Capítulo Seis #2
Me quedé ante un Troy ceñudo, empapada y tambaleándome sobre piernas temblorosas, llevando solo mis braguitas rojas de encaje y un sujetador a juego que me quedaba bastante torcido sobre los pechos.
—¿Dónde está tu ropa? —exigió Troy—. ¿Y por qué coño no la llevas puesta?
—¿No sabes leer? —indiqué con la barbilla hacia el cartel de la pared y me enderecé el sujetador con un tirón indignado—. Ropa opcional. ¿Lo pillas? Nadie aquí lleva r-r-ropa.
¿Por qué no podía pronunciar bien las palabras?
La mirada feroz de Troy me clavó en el sitio.
—¿Siempre haces lo que hacen los demás?
—Quería encajar —murmuré, arrastrando un poco las palabras—. Iba un poco so-bre-ves-ti-da.
—Estás borracha —me acusó.
Estaba a punto de negar lo evidente. No estaba borracha. No había estado borracha ni un solo día en mi vida. Pero Carl salió del jacuzzi y salió en mi defensa como un caballero de brillante armadura, uno desnudo con un trasero tan blanco como la luna llena, dejándose guiar por su polla erecta.
Guau. Me quedé mirando. No era algo que viera todos los días. Las risitas me salían sin parar. Su polla era un poco... bueno... más corta de lo que me había imaginado, teniendo en cuenta el resto de sus proporciones.
—Retrocede, tío —Ralph me echó el pesado brazo sobre el hombro.
Troy gruñó.
—Quítale las manos de encima.
—Se lo está pasando bien —dijo Carl, acercándome más a su lado—. ¿Verdad, cariño?
Lo estaba, pero no lo estaba. Cuando lo intenté, no pude formular una respuesta coherente. Estaba demasiado fascinada por cómo se le marcaban los antebrazos a Troy cuando cerraba los puños.
—No está acostumbrada a beber —dijo él, arrastrando las palabras.
—Solo se ha tomado tres piñas coladas —replicó Ralph.
—Está como una cuba y sabes muy bien lo que eso significa en Le Chalet.
Carl me apretó más contra él.
—No veo ningún signo de intoxicación.
—Pero yo sí —dijo Troy—. Y la conozco.
—No me conoces tan bien —farfullé, con la lengua trabada.
—Sí te conozco, Marisol, al menos mucho más de lo que este imbécil te conocerá jamás.
Su tono me hirió y puede que hiciera una mueca.
—También sé que esto —agitó un dedo señalando mi cuerpo medio desnudo— no eres tú.
Ja. Mi sentido común se mofó. Te lo dije.
—Has tenido mujeres, muchas mujeres —dije—. ¿Por qué no puedo yo tener hombres, muchos hombres?
Un músculo se contrajo en la mandíbula de Troy.
—Porque no lo voy a permitir.
—¿Que no lo vas a permitir? —me burlé—. ¿Quién demonios te nombró mi dueño y señor?
Frunció más el ceño.
—Estoy a cargo de tu seguridad.
—¡De mi seguridad, no de mi vida!
—Es una adulta capaz de tomar sus propias decisiones —dijo Carl, apartando el brazo de mi hombro y dando un paso adelante—. Déjala en paz.
Troy y Carl se enfrentaron, dos hombres de altura y peso similares, uno luminoso, de tez clara y cabello dorado, el otro oscuro, tormentoso y de cabello azabache.
¿Una escena bíblica?
Me reí de lo absurdo del pensamiento. Pero con lo borrosa que tenía la vista, no estaba segura. ¿Quién era el ángel y quién el demonio?
Y entonces lo vi. Claro como la noche. Carl era el patógeno. Troy, la vacuna.
Una cosa más. Carl podría ser atractivo, pero ¿Troy?
Estaba para comérselo.
¿Para comérselo?
Madre mía. Me ardió la cara de vergüenza. Troy tenía razón y mi sentido común también. ¡Estaba borracha!
