Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo dieciocho #2
34%

Capítulo dieciocho #2

—Estoy entrenado para usar esto —Troy levantó la pistola antes de guardársela también en la parte trasera de los elegantes pantalones.

Todavía llevaba los pantalones de traje y la camisa azul claro con los botones abrochados, lo que significaba que me había estado siguiendo desde nuestra conversación.

—¿Y qué opciones tenía? —preguntó—. ¿Querías que les dijera a los demás que te habías lanzado a lo loco a una misión tú solo?

Eso era precisamente lo último que quería.

Mis hermanos habrían insistido en montar una operación en toda regla que me habría retrasado. Además, mi incursión de esta noche había sido una apuesta arriesgada. Sin saber en qué me estaba metiendo, no quería poner en peligro a ninguno de mis hermanos, y eso incluía a Troy.

—Eres un piloto pijo y un abogado de postín —espeté—. No pintas nada aquí.

—Tú tampoco —replicó Troy.

—Soy un Marine Raider —dije—. Para eso me entrenaron: para asaltar.

—¿Sin apoyo? —dijo Troy—. No lo creo.

—No tenías que enterarte, ni tú ni los demás.

Si se enteraban de mi excursión no autorizada, se iban a cabrear de lo lindo, y puede que hasta me revocaran el acceso a la rotación C.

—¿Ves? —Troy me miró con seriedad—. Ese es el problema. Acabas de volver a la acción, pero ¿seguiste el protocolo y confiaste en tu equipo? No. Te lanzaste a lo loco y solo.

—Esto no es una misión de verdad —protesté—. Solo reconocimiento, nada más.

—Estás en medio de la nada, con tus aparatos y tu arma, persiguiendo a un enemigo peligroso. ¿Cómo no va a ser esto una misión?

—Yo...

—No está bien, Max —Troy negó con la cabeza—. Si los demás se enteraran, se llevarían una decepción.

Me sentí como una mierda.

—¿Se lo vas a contar?

Troy abrió la boca para responder. No estaba seguro de que me fuera a gustar su respuesta, pero nunca la escuché. En vez de eso, ladeé la cabeza.

El inquietante chirrido de la puerta de acero al girar sobre sus bisagras en lo alto de las escaleras captó mi atención. Le siguió un chasquido seco. Al mismo tiempo, las luces se apagaron y un siseo macabro resonó en el sótano.

Troy maldijo.

—¿Qué demonios?

Mi mente se puso a trabajar a toda velocidad. Un mecanismo oculto, un sistema de seguridad secundario que cerraba y bloqueaba la puerta acorazada, se había activado.

¿Por qué?

Las luces, caí en la cuenta, quedándome de pronto paralizado. Se habían encendido automáticamente al abrir la puerta de acero. Pero las había apagado manualmente cuando oí a Troy, y luego las había vuelto a encender.

Se me cayó el alma a los pies.

En algún lugar, un sistema de seguridad redundante había detectado el patrón irregular y había reaccionado.

No había tiempo para dudar.

Saqué la linterna de la mochila, la encendí y subí las escaleras corriendo. La puerta de acero estaba cerrada con llave.

Mierda.

Tirando de memoria, introduje la combinación. El panel no la aceptó. Las palabras «alerta de intruso» parpadeaban en un rojo intenso.

Ahora sí que estábamos metidos en un buen lío.

—Estamos atrapados.

Adiós a mi visita sigilosa. En algún lugar, cerca o lejos, probablemente Chaos estaba recibiendo la alerta de nuestra intrusión en ese mismo instante.

Troy subió pisándome los talones.

—¿Qué es ese olor?

Olisqueé y se me cortó la respiración.

—Gas. El hijo de puta ha preparado este lugar para matarnos, o peor, para autodestruirse si se alteran los protocolos de seguridad.

—Muy bien —dijo Troy, sin perder la calma—. ¿Qué hacemos ahora?

—No respires.

Contuve la respiración mientras palpaba la pared en busca de alguna caja de control.

—Eso no va a funcionar mucho tiempo —dijo Troy, tosiendo a más no poder.

—No me digas.

Yo también tosí.

—De rodillas.

—¿Quieres que recemos? —dijo, pero se arrodilló ante la puerta de todos modos.

—Reza después si quieres.

Pasé una pierna por encima del hombro de Troy y luego la otra por el hombro opuesto.

—Ahora mismo necesito que me eleves por encima del marco de la puerta, a ver si encuentro la forma de desbloquearla y largarnos de aquí.

—Joder, cómo pesas —gruñó Troy, y se impulsó desde el suelo, elevándome casi un metro por encima de la puerta hasta que la cabeza me golpeó el techo.

—Ay.

Ignorando el cráneo dolorido, me encorvé sobre los hombros de Troy y, con la linterna en la mano, comencé a palpar la parte superior de la puerta.

—¿Algo? —preguntó Troy.

—Tiene que haber un sistema de anulación en alguna parte.

