Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Catorce
31%

Capítulo Catorce

Lexi

Iba de un lado a otro de la habitación de invitados, luchando contra la rabia que me quemaba por dentro. ¿Es que Max no sabía que tenía cerebro? Podía cuidarme sola, muchas gracias.

Pero, a decir verdad, su deseo de protegerme del peligro no me desagradaba del todo. Pensándolo bien, ningún hombre en mi vida se había preocupado lo suficiente por protegerme.

Sandro intentó controlarme, sobre todo en su propio beneficio. Un par de hombres con los que había estado iban de bravucones, celosos y manipuladores, pero eso tampoco era protección.

Mis experiencias anteriores explicaban por qué había reaccionado con tanta intensidad al intento de Max de impedirme participar en el desfile de moda. No quería que me controlaran, me manipularan ni me dijeran qué hacer nunca más.

¿Era eso lo que Max había intentado hacer?

Bueno, sí, pero quizás tenía buenas razones. El peligro era real. La situación era confusa.

Mirándolo en retrospectiva, había visto auténtica preocupación en los ojos de Max. Le preocupaba yo, no mi capacidad de generar ingresos ni de hacer un trabajo para él, sino yo. Mi vida.

Por mí.

Menudo cambio, ¿no? ¿Podía realmente reprocharle algo a un hombre que quería protegerme a costa de sí mismo?

Quizás había margen para llegar a un acuerdo, un punto intermedio donde pudiéramos encontrarnos.

Bajé la vista hacia el móvil, donde parpadeaba un mensaje de Max.

Lo siento.

El mensaje era de hacía varias horas, de después de nuestra discusión en el salón.

Había subido las escaleras corriendo, ido directamente a la suite y cerrado con llave.

Cegada por el mal genio, había ignorado los golpes que llegaron después a mi puerta.

Le había dado rienda suelta a mi diva interior y me había metido en la cama.

Pero no podía dormir. Echaba de menos a Max. Añoraba su cuerpo cálido rodeando el mío. La cama parecía vacía sin él. Además, había dicho que lo sentía. Como yo solía usar esa palabra en exceso, valoraba el esfuerzo.

Me puse unos pantalones de chándal y bajé las escaleras sigilosamente. A esas horas, El Taj estaba en silencio y las escaleras desiertas. Llegué al quinto piso y dudé ante la puerta, dándole vueltas al mando en la mano.

Con un poco de suerte, Max ya estaría en la cama y yo podría meterme bajo las sábanas y enseñarle mi forma de iniciar una reconciliación.

Abrí la puerta y me colé en el apartamento. El piso estaba a oscuras, pero los portátiles de Max estaban todos abiertos, con las pantallas encendidas y llenas de código. Seguramente llevaba toda la noche trabajando.

—¿Max? —susurré, replanteándome la estrategia.

Pillar desprevenido a un Marine Raider en su propia casa probablemente no era lo más inteligente... ni lo más seguro.

—Max, ¿estás despierto?

Nada.

Di un paso hacia el interior y cerré la puerta tras de mí. Deslumbrada por la luz de las pantallas, mis ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad. Entonces lo vi. Una figura desplomada boca abajo sobre el hormigón negro.

El miedo me atenazó la garganta. Crucé la habitación corriendo y caí de rodillas.

—¿Max? —le puse la mano en el hombro y lo sacudí con suavidad—. ¿Estás bien?

Gimió, tapándose los oídos con los puños.

—No... tan... fuerte.

Estaba tumbado boca abajo con la frente apoyada en el brazo, la cara hundida en el hueco del codo. Tenía una rodilla doblada bajo el cuerpo, como si hubiera intentado arrastrarse hacia el dormitorio. Su piel estaba fría y pegajosa.

—¿Son las migrañas? —pregunté en voz baja.

Intentó negar con la cabeza, pero solo consiguió soltar un siseo.

—Vete.

—No pienso irme —dije, poniéndome de pie—. Voy a buscar ayuda y vuelvo enseguida.

Me agarró la muñeca con fuerza, inmovilizándome.

—No —gruñó—. Nada de ayuda.

—Pero Max...

—No —masculló, con una mueca de dolor—. No pueden... enterarse.

Ellos.

Se refería a sus hermanos, los hombres que podían ayudarlo, los tipos que harían lo que fuera por aliviar su dolor. Y sin embargo, no quería que sus hermanos se enteraran.

¿Por qué?

Porque no quería parecer débil. No quería que sus hermanos pensaran que no estaba en condiciones de cumplir con su parte. Se negaba a ser una carga para su equipo o el que no daba la talla.

Era una mierda que se sintiera así, pero lo entendía. Odiaba que la gente asumiera que era frágil, inútil o que no valía nada. Odiaba que me dieran por perdida.

Tomé una decisión.

—Si no quieres que los llame ahora mismo, no lo haré. ¿Qué tal si te ayudo a llegar a la cama?

Con un gruñido, levantó la cabeza y me miró a los ojos.

—Vete.

La agonía en su mirada era palpable. Había aprendido de primera mano lo fuerte que era Max, lo decidido, lo capaz.

Nunca se quejaba, nunca aflojaba el ritmo ni reconocía sus lesiones o debilidades.

Pero nunca me había dado cuenta de lo terrible que llegaba a ser su dolor, ni de lo devastador que resultaba para su cuerpo y su mente.

