Héroes alfa (La serie completa de romance militar Héroes alfa nº 1) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Max

El consejo de guerra tuvo lugar en el salón de abajo.

Jax estaba sentado en su horrible sillón reclinable de terciopelo azul, con unos pantalones de chándal raídos y una camiseta, y sujetaba una cerveza de cuello largo que aún no había tocado.

Kass se apoyaba contra la enorme chimenea y jugueteaba con las placas de identificación de Leo, que colgaban de la repisa. Llevaba pantalones oscuros y corbata, lo que confirmaba que lo había sacado de alguna videoconferencia prioritaria que no podía esperar hasta el lunes.

—¿Dónde está Trev? —dijo Jax, mirando alrededor.

—Está por ahí —dije, sin dar más detalles, y luego gruñí—: ¿Dónde demonios están Apollo y Troy?

—Aquí mismo —Troy entró corriendo por las puertas antiguas, seguido de cerca por Apollo.

Ambos estaban sudando y sin aliento. Llevaban pantalones de correr, camisetas técnicas y botas de montaña.

Habían tardado menos de quince minutos en bajar corriendo desde la cima de Bear Mountain, donde estaban cuando interrumpí su carrera matutina por el sendero y los llamé de vuelta a El Taj.

Era una hazaña impresionante, pero no estaba de humor para felicitaciones.

—¿Qué demonios os ha llevado tanto tiempo?

—Nos detuvimos en el acantilado para leer tu informe —jadeó Apollo, inclinado sobre las rodillas—. ¿Cómo demonios llegó esa nota a la caja?

—Estoy en ello —dije—. La estilista de Lexi dijo que empaquetó las cosas ella misma.

El seguimiento de UPS mostró que el paquete venía directamente a Res.

Las huellas dactilares coinciden con las de la estilista y el personal de la ruta.

La cadena de distribución permite millones de oportunidades de intercepción, pero si alguien manipuló el paquete, no tenemos ni idea de quién fue.

Troy me interrogó con los ojos.

—¿Lexi?

—Afectada, pero aguantando —resoplé con frustración—. Está arriba con Emme.

—¿Zero Tango? —Kass hizo la pregunta que todos estábamos pensando.

—Imposible saberlo y, sin embargo, parece probable.

—Me estoy hartando de que los hostiles atraviesen nuestras defensas —Jax se inclinó hacia adelante en su sillón—. Ya costó bastante asimilarlo el año pasado cuando esos mercenarios se colaron.

—Pensé que habíamos solucionado el asunto cuando aumentamos la seguridad —dijo Kass—. Y sin embargo, otra vez lo mismo. Primero, un dron se cuela y casi consigue ahogar a Max y Lexi. ¿Y ahora nos interceptan los paquetes? No me gusta nada.

—Tenemos el espacio aéreo controlado —Troy se limpió el sudor de la cara y se sentó en el extremo del sofá—. Hemos ampliado el perímetro defensivo para incluir todo el terreno que poseemos alrededor de Res e instalado un muro virtual de última generación con cámaras y detectores de movimiento.

—También hemos revisado, actualizado y perfeccionado nuestros protocolos de seguridad, asegurado el acceso a la ciudad y aumentado las patrullas terrestres, acuáticas y aéreas —señaló Apollo—. ¿Qué más podemos hacer?

—A partir de hoy, añadimos un proceso de revisión para el correo y las entregas a el Taj —dije—. Esta es nuestra fortaleza. ¿Ese fiasco de hoy? No volverá a suceder. ¿Cuál es el maldito propósito de el Taj si no es proteger a las personas que amamos?

El silencio total que se hizo en la habitación me obligó a levantar la vista. En medio de aquel desastre, pillé a los chicos intercambiando sonrisas burlonas.

—¿Qué? —me enderecé en mi asiento.

A Apollo le temblaron los labios.

—Lo dijiste tú, no nosotros.

—¿Dije qué?

—La palabra con A, hermanito —Jax sonrió de oreja a oreja—. Estás jodido.

—Terminalmente jodido —Apollo añadió su diagnóstico no solicitado.

¿Era cierto?

¿Había usado una palabra en la que no creía?

—No quise decir...

—Cállate, pequeño cabrón —Kass sonrió con suficiencia—. Déjalo estar mientras puedas. No queremos oírlo.

—No tiene nada de malo ampliar el vocabulario —Troy luchó por mantener la cara seria—. Hasta un currante de las trincheras puede aprender una palabra nueva cada veinte años.

Le hice una peineta.

—Todos perdisteis vuestra vocación como pésimos comediantes.

Estos simios se estaban divirtiendo a mi costa, pero la tensión en la habitación se había aliviado y las risas de mis hermanos no me molestaban demasiado.

—¿Podemos volver al trabajo?

—Vale, vamos a tapar los agujeros de seguridad —resumió Kass—. ¿Tenemos alguna prueba que vincule esta última amenaza contra Lexi con el ataque a la caravana y esa asquerosa foto de la decapitación?

—Ninguna —dije—. No podemos saber con seguridad quién es el objetivo real de estos ataques, si Lexi o nosotros. Investigué a los paparazzi que mencionó. Todos están trabajando en el extranjero.

—¿Qué hay de esos pervertidos que la acosaron antes? —preguntó Troy.

—Uno está fuera del país, otro en la cárcel, y el tercero en libertad condicional. Su pulsera de seguimiento confirma que sigue en Oregón, donde le toca estar.

—Por favor, no me digas que has hackeado los sistemas del departamento correccional otra vez —dijo Kass, fulminándome con la mirada.

—Vale —me encogí de hombros con desgana—. No te lo diré.

—¡Max! —Kass me regañó con su mirada helada—. Te van a pillar.

