Capítulo Seis
Marisol
Los cócteles afrutados con sombrillitas nunca habían sido lo mío, pero esta noche era diferente. Después de las últimas horas, necesitaba una dosis de valor líquido. O dos. O tres.
El estrés de las últimas semanas me había tendido una emboscada y el terror de las últimas horas se abalanzó sobre mí, un tsunami que me ahogó en olas de oscuridad. No era de las que se rendían a la fatalidad y la desesperación. Pero era la primera en admitir que esta vez estaba en peligro.
Conocer a Troy había sido un shock. Por millonésima vez, maldije a Tee en silencio. Esto era culpa suya. Si me hubiera avisado, habría estado preparada, me habría blindado contra el impacto. También culpaba a Troy. Era una amenaza para mi cordura.
Quizá habría podido encajar el golpe de conocerlo si no me hubiera mirado de esa manera tan particular que me derritió por dentro y me hizo apretar los muslos para ocultar el colapso que ocurría más arriba de mis rodillas.
Quizá habría podido superar las extrañas emociones que me abrumaban si no me hubiera estrechado contra su cuerpo y besado hasta dejarme atontada.
Ahora tenía que encontrar la manera de seguir adelante, aunque estaba segura de que sus besos habían fulminado varias capas de mi córtex cerebral y no podía funcionar al cien por cien cerca de él.
Lo que me devolvía a los cócteles afrutados con sus bonitas sombrillitas.
—Otra piña colada, por favor.
Bastaba con añadir una sonrisa y poner cara de buena, y mi complaciente camarero obedeció, echando un generoso chorro de ron en la batidora antes de verter la bendita mezcla en un vaso alto, adornarla con una cereza y la diminuta sombrilla de papel, y deslizarla hacia mí.
Sorbí la mitad del cóctel de un solo trago largo y suspiré de placer.
—Están buenísimas.
Cuantas más piñas coladas tomaba, mejor sabían. ¿Cómo era posible que nunca me hubiera dado cuenta de lo increíblemente deliciosas que eran?
Pues claro. Mi cerebro empapado en alcohol gritó la respuesta alto y claro. Porque eres una maldita empollona, una friki adicta al trabajo que no sabe divertirse.
—Pues ahora sí sé —dije en voz alta antes de dar otro trago a mi bebida y relamerme—. Mmm. Jodidamente buenas.
—Las bebidas aquí son geniales —dijo el desconocido sentado a mi lado—. Aunque, claro, todo es increíble en Le Chalet. Las mujeres incluidas, y tú especialmente.
Me pestañeó coqueto con sus rizadas pestañas.
—Nunca te había visto por aquí.
Rubio y cincelado, la mayoría lo habría considerado un bombón.
Para mí, era demasiado. Sus músculos se hinchaban de forma exagerada, lo que me hacía pensar en esteroides.
El volumen de su cuerpo parecía artificial comparado con la fuerza atlética y ágil de Troy.
Este hombre incluso tenía esa típica hendidura varonil en su enorme barbilla cuadrada y un par de llamativos tatuajes que le subían por los enormes bíceps.
Resultaba ridículo que coqueteara descaradamente conmigo, ¡conmigo!
No pude evitar reírme.
Lárgate de aquí. Mi sentido común se impuso. Lástima que esta noche no tuviera ningún poder sobre mí. Esto está mal, mal, mal.
Intentó atormentarme con imágenes de mi realidad, mi cuñado incluido. Pero bebí un poco más y ahuyenté los recuerdos. El ron era una droga excelente para curar el miedo. Y donde fueres, haz lo que vieres. Si iba a morir pronto de todos modos, ¿no debería disfrutar un poco antes de irme?
El hombre que compartía el jacuzzi conmigo me dedicó una sonrisa torcida. La forma en que su boca se curvaba exageradamente hacia un lado me hizo pensar en el virus del Ébola.
El señor Ébola.
Seguro que era igual de contagioso.
Empecé a reírme y no pude parar. Me moría de risa.
Parpadeé y no pude recordar por qué me estaba riendo. Pero la risa me sentaba bien brotando de mi garganta: un desahogo de tensión. Los jacuzzis estaban en mi larga lista de cosas prohibidas, pero tenía que admitir que este estaba genial.
El agua caliente se arremolinaba a mi alrededor, me masajeaba los músculos agarrotados y me sumía en un bendito estado de entumecimiento. ¿Por qué no estaba tan preocupada como siempre por pillar algo?
Ah, sí, ahora lo recordaba. Me había asegurado de que no hubiera posibilidad de eso.
Cuando volví a parpadear, el tipo —¿Carl, se llamaba?— estaba cerca, muy cerca. ¿O era Ralph?
Demonios, no me acordaba. Su brazo me rodeó los hombros y me atrajo hacia su regazo. Su piel se deslizó bajo mis muslos, pero un bulto duro chocó contra mi trasero.
—Eh —dije—, cuidado con la rodilla.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio como una niña pequeña.
El vello áspero que le cubría el pecho me rozó el brazo. Pero tenía que admitir que la forma en que su mano se deslizaba por mi vientre y jugueteaba con mi sujetador le sentaba bastante bien a mi cuerpo embriagado de piña colada. Era bueno en esto, pero apostaba a que Troy era mejor.
¿Cómo sería estar en un jacuzzi debidamente desinfectado como este con Troy, sentir sus manos recorriéndome todo el cuerpo, bajando hasta abarcar el espacio ardiente entre mis piernas?
Genial. Sería genial. No tenía ni idea de cómo lo sabía, pero mi cuerpo lo sabía con certeza.
