Capítulo Seis #3
Me atraganté y chillé, forcejeando con la manguera rebelde.
Era como si estuviera viva y siseara, y me recordó a la anaconda con la que me había topado por accidente durante mi trabajo de campo en Brasil.
Le di la vuelta a la manguera. Esta vez el agua salió disparada hacia arriba, empapando a Troy y dándole de lleno en la cara.
—Mierda —agarró la manguera descontrolada y la domó en un segundo—. Anda, déjame a mí.
—Vale —dije débilmente—. ¿Puedes hacer también que la ducha deje de dar vueltas?
—Lo siento —ajustó el chorro, se arrodilló a mis pies y dejó caer el agua tibia suavemente sobre mis piernas—. Eso me temo que no puedo.
Cerré los ojos y recé para que la Tierra dejara de girar. El agua tibia caía sobre mí, arrastrando el olor penetrante del cloro. Puede que me quedara dormida en la ducha. Lo último que recuerdo haber pensado fue que, además de estar bueno y ser inteligente, Troy también era muy dulce.
Cuando volví en mí, me encontré con mi reflejo en el techo de espejo que había sobre mí.
Por lo visto, no había estado inconsciente mucho tiempo.
Aún tenía el pelo húmedo. Yacía en la enorme cama roja, tapada hasta la barbilla con seda oscura.
A juzgar por el suave roce de las sábanas contra mi espalda, estaba completamente desnuda bajo las mantas.
Las mantas. Madre mía. Debería estar flipando por las sábanas del hotel.
Normalmente viajaba con mi saco de dormir antimicrobiano personal.
Pero el alcohol que aún corría por mis venas conspiró con la imagen del espejo de arriba para distraerme.
Joder, estaba buenísima en esa cama. Sexy.
Provocativa. Como una de esas mujeres fatales posando en las revistas para hombres.
Troy salió del baño con una toalla ceñida a las caderas y secándose el pelo mojado con otra.
Los mechones negros y lisos brillaban bajo la luz, apuntando en todas direcciones, enmarcando su rostro ancho y sus pómulos marcados, y realzando su cuello musculoso y la línea impecable de su mandíbula con barba incipiente.
Parpadeé varias veces solo para disfrutar de la vista de su pecho desnudo y su abdomen esculpido.
Oh là là. Hablaba cinco idiomas, pero resultó que mi yo borracho se excitaba en francés.
—Estás despierta —Troy dejó la toalla del pelo sobre la mesa, cogió un vaso de agua y cruzó la habitación para sentarse a mi lado—. Necesito que te tomes esto —me puso dos pastillas en la boca, me levantó la cabeza con una mano y me dio el agua con la otra—. Te ayudarán mañana.
—Gracias —murmuré—. Qué detalle.
El agotamiento y la lucidez se disputaban mis sentidos. Un momento estaba tan cansada que no podía mantener los ojos abiertos. Al siguiente, estaba completamente despierta.
Un ceño preocupado surcó la frente de Troy mientras me observaba. En ese instante, sentí un arrebato de valentía que me recorrió las venas y me aceleró el pulso.
Seguía sintiéndome atrevida.
—¿Troy? —di unas palmaditas en el colchón—. ¿Puedes tumbarte aquí, a mi lado?
Más que verla, sentí su vacilación, pero tras un momento, Troy se tumbó a mi lado. Su cuerpazo ocupaba buena parte de la cama. Me giré de lado, me acurruqué contra él y, apoyando la cabeza en su hombro, suspiré.
—Quiero preguntarte algo —recorrí con el dedo su pecho desnudo, bajando por el centro de su torso, y dibujé círculos alrededor de su ombligo antes de seguir hacia el sur.
Me atrapó la mano, se la llevó al pecho y la presionó allí bajo su palma, donde pude sentir su corazón latiendo con fuerza.
—Pregunta.
Forcé las palabras a salir de mi boca pastosa.
—¿Hay alguna forma de convencerte para que te acuestes conmigo?
Su corazón me golpeó la palma y todo su cuerpo se tensó.
—¿Qué has dicho?
—Que quiero tener sexo —repetí—. Contigo.
—No.
Se me desinfló el pecho y el valor menguó en mis venas.
—¿Porque soy fea?
—¿Qué? —graznó—. No eres fea. Eres una mujer muy atractiva.
—¿Atractiva? —hice un puchero mirándole—. ¿Pero no follable?
—Marisol, por favor —se frotó los ojos y maldijo entre dientes—. Duérmete.
—No tengo sueño —luché contra el peso que me cerraba los párpados—. La verdad es que no soy lo suficientemente follable para ti.
—Dios —más maldiciones, feroces, originales—. Eso no es lo que he dicho.
Le sonreí.
—Entonces acuéstate conmigo.
—No puedo —la mirada que me lanzó habría congelado el mismísimo infierno.
—¿Por qué no?
—Porque… —gimió y se pasó los dedos por el pelo negro y mojado—. Estás borracha.
—Quizás un poco —admití, liberando la mano de su agarre y paseando dos dedos por los deliciosos cuadraditos de su tableta de chocolate—. Pero sé que quiero acostarme contigo. Así que da igual.
—Oh, sí que importa —volvió a atraparme la mano errante y esta vez no la soltó—. Me importa mucho.
—Y yo que pensaba que eras un ligón de manual.
—Sí, bueno, puede que lo sea.
—Qué va. Eres más bien un osito de peluche escondido bajo la piel de un oso pardo. Ese es tu secreto —solté una risita—. Y ahora lo sé.
La mirada que me lanzó podría haber evaporado el ron de mis venas.
Le gustaban las mujeres. Lo sabía hasta la médula.
Puede que incluso yo le gustara. El bulto que crecía bajo la toalla era prueba científica de que, como mínimo, estaba interesado.
Me moría por ver qué escondía bajo el algodón.
¿Por qué demonios tenía que comportarse como un caballero precisamente ahora?
—Podría estar equivocada —me incorporé apoyándome en el codo, acerqué mi rostro al suyo y rocé sus labios con los míos—. Pero creo que te gustó besarme.
Sus labios respondieron por él con una presión desesperada y un roce de su deliciosa lengua que me hizo estremecer y me dejó sin aliento cuando se apartó.
—No estás equivocada —gruñó—. Pero no voy a besarte más esta noche.
—¿Por qué no? —exigí.
Cuando no respondió, suspiré y me dejé caer sobre la almohada.
—Porque estoy borracha.
Luché contra otra ola de agotamiento, esta más poderosa que la anterior.
Hice un último y valiente esfuerzo.
—¿Y si no estuviera borracha?
—Hum.
Empecé a contar hacia atrás desde sesenta, pero me quedé dormida antes de que él respondiera.