—O llamo para pedir ayuda o dejas que te cuide —me planté. Toda la vida me habían dicho lo que tenía que hacer, pero eso estaba cambiando—. A menos que quieras a todos tus hermanos aquí en dos minutos, te sugiero que me dejes ayudarte a llegar a la cama.

Maldijo entre dientes, pero no se resistió cuando lo ayudé a ponerse de rodillas. Le metí el hombro bajo el brazo y lo sujeté. Reuniendo todas mis fuerzas, me levanté y tiré de él conmigo.

Era grande y pesado, pero yo estaba decidida. Poco a poco, apoyándonos en las paredes y tambaleándonos como dos borrachos, conseguimos avanzar por el pasillo.

—No puedo ver —murmuró mientras su mano tanteaba el aire delante de nosotros—. Estoy ciego.

Su terror a quedarse ciego me golpeó en el estómago. Sus rodillas cedieron y la mayor parte de su peso cayó sobre mis hombros. Me apoyé en la pared y me puse en su lugar. Como había perdido un ojo, la idea de perder la vista lo horrorizaba.

No había forma de evitarlo.

Alargué el brazo y encendí las luces del pasillo.

Se tapó el ojo y siseó de dolor.

—¡Apágala! ¡Apágala!

—No te estás quedando ciego —apagué las luces—. El pasillo está a oscuras, eso es todo.

—Vale —se apoyó contra la pared, jadeante—. Vale.

El alivio en su voz me dio ganas de llorar por él.

Nos tambaleamos hasta el dormitorio principal. Abrí la puerta y me quedé paralizada. Había una cama en el mismo trozo de hormigón donde antes estaba el colchón, una cama de verdad, con un alto cabecero tapizado, repleta de almohadas y cubierta con un edredón color crema.

Parpadeé varias veces. ¿Seguía en el apartamento de Max?

—¿Max? —susurré—. Hay una cama aquí. Y es preciosa.

—La encargué —murmuró entre jadeos de dolor—. Para ti.

¿Él me había comprado una cama a mí?

Podría haberme desmayado si hubiera tenido el lujo de perder el conocimiento. También podría haber chillado de alegría, pero ambas reacciones le causarían dolor a Max, algo que no iba a permitir. En cambio, me aferré a él y le rocé la sien con los labios.

—Gracias —susurré mientras le rodeaba la cintura con el brazo y lo empujaba hacia adelante—. Es preciosa.

Cómo logré acomodarlo en la cama, nunca lo sabré. Aparté las mantas y, sujetándole los hombros con un brazo, le bajé la cabeza sobre la almohada y lo arropé con el edredón.

Corrí a la cocina, saqué varias bolsas de hielo del congelador y se las coloqué bajo la cabeza y sobre la frente, rezando para que le aliviaran el dolor.

Con los labios apretados en una línea blanca y la frente surcada de arrugas profundas, yacía tan rígido como un cadáver. Me invadieron oleadas de miedo. Necesitaba ayudarlo, pero ¿cómo?

De repente, se encogió sobre sí mismo y tuvo arcadas.

—Voy a...

Agarré la papelera y llegué justo a tiempo cuando se giró, dejó caer la cabeza por el borde del colchón y vomitó. Recogí casi todo, pero por los pelos. Tuve que contener un impulso repentino de vomitar en el mismo cubo. Respiré hondo varias veces y logré mantener la compostura.

Le aparté el pelo de la cara mientras vaciaba el estómago hasta que no vomitó más que bilis.

—Mierda —se desplomó en la cama, con los ojos cerrados y el cuerpo tembloroso—. Lo siento.

—No hace falta que te disculpes —le pasé un paño tibio y húmedo por la cara y la boca.

Habló entrecortadamente.

—No es... como planeaba... —hizo una pausa y se estremeció— ...estrenar... nuestra cama nueva.

Nuestra cama nueva.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Para ser un alfa brusco, terco y con manía protectora, ¿cómo podía ser tan dulce?

—Estás enfermo, Max. No pasa nada por estar enfermo.

El dolor no cedía. Busqué hasta encontrar analgésicos de venta libre en sus armarios y se los di. En cuestión de minutos, los vomitó. Alterné compresas calientes y frías. No sirvieron de nada para aliviar su sufrimiento.

Sufría tanto, estaba deshidratado y cada vez peor. No podía soportarlo más.

Salí de la habitación, bajé corriendo al cuarto piso tan silenciosamente como pude y llamé a la puerta. Como no quería despertar a todos los residentes de El Taj, llamé con golpes suaves pero insistentes.

Apollo abrió la puerta mientras se frotaba los ojos, medio dormido, con un pijama de seda verde que hacía juego con sus ojos. En cuanto me miró, frunció el ceño.

—¿Es Max?

Asentí.

—Necesita tu ayuda.

—Voy —Apollo cogió su maletín médico.

Max podría gritarme después, pero ahora iba a conseguir alivio.

***

Max

Un pinchazo agudo me atravesó el brazo y, tras unos instantes, los alicates gigantes que me apretaban la cabeza empezaron a aflojar.

Daba igual.

Tenía el cráneo como una nuez cascada demasiadas veces. El dolor había sido tan intenso que había deseado morir. Mantuve los ojos cerrados y me dejé llevar por un sueño intranquilo. En algún momento, el sufrimiento remitió y me rendí al agotamiento.

Cuando desperté, la luz del amanecer se filtraba por la parte superior de las persianas. Parpadeé varias veces hasta que la vista empezó a aclarárseme. Con esfuerzo, seguí la línea del suero hasta el brazo. El suero fluía.