Capítulo Trece #2
—Querrás decir que vosotros lo habéis hablado —trazó un círculo con la mano entre nosotros—. ¿Tú y yo? No hemos hablado de ello.
—Podemos sacar adelante el evento benéfico sin ti —insistí.
—Claro, pero no será lo mismo —sus pendientes de aro tintinearon cuando sacudió la cabeza con fuerza—. Además, estaríamos enviando las señales equivocadas, como si nos escondiéramos o nos acobardáramos. No podemos dejar que quien esté detrás de esto nos intimide. No podemos, sin más.
Por un lado, estaba usando mucho la palabra nosotros, y eso me hacía feliz. Por otro lado, estaba siendo imprudente, algo que echaba por tierra mi felicidad y me cabreaba muchísimo.
—Entiendo que seas valiente, Lex. Entiendo que no te dejes intimidar y que quieras tomar tus propias decisiones. Pero no merece la pena correr el riesgo. ¿Tu vida a cambio de un puñado de dinero? Ni hablar.
—Si me echo atrás con el evento benéfico, será una victoria para los malos.
—Una victoria temporal como mucho —dije—. Vamos a pillar a esos cabrones.
—Todos los de aquí piensan ir al lanzamiento —dijo ella—. ¿Por qué yo no?
—La seguridad del evento será de primera —expliqué—. ¿Estos simios? Saben lo que hacen. Estarán bien.
—Si la seguridad es tan estricta, entonces yo también puedo ir.
Negué con la cabeza.
—Ni hablar.
—¿Max? —me fulminó con la mirada con todas sus fuerzas—. No te estoy pidiendo permiso para ir. Te estoy diciendo que voy. Esta no es tu decisión. Es mía.
Joder, qué terca era. Y qué fogosa. Su enfado me golpeó como una onda expansiva. Pero demonios, estábamos hablando de su vida.
Mis hermanos seguían nuestra conversación, con las miradas rebotando de Lexi a mí como si estuvieran viendo un partido de tenis. Apollo y Jax intercambiaron miradas de ya-te-lo-dije. Troy y Kass fingían no estar allí, pero tenían las orejas bien abiertas.
La caballería no iba a venir al rescate.
Pero yo estaba decidido. Lexi iba a quedarse a salvo, conmigo, en Res.
—Quizá no tengamos que decidir esto ahora mismo —ofreció Apollo en un intento evidente de calmar los ánimos—. Nosotros... quiero decir... vosotros todavía tenéis unos días para decidir.
—No necesito más tiempo —Lexi se puso de pie—. Ya he decidido. Voy.
Miré al techo y resoplé.
—Lexi...
—Voy, Max. Es mi decisión y es definitiva. Asúmelo —me lanzó otra mirada fulminante antes de salir del salón con la espalda bien erguida.
Mierda, la había cabreado. Pero necesitaba protegerla. Hundí la cara en las manos y gemí. Un dolor de cabeza empezó a latir detrás de mis ojos.
—Ahora ya lo sabemos —dijo Troy—. La chica de portada tiene chispa, carácter y temperamento.
—No la llames así —espeté—. Se llama Lexi, gilipollas.
—¿Que no la llame chica de portada? —Troy se encogió de hombros—. Es lo que es, lo que ha sido toda su vida, te guste o no. Eso no va a cambiar pronto.
El dolor de cabeza se intensificó.
—Deberíamos haberle dicho que el evento estaba cancelado o algo así —murmuró Jax, dando un trago a su cerveza.
—¡Jax! —Emme le dio un manotazo en el hombro a su marido.
Jax se frotó donde le había dado, mirando a su mujer con cautela.
—¿Qué he hecho?
—No se miente a la gente para conseguir lo que quieres —dijo ella.
—Tal como yo lo veo —dijo Jax—, haces lo que tengas que hacer para cumplir la misión.
Gruñí en señal de acuerdo. Jax lo pillaba. ¿Por qué no podía pillarlo Lexi?
—A ver si lo entiendo —los ojos de Emme se entornaron mirando a Jax—. ¿Te parece bien que Max ignore el derecho de Lexi a dirigir su propia vida?
Espera. Eso no era lo que estaba haciendo. Estaba protegiendo a Lexi, no intentando controlar su vida.
¿Verdad?
—Suena mal, lo sé, pero... —Jax titubeó.
—¿Pero qué? —Emme cruzó los brazos y clavó la mirada en Jax.
—¿Cómo se supone que Max va a protegerla si ella no colabora?
—Es su decisión y la ha tomado —Emme se puso de pie—. De hecho, contad conmigo.
Jax frunció el ceño, confuso.
—¿Contar contigo para qué?
—Yo también voy al evento benéfico —dijo Emme—. Es de noche. Buscaré una canguro.
—¿Qué demonios? —Jax miró a su esposa, boquiabierto—. ¡No!
—¿No has aprendido nada del aparatoso accidente de Max? —Emme se plantó con los puños en las caderas y fulminó a su marido con la mirada—. ¿También vas a intentar decirme lo que tengo que hacer?
—¿Yo? ¿Decirte lo que tienes que hacer? No, nunca. —Jax esbozó una sonrisa vacilante, echándose atrás como el excelente nadador que era—. Respuesta correcta, ¿verdad?
Emme asintió con firmeza.
—Esa sí es correcta.
Mis hermanos se rieron entre dientes e incluso yo tuve que esbozar una sonrisa al ver al poderoso Jax amedrentado y sometido por su esposa.
¿Las mujeres?
Eran las criaturas más poderosas y exasperantes de la tierra.
—Y el resto de vosotros, idiotas sonrientes, no creáis que vais a salir de rositas.
—Emme nos recorrió con su mirada chispeante a los demás y a mí—.
¿Creéis que sois los únicos con derecho a luchar?
Pues estáis muy equivocados. Somos una familia.
Luchamos juntos. Dejad de comportaros como un hatajo de cavernícolas blandiendo vuestras mazas y gruñendo alrededor del fuego. Poneos al día.
Se encaminó hacia la salida, pero se detuvo junto a la puerta y se volvió para mirarnos una última vez.
—Y por cierto, Ajax Battleson: esta noche duermes en el sofá.
Dicho esto, Emme salió de la sala, siguiendo los pasos de Lexi.
Jax levantó las manos al aire.
—¿Qué coño acaba de pasar?
—Deberías haber dicho «sí, cariño» desde el principio. —A Troy le temblaron los labios, conteniendo la risa—. Después, deberías haber cerrado el pico.
—Lo dice el gorila que nunca ha dormido dos noches seguidas con la misma mujer —murmuró Jax, y luego me señaló con un dedo acusador—. Todo esto es culpa tuya. Tú empezaste este follón.
—¿Yo?
—Sí, tú —dijo Jax—. Ahora usa esa inteligencia de genio que tienes para encontrar la manera de mantener a salvo a nuestras testarudas mujeres.
Dejé caer la barbilla sobre el pecho y gemí.
Más fácil decirlo que hacerlo.