionó contra mí y su cara se hundió en mis pliegues, profundizando el bendito alcance de su lengua. Me succionó hasta que la vista se me nubló y mis gemidos llenaron la cabaña.
—Aquí estás a salvo —deslizó un dedo en mí y bombeó suavemente en mis profundidades, satisfaciendo mis paredes ansiosas, tentando el resto de mi ser—. Puedes dejarte llevar, Sol.
Sol.
El placer se disparó en mí. Deseaba tanto ser el centro de su galaxia.
Cuando su boca regresó a mi sexo, se solidificó la fuerza que se apoderaba de mi vientre. Giró la muñeca, curvó el dedo y rozó con la yema un punto dentro de mí que nadie había tocado antes. Mi coño se contrajo. Frotó de nuevo, una pasada experta que rompió el nudo y desencadenó un golpe de placer.
El orgasmo salió disparado de mí. También me disparó fuera de mí misma. Me empujó a un nuevo nivel de placer y me convirtió en una criatura salvaje que gemía y se retorcía de dicha. Me corrí con fuerza contra su boca, derretida por el calor de sus labios, rendida a él.
Cuando el placer finalmente cedió, me desplomé en la cama, jadeante, lamentando ya la necesidad de alejarme de él. Probablemente era la última vez en mi vida que disfrutaría de la dicha que recorría mi cuerpo en deliciosas réplicas.
Dios, ¿por qué tuve que encontrarlo ahora, cuando no puedo quedarme ni llevármelo conmigo?
El zumbido de una cremallera atravesó el arrepentimiento que martilleaba en mis oídos. Troy subió al colchón y se arrodilló entre mis piernas, sin dejar de observarme, siempre pendiente de mí.
—Han pasado mucho más de dos minutos —desenrolló un condón sobre su hermosa erección, los ojos oscuros encendidos de necesidad—. ¿Qué dices, Sol? ¿Despegamos y seguimos adelante?
No era una pregunta justa, no ahora que mi fuerza de voluntad estaba aniquilada y el resplandor de mi liberación lo bañaba en un brillo dorado.
La esperanza irradiaba de la postura firme de sus hombros.
La fe emanaba de sus ojos, tan honestos como su necesidad.
Los sueños que había suprimido durante tanto tiempo barrieron mi escepticismo y erosionaron mis defensas.
Era impactante, pero mi vientre se contrajo con la necesidad biológica de tener hijos suyos.
—Troy... —me acerqué a él, lo atraje hacia mí y lo besé como nunca había besado a nadie—. No puedo hacerte promesas que quizás no pueda cumplir.
—No quiero promesas —me sostuvo con su mirada mágica mientras trazaba los contornos de mi rostro—. Te quiero a ti. Hoy. ¿Puedes entregarte a mí?
—Sí —ya estaba hecho.
Me regaló esa sonrisa honesta que me desarmaba por completo. —Estoy contigo, Sol. Estoy tan jodidamente metido en esto que no puedo ni ver con claridad.
—Puedo ayudar con eso. —Le rodeé la cintura con las piernas y me froté contra su sexo enfundado—. Entra. Por favor.
Y lo hizo, echando por tierra mi suposición de que aquel había sido mi último orgasmo, y demostrando que lo que pasaba cuando estábamos juntos no era ninguna casualidad.