Seguro que Troy se metía en jacuzzis con mujeres desnudas a menudo. Seguro que esas mujeres eran audaces y atrevidas de maneras creativas que yo nunca había sido. Probablemente le recorrían todo el cuerpo duro con las manos y lo complacían de las formas más traviesas posibles.
¿Por qué no podía hacer yo lo mismo?
Podría aprender a ser traviesa. Oh, sí, podría. Solo pensarlo me hizo estremecer de un placer aún por descubrir. Debería tocarlo más. Con descaro. O ir más allá de tocarlo, mucho más allá. En algún momento. Pronto. Quizá más tarde.
Por alguna extraña razón, cuando pensaba en Troy, sus gérmenes no me preocupaban.
Un mareo repentino me obligó a agarrarme al borde de la piscina. Uf. Me abaniqué la cara, sofocada. Hacía calor aquí dentro. Quizás demasiado.
El agua se arremolinaba a mi alrededor y el vapor que subía me nublaba la vista. El rostro de Carl se transformó ante mis ojos. Sus ojos se estrecharon, su cabello y su piel se oscurecieron. Sus labios finos se convirtieron en los labios anchos y firmes de Troy. Tan cerca. Tan tentadores.
Lo que no daría por otro beso de Troy.
Las mujeres adoraban a Troy. Era un imán sexual para cualquier mujer que lo viera. Puede que yo fuera despistada a veces, pero esta noche me había dado cuenta. Todas las tías de The Lion lo querían. Alice, la de recepción. Quizás Rey también.
Y yo. Yo, sin duda.
¿Tú? Mi sentido común se burló en mis oídos. Por favor. Tú no eres esa clase de chica. Tampoco eres su tipo de mujer.
Sacudí la cabeza con fuerza y bebí un poco más. Vete.
Me gustaba fantasear con Troy. Solo pensar en él me hacía olvidarme de todo lo demás. La sangre me hinchó los pezones hasta que asomaron a través del encaje húmedo del sujetador. Tenían un aspecto raro y la sensación era aún más rara, doloridos y duros.
Imaginé que se sentirían mejor cuando Carl empezara a frotarlos, pero no hubo suerte. Ahora los sentía aún más tensos. Espera. ¿De verdad quería dejar que Carl hiciera lo que quisiera con mis pechos?
Debería hacer algo para apartar las manos insidiosas de Carl, pero las pequeñas burbujas que subían desde el fondo del jacuzzi me distrajeron. Me hacían cosquillas en los dedos de los pies y borboteaban entre mis pechos, zarandeándome de una manera obscena que también resultaba hilarante.
Las sensaciones del jacuzzi me recordaron el breve momento en los brazos de Troy, el calor abrasador, las ondas sensuales, el impulso lascivo de abandonarme, devorar y ser devorada.
¿Devorar y ser devorada?
Me deshice en un ataque de risa histérica. Vaya broma que estaba hecha esta noche.
Carl, o Ralph, sonrió.
—¿Qué te hace tanta gracia?
Yo, bebiendo piñas coladas en este jacuzzi, eso sí que tenía gracia. Él también era gracioso, una caricatura de tío bueno.
Me sentí un poco pagada de mí misma. Troy tenía muchas mujeres a su entera disposición. Pues bien, esta noche yo tenía a Carl, o Ralph. Deslicé el extremo de la pajita por todo el fondo del vaso de plástico y sorbí ruidosamente para apurar los últimos restos de ron.
—¿Marisol? —la voz de Troy me sobresaltó, cayendo sobre mí desde arriba, grave y tormentosa—. ¿Qué coño estás haciendo?
Estiré el cuello y miré hacia arriba, entornando los ojos para distinguir su apuesto rostro.
Su poderoso cuerpo quedaba enmarcado por el enorme recinto de cristal que se elevaba muy por encima de la piscina.
Con los pies separados sobre el borde, los puños en las caderas, parecía la Torre Eiffel, solo que más alto.
Y más fuerte. Y más guapo, sí, una versión mucho más atractiva que cualquier otra estructura notable con la que me hubiera topado, orgánica o inorgánica.
—Bueno, hola, Troy —sonreí, incapaz de reconocer la voz almibarada que me salía de la garganta, un sonido tonto que nunca había oído antes. Levanté el vaso vacío en el aire—. Salud. ¿Este lugar? No está tan mal.
Sus ojos brillaron con fuego negro. Maldijo entre dientes, con la mirada saltando entre el Sr. Ébola y yo.
—¿Quién coño es este?
—Qué lenguaje tan soez —comenté con una risita—.
Eh... sí... veamos. Troy, este es Carl. Hmm.
¿O es Ralph? —me toqué los labios, vagamente consciente de las manos del hombre, que me agarraban un pecho—.
Ralph, te presento a Troy —se me escapó un hipo, lo que hizo reír a Carl—.
A Troy no le gusto, pero ¿quién puede culparlo? Puedo ser tan fría y amargada...
—Esta noche no —dijo Carl alegremente, bebiendo de su cóctel—. Esta noche eres el alma de mi fiesta privada —miró a Troy y añadió—: ¿Te apetece unirte a nosotros?
En un momento estaba en el jacuzzi, tratando de averiguar por qué Ralph tenía cinco extremidades en lugar de cuatro. Al siguiente, estaba en el aire: Troy se había agachado, me había metido las manos bajo los brazos y me había sacado del agua con suavidad, sin el menor esfuerzo.
—¡Eh! —chillé mientras me dejaba en el borde de la piscina.