La linterna iluminó una pequeña caja metálica instalada a un metro o dos por encima de la puerta.

Contenía los componentes digitales que alimentaban y controlaban el mecanismo de la cámara acorazada.

Saqué el destornillador de la mochila, me puse la linterna entre los dientes y comencé a desenroscar los pernos.

Los pulmones me dieron un espasmo. La luz giró ante mis ojos. Había una cantidad terrible de gas entrando en el sótano de golpe.

—¿Max? —Troy tosió con fuerza, con el cuerpo temblando bajo mis muslos.

—Aguanta.

Desenrosqué el último perno y dejé caer la caja metálica por encima del hombro.

El haz de luz iluminó una maraña de cables de distintos grosores. De haber tenido tiempo, podría haber buscado en Google las especificaciones del sistema y encontrado una forma racional de abordar aquello.

Pero tal como estaban las cosas, tenía la cabeza como rellena de algodón y respiraba con jadeos desesperados. Tenía un minuto como máximo antes de que nos desmayáramos. Quizá menos, si el sistema estaba programado para prenderse.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Troy con voz estrangulada.

—Semper Gumby.

Saqué el KaBar de la bota.

—Improvisar, adaptarse y superar.

Troy gimió.

—Eso es el equivalente en los Marines a «prepárate para el impacto».

No se equivocaba.

Sin tiempo que perder, agarré los cables con el puño y los arranqué de la pared.

—Prepárate para la descarga.

—¿Descarga? —graznó Troy—. ¿Qué demo...?

Apreté los dientes y corté los cables, todos, de un solo tajo limpio.

Una descarga de electricidad me frió el sistema durante tres segundos infernales. El voltaje me quemó la columna vertebral, chisporroteó a través de los huesos y me agarrotó las extremidades. Por un instante, me quedé rígido. Destellos blancos cruzaron por detrás de los párpados cerrados.

Troy se sacudió debajo de mí y luego se desplomó cuando la descarga terminó de golpe. Cayó de rodillas y yo me precipité al suelo. Rodé y reboté escaleras abajo hasta que clavé los pies contra la pared para frenarme.

Mierda.

Sacudí la cabeza, con el cuerpo todavía temblando por la descarga. El corazón me empezó a latir de nuevo. Descarga aparte, no teníamos tiempo que perder.

Subí los escalones a gatas y me incliné sobre Troy, que estaba desplomado en lo alto de las escaleras. El miedo me heló las entrañas y me recorrió la columna vertebral.

—Vamos —murmuré, dándole palmadas en las mejillas para hacerlo volver—. No me hagas esto. No te atrevas.

Volvió en sí con un jadeo.

—¿Qué demonios? —parpadeó varias veces y luego me miró con los ojos entrecerrados y desenfocados—. ¿Acabas de intentar electrocutarnos a los dos?

—Fue un riesgo calculado —expliqué, ayudando a Troy a ponerse de pie—. Supuse que el mecanismo estaba conectado a un sistema de batería de respaldo con una fuente de energía limitada. Tú y yo podemos aguantar unos cuantos voltios sueltos.

—Habla por ti, cabeza hueca. —Se frotó el pecho y me miró hosco—. Joder, eso dolió. ¿Y por qué no puedo pensar con claridad?

El gas.

Solo nos quedaban segundos de consciencia. Después, estaríamos muertos.

No iba a permitir que mataran a uno de mis hermanos. No otra vez.

Me volví hacia la puerta y empujé las manijas. Estaban rígidas y pesadas, y por más que empujara, no giraban.

Troy sumó su considerable fuerza a la mía. Juntos empujamos. El mecanismo inerte gimió y cedió. La puerta se abrió. Entramos a trompicones en la cocina oscura y caímos de rodillas.

Una ráfaga de aire fresco me golpeó el rostro. Inhalé con avidez, sabiendo que había estado a segundos de no volver a respirar jamás. Un silbido amenazante llegó desde el sótano, seguido de una fuerte carcajada, la risa grabada de un loco.

Troy tartamudeó.

—¿Eso es...?

—¡Corre!

Me puse en pie de un salto y, empujando a Troy delante de mí, lo arrastré hacia la puerta trasera. Lo último que oí al cruzar el umbral fueron los graznidos macabros de Chaos, burlándose de nosotros.

Cruzamos el patio a la carrera, saltamos la valla y nos lanzamos hacia los campos vacíos. Estábamos a menos de diez metros de la casa cuando sentí la atracción de una explosión inminente, el aire que nos succionaba hacia atrás.

Agarré un puñado de la camisa de Troy y lo lancé hacia delante. La casa explotó y me arrojó hacia delante con la violencia familiar de un estallido catastrófico. Una ráfaga ardiente me levantó del suelo. Salí volando por el aire y me estampé contra el suelo.

Una última frase acudió a mi mente, con una melodía mórbida. Hola, oscuridad, vieja amiga.