Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Quince #2
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Capítulo Quince #2

—A mí, no, en realidad no me gustan los mapas, quiero decir, sí me gustan, pero no me gusta este mapa.

Dios mío. Acababa de mentirle a un niño, por el amor de Dios. ¡A un maldito niño!

—No tengas miedo.

El niño cruzó la habitación y me miró con un par de ojos marrones sin fondo.

—Cuando vengas a vivir aquí, ya no tendrás que tener miedo. Yayax, mami y mis tíos nos cuidan. Estás a salvo aquí.

El niño arrancó la máscara que llevaba sobre mi corazón. La ruptura dolió profundamente en mi pecho como un caso grave de neumonía. Joram tenía razón. Tenía miedo, y siempre tendría miedo mientras Alfonso Rivera respirara.

Observé al pequeño y serio niño ante mí, la expresión sincera en su rostro, el alma vieja que me miraba a través de las ventanas de sus ojos.

Recordé lo que Troy me había contado durante una de nuestras largas charlas en Le Chalet.

Jax y Emme habían adoptado a Joram y Maya después de que sus padres fueran asesinados durante el bombardeo de Alepo.

Los niños habían estado en un campo de refugiados durante varios meses.

¿Este niño pequeño precoz? Recordaba el miedo. Y lo reconocía. En mí.

Mis rodillas cedieron. Me dejé caer en el sofá. La confianza, la fe y la compasión que irradiaban de Joram me golpearon de lleno. Ojalá tuviera su confianza en la raza humana.

Pero yo no.

Las muertes de mis padres y el asesinato de Desiree me lo habían arrebatado. Cuidaba de mí misma, y si necesitaba que algo se hiciera, lo hacía yo. Un vacío pesado se asentó en la boca de mi estómago. Me froté la cara, desesperada.

—No estés triste —el dulce Joram me rodeó el hombro con su delgado brazo—. Ya no tienes que tener miedo. El tío Troy será bueno contigo. Solo tienes que quererlo.

¿Querer a Troy?

El corazón se me expandió hasta llenarme el pecho entero.

Ojalá pudiera.

Y entonces… ¿Era siquiera capaz de amar?

Abracé al niño contra mí, disfrutando de su inocencia y su esperanza. Era un pequeño frasco de sabiduría. Me hacía cuestionar mis planes, por no hablar de mis decisiones. Me aterraba imaginar una vida con Troy y, sin embargo, la idea resultaba tentadora y fascinante.

Quizás podría hacer las cosas de otra manera.

No era la primera vez que anhelaba contarle a Troy lo que le había robado a Alfonso. Había huido de la casa donde asesinaron a mi hermana y me llevé su mayor tesoro: su hija.

Pero no podía contarle nada de eso a Troy. ¿O sí?

—Hola.

Aparté los brazos de Joram de un tirón, como si me hubieran pillado haciendo algo malo.

Hablando del rey de Roma. Troy estaba junto a la puerta principal, con una gran olla de aluminio y su tapa en las manos.

Estaba para comérselo con esos pantalones de deporte y ese forro polar azul real que resaltaba los matices cobalto de su cabello negro azabache.

«No te derritas», les ordené a mis huesos. «Sé fuerte».

Troy miró a Joram y luego a mí.

—¿Qué estáis tramando vosotros dos?

—Tiene miedo —Joram señaló la pared—. Y no le gusta este mapa.

Gemí para mis adentros.

—Ajá.

El exasperante silencio de Troy se prolongó mientras me escrutaba el rostro. Se le oscurecieron los iris, pero las pupilas le brillaban. Me hundí en el sofá y clavé la mirada en el suelo, contando hasta cincuenta y ocho.

Troy dejó su carga en el suelo con un movimiento brusco que me sobresaltó.

—Joram, ¿puedes ser un niño grande y llevarle esta olla al tío Max en el patio trasero?

—Claro.

El pequeño trotó hasta Troy, agarró la olla por un asa y la arrastró por la habitación; el metal raspaba contra la madera.

—¡Tío Max! —gritó a pleno pulmón—. ¡Mira lo que te he traído!

En cuanto Joram desapareció, la mirada de Troy volvió a perseguirme.

—Tú y yo —la determinación en su voz me envió un escalofrío por la columna—. Vamos.

Dudé un momento.

—¿Adónde?

—A mi cabaña.

El pulso se me aceleró y las uñas se me clavaron en el cojín.

—Pero… eh… bajé para ayudar con la cena de Acción de Gracias.