Ralph me tiró del brazo.
—Solo dile que quieres quedarte conmigo y acabemos con esto.
—No puedo —luché por articular entre la bruma—. Tiene razón. Estoy borracha. Lo siento mucho, señor Ébola.
Carl siseó.
—¿Acabas de llamarme señor Ébola?
—Ups —dije, llevándome las manos a la boca.
Troy me tomó de la mano.
—Nos vamos.
—Ni hablar —dijo Ralph, poniéndose delante de mí—. Me debes una disculpa.
—No te debe nada —rugió Troy—. No voy a pedírtelo dos veces. Apártate de su camino.
Carl se hinchó.
—¿Crees que puedes conmigo?
Sucedió muy rápido. Troy estrelló el puño contra la enorme barbilla de Ralph, demostrando que efectivamente podía con el señor Ébola. Carl se desplomó en el suelo, quedando tirado de culo.
Jadeé, mirando de un hombre al otro. El estómago se me revolvió con una acidez que me subió por el esófago. ¿Qué había hecho?
Hubo gritos, maldiciones, ruidos. La mujer, Rey, vino hacia nosotros hecha una furia, gritándole a Troy por empezar una pelea.
—No, no, no fue él —farfullé—. Fui yo. Culpa mía.
Quería decir más, disculparme por meter a Troy en aquella situación, pero una oleada de agotamiento me golpeó.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba en los brazos de Troy y él se alejaba de la zona de la piscina hacia la escalera. Un ceño feroz le marcaba el rostro y apretaba los labios en una fina línea. Subió los escalones de dos en dos.
—Oh, cielos.
Una voz femenina me obligó a abrir los ojos de nuevo. Parpadeé varias veces antes de distinguir a Alice, la de recepción. Estaba enmarcada por el largo pasillo, con su sonrisita exasperante dirigida hacia mí.
—Oye, Troy —dijo con su voz aguda y coqueta—. Parece que tu BYOB en miniatura no funcionó muy bien. ¿La meto en un Uber para que tú y yo podamos empezar la fiesta?
La voz de Troy retumbó contra mi oído.
—¿Alice? ¿Qué haces aquí arriba?
—Oh, eso —dijo, batiendo las pestañas con descaro hacia Troy—. Vi lo que estaba pasando en la piscina por las cámaras de seguridad y subí a dejar un juego extra de toallas en tu habitación. Pensé que podrías necesitarlas, dado que tu gatita parece una rata ahogada en este momento.
Puede que estuviera un poco borracha, pero no se me escapó cómo los ávidos ojos de Alice devoraban a Troy. Se lamió los labios rojo sangre como un vampiro a punto de alimentarse. Juro que vi cómo se le alargaban los colmillos puntiagudos. ¿Es que la Reina Zorra nunca se daba por vencida?
—¿Necesitas ayuda para lidiar con ella? —preguntó Alice.
—Estamos bien.
Troy echó a andar por el pasillo, dejando a Alice atrás.
Le sostuve la mirada furiosa a Alice por encima del hombro de Troy, le hice adiós con los dedos y solté una risita.
—Chao.
Antes de darme cuenta, estábamos frente a nuestra puerta.
—¿Puedes mantenerte en pie? —preguntó Troy, apoyándome contra la pared mientras rebuscaba la tarjeta en el bolsillo.
—Claro.
Las rodillas me fallaron y me fui resbalando hasta que el trasero tocó el suelo. Los dibujos cuadrados de la moqueta se entrelazaron y empezaron a bailar. Qué gracioso.
Solté otra risita.
—Joder —masculló Troy.
Abrió la puerta, me levantó y me llevó por la suite roja hasta el baño.
—No me puedo creer que hayas hecho esto.
—No te enfades —supliqué mientras me dejaba en el banco de azulejos de la enorme ducha—. Estás muy serio. No me gusta cuando te enfadas.
