Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo dieciocho
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Capítulo dieciocho

Max

La guarida de Chaos estaba oculta en una urbanización de casas recién construidas dispuestas alrededor de una tranquila calle sin salida.

Situada a las afueras de Denver, en medio de las extensas llanuras, el vecindario era de lo más normal, con árboles recién plantados y jardines que apenas comenzaban a florecer.

Había aparcado mi camioneta junto a una de las muchas bombas de petróleo y gas que bordeaban la urbanización. Sentado en el portón trasero, no apartaba la vista de la pantalla mientras mis dedos manejaban las palancas y hacía volar mi dron de última generación a gran altura.

Nada como un poco de acción para combatir la agitación y la ansiedad que bullían en mi interior. Lexi se había ido. Pero no pensaba rendirme con ella, ni conmigo mismo. Iba a mantenerme firme, a luchar por superar el orgullo y las dudas, y a centrarme en el resultado final.

Pero primero tenía que garantizar la seguridad de Lexi. Tenía que acabar con Chaos.

Me concentré en mi cuadrícula de vigilancia, sobrevolando el objetivo desde las alturas para evitar que me detectaran, asegurándome de no dejar ningún cabo suelto.

Chaos no era el único cabrón capaz de tener un dron sofisticado. Equipada con tecnología de visión nocturna, la cámara del dron me ofrecía una vista excelente de la casa de dos plantas donde Chaos se agazapaba, con su típica valla blanca de madera.

Resoplé en voz alta. Vaya forma de esconderse a plena vista.

Otra pasada del dron, esta vez un poco más baja, no reveló movimiento alguno dentro de la casa. Maldición. Esperaba que esa sabandija se hubiera quedado en casa esta noche.

Daba igual. Tenía varios objetivos.

Hice regresar el dron, lo aterricé y lo guardé. Después me eché la mochila al hombro, crucé el campo sigilosamente y, aprovechando la noche sin luna, me colé en el patio trasero.

Las parcelas a ambos lados de la casa estaban vacías, lo cual reducía las probabilidades de que me detectaran y mantenía a los civiles fuera de peligro.

Me puse a cubierto detrás de los arbustos bien cuidados, saqué el portátil y lo conecté a la radio definida por software que llevaba en la mochila.

Sí. Era un friki de los gadgets.

Aquel costoso dispositivo de alta tecnología me permitía interceptar las comunicaciones internas y externas del sistema de alarma.

El sigilo era clave esa noche.

Como era de esperar, la guarida de Chaos contaba con un sistema mucho más sofisticado que la alarma doméstica media. Pero todavía no me había topado con ningún sistema de alarma capaz de vencerme.

En menos de tres minutos, identifiqué y copié las señales interceptadas y las reenvié para desactivar las alarmas y congelar las cámaras en su último fotograma, sin tocar el sistema ni tener línea de visión directa con los sensores.

Como decimos los marines: Oorah.

Una vez neutralizado el sistema de alarma, me acerqué sigilosamente a la puerta trasera, me puse unos guantes de látex y forcé una serie de cerraduras intrincadas que solo confirmaban que quien trabajaba en esta casa tenía una seria obsesión con la seguridad de alta tecnología.

Entré en la casa y cerré la puerta tras de mí, pero sin echar el pestillo por si tenía que salir pitando. Eché un vistazo rápido a la planta principal. Cocina corriente pero escrupulosamente limpia. Salón con pocos muebles. Ni decoración ni fotos por ninguna parte.

Lo mismo en el piso de arriba. Sin muebles, sin objetos personales, sin cepillos de ningún tipo de los que sacar muestras de ADN. Aquello era un lugar de trabajo para Chaos, uno de tantos, lo que probablemente explicaba también su ausencia.

Tras explorar a fondo los pisos superiores, me dirigí al sótano. Detrás de la puerta de madera corriente que separaba la planta principal del sótano se ocultaba una enorme puerta blindada con cerrojos.

Vaya, vaya.

Me llevó unos minutos desenroscar el panel digital, conectar el hardware al portátil y ejecutar mi programa descifrador de combinaciones.

Con los números en la mano, introduje la secuencia correcta.

Con un siseo a regañadientes, los cerrojos chasquearon y la puerta de acero cedió.

Se encendió una luz automáticamente, iluminando las escaleras y el espacio del fondo.

Bajé las escaleras pisando con cuidado. Por el camino, desactivé un sistema de detección de movimiento por láser y tres juegos distintos de cables trampa, ingeniosamente camuflados entre los peldaños.

Trabajo de nivel militar. El muy cabrón tenía experiencia. Había que reconocérselo a Chaos: no había escatimado en gastos para proteger su madriguera y mantenerse fuera del alcance de todos.

Pero no fuera del mío.

El sótano era el paraíso de cualquier hacker con presupuesto ilimitado: dos servidores, tres ordenadores de sobremesa de gama alta, cuatro portátiles de última generación, control de temperatura, generadores de respaldo... de todo.

Silbé impresionado.

Aquello era una operación de alto nivel. El lugar habría estado impecable de no ser por el único envoltorio de Tootsie Roll que encontré metido entre los cojines del sillón ejecutivo.

Bingo.