Resoplé con desdén.

—Eso no va a pasar.

—¿Investigaste a la familia? —preguntó Jax—. ¿Qué hay de la madre o el padrastro?

—No he sacado nada por el lado de la familia —informé—. Nada incriminatorio de la madre, y solo gilipolleces de ese cabrón del padrastro y mánager.

—Joder —resopló Troy—. Ya sabes cómo funciona esto.

Lo miré fijamente.

—¿Qué te pasa?

—Mientras sigas escapándote con Lexi, y quieras seguir haciéndolo un tiempo más, no creo que debas meterte a hackear la vida privada de su familia.

—¿Y cómo demonios voy a protegerla si no tengo información?

—¿Qué tal si pruebas de otra manera que no sea tan descaradamente ilegal? —dijo Troy—. Kass tiene razón. Vas a acabar en la cárcel. Si fueras listo, no tocarías nada de eso ni con un palo. ¿Qué va a decir cuando descubra que estás ciberacosando a su familia?

Me jodía que Troy tuviera algo de razón. Si supiera la mitad. Pero necesitaba mantener a Lexi a salvo, no solo de mis enemigos y los suyos, sino también de ella misma.

—Resumiendo —dijo Kass—. A las mujeres no les sienta bien que te metas en sus asuntos personales.

—Vaya, gracias, señor relaciones punto com —fruncí el ceño—. Si siguieras tus propios consejos, puede que Tee apareciera de vez en cuando.

—Deja a Tee fuera de esto —espetó Kass—. Centrémonos en un problema a la vez.

Bueno, al menos reconocía que tenía un problema.

Maldición.

Los Battleson éramos un desastre con el tema de las relaciones.

—Tres incidentes separados —dije—. El denominador común es Lexi.

—Y tú también —señaló Troy—. No te olvides de Zero Tango.

—Yo sé cuidarme solo —dije—. Lexi, en cambio, necesita protección. No quiero fastidiar la parte del negocio, pero me quedaría mucho más tranquilo si Lexi se quedara en Res por ahora. ¿Esa mierda de gala benéfica donde pensamos lanzar la nueva campaña de marketing? Quiero que Lexi se quede en casa.

—No voy a mentir, el lanzamiento no será tan efectivo sin ella —dijo Kass—. Pero...

—¿Pero qué? —exigí.

—Nos las apañaremos con su ausencia lo mejor que podamos —dijo Kass—. El dinero no siempre lo es todo.

Me quedé boquiabierto. Que nuestro genio de las finanzas hiciera semejante concesión me dejó de piedra.

—Puede que sea el bicho raro aquí —aventuró Apollo—, pero ¿no deberías preguntarle a Lexi qué quiere hacer?

—Por lo que valga —dijo Jax—, yo secundo esa opinión.

Le lancé una mirada asesina.

—Como si tú dejaras a Emme salir a pasear en un día soleado.

—Oye, no te equivocas —dijo Jax—. Pero Apollo tampoco. «Permitir» puede que sea el término ilusorio aquí.

—Lexi no va a ir a Denver a lucirse y arriesgar su vida para que vendamos más licra —dije—. ¿Queda claro?

—Clarísimo.

—Max, entiendo que quieras protegerla —empezó Apollo—, pero Lexi...

Como si la hubieran invocado al mencionar su nombre, Lexi entró en el salón con Emme pisándole los talones. Emme fue directa hacia Jax y se posó en el brazo de su sillón reclinable. Lexi se detuvo junto al sofá y barrió la habitación con su mirada aguamarina, observando nuestra pequeña reunión.

Joder, me encantaba cómo estaba ahora mismo. Alta, esbelta y preciosa de pies a cabeza, todavía llevaba mi vieja camiseta y unos pantalones de chándal que probablemente eran de alta costura. Tenía toda la pinta de ser una mujer que pertenecía a mi lado en El Taj.

Mierda. Apollo tenía razón. Estaba terminal.

—Ven aquí —tiré de ella hasta sentarla en mi regazo y la estreché contra mi pecho, ignorando las estúpidas miradas de «¿ves a lo que nos referíamos?» de mis hermanos.

Nunca había sido de muestras de cariño en público. Sin duda mis hermanos aprovecharían para meterse conmigo hasta el infinito. Pero cuando se trataba de Lexi, no podía quitarle las manos de encima.

Le planté un beso en la sien.

—Pensé que ibas a acostarte un rato.

—Bueno —dijo—, ya que estás aquí abajo discutiendo un problema que me concierne, he pensado que debería estar aquí también.

—Yo me encargo de esto —atrapé un rizo rebelde y lo metí detrás de su oreja—. Lo tenemos bajo control, ¿verdad, chicos?

Mis hermanos asintieron obedientemente, pero Apollo incluyó algo así como un gesto de advertencia.

—Lo sé, y créeme, lo aprecio —Lexi se deslizó de mi regazo y se sentó a mi lado—. Pero tengo algunas cosas que decir.

—Claro —dije—. Adelante.

—Lo que pasó hoy fue inquietante. Pero no voy a dejar que me asuste. Ya he pasado por esto antes. No voy a dejar que ningún psicópata controle mi vida ni me diga con quién puedo o no puedo estar. Me siento segura aquí. No tengo miedo.

—Bien —dije—. Estás segura aquí.

—También quiero hacer el desfile de moda benéfico en Denver —dijo—. No puedo quitarme la sensación de que quien hizo esto quería perjudicaros a vosotros y a vuestro negocio. No podemos dejarle ganar. Quiero hacer mi trabajo, ir a la gala benéfica y ayudar a lanzar la nueva campaña de marketing.

Ni hablar. Sobre mi cadáver.

—No es necesario, Lex. Ya lo hemos hablado.