—Y a mí no me gusta cuando eres imprudente —espetó.
Me apoyé en el banco e intenté poner en orden mis pensamientos revueltos. No hubo manera. «Bueno, qué más da». Ojalá los azulejos del suelo dejaran de moverse.
—¿Qué demonios te ha pasado? —Troy trasteó con los mandos de la ducha, comprobando la temperatura del agua—. ¿Eres consciente de que esto podría haber acabado de otra manera? Contigo herida, por ejemplo.
—No pretendía causar problemas —murmuré avergonzada, antes de que me volviera el arrojo—. Pero una tiene que aprovechar el momento en algún momento, ¿no? Ya sabes, ¿antes de morir?
—No vas a morir —dijo él—. No pienso permitirlo.
—Ay, qué bonito que digas eso.
La sonrisa torcida se me borró de la cara.
—Pero la muerte viene cuando quiere. Un día tus padres están aquí, y al día siguiente, «puf», han desaparecido.
Intenté chasquear los dedos, pero el pulgar no dio con el índice. ¿O fue el índice el que no dio con el pulgar?
«Vaya».
Esto de emborracharse requería habilidades que yo no tenía.
Solté un largo y triste suspiro.
—Luego tu hermana muere y te deja sola. Te pone las cosas en perspectiva. Para mí, la muerte a manos de Alfonso Rivera es una proba... bili... li...
No conseguía pronunciar bien la palabra.
—Probabilidad —completó Troy.
—¡Sí, bravo!
Mis aplausitos resonaron en la enorme ducha.
—¡Esa es la palabra!
—¿Una probabilidad mucho mayor que qué? —preguntó Troy.
Fruncí el ceño.
—¿Eh?
Troy soltó un suspiro de resignación.
—Antes de perder el hilo, estabas diciendo que para ti, la muerte a manos de Alfonso Rivera es una probabilidad mucho mayor que...
Hizo un gesto circular con la mano, invitándome a completar la frase.
—Que pillar la gripe, bobiño.
Ahora me acordaba.
—Y ya sabes lo contagiosos que son los virus de la gripe.
—Vamos a pillar a Rivera antes de que él te pille a ti —prometió Troy, ofreciéndome la alcachofa de la ducha—. ¿Crees que puedes enjuagarte?
—¿Enjuagarme?
Me miré el cuerpo semidesnudo.
—¿Por qué?
Arqueó las cejas azabache.
—¿Jacuzzi y capullo?
—Tranquilo —le dediqué una sonrisa cómplice—. Me colé en el cuarto de mantenimiento, pillé unas cosas y analicé el agua del jacuzzi antes de meterme.
Por primera vez desde que habíamos llegado, se le torció la boca y luego se le ensanchó en una sonrisa que me provocó un cosquilleo por dentro.
—Típico de ti.
—Niveles óptimos de desinfectantes, acidez y alcalinidad —informé con orgullo—. Tenías razón sobre los altos estándares de Le Chalet. Este sitio está de primera.
Conseguí hacer el gesto de «OK» con la mano y añadí un guiño torpe para rematar. Funcionó. Las carcajadas de Troy resonaron en la ducha y reverberaron en mi pecho. Por alguna razón, oírlo reír me hizo inmensamente feliz.
—Rayito de sol, eres increíble —sacudió la cabeza, sin dejar de sonreír—. Eres única. Única en tu especie. ¿Lo sabías?
Única, sí. Ya no quería ser única. Común, corriente y del montón sería mucho mejor.
—Aun así —dijo Troy, ofreciéndome la alcachofa de nuevo—, necesitas quitarte el cloro de encima.
—Y al capullo —añadí.
—Y al capullo —asintió con otra sonrisa—. ¿Puedes hacerlo?
Le cogí la alcachofa e intenté apuntarla hacia mis pies. La ducha daba vueltas a mi alrededor. La manguera brincaba en mi mano. El agua me entró directamente por la nariz.