Saqué una bolsa de plástico, pesqué el envoltorio con unas pinzas y lo dejé caer dentro. Lo alcé para examinarlo de cerca. Un recuerdo me erizó el vello de la nuca. ¿Dónde había visto un envoltorio similar?

En el bosque del parque de Res. Ahora lo recordaba. Fue la noche en que Lexi y yo discutimos en las Rocosas, después de que ella creyera que alguien la había estado acechando en la oscuridad.

Era uno de los varios desperdicios que mi equipo había recogido mientras peinábamos el parque. No le habíamos dado importancia. Lo tiré junto con el resto.

¿Coincidencia?

El envoltorio era bastante común. Pero ¿y si los instintos de Lexi habían acertado? ¿Y si el envoltorio del caramelo pertenecía a la misma persona? ¿Era esto prueba de que Chaos había conseguido infiltrarse en Res? ¿Había un topo?

No, no podía haber un topo. Habíamos investigado a cada persona que vivía en Res, a cada empleado que trabajaba con nosotros. Tras el incidente del dron, completamos una investigación interna y no encontramos indicios de nada turbio. Lo cual me devolvía al presente.

Dos envoltorios comunes. Una persona. Era mucho suponer, pero la idea de que Chaos pudiera haberse acercado a Lexi me enfurecía. Por un momento, pensé en quemar aquel lugar y retar al hijo de puta a que se enfrentara a mí cara a cara en algún callejón oscuro.

Pero eso era justo lo que Chaos quería, y Zero Tango estaría encantado si cometía un error.

Calma, marine. No te precipites. Viniste a hacer un trabajo. Así que hazlo.

Metí la bolsa de plástico en mi mochila. En cuanto volviera a la base, le entregaría la envoltura del caramelo a Trev y a mi equipo. Con suerte, podríamos sacar una o dos huellas dactilares y pasarlas por nuestra extensa base de datos.

Era hora de meterme en la cabeza de Chaos.

Seleccioné uno de los portátiles, lo encendí y tecleé la compleja serie de contraseñas de Chaos. Las había robado ese mismo día, cuando hackeé su sistema, justo después de que Trev me avisara de que habíamos localizado esta dirección.

Pero nuestro mejor intento de tomar el control de los sistemas de Chaos en remoto había fracasado. Por eso necesitaba este hackeo físico. El portátil emitió un pitido y ya estaba dentro.

Oorah, otra vez.

Rebuscando entre sus configuraciones, esquivando con cuidado un sofisticado entramado de funciones de seguridad y trampas, identifiqué sus dispositivos móviles. Su acceso estaba vinculado a al menos cinco móviles diferentes, ninguno activo en ese momento.

Pues entonces tendríamos que vigilarlos todos.

A toda prisa, escribí unas cuantas líneas de código encriptado que me daban acceso ilimitado a su sistema y a sus dispositivos móviles.

Sonreí cuando la configuración de Chaos se abrió ante mí. Vinculé mi rastreador a nuestros servidores fantasma, avisé a Trev y le asigné la vigilancia de los sistemas de Chaos. Si alguno de sus móviles se conectaba, podría rastrear su ubicación y sacarlo de circulación.

Con el programa de rastreo activado, hice un barrido final. Entrar, salir, no dejar rastro. Cuando estuve seguro de que mi hackeo estaba limpio, apagué ambos portátiles y guardé el mío en la mochila.

La trampa estaba tendida.

Acababa de ponerme la mochila cuando un chirrido me alertó: un paso en el piso de arriba. Había alguien más en la casa.

Con la adrenalina corriéndome por las venas como combustible, saqué la Glock de la parte trasera de los pantalones y quité el seguro. Luego apagué las luces y me agaché al pie de las escaleras, ladeando la cabeza para aguzar mi oído bueno.

Los pasos que seguí eran de alguien entrenado, cautelosos. La puerta de acero de arriba crujió quedamente. Una sola tabla chirrió bajo un peso considerable.

Sonreí en la oscuridad. Quizá había tenido suerte y Chaos había vuelto a casa.

Una silueta alta y corpulenta se detuvo al pie de las escaleras. Distinguí un hombro ancho, un brazo fornido, media cabeza. Por lo visto, Chaos era un toro de hombre.

Me moví sin hacer ruido, di un paso adelante y le presioné la Glock contra el cráneo. Se quedó inmóvil. Se le tensaron los hombros y levantó la mano lentamente para mostrarme el arma que sostenía.

Mi voz salió en un siseo bajo.

—No te muevas.

—¿Max? —susurró una voz familiar—. Soy yo. No hace falta que me dispares todavía.

—Date la vuelta —gruñí, sin poder o sin querer creer lo que oía—. Despacio.

El hombre hizo lo que le pedí, moviéndose con la cautela de un guerrero que ya había estado antes en el lado malo de un arma.

Encendí las luces.

Troy hizo una mueca y parpadeó, pero no soltó el arma, que ahora apuntaba al suelo.

Gruñí con total incredulidad.

—¿Qué coño haces aquí?

—Bueno... —Troy sonrió—. Me di cuenta de que estabas a punto de meterte en problemas y decidí que dos Battleson eran mejor que uno.

—Eres piloto de helicópteros, por el amor de Dios —guardé el arma—. No estás entrenado para misiones en tierra.