—Esos simios lo tienen todo controlado —Troy abrió la puerta—. No necesitan nuestra ayuda.

—Pero…

—No sé de qué otra forma demostrártelo —soltó en un gruñido bajo.

—¿Demostrarme qué?

—Que la única salida es hacia delante.

Los pezones se me endurecieron como piedras. Mi cuerpo sabía que no estaba hablando de pilotar un helicóptero.

Arqueó las cejas negras.

—¿Vienes?

—No me apetece subir cuesta arriba —dije. ¿Podía inventar una excusa más patética?—. Y no creo que sea buena idea.

—Con lo primero puedo ayudarte —dijo, y avanzó hacia mí. Me levantó del sofá y me echó sobre su hombro—. Tienes dos minutos para decidirte sobre lo segundo.

Patalée y chillé.

—¡Troy!

—Dos minutos.

Salió de la casa conmigo sobre el hombro, con el trasero en pompa y la cabeza boca abajo. Hice un patético intento de resistirme: pataleos, palmadas en la espalda, ese tipo de cosas. Pero no estaba luchando con mucha convicción. En absoluto.

Apollo nos miró fijamente cuando pasamos junto a él al pie de la colina.

—¿Dónde está el fuego?

—Aquí no hay nada que ver —Troy subió las escaleras—. Sigue a lo tuyo.

Llegamos a la cabaña enseguida.

—Bájame —dije cuando atravesó la puerta—. ¡Bájame!

—Sí, señora.

Me dejó en el suelo.

Antes de que pudiera protestar, se abalanzó sobre mí y me atrapó la boca con sus labios. Su calor me atravesó en una oleada inmensa que me vació la mente. ¿O fue mi lujuria la que se lanzó a atraparlo entre mis brazos?

Su beso voraz deshizo todas mis resoluciones. Le recorrí el cuerpo duro con las manos, hambrienta por reaprender su forma, desesperada por redescubrir sus contornos firmes.

Una última vez.

Deslicé los dedos bajo su forro polar y me deleité con la sensación de su piel, tensa sobre el estómago musculoso. No podía esperar. Bajé la mano a su entrepierna y le acaricié la erección. Palpitaba contra mi palma e irradiaba un calor que me volvía loca.

Su gemido se filtró a través de mí, el sonido del deseo destilado. Me bañó en una lluvia de lujuria que me empapó el sexo y me hinchó el clítoris hasta convertirlo en un faro pulsante. Supe entonces lo que era ser una hembra en celo, un animal impulsada por puro instinto.

Desesperada por él, froté mis pechos contra su torso y mi bajo vientre contra su entrepierna. Quería estar cubierta de su aroma, impregnada de sus besos, colmada de su sexo. Ansiaba su semilla en mi vientre con la misma fiereza con la que necesitaba más aire en mis pulmones.

Deslizó las manos por mis brazos, de arriba abajo. Su tacto incendió mi piel. Su pasión se hundió bajo mi carne, encendiendo cada una de mis células hasta la molécula más diminuta. Mi necesidad se concentró en un latido insoportable entre mis piernas.

Solo Troy podía ayudarme ahora.

Sus manos me abandonaron durante un instante insoportable. Con un movimiento rápido, agarró el jersey y la camiseta por detrás y se los arrancó por la cabeza, revelando los poderosos planos de su amplio pecho y la sensual cuadrícula que definía sus abdominales.

Se me cortó la respiración y mi deseo se disparó por las nubes. Era el hombre más exquisito que había visto en mi vida. Podría haber pasado horas contemplándolo, admirando su cuerpo, embriagándome de su masculinidad salvaje.

Sí, podría haber dedicado años de investigación a estudiar los misterios de su poderoso cromosoma Y, a descifrar los secretos de su privilegiado ADN y a descubrir el conjunto de instrucciones genéticas que habían producido un espécimen tan extraordinariamente perfecto.

Pero toda forma de investigación científica se borró de mi mente cuando me rodeó con sus brazos y devolvió sus labios hambrientos a mi boca ansiosa.

Sus besos ardientes y voraces expulsaron todos los pensamientos de mi cabeza.

La científica desapareció. La mujer se entregó por completo, reducida a su nivel más primitivo, una hembra en celo.

Deslicé las palmas sobre su pecho desnudo y me puse de puntillas para trazar una larga línea de besos por su garganta. Mi boca se demoró, mordisqueando el punto donde su pulso latía al ritmo frenético de mi corazón.